Los niños de la mochila: una reflexión

Cristina Ridruejo. LQS. Febrero 2019

Al hilo de un acto en La Atenea, espacio social colaborativo, con la iniciativa de Acercar-Convivir y organizado por Móstoles Feminista

Para un niño o niña, que uno de sus padres esté en prisión ya es de por sí una losa dura de llevar. La ausencia, la incertidumbre, el estigma. Poder visitar a tu madre o tu padre solo una vez al mes y un par de breves llamadas telefónicas a la semana, eso ya es duro. Pero si a eso le añadimos que para hacer esa visita mensual, tengas que pasar entre 12 y 16 horas de autobús de ida y otras tantas de vuelta, es decir, recorrer 1600 km para poder pasar tres horas con tu padre o madre, no solo es un sinsentido, sino que es, sin duda alguna, un agravio. Es una forma de castigar no solo a las personas presas, sino también a sus familias, y en particular a sus hijos e hijas.

Tras escuchar las voces de estos niños, niñas y jóvenes, la mayoría de los cuales no han conocido otra cosa en su vida que esos largos viajes repetidos una y otra vez, una y otra vez, mantuvimos una conversación con Maider Viso, madre de una de las niñas que protagonizan el documental. Con estupor escuchamos entonces que su compañero lleva 18 años en régimen de incomunicación en prisiones de Andalucía, es decir, habitando una celda en los sótanos de la prisión, sin luz natural, con derecho a salir al patio una hora al día cuando no están los demás presos. Voy a repetir el dato porque vale la pena: dieciocho años. Una vida. Si nos lo contaran en una película estadounidense, daríamos por sentado que es una exageración del guionista, o como mucho, pensaríamos que en aquel país que mantiene la pena de muerte, son unos extremistas. No como nosotros. ¿Qué clase de sádico mantendría dieciocho años encerrada en un sótano a cualquier persona? Entonces comprendí las respuestas de algunos de los niños, cuando en el documental les preguntaban cómo describirían la cárcel: “fría y oscura”, afirma una pequeña. Fría y oscura. Dieciocho años. No me cabe en la cabeza.

Las medidas excepcionales se aplican cuando una situación es excepcional. Hace muchos años que la situación en España y en el País Vasco dejó de ser excepcional. ETA anunció el cese definitivo de la actividad armada en octubre de 2011, y el año pasado su disolución formal, hace siete años que abandonaron la violencia. El Estado, en cambio, mantiene las medidas excepcionales con las personas presas. El Estado, en cambio, no abandona la violencia. Frente a las personas presas y frente a sus familias.

Con su trato a las presas y presos vascos, el Estado incumple la Carta Universal de Derechos Humanos. Es un hecho objetivo, aunque lo triste es que el Estado incumple tantos derechos humanos —no solo en este tema, sino en general— que este acaba siendo uno más y no le prestamos mucha atención: nos han acostumbrado a aceptar pasivamente las violaciones constantes de derechos (migrantes, mujeres, vivienda, libertad de expresión…), nos han domesticado.

Pero, ¿cómo vamos a opinar si no sabemos nada? Opinar sobre el acercamiento de las presas y presos vascos desde el punto de vista de la política o del Derecho internacional (y nacional) es una cosa. Pero otra cosa es pasar al punto de vista humano, que es lo que nos permite este documental. Conocer la realidad cotidiana de las hijas e hijos de las personas encarceladas, el castigo espantoso que supone para estas familias tener a sus familiares a cientos de kilómetros de casa, el trastorno para los menores, pero también para todos los demás: familiares enfermos o muy mayores que no pueden viajar, familiares que no pueden costearse el viaje. Gracias, gracias, a ETB por hacerlo, a Acercar-Convivir por difundirlo en Madrid.

Eskerrik asko Maider! Necesitábamos saber.


– Móstoles Feminista
– La Atenea, espacio colaborativo
– Acercar-Convivir
– Sare Herritarra

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