Los altos cargos del ejército y las vacunas

Antoni Soler Ricart*. LQS. Enero 2021

Solicitamos a los poderes del Estado, a los grupos parlamentarios y al gobierno, amplitud de miras para romper esquemas y elaborar unos presupuestos adecuados a la grave situación…

Hemos leído con estupefacción la noticia de que algunos altos cargos de las fuerzas armadas han recibido la primera dosis de la vacuna contra la Covid. Este hecho, además, era ignorado por la ministra de Defensa, que pidió explicaciones al Jemad (Jefe del Estado Mayor de la Defensa), el general Miguel Ángel Villarroya, que está entre los vacunados y que ha acabado presentando la dimisión. Nos ha sorprendido el hecho, pero quizá aún más las explicaciones del Estado Mayor. Decían dos cosas:

. Las fuerzas armadas tienen una cantidad de dosis asignadas, al margen de las que se han repartido a las comunidades autónomas para la población civil.

. Internamente siguen un protocolo para el reparto en este orden: personal sanitario militar, militares que participan en misiones internacionales y la estructura de mando según criterios de edad.

En lo que respecta a la primera, cuesta entender que las fuerzas armadas tengan un privilegio especial en este punto tan sensible de las vacunaciones. ¿Por qué tienen que diferenciarse del resto de ciudadanos?. ¿Por qué no se someten a los mismos criterios?. Si hacen ostentación de una valentía y un valor que los hace capaces de asumir riesgos importantes en defensa de la población, ¿cómo es que quieren tener el privilegio de ser de los primeros en ponerse fuera de peligro?. Hay muchas otras personas en nuestras sociedades complejas que realizan servicios esenciales y no disfrutan de ese trato de favor. Nos parece un mal uso, un abuso del poder y la fuerza que les ha sido delegada.

En cuanto a los criterios internos de reparto, tampoco los entendemos: el personal sanitario militar tiene que ser vacunado si está en contacto con enfermos, pero como el resto de sanitarios del país. No tienen por qué constituir un caso especial. Quizá sí son un caso especial los que tengan que desplazarse a misiones en el extranjero (suponiendo que eso sea algo necesario, que es mucho suponer) si el desplazamiento exige vacunación previa.

Pero el tercer criterio del protocolo es el más sorprendente: ¡”Primero la estructura de mando”!. Pero ¿no era el capitán el último en abandonar el barco?. ¿Dónde queda todo eso del honor y la ejemplaridad de los mandos?. Y aún más: el criterio de edad que se invoca acaba coincidiendo con el orden de la jerarquía por una simple cuestión de tiempo. Dicho de otra manera: ¡los generales primero!.

Todo esto, además de vergonzoso, es una confirmación más del lamentable papel que juegan los ejércitos en nuestras sociedades: en nombre de un falso concepto de seguridad, se convierten en depredadores insaciables de recursos, que empobrecen a sus países y, por tanto, los hacen más inseguros ante las amenazas cotidianas, como en el caso de la salud o la precariedad económica. El caso que nos ocupa es un detalle, pero un detalle muy significativo por la actitud que denota: servirse del país y de sus recursos para el propio beneficio, antes que servirlo. Y encima con la excusa de que lo hacen para poder servirlo. Es como si dijéramos: “Nosotros tenemos que acaparar los recursos, tenemos que ser ricos y fuertes para poder ayudar a los pobres y los débiles”.

Lo diremos una vez más: es evidente que las fuerzas armadas de vez en cuando prestan servicios útiles a la sociedad, como es el caso, por ejemplo, de la unidad militar de emergencias. Pero eso sucede justamente cuando hacen funciones que no les son propias, sino que son, más bien, adecuadas a los cuerpos de bomberos o protección civil. Si lo hacen es porque disponen de una cantidad de medios que ya quisieran esos otros cuerpos. Cuanta calidad de vida ganaríamos si se destinase a sanidad, educación, protección social, bomberos o protección civil una buena parte de los recursos económicos, tecnológicos y humanos que se consumen en manos de unos ejércitos que son una amenaza más que una protección. No podemos olvidar que esa es la función esencial de los ejércitos: ser una amenaza. Seguir pensando que con la amenaza ganamos seguridad es un error que ya ha producido y sigue produciendo gravísimas catástrofes.

En una situación dramática como la que vivimos, con una pandemia que sigue ocasionando miles de enfermos y de muertos, con los hospitales saturados y faltos de los recursos suficientes, y con una crisis económica sin precedentes, que condena a la miseria a amplias capas de la población, ¿de verdad que no podemos soñar con un cambio en las prioridades de los recursos?. Durante un año, los presupuestos del Estado ¿no podrían renunciar a una parte del gasto armamentístico para dedicarlo a sufragar tantas emergencias?. Y lo mismo con otras partidas privilegiadas que parecen intocables.

Solicitamos a los poderes del Estado, a los grupos parlamentarios y al gobierno, amplitud de miras para romper esquemas y elaborar unos presupuestos adecuados a la grave situación. Y solicitamos a las fuerzas armadas que sean generosas y que, al menos, no se opongan, ya que visto lo visto, parece difícil esperar que salga de sus mandos una iniciativa como esta. Eso sí que sería una actitud de servicio creíble.

* Presidente de FundiPau
Nota original publicada en El Punt Avui

– Traducido para LoQueSomos por Leticia Palacios

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