Lolita Sevilla: ¡osú que bien cantaba!

Con el nombre de Ángeles Moreno Gómez, nació en la calle San Vicente del sevillano barrio de San Lorenzo el día 11 de marzo de 1935. De una madre tolerante y un padre asentador de pescado en el “Barranco de Sevilla” que cantaba por Marchena, y que se enteró de que su hija de 7 años era artista consumada, cuando la reconoció un compañero que la había visto bailando en las “Galas juveniles” del Teatro San Fernando con Manolito León, otro crío de la misma edad, que  era la misma que tenía cuando empezó a frecuentar la academia del maestro “Realito”, escapando de la escuela con el consentimiento paterno.

Allí fueron a buscarla los hermanos Morillo, empresarios que empezaban en el mundo del espectáculo, y que convencieron a su familia para que actuara en las “Galas juveniles” del mencionado teatro, donde el maestro Gardey se dio cuenta de que cantaba mejor que bailaba y la enfocó por ese camino.

Cuenta doce años cuando se hace una selección que bajo el nombre de “Los chavalillos sevillanos” recorre España y Portugal, y siendo elegida tiene que pedir prestado el carné sindical y usurpar el nombre de su dueña, por no tener los catorce años exigidos para poder sacarse el suyo. Desde entonces se llamará “Lolita Sevilla”, el de la niña artista que ha fallecido y cuyo nombre la desbordará y ya no podrá salir de él.

Con esta compañía le llegará el primer disco grabado cuando por enfermedad de una titular gana algún puesto en el escalafón artístico y logra un triunfo absoluto en el escenario, por lo que el maestro Segovia (sobrino del maestro Quiroga) le compone un par de coplas para su primera grabación: “Mari Lola” y “Rosita de los puertos”

A los 14 años, cuando se ha establecido en Madrid con su madre, le sale un excelente trabajo en “Villa Rosa”, la importante sala de fiestas de la Plaza de Santa Ana que fue “tablao” y “colmao” fundado en los años veinte, por dos picadores y un banderillero que en un principio hicieron una freiduría, donde Tomás Pajares, su entonces propietario, le regaló el primer par de medias insinuándole que debía quitarse los calcetines.

Allí conocería a Cesáreo González y a Benito Perojo, con los que tan bien encajó que poco después le proponían una prueba para hacer una película, nada menos que “Bienvenido Mr. Marshall”, donde entró de pegote y no solo le dio un toque de distinción, sino que además sus “Coplillas de la divisa” (“Americanos”) se hizo universalmente conocida. Quince años tenía la niña cuando la hizo, a la que tuvo que tutelar Pepe Isbert porque la veía desvalida.

A partir de este momento se desborda su popularidad que la eleva a lo más alto del panorama artístico nacional, siendo invitada continuamente a eventos sociales y deportivos, y designada en 1964 la Madrina de Honor del “Real Betis Balompié”  

Elegante, coqueta y con un leve toque de distinción, la vi en la entrevista que a mediados de los ochenta le concedió a Fernando Méndez-Leite para “La noche del cine español”. Como buena folklórica cantaba en medio de la conversación como prueba irrefutable de cómo lo hacía entonces, incluso haciendo el gesto de cómo rompía los abanicos cuando cantaba “La zarzamora” en el teatro Calderón de Madrid, y desde el patio de butacas los admiradores le tiraban más para que los rompiera.

Dice que canta mejor que cuando era joven, no sé, a mí ya me parecía inimitable cuando decía tan bien aquello de “los charrioles” y “los gabachos”, pero la verdad es que la vi increíblemente bien.

Si figura quedó grabada para siempre junto a la Pepe Isbert, en aquellos dólares que sirvieron para promocionar “Bienvenido Mr. Marshall” en el Festival de Cannes, que desataron las protestas de Edgar G. Robinsón, jurado del Festival, porque alguien los sembró sobre los espectadores, y al de la película la banderita americana corre por el regatillo camino de la alcantarilla.

Hoy día 16 de septiembre de 2013, en medio de aquellas imágenes del brazo de Pepe Isbert y Manolo Morán cantando por las calles de Villar del Río, dicen las noticias que ha fallecido en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid.

En “Bienvenido Mr. Marshall” (Luis García-Berlanga 1952) es Carmen Vargas, la “niña” artista que de la mano de Manolo Morán, entre su “osú” y “vaya”, prepara el recibimiento a los americanos en Villar del Río (Guadalix de la Sierra), pueblo de la serranía madrileña al que a pesar de no tener agua corriente en aquel momento, tuvieron que dejarles la fuente del chorrito hiperbólico para que sirviera de elemento decorativo. Pueblo del que cada día tenían que salir a Madrid para poder asearse, en el “forito” (Ford) de Manolo Morán, que cuando se averiaba, se bajaba y hablaba con él como si fuera una persona. 

La coplilla de la que apenas se oía más que el estribillo decía en su parte final: “El plan Marshall nos llega del extranjero pa nuestro avío, y con tantos parneses va a echar buen pelo Villar del Río”

En “Aventuras del barbero de Sevilla” (Ladislao Vajda 1954) trabajó junto a Luis Mariano, que dice que se hizo amigo perpetuo de su abuela, con la que se  metía en la cocina a comer ingentes platos de gazpacho que le chiflaban, y que en París le tuvo que echar una mano cuando fueron a doblar al francés, y sin previo aviso le dijeron que tenía que cantar las canciones en ese idioma. Luis Mariano se la llevó a su casa y en cuatro días estuvo lista para grabar.

En ella da vida a Pepilla, la hija del “Cartujano” (Juan Calvo), el bandolero que de vez en cuando rapta al barbero “Fígaro” (Luis Mariano) para que con sus cantos atraiga a los incautos a las manos de la partida.

Pero lo que logran con ello es atraer el carruaje de D. Bartolomé Segura (Jean Galland), y las iras de D. Faustino, “El corregidor”, que los apresará y pondrá al borde de la horca.

De la que logran escapar por la trama urdida por Pepilla y Fígaro, permutando la pena por cinco años en los ejércitos de la corona en Puerto Rico, donde nada más llegar le arrebatan a los ingleses el fuerte de San Bernardo, dejando la historia de tener sentido e interés, a pesar de los reconocimientos y los amores cruzados entre José María Rodero, Emma Penella y Danielle Godet, para que inevitablemente la bandolera y el barbero terminaran juntos.

Es la última de las operetas que en cuatro años se hizo en coproducción con Francia al servicio de Luis Mariano. En las tres anteriores: “El sueño de Andalucía”, “Violetas Imperiales” y “La bella de Cádiz”, era Carmen Sevilla quien daba la réplica al actor guipuzcoano, que llegó con su familia a Francia huyendo de la guerra para convertirse en una de las máximas figuras de los teatros parisinos.

En “La chica del barrio” (Ladislao Vajda 1955), una más de las versiones de “La tonta del bote”, es Susanita, caritativa muchacha que cada día recoge las colillas de la calle, para en un bote llevárselas al señor Sarasate  (Pedro Valdiveso), el músico ciego que pide limosna a la puerta de la iglesia.

Obligada criada en la pensión de su tía, la “señá” Engracia (María Arias), donde cada día recibe su ración de humillación de Asunta y Trini (Delia Luna y Tony Soler), hasta que aparece Felipe “El postinero” (Pepe Blanco) y la libera de su condición de “Cenicienta”, para deslumbrar en el baile de máscaras y hacerla artista en el Teatro Odeón de Madrid, y olvidándose de su pasado crápula se casará con ella para envidia de las demás.

En una imagen antológica, el sereno, además del chuzo reglamentario porta un farol, con el que prende una astilla para que el vecino al entrar en el edificio pueda caminar por las escaleras sin luz hasta su casa.

En “Malagueña” (Ricardo Muñoz 1956) es Laura Reyes, la joven bonita, simpática y cantarina, que deambula por las playas de Málaga a la espera de que su abuelo afincado en Barcelona, la llame para instalarse a su lado pensando que es un  magnate de las revistas. Llevándose una gran sorpresa al comprobar que su abuelo Quico (José Prada), no es más que un pobre ciego que vende tabaco en los muelles del puerto de Barcelona, amparado por su amigo “Camaleón” (Francisco Camoiras) y el contrabandista Martín (Antonio Molina)

En “El fotogénico” (Pedro Lazaga 1957) es Carmen Reyes, la famosa actriz y cantante cuya foto reposa sobre la mesa de Antonio Sánchez (José Luis Ozores), el empleado de telégrafos de Solera del Río que cada noche sueña con ella, y cada día manda telegramas al son del mambo que suena en la radio.

Protagonista de la película “Carmen la bandolera”, ve como su trabajo es interrumpido repetidas veces cuando el torpe Antonio aparece entre los decorados, buscando en los Estudios CEA el plató donde se desarrolla el concurso de “Caras nuevas”, en el que se ha inscrito con la ilusión de ver a la actriz.

La que ante tan descomunal patoso le insulta y le tira jarrones cuando además lo confunde telefónicamente con Antonio Ramírez, su novio colombiano que viene para cantar y rodar una película con ella, y que arrepentido en el último momento la obliga a que un Antonio suplante al otro, para conseguir el tan necesario contrato cinematográfico que la saque de la apurada situación en la que vive.

Tras unas cuantas situaciones confusas se enamorará de la ternura del paleto, que es capaz de renunciar a su premio en el concurso de “Caras nuevas” para que ella no pierda el contrato, lo que la lleva a buscarlo a Solera del Río cuando él vuelve contrito.   

En “Habanera” (José María Elorrieta 1959) es Rosa María Estrada, la jovencita con trenzas y mandilón que estudia interna en el colegio español de monjas, separada de su padre (Félix de Pomés) que cuida de sus negocios en Cuba.

Al cumplir los dieinueve años espera con impaciencia la llegada del capitán Raúl (Antonio Almorós) para que la lleve junto a él, pero solamente recibirá un loro que le envía para que le haga compañía, y una nueva anualidad para que las monjas la sigan manteniendo. Más no es su intención resignarse, y esa noche huye del colegio para colarse como polizón en la goleta que regresa a La Habana.

Descubierta, recibirá todo tipo de atenciones hasta llegar a la mansión de “El Palmar” junto a su padre.

De camino a la hacienda se ha colado en el carruaje un fulano que huye de la policía porque parece que ha prometido matrimonio a tres mujeres a la vez. No es otro que el mujeriego capitán Dimas (Virgilio Texeira), que dicen que las enamora con su voz cuando empieza a cantar, y para que quede constancia, entonará una empalagosa melopea que hace que a la niña se le pongan los ojos en blanco. Momento que aprovecha para robarle un beso y saltar del carruaje.

No contento con ello volverá a la noche para rondarla vestido de guajiro acompañado por cien de ellos, que con antorchas en la mano jalean el nuevo arranque canoro del engreído capitán.

Aunque Rosa María debe ser sorda porque sigue poniendo los ojos en blanco, lo que significa que se ha enamorado del buscavidas despreciando el amor y la posición que le ofrece el hacendado Juan García (Antonio casas), del que por escuchar detrás de las puertas, se entera que tiene a su padre contra las cuerdas por una deuda importante que no es capaz de pagar. Por lo que apelando a la responsabilidad de hija, se compromete con el prestamista dando de lado al cansino cantor, que lógicamente también es un pendenciero que propina una “golpisa” a su contrincante y compra la deuda para regalársela a Rosa María en señal de amor verdadero.

Infumable producto marca Elorrieta, ambientado en la Cuba de mediados del siglo XIX, cuando tanto españoles cruzaban el charco en busca de fortuna.

Excepto lo que cantaba Lolita Sevilla, que para eso fue para su lucimiento, lo que cantan los demás hace daño al oído. Texeira está para matarlo gesticulando las canciones, y Lolita Sevilla, aunque solo contaba 25 añitos, ni de lejos convence de ser la jovencita de 19 que dice el guión, por más mandilón, más trenzas y más entusiasmo juvenil que le pongan. Ese desarrollo de las niñas precoces se lo impedía. ¡Ah!, también están para matarlos los negros que hacen los coros, los que roban los tamales, los que hacen de cocheros, y los que quieren tanto a sus amos blancos.

* Autor de “El cine español: algo más que secundarios (Más allá de la ficción) 

El otro “Cine de barrio”

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