Los partidos pervertidos

Imaginemos una maxicrisis económica galopante, donde la firma Ford ya no vende sus modelos. Entonces, Su Fordería, sin duda alguna, ordenaría cerrar las puertas de las fábricas automáticamente, y dejaría de cotizar en Bolsa. Al menos hasta que se clarificara la situación y se inventara una nueva varita mágica, con que regresar con fuerza al competitivo mercado de automóviles. En el mundo de la libre concurrencia, el que se ha querido y se defiende con uñas y dientes, toda empresa que fracasa al vender su producto deja de tener objeto y se ve obligada a la desaparición. Fin. Es la ley del Mercado Darwin. Si quieren resucitar, sus promotores están obligados a inventar otra cosa para que la gente compre.

Y quien dice Ford en el mundo feliz, dice cualquiera de las innumerables empresas que nadan en el sistema capitalista. Todas menos los partidos políticos de las instituciones “democráticas”. Nunca he comprendido (es un decir) el porqué de la diferencia tan ostentosa de trato entre simples objetos de consumo. En su caso se aplica una lógica que va a la contra. Incluso se elabora un bosque de legislaciones, con el único y prioritario fin de garantizar su supervivencia. Tal cual son. Un absurdo. Activistas o cómplices directos de la máquina que acondiciona, reprime y machaca generaciones de vidas humanas, animales y vegetales para consagrar una existencia mineral y el susto cotidiano como norma. Para llevar a cabo, y justificar sus propósitos, se acantonan en el barrizal minimalista y miserable de los porcentajes estadísticos. La imaginación al poder…

La obsolescencia programada es un distintivo crucial en el universo del capitalismo de consumo. Toda manufactura que se compra dura un tiempo que modernamente se ha hecho más breve; luego el artilugio se desgasta, se avería y deviene inservible. En ese momento, se puede destruir y se arroja a un vertedero para su reciclaje. Luego se transforma en otra cosa para seguir vendiendo. Los electrodomésticos analógicos o digitales y hasta el coche, supremo icono de nuestra civilización, obedecen esta ley fundamental.

Antaño los partidos políticos fueron ideologías y otros entusiasmos de la utopías que había que hacían suspirar. El alejamiento sideral de esas premisas fundacionales les ha convertido en meras empresas de espectáculos; cuando no, subsidiariamente, en meras agencias de colocación para adeptos y fidelidades familiares en primer o,segundo o tercer grado.

O sea, en empresas como cualquier otra. Por lo tanto, sujetas a los logros del éxito en la venta de la mercancía o bien a la desaparición por el sumidero del fracaso.

Pero está claro que no es así. Los partidos políticos llevan años, siglos, atorrándonos con promesas mentirosas, expectativas incumplidas, sueños frustrados, mediocridad garantizada, maquinaciones siniestras o directamente asesinas, y aburrimiento sin límites. Y siguen ahí, perpetuos. Como pecios encallados y encanallados de una democracia fingida.

* Director del desaparecido semanario "La Realidad"

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