Los dedos

Veo que la gente tiene muchos amigos, a veces incontables, infinitos, llenan sus casas con ellos, sus agendas, sus correos, sus teléfonos.

Comparten tiempo, libros, ideología.

Van y vienen juntos, de dos en dos, de tres en tres, apelotonados, revueltos.

Algunas amistades crecen en la infancia, otras las van encontrando en la vida, en las cunetas o en las grandes avenidas.

Envidio a esa inmensa mayoría.

Yo tengo pocos, los cuento con mi mano izquierda y me sobran dos dedos.

Y no sé qué hacer para merecerlos.

Para serles útil alguna vez, para devolverles una pizca de lo que me dieron. Para que mi amor por ellos no quede como una palabra errante, volátil, amnésica.

Hoy me siento insignificante, uno de los dedos se duele,  calla, renquea.

Es el dedo corazón.

Se cansa, se preocupa, calla.

 Calla sus noches de vigilia.

Y yo no puedo, con esta amistad, arrancarle de cuajo el dolor.

Y no hay peor cosa que estas noches en vela, esperando que aparezca en mis dedos otra vez la primavera.

* Si vis pacem

Viñeta de Kalvellido

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