LIbrero. Siempre. Libre

Ángel Escarpa Sanz*. LQSomos.

Un conocido me pide unas letras sobre mi experiencia de librero en el Rastro madrileño, para un libro que escribe…

Lo difícil en estos casos es decidir, no lo que vas a contar, sino qué te vas a callar.
38 años de venta dominical en ese viejo mercado da para algo más que un comentario de “dos párrafos”.
Nacido en la cercana calle Arganzuela en plena guerra, en los años cuarenta ya iba yo con mi padre a vender viejos cachivaches para sacar unas perras, en la calle del Carnero.

Me inicié en la venta de libros en 1962, con una sabanilla tendida sobre la acera del desaparecido bulevar de la Ronda de Toledo, al pie de la también desaparecida Gas Madrid, donde trabajó mi padre desde antes de la guerra y a su regreso de los campos de concentración, y de la que solo queda esa hermosa chimenea de ladrillo rojo.
Al principio solo vendía los libros ya leídos, y revistas “Selecciones del Reader´s digest”. Eran los días de “Edad prohibida”, de las novelas de P. S. Buck, Gironella, F. Slaughter y Frank Yerby, entre tantos. En breve empecé a cogerle el tranquillo a aquello y, tras comprar libros nuevos en la cercana librería de Victorio, en la calle Carlos Arniches, empecé a vender los tomos de “Los Miserables”, “La Tierra”, “El amante de Lady Chatterley”, “La montaña mágica”, “Ulises”, “Lolita”, “Por quién doblan las campanas”, publicadas en Latinoamérica y tantas de ellas prohibidas en España.

El primer libro político, no ficción al que tuvimos acceso fue “España”, de Salvador de Madariaga, naturalmente, prohibido. A finales de los sesenta empezaron a entrar, como de puntillas, los libros de la editorial Ruedo Ibérico, tan odiada por el régimen como codiciados sus libros por lectores con cierto nivel de conciencia. La llegada desde Méjico de la obra de Max Aub, los libros de Losada, editor español radicado en Argentina, fueron una especie de apoteosis editorial, un impulso para el mundo del libro que tuvo su continuidad con la Transición y la llegada de todos los libros marxistas, los libros de los memorialistas, los fascículos de “La Guerra Civil española” de Hugh Thomas. El Rastro, para entonces, ya no era un lugar solo de ropavejeros, sino el mercado donde se compraba el último disco de Silvio Rodríguez, “El Capital” de Marx y los fascículos de “Fauna”.

Atrás quedaron aquellas carreras de los “Guerrilleros de Cristo Rey”, la venta del último libro prohibido en democracia, “El libro rojo del cole”, los hare krisnah, alegrando con sus cánticos y sus ropas color azafrán aquellas calles de Miralrío, la Rivera de Curtidores, Cascorro y Amazonas, aquella bandera republicana que yo colgaba de un palo, en la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo. Atrás quedan las pintadas, los jóvenes asesinados por la extrema derecha, la legalización del PCE, los gritos libertarios, las jornadas de huelga; los homenajes a los poetas republicanos asesinados o muertos en cárcel o en el exilio, el regreso de algunos de los exiliados todavía vivos…

No se dieron las circunstancias para agradecer debidamente a toda aquella gente el apoyo prestado, que hizo posible la apasionante aventura de mi librería. Vaya hoy para todos ellos un generoso abrazo, con el vivo deseo de que encuentren en la lectura el mejor de los amigos.

* Ángel Escarpa Sanz, fue el fundador de la histórica librería Miguel Hernández de Madrid:
Después de 27 años cierra el último local del movimiento de librerías populares surgido en los años setenta

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