Los indígenas de Myanmar-Birmania ante el golpe militar

Nònimo Lustre*. LQS. Abril 2021

Todos sabemos que el ejército de Myanmar (Birmania, Burma) está masacrando al pueblo ‘birmano’. Los asesinados se cuentan por centenares y la tétrica cuenta aumenta cada día. Pero, ¿qué más sabemos de Myanmar? Muy poco. Estas notas quizá sirvan para disminuir nuestra ignorancia.

Empecemos por los errores en los que podemos caer. Olvidemos las mujeres jirafas, los cazadores de cabezas, las danzas exóticas, etc., porque, o bien son falsedades o bien no son exclusivos de Myanmar. El error más popular es viejo pero, cómo se trata de una película de mucho éxito, conviene señalar que “El puente sobre el río Kwai” (The Bridge on the River Kwai, David Lean, 1957) tiene una cierta relación con Myanmar pero pequeña e indirecta pues la acción se desarrolla en Tailandia, en el río Khwae Noi (no Kwai) cuyo ferrocarril fue planeado en la II Guerra Mundial por los japoneses para conectar Bangkok con la entonces llamada Burma. De paso, añadiré que las únicas indígenas que aparecen son las mujeres siamesas (tailandesas) que guían al Mayor Warden (Jack Hawkins) hasta el conocido puente. Curioso hallazgo fílmico este de que unas indígenas de etnia sin especificar tengan un papel bélico, aunque sea en sordina y subordinado a un oficial británico.

Curiosidades populares aparte, podría empezar mencionando que, en Myanmar, hay restos arqueológicos y semi-paleontológicos que datan de 11000 o 12000 años. Para no hacer el cuento largo, saltamos unos milenios para aterrizar en el reino de Pagan, poderoso en los siglos XIII y XIV; aunque nunca lo visitara, el veneciano Marco Polo se asombra por su esplendor. Hoy, los restos de sus 3000 templos son una importante atracción turística. Por lo demás, es en estos siglos donde arranca el tópico de que los burmeses fueron –o son- de naturaleza sanguinaria –un prejuicio que mudará con el tiempo. Estamos ante un fenómeno popular-historiográfico universal: la reducción de las batallas de hace siglos a un número elevado de víctimas acaba produciendo la imagen de unos pueblos en guerra permanente, i.e., idiosincrática. Por supuesto que hubo matanzas, en Myanmar y en el resto del mundo, pero convendría precisar que, en el caso del país que hoy nos preocupa, siguiendo a R. Brian Ferguson, deberíamos distinguir entre guerra tribal (tribal warfare) y conflicto étnico (“ethnic” conflict) puesto que, hoy, los pueblos indígenas de Myanmar -los Shan, Kayin, Kachin, etc-, están en pie de guerra contra el ejército birmano pero los comentaristas de saldo suelen suponer que también son conflictivos entre sí. Lo cual es cierto pero es poco cierto -volveremos sobre este punto.

Pasando por alto las batallas de hace siglos, ¿dónde ubicaríamos el origen del actual desastre birmano, por otro nombre la actual discriminación de la capital Yangon (antes, Rangoon) contra unos pueblos que controlan casi la mitad del territorio myanmarés? Pues en el colonialismo británico que tuvo su apogeo en la II Guerra Mundial: en esa ocasión, el ejército colonial reclutó en Burma como carne de cañón a miles de soldados pero sólo militarizó/armó a los birmanos de nación. Es decir, en parte por padecer el consabido prejuicio de que los aborígenes son gente indisciplinada, discriminó a los birmanos ‘étnicos’. ¿Qué hicieron los ‘etnicos?: pues armarse por sí mismos. De ahí que subsistan hasta la fecha varios ejércitos étnicos que no sólo controlan extensos territorios sino que, al haberse unido contra Yangon, hacen factible una guerra civil –así la llaman los medios-, que podría terminar en una revolución, sobre todo si reciben suministros de la vecina China –al final de esta nota, volveremos sobre el punto chino.

En 1947, un año antes de la Independencia de Burma, el gobierno provisional de Rangoon firmó con los ‘etnicos’ el tratado Panglon Agreemet por el cual Burma pasaría a ser un Estado federal. El general Aung San, padre de la actual exseudo-presidenta Aung San Suu Kyi (en adelante Suu, Mother Suu para su feligreses), aceptó que Japón concediera la independencia de Burma e incluso fue ministro en el primer gobierno colaboracionista… hasta que se cambió a los Aliados. En su nuevo papel, impulsó la política federalista pero fue asesinado -¿por quiénes?- ese mismo año de 1947.

Tiempo es de incluir algunos datos básicos sobre Myanmar: unos 70 millones de personas, rurales en un 70%, en una extensión superior a la española. De esos millones, ¿cuántos son pueblos indígenas? Pregunta de difícil respuesta pues dícese que hay unas 135 etnias pero las cuentas no cuadran porque los criterios censuales son confusos. Ejemplo, después de 30 años sin datos, en el año 2014 se intentó efectuar un censo nacional pero proponiendo extravagancias como que un pueblo pequeño como son los Chin, se subdividiera en 53 categorías, siendo la mayoría nombres de aldeas o de clanes sin ninguna justificación etnolingüística. Por si ello fuera poco dislate, se añadió la divisoria religiosa de manera que el budismo-nacionalismo o viceversa, fue considerado como constituyente de la inmensa mayoría llegando algunos partidos –como el Movimiento 969– a propalar que los musulmanes (un 10% de la población) estaban ninguneando y violentando a los budistas.

Es absurdo que una décima parte de la ciudadanía birmana quiera exterminar al 90% restante pero estamos hablando de un movimiento religioso y estamos más que acostumbrados a la irracionalidad de semejantes fanáticos. Y así entramos en el triste caso de los Rohingya cuyo éxodo a Bangla Desh ocupó parte de los titulares mediáticos. Lo resumimos: en 2017, el ejército myanmarés y sus milicias paramilitares atacaron a esta minoría indígena (1 millón de almas, menos del 10% de la exigua minoría islámica) so pretexto de que no eran birmanos sino inmigrantes recientes que sobraban en un país extra-oficialmente budista. El gobierno de la premio Nobel 1991 y por aquél entonces presidenta Suu Kyi, no hizo absolutamente nada. Mejor dicho, instó a sus milicos a que prosiguieran la limpieza étnico-religiosa.

Los Rohingya llevaba sufriendo décadas bajo leyes claramente discriminatorias: en 1994, se les impusieron restricciones maritales y, en 2005, se les redujo a tener “dos niños por familia” – agresiones ‘menores’ comparadas con la matanza de 2017. Pues bien, la historia da muchas vueltas y, hoy, la aberrante política de Mother Suu contra los Rohingya se ha convertido en uno de los principales factores del desapego ciudadano hacia ella y hacia su partido, la National League for Democracy (NLD) quien, al haber logrado una aplastante mayoría en las últimas elecciones, propició el golpe del 1º febrero 2021 de sus hasta entonces aliados militares… y también la indiferencia myanmaresa y la unidad de los pueblos indígenas (ver supra, sobre los supuestos o reales ‘conflictos étnicos’).

El golpe ha logrado que los ejércitos ‘étnicos’ se unan contra el enemigo común –el mismo que aplastó a los Rohingya. En las calles de Yangon y de Mandalay las manifestaciones están trufadas de las multicolores banderas propias de cada pueblo indígena, fuerzas principales en el rechazo al gobierno dictatorial. Son manifestantes suicidas que, si se les pregunta, dejan claro que Suu Kyi y su NLD no les importan lo suficiente como para arriesgar sus vidas. Evidentemente, para esas multitudes, Mother Suu no es la madre de la nación, ni siquiera la madrastra: fue un títere de Occidente y de los milicos y finalmente lo es sólo de los milicos. “Quien con traviesos infantes pernocta, excrementada alborea.”

La mayoría de los ejércitos indígenas se han unido contra los milicos de Yangon pero reconozco sin ambages que una minoría se mantiene al margen y que una minoría, aún más pequeña, se ha aliado con los golpistas. Dicho sea para información de aquellos que creen con fe irracional que todos los pueblos indígenas de Myanmar son uno solo, con la misma etnohistoria y con las mismas políticas, internas y externas. Para nada.

Y aquí entramos en un punto suelto (ver supra) que merece comentario: ¿y China? Un titular lo expresa claramente: “Could Myanmar’s ethnic armed groups turn the tide against the junta, with a little help from Beijing?” (Maria Siow, 27 marzo) Es decir, si China suministra pertrechos a sus vecinos –por ejemplo, el United Wa State Army-, la contraofensiva de los ejércitos indígenas podría cambiar el curso de la revuelta actual -with a little help. Los indígenas han sufrido muchas más víctimas que esos centenares que recogen esos medios occidentales que sólo miran a las manifestaciones citadinas olvidando así las batallas rurales. Pero no somos adivinos y no sabemos qué hará China: ¿ponerse de perfil como es su costumbre o ayudar militarmente a los indígenas myanmareses?

Finalmente, ¿qué sucede con las birmanas?, ¿están subordinadas a los hombres o, como algunos viajeros creían hace más de un siglo, gozan de una autonomía ‘milenaria’? En 1896, Gascoigne sostenía que “al revés que sus miserables hermanas musulmanas o hinduistas, las birmanas gozan de absoluta libertad” –y añadía pícaramente “a liberty of which, if rumor prove true, they make ample use.” Quince años después, Brown matizaba que las birmanas soportan los peores trabajos pero no son esclavas de sus maridos; al contrario, son independientes y responsables y que es exactamente ese sentido femenino de la responsabilidad el que les lleva a trabajar duro cuando sus esposos menguan y flojean (ambas citas en Chie Ikeya, “The ‘Traditional’ High Status of Women in Burma: A Historical Reconsideration”, en The Journal of Burma Studies Volume 10 2005/06). Por cierto, este Journal –antes en el Center for Southeast Asian Studies de la Northern Illinois University y ahora publicado por la universidad de Hawaii-, es el único lugar académico que conocemos especializado en Myanmar –lo cual, nos corrobora que Myanmar/Burma es un gran desconocido, incluso para el académico cosmopolita.

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