Los muertos no mueren en este reino

Arturo del Villar*. LQS. Junio 2019

El 23 de julio de 1969 se garantizó su perpetuidad más allá de la muerte, al recibir el juramento de lealtad a su exigua persona y de fidelidad a sus leyes genocidas, por parte del designado por él

Se está proyectando ahora en los cines españoles la película de Jim Jarmusch titulada Los muertos no mueren, lo que parece una alusión a la actualidad política del reino. Nos dijeron que había muerto el dictadorísimo, y que le sustituía el designado por él mismo como sucesor a título de rey, pero lo cierto es que el dictadorísimo sigue mandando en 2019 lo mismo que en 1939, cuando inició su reinado sin corona, pero con autoridad absoluta.
Un ejemplo: el Gobierno del reino pretende sacar su momia del monumento funerario que ordenó construirle a los presos políticos, para equipararse a los faraones egipcios que al cabo de los siglos mantienen su momia perfectamente conservada dentro de una fantástica pirámide. Pero él no quiere salir de su sarcófago majestuoso, porque para eso puso a trabajar a los presos políticos en la edificación de su pirámide moderna, y ahí sigue, sin importarle las decisiones gubernamentales, demostrando quién manda en realidad en el reino de España: el muerto que no ha muerto, aunque lo enterrasen con unos honores dignos de un faraón moderno.
La verdad es que no puede extrañarnos su pertinacia en el mando, porque ya lo había anunciado. El 23 de julio de 1969 se garantizó su perpetuidad más allá de la muerte, al recibir el juramento de lealtad a su exigua persona y de fidelidad a sus leyes genocidas, por parte del designado por él, debido a su omnímodo poder, su sucesor a título de rey, Juan Carlos de Borbón y Borbón. En el discurso de fin de ese año catastrófico, difundido por todos los medios de comunicación nazionales, el 30 de diciembre, manifestó su tranquilidad respecto al futuro, porque se había garantizado la seguridad de seguir mandando después de su muerte. Así lo declaró, y puede leerse en cualquiera de los diarios impresos entonces:

“Respecto a la sucesión a la Jefatura del Estado, sobre la que tantas maliciosas especulaciones hicieron quienes dudaron de la continuidad de nuestro Movimiento, todo ha quedado atado, y bien atado, con mi propuesta y la aceptación por las Cortes de la designación como sucesor a título de Rey del Príncipe Don Juan Carlos de Borbón. Dentro y fuera de España se ha reconocido, tanto con los aplausos como con los silenciosa, la prudencia de esta decisión trascendental. […]
Bien podemos decir que la instauración de nuestra Monarquía cuenta con un respaldo popular prácticamente absoluto y desde luego muy superior al que tuvo en 1700 el Rey Felipe V, en cuya entronización jugaron mucho más las maniobras políticas de potencias extranjeras que la propia voluntad del pueblo español. […]
La permanencia inalterable de los Principios del Movimiento, la solidez del sistema institucional del Estado y la designación y juramento prestado por el Príncipe de España, de cuya lealtad y amor a la Patria ha dado sobradas muestras, son firme garantía de la continuidad de nuestra obra”.

Enfatizó que había instaurado su propia monarquía, titulada del 18 de julio por el día de su rebelión contra la II República. Insistió en que no se trataba de una restauración, como la impuesta por otro general traidor, Arsenio Martínez Campos, en 1874, al dar un golpe de Estado contra la I República para restaurar la monarquía borbónica en la persona de Alfonso XII, hijo de la depuesta Isabel II. La mejor prueba de que no era una restauración la proporcionaba el hecho de que no seguía la línea dinástica continuadora de Alfonso XIII, lo que llevaría al trono a su único hijo sano de cuerpo, Juan de Borbón, sino que instauraba en el trono a Juan Carlos, nieto de Alfonso XIII, saltando a su padre.

La continuidad de la dictadura

Alteró la sucesión de la línea dinástica para asegurarse la persistencia de su régimen. Suponía el dictadorísimo que Juan tal vez no accediera a cumplir los llamados Principios del Movimiento cuando se viera en el trono, en tanto estaba seguro de la fidelidad de Juan Carlos, confiando en que por primera vez en la historia un Borbón cumpliera su juramento, como así ha sido. Por ello se mostró seguro de que era “firme garantía de la continuidad” de la dictadura criminal que también instauró él en 1936, desde su designación como dictadorísimo por sus compañeros de traición.
Con el cinismo característico de todos sus discursos, tuvo la desfachatez de afirmar que su decisión personal de designar como su sucesor a título de rey a Juan Carlos contaba “con un respaldo popular prácticamente absoluto”, cuando lo cierto era que los españoles asistimos mudos y quietos a la representación de aquel esperpento en las esperpénticas Cortes fascistas, que desde luego aprobaron con fervorosos aplausos todo lo que les propuso su amo. Tales aplausos carecían de valor, debido a que los llamados “procuradores” eran designados entre personas de comprobada fidelidad a la dictadura. No pudo existir ningún “respaldo popular”, porque al pueblo no se le permitió opinar sobre la designación dictatorial.
En cuanto a la cita de Felipe V como ejemplo de respaldo popular, resulta
tan incoherente como todo el discurso, puesto que llegó a ocupar el trono después de una guerra europea librada en territorio español durante catorce años, que destrozó la ya enclenque economía nacional.
Por todo ello se declaraba satisfecho, resumiendo la situación en una frase que se hizo histórica: “Todo ha quedado atado y bien atado.” Con ese nudo, más difícil de soltar que el gordiano, ceñía el cuello del pueblo español más allá de su muerte. Eso le permitía continuar mandando después de muerto, como ejemplo de muerto que no muere, puesto que no deja de mandar. Y el designado por él como sucesor a título de rey se hizo así cómplice de los crímenes cometidos por la dictadura, al jurar ante un crucifijo sobre un ejemplar de los Evangelios su “fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás leyes fundamentales del reino”.

El futuro quedó atado

La convicción del dictadorísimo sobre la fuerza del nudo que dejaba atado le animó a repetir la frase sobre lo indestructible de la atadura, en un discurso pronunciado el 18 de noviembre de 1971, al inaugurar la décima legislatura de sus histriónicas Cortes fascistas:

“De esta suerte, al cumplirse las previsiones sucesorias se instaurará en su día la Corona en la persona del Príncipe de España, entregado a nuestro Movimiento y que tantas pruebas de lealtad y servicio nos viene dando. Aquel hecho decisivo ha sido concretado por la Ley de la Jefatura del Estado de 15 de julio pasado, al determinar las funciones del Príncipe de España en los casos de ausencia o enfermedad del Jefe del Estado, que deja atado, y bien atado el futuro de nuestra Patria, irreversiblemente orientado en el camino de la grandeza, de la justicia y de la libertad”.

Llamaba “previsiones sucesorias” a las que tenía ordenadas para después de su muerte, consistentes en el inicio del reinado de Juan Carlos de Borbón, en el que confiaba porque le había demostrado con pruebas fehacientes su lealtad. Lo adiestró personalmente para que asumiera la jefatura del Estado como dictadorísimo en funciones en caso de que él sufriera una enfermedad, lo que en efecto sucedió el 19 de julio de 1974, cuando la flebitis obligó a su hospitalización. El aprendiz de sucesor se mantuvo en el cargo interino hasta el 2 de setiembre, con la felicitación de su maestro cuando recuperó el mando. Por segunda vez desempeñó el cargo de dictadorísimo en funciones el 30 de octubre de 1975, y ya pasó a sucederse a sí mismo el 22 de noviembre, al ser proclamado rey por las caricaturescas Cortes fascistas de la dictadura. Pasó, pues, de ser dictadorísimo en funciones a ser rey en un proceso absolutamente ilegal, como lo era el régimen derivado de la cruenta guerra originada por el golpe de Estado de los militares monárquicos contra la legalidad republicana.
Su reinado ha permanecido sujeto por la atadura de su juramento, continuando la orientación marcada por el dictadorísimo, que él consideraba con su inmenso cinismo “de la grandeza, de la justicia y de la libertad”, aunque ha resultado todo lo contrario. Nunca se nos ha autorizado a los forzosos vasallos a decidir la forma de Estado que preferimos, porque es sabido que triunfaría la republicana y se acabaría la monarquía del 18 de julio.
Al hacerse imposible la continuidad de su reinado, por la corrupción en que lo había hundido a causa de sus relaciones peligrosas con delincuentes económicos, algunos condenados a prisión; de su intervención en toda clase de negocios sucios para obtener suculentas comisiones, y de la golfería de sus amantes públicas, le pasó la corona putrefacta a su hijo, educado por él en los principios que le inculcó el dictadorísimo, pervertido por su ejemplo escandaloso. Y así el dictadorísimo continúa mandando, como un muerto no muerto, y los vasallos forzosos seguimos teniendo atado el nudo en torno a nuestro cuello. Bien es verdad que la culpa es nuestra, por lo que no podemos lamentarnos.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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