Libresco: entre Yván Silén (el Poeta) y Dios

Trabajo en un apiñadero, en un maelström de libros, regalos de mis hijas,
 papeles indiscernibles, manuscritos. Apenas queda libre el espacio de la computadora.
Antonio Ortuño
Mi escritorio es el lugar donde por costumbre acumulo los libros que empecé a leer
 y es improbable que termine.
Daniel Saldaña Paris
Dios es mejor que las cervezas
y mejor que la marihuana.
Dios es ateo como yo.

¡Sé loco como Dios,
sé lo imposible!
YS
I.
Lleno de libros y de papeles manchados de café o cerveza (los opuestos), cubiertos de tachaduras en rojo, la temática de la religión —re-ligar— inundaba el escritorio del profesor transboricua. Un sujeto diaspórico, ¡otro más!, que, en la primera mitad de 1980, leyó por primera vez, en Cincinnati, el primer libro del Poeta: El llanto de las ninfómanas (1981). Muchos años después, en la apoteosis neoliberal de los años noventa, compra y lee en el Buenos Aires de Carlos Menem, la tercera novela del Poeta, Las muñecas de la calle del Cristo (1989), de la cual transcribió, en un papel ahora amarillento, esta cita: “La hermafrodita la tomó por los sobacos para que Luisa la cruzara, la montara, se harakirizara con el índice de Dios que ella poseía; con la flauta de Dios que ella tocaría para la amiga.”
De un puñado de papeles, con mensajes electrónicos impresos recientemente, colocado al centro de la mesa, saldrá después el estruendo raro, el eco sordo de un poema hermosamente atroz (autoerotizado) que le envía el Poeta por email: “Vomito a Dios.” Por lo pronto, el escritorio parece una megalópolis inundada de textos, como el de Jack Miles, God: A Biography (1995), y sobre todo este de Rafael Díaz-Salazar, La izquierda y el cristianismo (1998), abierto en la página con el subrayado en azul: “Estoy convencido que cuando la política no está fecundada por instancias prepolíticas y metapolíticas, cae inexorablemente en un fundamento mecánico que la petrifica y le lleva a la nulidad.”
II.
Entre las montañas de libros que serpentean por la zona oeste del escritorio del profesor de literatura, está por un lado la propuesta de Chris Hedges, I Don’t Believe in Atheists(2008), con su llave de judo: leer críticamente el fundamentalismo ateo (No creo en los ateos). Por otro lado, está la propuesta atea de Alain de Botton, Religion for Atheists(2012), que invita a tomar de la cultura religiosa, milenaria, demasiado milenaria, lo que se pueda considerar bueno para el mundo secular, como el sentido de comunidad o la relación intersubjetiva con el arte (Religión para ateos).
La luz del escritorio titila; caleidoscópicos, varios cortocircuitos metafóricos chocan entre sí. El recinto humea. ¿Se abre la religión a la Poesía? ¿Se atreve el logos incorporar su contrario? En la parte sur del escritorio, se produce un chisporroteo literario; el ateísmo a quemarropa amenaza con venirse abajo. Los libros tiemblan. El olor a tinta quemada se siente como si fuera hollín postindustrial. Los tomos de los grandes ateos del nuevo milenio, Richard Dawkins y Christopher Hitchens, sudan tinta o fango. ¿Se derrite el Manual de ateología (2006) de Michel Onfray?
Entre el libro de Hedges y el de Botton, se oye la voz del Poeta. El montoncito de emails recién impresos, se estremece de derecha a izquierda y viceversa con el mensaje electrónico —un poema— que ha enviado Silén: “Vomito a Dios.” Como un estruendo literario que hace volar las páginas de los libros más seguros de su ateísmo, la propuesta ateocristiana que envía el Poeta, borracho de sí, se escucha más alto: “Vomito de amor a Dios sin que nadie lo sepa.”Entre los libros de crítica literaria que bordean los textos de Hedges y Botton, uno en particular, Francisco Matos Paoli o la angustia de Dios (2009), se mueve hacia el vómito del Poeta, que lo ha salpicado todo de roña.
Neomístico, “me hospedo entre la ciencia y el misterio” (El libro de los místicos, 1992), el Poeta dice que no ha venido a traer servilletas para limpiarse las babas: “Vomito de amor a Dios sin que nadie lo sepa.”Encharcado de bilis, el escritorio, cubierto de porquería gastrointestinal, parece un archipiélago. ¿Otra isla que se repite? Ínsulas de alimentos parcialmente digeridos que, como fragmentos de lo siniestro, huelen a realidad. Vómito de amor (a Dios), entre libros mojados de basura intestinal: fe ateocristiana que lo apuesta todo a la imaginación. El Poeta vomita en la oscuridad (se saca un pedazo de carne de la nariz).
Como en la poesía de Lezama Lima, el Poeta opta por la presencia alucinante —y hasta apestosa— de la imaginación (algo es mejor que la nada minimalista del ateísmo sin misterio): “Vomito de amor a Dios sin que nadie lo sepa. / Y alucino las visiones de la / nada.”
¡”Apocatástasis”! (La poesía piensa, 2010)
Los pedazos de carne mechada, los granos de maíz, los montones de arroz blanco, las habichuelas, salpican de amor sucio la página en blanco del Poeta neomístico, cuyo éxtasis expelente también mancha de tomate y de papa La historia de Dios (1995), de Karen Armstrong. Texto que no le tiene miedo al vómito del Poeta: “Hay una cierta relación lingüística entre las palabras: ‘mito,’ ‘misticismo’ y ‘misterio.’ Las tres proceden del verbo griego musteion: cerrar los ojos o la boca. Estos tres términos, por tanto, tienen su origen en una experiencia de oscuridad y silencio.”
Con la boca abierta, desde la oscuridad y el misterio, el Poeta vomita de amor todo lo que le queda en el estómago (ahora sin sustantivos profanos) y ficcionaliza la ausencia fría de la nada, en una presencia sublime y siniestra: “Vomito de amor a Dios sin que nadie lo sepa.” El Poeta “orgasma.” Escupe, orina, caga. Escribe sonetos que, manchados de bilis, desatan una visualidad hiperestésica: “alucino las visiones de / la nada.” El estómago se contrae. Vuelve la acidez divina. El Poeta abre la boca frente a Dios.
III.
Descompuesto, manchado de bilis y de pedazos de zanahorias; neomístico, en vez de alejarse del escritorio y limpiarse las comisuras con algún verbo reflexivo, se aboca al amor divino con la jeta abierta (y el estómago vacío, oscuro y silencioso). Entre textos salpicados de jugos gástricos, como el que mete la mano en el fuego, dice mientras se quema los dedos: “Cienciaficciono todo el universo, toda lacarne y todos los orgasmos de Psiquis:.” La realidad de la literatura lo hace libidinizar. Impertérrito,mientras “orgasma” en el vómito sagrado frente al escritorio, pasa de un libro a otro con la prisa del que busca, entre las carcasas del banquete, uno de sus últimos poemarios, Dios es ateo (2011): “Y no hay poder como la carne política de Dios.”
Se enardece en la fruición del secreto oscuro y misterioso de su boca abierta (del estómago vacío): “Vomito de amor a Dios sin que nadie lo sepa.” Egocéntrico, narcisista, individualista, crístico, mortal, arde en las brasas de la multiplicación ontogénica, que inunda de bilis y hasta de pus: “la llama es inevitable, el aceite rueda y quema y flema los ojos del/ poeta.” Ciego de amor, el vómito lo transmuta. A partir de la energía que expele por la boca, regresa al potens primigenio, donde lo espera, divinizado, un Quevedo bañado en leche cósmica: “Bigbaneaba como si Dios fuera un bumerán,/ un carimbo, una vela de semen derretida de / tiza licuada, d’esperma desatada,de falo, de humo, de bicho, de nada.”
Principio del fin. Sólo ahora se encuentra listo para el esputo divino. La última transubstanciación. Trueque inefable de una reciprocidad apasionada, que ha pasado crísticamente todas las pruebas horribles del amor: “Dios ha decidido vomitarme de / sus besos.”La saliva santa penetra el gargajo humano, que es donde se pudre el amor divino a borbotones: “Dios me ha vomitado de / sus huesos.” La bilis de Dios lo bendice. Y desde la imaginación poética, lo hace políticamente divino, en la ascesis de crear (o parir) mundos (por la boca): “Cienciaficciono todo lo real y / todo lo que irrumpe como cierto.”
IV.
Ante la certeza atea, cubierto de porquería doblemente intestinal, el Poeta se pone de pie frente al escritorio de libros manchados, como este otro de Chris Miles, Christ: A Crisis in the Life of God(2001), o el ensayo seminal de Bertrand Russell, “Why I am not a Christian” (1926). Con la boca sucia, maloliente, repite en voz alta, como si estuviera rezando, el poema gastroerótico que ha enviado por email:
VOMITO A DIOS
Vomito de amor a Dios sin que nadie lo sepa.
Y alucino las visiones de la
nada. Cienciaficciono todo el universo, toda la
carne y todos los orgasmos de Psiquis:
la llama es inevitable, el aceite
rueda y quema y flema los ojos del
poeta. Bigbaneaba como si Dios fuera un bumerán,
un carimbo, una vela de semen derretido, de
tiza licuada, d’esperma desatada,
de falo, de humo, de bicho, de nada.
Dios ha decidido vomitarme de
sus besos. Dios me ha vomitado de
sus huesos. Cienciaficciono todo lo real y
todo lo que irrumpe como cierto.
V.
Entre libros y papeles que hieden a bilis, levanta de la piltrafa gástrica su propia novela, La novela de Jesús (2009), manchada también del mismo amor: “—La revuelta es como el sueño del destino— dijo Jesús.” Al hojearla, algunos fragmentos de carne se pegan a las páginas. Como una cuerda floja o un puente de saliva, la baba oscura conecta una página (262) con la otra (263): “Jesús cerró sus ojos, su corazón y sus oídos a las palabras de ellos y esperó las señales de Dios. Cerró su mente y vio las contradicciones de Dios, lo negativo de Dios, la noche de Dios, lo terrible de Dios. Pese a lo inexorable de Dios, se alegró de la muerte.”
De un clip deYouTube, desapercibidamente prendido en la computadora desde el primer vómito, se oye ahora, aprovechando el final onírico de La novela de Jesús, cuando el filósofo afronorteamericano Cornel West, cristiano anticapitalista, heredero de Martin Luther King, Jr., le dice al filósofo británicousamericano, ateo interesando en la fe de los que no tienen fe, Simon Critchley, que el problema de los ateos a quemarropa como Christopher Hitchens, es el reduccionismo. Acusación peligrosa, ante la cual Silén “silena” y “orgasma” en la baba de su vómito ateocristiano. ¡Chapoteo en la bilis de Dios!
La novela de Jesússe mira a sí misma manchada de basca: “La política es la forma en donde puede celebrarse la justicia de Dios.” El olor a poesía se pudre en el aroma sano del vómito. Silén “silena” en el chorro de un esputo que lo hace divino (en la Poesía de Dios).
La sordera total y tonal de Hitchens, ¡el horror!, gesticula el filósofo vestido siempre de negro y blanco (Cornel West); es decir, el no poder escuchar la modulación religiosa, es precisamente lo que no se puede aceptar —dice Cornel— a estas alturas del juego discursivo y político (la ateología de Onfray se reafirma en su militancia). Y ello porque, para Cornel West, del tono religioso surge una música demasiado política como para dejarla en el silencio de la modernidad secular: el amor por los  de abajo. Lo profético que, por encima de lo catastrófico, vive con esperanza (jamás con el optimismo gringo) de luz.
El Poeta ateocristiano que vomita y es vomitado, concuerda con el filósofo afroamericano. El ateísmo a quemarropa, sin el amor podrido de lo siniestro, sin poesía, reprime la imaginación del Poeta, piensa Silén: “Dios es Mejor que Darío enamorado de Verlaine y / mejor que Lenin / rechazando a Maiakovski” (“Dios es ateo”).Frente al escritorio manchado de libros como el de José Antonio Marina, Por qué soy cristiano (2005), el Poeta reconoce en la guerra de Dios, o en El velocípedo de Jesús (2011), el tono del que habla Cornel West cuando se refiere a esa política de la religión. Una que, en La rebelión (1995), el Poeta puso en prosa: “la ironía es la risa de Dios.”
VI.
 El Poeta del vómito santo se mira en la Poesía que tiene en frente; ve a Dios transformado en Yván Silén. Se escandaliza, se erotiza, se politiza, pero no deja de escribir. Escupe; ante lo sublime de Dios, se horroriza en el placer sano de lo siniestro. Alucina con la nada. Libidiniza con la muerte. Porque vive la literatura en serio, vomita de amor a Dios y agradece ser vomitado por Dios. Según acontecen los libros que viene escribiendo desde 1970, el orgasmo trágico, ¡la violencia!, reclama a la madre muerta en Los poemas de Filí-Melé (1976), en Casandra & Yocasta (2001), cuyo cuerpo frío el Poeta prefiere, en La muerte de mamá (2005), a la insensatez de la Virgen María, o al “amariconamiento” de Dios.
Desde otro clip de YouTube, también salpicado de roña, el filósofo argentino José Pablo Feinmann plantea que, a partir de la modernidad cartesiana, todos los grandes filósofos de Occidente no han hecho más que reemplazar la centralidad de Dios por un sustituto todopoderoso: el cogito, el sujeto trascendental, la historia, el proletariado…
VII.
Desde el ateocristianismo silenista, Silén “silena” el amor a Dios en el vómito poético de su nada.
¡”Apocatástasis”!

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