Los niños santos de Europa

Nònimo Lustre*. LQS. Octubre 2019

La Historia de la Europa medieval está plagada de rebeliones y de cruzadas pero ya es casualidad que los niños sólo protagonizaran una de estas miles de peripecias. Y es todavía más casualidad que apenas haya documentos originales sobre la famosa Cruzada de los Niños

En La Vanguardia, un diario de máxima distribución en Catalunya y en Ejpaña, se ha publicado la pasada semana el enésimo artículo sobre la Cruzada de los Niños. Mejora un poco la documentación manoseada hasta la fecha por los medios masivos de desinformación pero, aun así, en sus 2.230 palabras no menciona la palabra cátaros por lo que el suelto escamotea la verdadera historia de esos ‘niños cruzados’ y, en definitiva, resulta estar escrito para reforzar la historia sagrada europea. Como llevo años discutiendo este tema, hoy no me apetece abundar en un tema -arquetipo de la propaganda európida- cuya historia verdadera está clarísima. Por esta perezosa razón, hoy me limito a reproducir un artículo que, con el mismo título de este poste (menos el bis), fue publicado en el remoto año de 2010. Velay:

Ahora que España rebosa de fervor europeo, quizá sea necesario recordar algún episodio de la verdadera Historia de esta pequeña península de Asia. A ser posible, una anécdota en la que intervengan las fuerzas que, según nos dicen, forjaron la europeidad –huelga añadir, la Iglesia y la Monarquía-. Por lo tanto, una historieta plena de amor a la infancia, comercio mediterráneo, tolerancia, benignidad e identidad cristiana. ¿Qué les parece la muy edificante Cruzada de los Niños?

Comencemos desde un poco atrás: Arnaud Amalric (¿-1225), venerado monje cisterciense, fue abad del monasterio catalán de Poblet entre 1196 y 1198 pero es mucho más conocido por haber pronunciado una de las frases que mejor retratan al cristianismo: “Matadlos a todos; Dios conocerá a los suyos” (Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius) Se refería a los habitantes de Béziers, la ciudad francesa a punto de ser conquistada por el ejército del Papa y de los reyes por estar corrompida por la herejía cátara. Claro está que no todos sus habitantes eran herejes pero el santo abad resolvió el problema inspirándose en una tradición muy europea: deshacer el nudo gordiano cortándolo. Sobra decir que se cumplimentó tan piadoso designio: no quedó ni un bezieriano para contarlo.

La cruzada contra los cátaros o albigenses continuó varios años más pero el catarismo (no confundir con el actual katarismo, ideología de los indígenas del altiplano andino con la que los cátaros o perfectos podrían establecer concomitancias) estaba herido de muerte. Por lo tanto, podemos decir que el final de la sublevación cátara ha de fecharse el 22.julio.1209, día de la destrucción de Béziers. Hasta aquí la historia oficial. Según otras interpretaciones, se acabó el amor libre, la investigación sobre los anticonceptivos, el desprecio por los lujos, el aborrecimiento del sacerdocio y de las jerarquías vaticanas y, en resumen, el comunalismo y el asambleísmo (1).

Si somos tan idiotas como para respetar la Historia Oficial, poquísimos años después nos encontraremos con un episodio que, aparentemente, no tiene nada que ver con la santa gesta del abad Amalric: la Cruzada de los Niños. ¿Nada que ver? Estudiemos brevemente los hechos más elementales: Béziers es destruida en el verano de 1209 y la susodicha Cruzada llega a su apogeo en Marsella durante el verano de 1212. Dos veranos por medio, unas ciudades relativamente cercanas, una sublevación popular en su agonía, la desbandada de las familias insurrectas y las consiguientes represalias de los ejércitos europeos…

Prosigamos con hechos que requieren alguna información previa. A principios del siglo XIII, ¿era Europa una región absolutamente cristianizada?: para nada. El paganismo o religión de los indígenas europeos se mantenía no sólo latente sino potente, como puede demostrarlo que todavía hoy sea posible percibir sus rasgos encubiertos tras los rituales cristianos, entre las clases pudientes. Otro tanto le ocurría a la idolatría o religión de los clásicos grecolatinos. De ambos fenómenos era muy consciente el Papado y por ello los combatía con su proverbial saña. Las razzias evangelizadoras eran el pan nuestro de cada día pero, siguiendo la conocida táctica vaticana de “al enemigo ni agua ni mencionarlo”, oficialmente toda Europa era cristiana hasta los tuétanos por lo que se exterminaba al hereje, no al pagano o al idólatra.

Visto así, ¿en qué cabeza cabe que, de repente, unos niños europeos se inflamaran de mesianismo cristiano? Ni siquiera es admisible que, aprovechando su natural deseo de aventura, los engañaran con el señuelo de rescatar la Tierra Santa. Los niños primero hubieran preguntado: ¿qué es eso de la Tierra Santa?, una pregunta que hubiera requerido ser contestada con todo un curso de propaganda cristiana y de geografía en un tiempo en el que el Mundo terminaba en Gibraltar y no estaba claro cuál de los millones de iluminados y rebeldes que pululaban por Europa era descendiente de Cristo, El Mesías.

Además, la Historia de la Europa medieval está plagada de rebeliones y de cruzadas pero ya es casualidad que los niños sólo protagonizaran una de estas miles de peripecias. Y es todavía más casualidad que apenas haya documentos originales sobre la famosa Cruzada de los Niños (2). ¿Me quieren convencer de que una epopeya semejante que hubiera sido honra y prez imperecedera de la Cristiandad no tuvo sus cientos de santificadores y correveidiles? Algo huele mal en la historia de esta (supuesta) Cruzada.

Después de este breve análisis, podemos volver a los hechos elementales: si las familias cátaras huían por todo el Midi francés desde el verano de 1209 y la mentada Cruzada comienza a fraguarse menos de tres años después, estudiadas las condiciones de transporte de la época, es plausible suponer que ese lapso de tiempo fue el que la alianza Iglesia-Reinos necesitó para secuestrar a los niños cátaros y reunirlos en el campo de concentración de Marsella.

Contra esta interpretación sólo cabe la Fe, concretamente la fe en la benignidad de la Iglesia-Estado: el Papa y sus adláteres civiles jamás hubieran cometido esa iniquidad contra impúberes cristianos. ¿No? Pues que se lo digan a Amalric. La persecución contra los cátaros fue tan indeciblemente cruel como para que la hipótesis más razonable sea que llegó hasta las raíces –la infancia-. El Papado quiso literalmente erradicar la “herejía” y para ello no dudó en llegar al secuestro masivo de niños cátaros (3).

La Historia nos dice que los niños llegaron al puerto de Marsella y que allí fueron embarcados “en siete navíos” para, a renglón seguido, ser vendidos a los moros del Mediterráneo. Estos hechos son congruentes con nuestra interpretación. Fiel a su condición de pajarraco avida dollars, el Papado no se contentó con el secuestro masivo sino que obtuvo pingües beneficios con la trata infantil. Además, ¿qué mejor manera de borrar la memoria de la sublevación cátara que deportando a sus herederos a los confines del mundo sarraceno?

¿Porqué no es oficialmente aceptada esta interpretación de los hechos? Porque la Iglesia, supuesta conservadora de los documentos históricos, ha tenido buen cuidado en borrarlos hasta unos extremos que sólo añaden el agravio a la injuria. Prosigamos. Los niños fueron vendidos a Hugo Ferreus y Guillem Porcus (Hugo de Hierro y Guillermo el Cerdo) quienes, automáticamente, se convirtieron en dos testigos molestos. Solución: ahorcarlos. Así se hizo. Pese a que eran dos potentados, se olvidaron de que la Iglesia es literalmente intratable. Consecuencia: Hugo y Guillermo fueron involucrados en una sublevación de los moros de Sicilia y terminaron en el cadalso mezclados con Mirabellus (Mirabet o Benevet según otras grafías) y sus dos hijos, supuestos jefes de la rebelión (4). Una vez cumplido el infame trato, fueron transfigurados en renegados. ¿Cabe mayor oprobio?

Finalmente, cerremos el círculo. El documento original que nos presenta a los dos empresarios como los más miserables de los villanos fue escrita por Alberic de las Tres Fuentes, ¡oh, casualidad!, historiador de la Cruzada de los Niños. ¿Es necesario añadir que, al igual que Amalric, el verdugo de Béziers, Alberic era también un venerado monje cisterciense?

Notas:
1.- No encontraremos entre la ingente literatura moderna sobre los cátaros ninguna de estas notas características. Al contrario, los esotéricos y autoayudadores nos los presentan como enterradores de fabulosos tesoros. La moda esotérica de los cátaros como depositarios de sabidurías secretas y guardianes (seguratas) del Santo Grial, tiene un origen conocido: fue un oficial de las SS hitlerianas, Otto Rahn (1904-¿1939?), quien, después de espiar en el Languedoc francés so pretexto de investigar las peripecias de estos herejes, publicó con cierto éxito La cruzada contra el Grial (1933). Décadas después, a este agente secreto con gabán espiritualista le siguió Peter Berling, escribidor de mucha fama actual quien comenzó con su bodrio Los hijos del Grial (1995) una interminable serie de noveluchas populares que sigue haciendo estragos en el bolsillo y en la cabeza de muchos infelices.
2.- Según un erudito, sólo hay veinte fuentes con “alguna” credibilidad (ver Raedts, Peter. 1977. “The Children’s Crusade of 1212”, en Journal of Medieval History, 3) En total, un puñado de folios.
3.- Obviamente, no encontraremos esta versión en ninguna de las novelas históricas que se nutren de esta venganza papal. Al contrario, los novelistas muestran escasa imaginación cuando siguen a pies juntillas la Historia Oficial. El último en pecar contra su oficio ha sido Esteban Perelló, con su panfleto Cartas de Yago (2007) Pero, claro, lo que vende es descubrir anécdotas pretendidamente ocultadas por el Poder. Por ello, este autor asegura que “la Iglesia lo intentó silenciar porque fue un drama gigantesco en Europa, porque se fugaron unos 13.000 niños. Niños pequeños, de seis, ocho o diez años” (El Norte de Castilla, 09/09/2007) ¿Intentona de silenciar cuando hasta las piedras han oído hablar de esta Cruzada? No fue así, señor Perelló. Fue mucho peor.
4.- Véase Powell, James E., Frederick II and the Rebellion of the Muslims of Sicily, 1200-1224” (disponible en Internet)

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