Lisboa: descubrirla y disfrutarla para recordarla

Descubrir Lisboa es grabarla en el recuerdo para siempre. Es una de las capitales europeas más pequeñas que conserva la calidez y el sabor de sus barrios, perdidos ya en el resto del viejo continente. Ciudad cosmopolita, multirracial con gente venida de todo el mundo, del que fuera un «gran imperio colonial». Sus habitantes transmiten sosiego, con sus charlas en la calle, en los cafés, en sus calles se mezcla el olor a mar con el de las pastelerías, el café, los puestos de castañas, el olor a ropa limpia tendida en los balcones, olores que te envuelven en la placidez del momento, al igual que el maravilloso horizonte de arqueadas calles árabes, los viejos tranvías y funiculares amarillos que te transportan en el tiempo, miradores en lo alto de sus siete colinas donde te sorprende el color del Tajo. Lisboa es una ciudad sencilla pero con gran encanto, acogedora e inmensamente bella, para descubrirla siempre.

Sitúate en la Plaza del Comercio, por donde han entrado los viajeros y las mercancías durante siglos a Lisboa. Estás en el valle de una ciudad rodeada de colinas. La plaza es colosal, con edificios simétricos sobre grandes soportales, al sur la desembocadura del Tajo, el mar, en el centro la estatua de José I, al norte, el arco de la victoria que nos introduce en la rua Augusta, estas en la «Baixa», barrio reconstruido enteramente tras el terremoto y uno de los primeros ejemplos europeos de la moderna planificación urbana con calles en cuadrícula. Un entramado de calles paralelas y perpendiculares en torno a las dos plazas, la del Comercio y la del Rossio. Las casas tienen balconadas de forja y la mayoría están vestidas de azulejos, algunas con motivos «art déco».

Al norte del «Rossio», se sitúa la Plaza de los Restauradores, que constituye un nexo de unión entre la Lisboa antigua y la ciudad moderna. Rodeada de importantes edificios de finales del XVIII, entre ellos el Palacio Foz, que alberga la oficina de turismo. En el centro de Restauradores, hay un gran obelisco que conmemora la independencia de Portugal en 1640. Desde aquí arranca la gran avenida «da Liberdade», formada por dos bulevares y flanqueada por edificios antiguos y modernos (visitar en la rua «des Portas de S. Antao», la casa del Alentejo, el barroquismo decadente de su interior, merece ser visto. Tiene un restaurante en dos preciosas salas forradas por mosaicos de azulejos), las calles colindantes siempre invitan a un agradable paseo, que termina en la Rotunda o Plaza del Marqués de Pombal, poco más arriba, está el gran Parque de Eduardo VII, que alberga las llamadas «estufa fría» y «estufa caliente», una admirable maravilla de la botánica y el trabajo dedicado del hombre.

A la derecha del «Rossio», esta la plaza de Figueiras, de la que parte el tranvía 12 que nos acerca hasta el castillo de São Jorge, cuna de la ciudad. Estamos en el barrio de la Alfama, antiguo barrio de pescadores, un laberinto de callejuelas antiguas y estrechas, llenas de sorpresas. Según se pasea por sus empinadas cuestas, hay que ver el museo del azulejo en el antiguo convento de Madre Deus, el museo de marionetas, la «Sé» catedral de Lisboa del siglo XII y desde el mirador de Santa Lucia, las impresionantes vistas sobre el Tajo, si es martes o sábado aprovechar para visitar «La Feira da Ladra» un rastro que se instala en el largo de Sta. Clara. Por la noche, muchas casas de comidas, tienen fados en directo.

Bajando hacia la «Baixa», tomaremos el «Elevador de Santa Justa», situado en el extremo oeste de la calle del mismo nombre. Este ascensor de hierro forjado de 45 m de altura, construido hace un siglo por un discípulo de Eiffel, une la ciudad baja con el «Chiado» y el «Barrio Alto». Desde lo alto, se disfruta de hermosas vistas de la ciudad y entraremos al Chiado junto a las ruinas de la Iglesia do Carmo, conservadas intactas en recuerdo del gran terremoto de 1755. Estamos en el Chiado, el elegante barrio comercial. En él se encuentra el célebre café «A Brasileira», en cuya terraza una escultura representa a Fernando Pessoa, como recuerdo de los tiempos en que este local era frecuentado por el poeta. Zona comercial, con antiguas librerías, con rancio olor a papel. Y teatros, actividades culturales: Sao Luiz, Mário Viegas, Da Trinidade, Sáo Carlos… Subiendo por la rua da Trinidade, dejaremos a la derecha una «Cervejaria» del mismo nombre, famosa por sus platos y sus comedores llenos de azulejos. Llegamos al mirador de San Pedro Alcantara, justo pasaremos delante del funicular de «Gloria» uno de los más conocidos y que nos comunica con la Plaza de Restauradores, desde el mirador, volvemos a tener otra vista de Lisboa, tanto de día, como de noche merece la pena, estamos en otra colina. Justo enfrente, está la casa del vino de Oporto, un acogedor lugar, donde degustar uno (o varios) de los cientos de vinos de Oporto que te ofrecen, es una delicia. Si continuásemos calle arriba, llegaríamos hasta el museo de ciencias naturales, que entre otras cosas alberga el jardín Botánico.

El Barrio Alto se cuenta entre los más atrayentes de la ciudad, por su arquitectura, sus rincones, lleno de restaurantes y tascas. Para llegar a él, giraremos a la derecha por la rua Misericórdia, al final del Chiado, y luego nos adentraremos por cualquiera de las estrechas calles que se abren a su izquierda. Cenas con Fado, esa música de origen discutido entre árabe y porteño, con letras llenas de pasión, de dolor, de nostalgia, que hacen el silencio en las «adegas». Un Barrio Alto, para andar y descubrir a cada paso.

Una buena alternativa, para recorrer una gran parte de la ciudad es el viejo tranvía 28, de largo recorrido, con cuestas impresionantes, puedes ir desde «Graça», pasando por «Alfama», la «Baixa», el «Chiado», la Asamblea Nacional hasta más allá de la basílica de la Estrella. Un recorrido en los antiguos tranvías de madera de lo más agradable. En algunos puntos de Lisboa, puedes sacar billetes combinados, que te valen para un día y te permiten montar en todos los autobuses, tranvías y funiculares.

Debemos volver al mar, a esa mezcla de mar y río, que hace a Lisboa diferente, nos dirigimos a Belém, punto de partida de los grandes viajes de ultramar del viejo imperio portugués. Podemos llegar en barco, desde la plaza del Comercio, o en esta misma plaza coger el moderno tranvía 15, que nos llevara a todo un conjunto monumental: «El barrio de Belém», donde podremos ver «La torre de Belém», vigía frente al mar, el «Palacio Rosa», el «Museo de Carruajes», el «Monasterio de los Jerónimos» del siglo XVI, con un claustro sorprendente e inolvidable, el «Monumento de los Descubrimientos», realizado en la época del dictador Salazar, con un diseño patriotero y fascista, que se alza 52 metros sobresaliendo por la orilla del Tajo, desde arriba se tiene una visión total de la otra orilla, del gigantesco «Ponte 25 de Abril» y del barrio de Belém. Puestos a conocer, visitar la pastelería de Belém (rua de Belém 88), obligado probar sus típicos pasteles. No olvidar el centro cultural, una moderna construcción que acoge una gran variedad de actos artísticos y culturales de todo tipo y en todas las fechas. Volviendo en el tranvía 15, en la rua 1º de Maio 103, queda el «Museo de los Carris», (de los tranvías) merece una visita.

A pocos kilómetros de Lisboa, queda Estoril y Cascais, con «la Boca do inferno» impresionante roquedad junto al Mar, las playas de Cascavelos, donde el Tajo se hace mar… lugares para seguir visitando, para seguir disfrutando. Cerca también esta Sintra, pero se merece que hablemos de ella en otro breve relato.

Lisboa, también tiene su parte gris, las obras interminables de las «ciudades modernas», obreros y trabajadores de servicios explotados, marginación, pobreza y como reverso a esto, puedes «disfrutar consumiendo» en todas las tiendas de ropa de marca del momento, que puedes encontrar en las grandes ciudades importantes del mundo, es la maravillosa globalización… pertenece al fin y al cabo a la Europa del capital.

Pero, como decía al principio de este relato, tiene la calidez y el sabor perdido ya, en las capitales del viejo continente. A mí me encanta, me puedo pasar horas paseando por sus calles, deseando verla más, sentirla más. Ésta es la Lisboa, que vagamente relata un «turista ciudadano del mundo», que la visita de paso y despejado de preocupaciones. Hasta pronto.

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