Los libros de Yván Silén

La historia de mis libros todavía no ha podido comenzar realmente.
Tanni Lee y los cuentos de la nada(2012)
… y por la ira (del amor) que avanza.
“De la universidad al pozomuro (entre Damasco y la iluminación)” (2006)
YS
Preámbulo. Hablar de Yván Silén (1942) en la literatura puertorriqueña, supone una partición (quizás también una partitura). Por un lado, están los que, con poder literario, ignoran la poesía, el ensayo, la novela, el cuento, el teatro, la crítica literaria, de Silén; por el otro, están los que, como Rubén González en Crónica de tres décadas. Poesía puertorriqueña actual (1989), valoran el aporte silenista a la literatura boricua.
Así, por ejemplo, en el contexto de una antología crítica como Literatura puertorriqueña. Visiones alternas (2004), compilada por Carmen Dolores Hernández (¿“esa periodista que entrevista a los mismos ángeles adónicos de siempre”?), Silén supone la ausencia. El silencio (o la censura, según Silén) de una obra que, desde 1970, ha devenido en un poco más de veinte libros. Cabe, pues, hacerse esta pregunta: ¿no plantea el de Silén, esquizo, plural, anacrónico, neomístico, neologístico, ateocristiano, antinihilista, pornolírico, radical, una visión “alterna” de la literatura puertorriqueña?
En el contexto de un filósofo como Francisco José Ramos, de un crítico/escritor como Félix Córdoba Iturregui, de un escritor/editor como Elidio Latorre, de un periodista/escritor como Eugenio García Cuevas, de una escritora/crítica como Zoé Jiménez Corretjer, de un pintor/escritor como Elizam Escobar, de un artista/poeta como Néstor Barreto, de un sociólogo/cuentista como Samuel Silva Gotay, Silén es una presencia insoslayable en la literatura puertorriqueña. La otra cara de la oficialidad literaria. El otro lado del “apalabramiento “ feliz que marca la postmodernidad boricua (según critica Silén).
No la cara de la fama de Rosario Ferré o Edgardo Rodríguez Juliá, ni siquiera la de la mención mínima de Joserramon Che Melendes en Visiones alternas, sino la de la exclusión, el exilio, el desempleo y el subempleo de los que habla Silén en “De la universidad al pozomuro [cloaca]” (2006).
Cara de la tragedia del niño-poeta marcado por la violencia de la muerte de la madre. Del escritor sacudido por la radicalidad del absoluto poético y político. Del intelectual subempleado (nunca silenciado) por el poder académico hegemónico. Cara de lo sublime y lo siniestro, de la belleza atroz, de la maldad bondadosa, de la bondad maliciosa, de la ira que ama. Cara de la “libertá.” Rostro de un destino trágico (por lo que la risa de Silén será fundamental). Sino catastrófico que el Poeta literaturiza líricamente.
Calle 42. Alrededor de labiblioteca pública de la ciudad de Nueva York, en cuyos alrededores vivió Silén durante décadas que él llama de exilio, se desarrolla “Amara,” uno de los relatos de Tanni Lee y los cuentos de la nada (2012). Libro que Silén presentó en la Universidad de Puerto Rico, en octubre del mismo año, como “neoliteratura fantástica.” En la portada del libro, la cara oscura, los ojos amarillos y los labios azules de Tanni Lee, auguran lo peor del amor.
Leo “Amara” varias veces, en dos versiones; una de 1998, disponible en Internet, y la de 2012. Entre ambas lecturas, naufrago, pero no me hundo ni me ahogo. Insisto: “El misterio estaba allí duro, filoso, abierto.” Persisto. Vuelvo a la versión del cuento en el libro para revisar subrayados como este: “—Sí, somos de la sustancia de la luz. / Polvo de luz.” O como este: “La luz es la mujer misma de las cosas.” Pero siento que la oscuridad con que empieza el cuento, “El día era tan oscuro que no se podía ver,” me gana: “Estábamos delante del misterio de las cosas todavía.”
Reparo sin reparos en la violencia, que no se esconde, del nivel metaliterario, al principio del cuento, la cual constituye una crítica constante a la postmodernidad: “Me joden las calumnias y los plagios. Me fastidia el intento nocivo de algunas escritoras y cineastas en la desesperación de convertirnos a todos en moda… ese escritor anónimo que escribe para otros escritores más anónimos que él para comprender que la intertextualidad de Equis es un solemne plagio. Escupes.”
Me apresto al anacronismo estratégico que plantea Silén (encabronado siempre con la intertexualidad) como proyecto literario y filosófico. Vuelvo al subrayado en rojo de la segunda oración, “La luz parecía neblina y no sabías si te estabas tornando miope, o si los espejuelos están sucios,” porque es parte de un párrafo que termina con esta clave silenista: “Reconocerte, saberte tú, y no otra era un acto monumental que te producía terror.” ¿Amaba Amara el espanto de no ser lo que era?
Entonces, según paso del cuento al prólogo del libro, titulado “La poesía metapostmoderniza o el destino de Tanni Lee,” me doy cuenta de lo que me ha pasado entre una lectura y otra (¡tantas!) de “Amara”: “el mundo ha cambiado de sitio.” En efecto, estoy metido en la realidad del cuento, frente a las “últimas mesas mugrosas de la biblioteca en la calle 42,” donde se “masturba” Amara, la “Exégeta que hermeneutiza.” Me pellizco y siento el dolor. Contemplo horrorizado “la esperma. La mancha como saliva que pisan distraídos los que caminan bajo la belleza de la luz…” En la mesa que está enfrente, me interpelan tres montañas de libros.
Me acerco. Miro alrededor. No hay moros (ojos) en la costa. Indago y toco los libros. “Te estás dejando manosear,” me digo con las palabras del narrador. Con otra cita del cuento a la mano, “no puede estar sucediendo esto,” reviso una a una las montañas, hechas con textos de Silén: una topografía libresca.
En la primera hilera de picos, que divide la mesa mugrosa entre el norte y el sur, están las publicaciones de los años setenta. Una cordillera de tres poemarios: Después del suicidio (1970), El pájaro loco (1972), Los poemas de Filí-Melé (1976), textos fundacionales, de mucho cambio. En la segunda hilera, una línea porosa y zigzagueante que divide la mesa entre el oriente y el occidente, todo se mezcla: los antiensayos, El llanto de las ninfómanas (1981), la antología neoyorrican, Los paraguas amarillos (1983), la novela, La biografía (1984), el ensayo filosófico, Nietzsche o la dama de las ratas (1984), y la novela Las muñecas de la Calle del Cristo (1989). A su vez, agrupados en la zona rocallosa del este, están por un lado los antiensayos de La rebelión (1995) y los ensayos de Los ciudadanos de la morgue (1997); y por el otro, los cuentos: Los narcisos negros (1997) y Los gatos azules-Les chats bleu (1997).
Dispersos, como cerros con autonomía que, no obstante la distancia, se interconectan, los nueve libros publicados de 2000 a 2012 inundan la mesa mugrosa y a veces rocallosa de la biblioteca pública, donde la Exégeta se masturba: “La luz del cielo lastimada posee el olor incoloro de la esperma de algún hombre.” Miro “vidriosamente” la montaña de libros, “las palabras del olvido y del polvo que yacen delante” de mí, y, como la Exégeta, “!Realido!”:
“–¿A qué te dedicas?
–¡Realido! –dices deslumbrada aún por la ironía de tu verbo se mira en el asombro de tu estanque hasta contemplar los ojos grises de Narciso.
–¡Sí –dices infantilmente –digo realidades!
–¡Oh!”
Entre tres poemarios, Casandra & Yocasta (2001), Catulo o la infamia de Roma (2010) y Dios es ateo (2011); entre tres textos narrativos, una novella, La muerte de mamá (2005), una novela, La novela de Jesús (2009), y un libro de cuentos, Tanni Lee y los cuentos de la nada (2012); entre la prosa de la crítica literaria, Francisco Matos Paoli o la angustia de Dios (2009), la de los antiensayos, La poesía piensa o la alegoría del nihilismo (2010), y la del ensayo lírico-político, El maricón o los señores de la noche (2012); entre el teatro, El velocípedo de Jesús (2011); la mesa se llena de cuerpos.
La realidad de estar metidos, como lo estamos, en un cuento, “Amara,” se hace ensayo. “¡Realidamos!” Sobre todo, porque “Amara” pertenece a un libro “malvado” y “bondadoso,” Tanni Lee y los cuentos de la nada, en cuya introducción, Silén es perversamente claro: “Esta mañana me he puesto a hojear estos cuentos que esperan por ellos mismos y que aguardan por otros ojos siniestros que descubran su maldad, que descubran su bondad y su poesía.”
Miro la plasta de semen que tematiza el cuento, “La mancha como saliva que pisan distraídos los que caminan bajo la belleza de la luz de las sombrillas.” Siento asco literario. Para aliviarme, pienso en la exclamación del narrador: “¡Ah, cómo me hubiera gustado decir Bogotá, San Juan o Lima, pero las citas con el destino no poseen augurios!” El olor a tragedia huele a ironía. Un desespero parecido al de la claustrofobia libresca, me sobrecoge. Los ojos buscan la página del cuento, subrayada en amarillo silenista, donde hay una ventana abierta: “Caminamos idiotamente sobre el milagro que somos.”
Vuelvo al prólogo de Tanni Lee y los cuentos de la nada. Respiro mejor. Busco luz. Sin pisar la plasta de semen que ha quedado cerca de la mesa, voy directo al pasaje del ensayo que pide a gritos un poco de maldad: “La crítica está corrupta por los ‘profesores de retórica’ [alusión al ‘Rey burgués’ de Rubén Darío] y por los espectros de la Real Academia de la Lengua.” La espada de Silén brilla en la aparente quietud de los libros. “Éstos [los profesores de retórica] han escrito en alguna ocasión versos y han pasado como ‘poetas’ de pozomuros [cloacas]. (Estos poetas han levantado estatuas de lata sobre los pozos sépticos).” ¡Me siento como la mierda!
Belleza horrenda. Como los personajes del cuento, salgo del salón de lectura y bajo “la escalera de la biblioteca de la calle 42.” Pero a diferencia de ellos, me voy con un libro caliente en el bolsillo del abrigo. Camino “entre la Sexta y Quinta Avenida a la altura de la calle 42.” Bordeo “el parque como si fuera una burbuja enorme donde se respira.” En “uno de los tantos come-y-vete niuyorquinos,” me detengo; palpo el librito que llevo en el bolsillo. Sudo y tiemblo de perversidad silenista. Pido una pizza de brócoli, “olorosa y deliciosa.” Me siento. Saco Tanni Lee y los cuentos de la nada. Lo hojeo (como hizo el propio Silén en el prólogo: “Esta mañana me he puesto a hojear estos cuentos…”).
En la solapa de la contratapa, leo la lista de veintiún libros que componen la obra de Silén. Me doy cuenta de dos (er)ratas, referentes a la fecha de publicación de Rebelión (dice 1990 en vez de 1995) y de Los ciudadanos de la morgue (dice 1995 en vez de 1997). El sabor de los títulos que leo, El velocípedo de Jesús, Dios es ateo, Nietzsche o la dama de las ratas, me gusta. Me percato de una ausencia mayor: la omisión en el listado bibliográfico de La poesía como libertá (1992), un poemario compuesto de cinco poemarios, tres inéditos, Las mariposas de alambre, El último círculo y El libro de los místicos, y dos publicados antes, Los poemas de Filí-Melé (1976) y El miedo del Pantócrata (1980). Este último, también ausente del listado bibliográfico.
Ante la ausencia, salgo del come-y-vete como un cohete. Dejo la pizza de brócoli en el plato. Regreso corriendo a la biblioteca, para ver si está La poesía como libertá entre las montañas de libros. Entro a la sala de lectura, pero la mesa mugrosa está vacía. ¿Escupo?
En vez de la mancha de semen en el piso, encuentro en la mesa donde antes estaba la topografía libresca, un soneto escrito en la superficie, cuyo título, horrísono, siniestro, resulta bello (en un sentido silenista): “Mis libros no existen.” Lo leo. Siento vértigo. Miro alrededor, esperanzado de encontrar a Silén, pero lo único que consigo “ver” es el recuerdo. La cita, en La rebelión, donde se plantea que lo siniestro encanta, y que, como el crimen, obliga a regresar, con horror gustoso, a lo atroz (lo feo, lo sucio, lo horroroso, lo perverso):
“Si esto es así, la primera afirmación que hace la estética de lo sublime es ésta: lo siniestro encanta… El hombre, entonces, vive encantado por su parte metafísica. Por esa parte que no sólo lo aterra, ese deseo de huir de ella, sino que lo obliga a volver a ella oscuramente para embellecerla.”
Releo despacio el soneto escrito en la mesa. Toco con el índice sin borrarlos, los primeros veros del primer cuarteto: “Mis libros no existen como si fuera/ la bruma amontonada de mi cuerpo.”
Libidinosa como es esa cláusula hipotética, la relación entre los libros y el cuerpo no se queda en la neblina. Materialidad sobre materialidad —una resta profana, demasiado violenta: “Mis libros no existen”—, la perversidad aumenta en el amor sucio de los libros negados. Hipertélico, el soneto “silena” y saliva; “orgasma,” pero el autor (Silén) no se deja ver en la biblioteca. La belleza horrenda del poema florece en el primer cuarteto. Como un pulpo de mala leche, emite su tinta negra, hermosa, demasiado siniestra, desde una construcción lingüística parecida: “Mi muerte no existe como si fuera /la explosión de las gaviotas en elocaso.” La superficie se cubre de plumas muertas que se pegan a la mesa.
 A partir de los libros borrados y de la muerte negada, la belleza del soneto inunda la mesa de cadáveres y carcasas. Huele a podrido (y también, silenistamente, a Dios). Una hilera de muertos, sin tapar el poema escrito, se queda elípticamente con la horizontalidad de la mesa mugrosa, con una sucesión de imágenes funestas: “Un montón de barcos hundidos,/ un montón de ahorcados, un montón/ de niños derribados.”
La silueta en claroscuro de Silén, riéndose, siempre con una sonrisa, queda plasmada sobre la letra negra del soneto, cuyo segundo cuarteto reincide, desde el último verso, en la cláusula hipotética: “Hace frío como si/ mis labios sangraran descosidos.”
En los dos tercetos que siguen, la grafía del poema, testimonio de un pulso que tiembla, que se acalora, zigzaguea, como si la letra se quisiera “descoser” en un charco de lápiz negro. El oscuro de las palabras tambaleantes, una antropología rabiosa y hasta feroz, se hace más negro (azul silenista).
No obstante, la mano que escribe esos tercetos lo hace con ira amarilla (bilis de Dios): “Mis libros no existen. Alguien los robó/ de las librerías; alguien blasfema,/ y alguien no ha dejado de odiarme.” Se oye, en el silencio de la biblioteca, el golpe sordo y profundo de César Vallejo (“el odio de Dios”). La silueta de Silén parece que mueve los labios.
La fealdad del odio que borra la obra, se ahoga en el amor “áspero” del Poeta. La paranoia tilita, se hace (e)vidente: emite pedos de luz que iluminan la mesa. La silueta del Poeta, salivando y “silenando” en su propio hedor, se intensifica. Desde el reflejo sordo del soneto, ironiza. Para ver mejor la mesa vacía sin sus libros; para mejor sodomizar el amor que se roba los textos, la silueta se saca los ojos, como Narciso, y “orgasma.” Esputa, patea a Dios y también a la madre muerta, a quien, en La muerte de mamá (2005), le come los ojos.
Por eso, la maldad y la perversidad de los que, con su odio, se roban los libros, bendicen al Poeta. Lo limpian de culpa en la venganza, la cual prepara desde la literatura, que es como asume la belleza “ultrajada” de lo que más le duele: “Los neologismos me abruman./ Alguien me ha amarrado la lengua.” En silencio, el último verso del terceto se estrella en lo sublime: “Alguien…ha derribado las gaviotas.”
Entre plumas mojadas, la silueta del Poeta se esfuma de la mesa mugrosa (como un pedo de luz que se apaga). Huele a la nada de los cuentos de Tanni Lee.
Epílogo. Antes de que se borre el poema de la mesa, lo transcribo en unos papeles de arroz (para fumar). Inmediatamente, saco Tanni Lee y los cuentos de la nada del bolsillo. Lo abro. Pongo los papeles escritos entre las páginas setenta y setentaiuno del libro. Lo cierro y lo vuelvo a abrir; funciona. Leo el poema por última vez. Sin fumármelo, cierro el libro y regreso a las estanterías. Lo pongo donde corresponde, en la zona PQ, al lado de Los narcisos negros (1997).
Me voy. Salgo disparado con los bolsillos limpios. Afuera, frente a la biblioteca, miro los leones de la entrada. Pienso en el lector que, al abrir Tanni Lee y los cuentos de la nada, se lleve la sorpresa del poema atroz:
Mis libros no existen
Mis libros no existen como si fuera
la bruma amontonada de mi cuerpo.
Mi muerte no existe como si fuera
la explosión de las gaviotas en el
ocaso. Un montón de barcos hundidos,
un montón de ahorcados, un montón
de niños derribados. Hace frío como si
mis labios sangraran descosidos.
Mis libros no existen. Alguien los robó
de las librerías; alguien blasfema,
y alguien no ha dejado de odiarme.
Los neologismos me abruman.
Alguien me ha amarrado la lengua.
Alguien…ha derribado las gaviotas.

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