Los preámbulos de la guerra

Mikel Itulain*. LQS. Noviembre 2019

Los ignorantes, que como es costumbre no escasean, dirán que eran otros tiempos y las gentes de antes eran más violentas y menos propensas al diálogo. Tal aseveración no solo es falsa, sino que como embustera que es trata de ocultar la realidad de aquella época

Cuando yo era pequeño, vivía en un medio natural en el que lo que estaba bien y lo que no lo estaba parecían diferenciarse con notoria claridad. Había normas y conductas que, como ejemplos, sacaban de la duda a cualquiera ante cualquier cuestión. Parecía así un mundo congruente donde la sensatez, la cordura y, por qué no, la justicia acababan saliéndose con la suya.

Sin embargo, una tarde de verano vi algo diferente, algo que quebrantó esta forma de ver y entender la vida. No sé cómo, aunque fuese muy entendible ese cómo, surgió un comienzo de conversación sobre la guerra que se vivió en España en 1936 y en concreto en Navarra. Fue breve no porque alguien con su voz la hiciese callar, sino que fue el rostro de consternación de mi abuela el que nos hizo enmudecer a todos. No hicieron falta palabras para entender que algo muy grave había ocurrido y seguía arrastrándose como una deuda de dolor e injusticia con el tiempo. Yo entonces no era conocedor de lo realmente sucedido, solo después, una vez sabidos los hechos, pude entender la magnitud del suceso y la reacción de esta mujer, tan habitualmente serena como valiente. Una ola de represión y terror, debidamente preparada, emergió aquellos días donde los grandes propietarios quisieron dejar zanjado cualquier cuestionamiento social, acabando físicamente con cualquier posible oponente, aunque solo lo fuese de voz o pensamiento. Las barbaridades que cometieron en Navarra y en otros lugares fueron enormes. Si bien en la localidad de mi abuela tales acontecimientos sangrientos no sucedieron, sí tuvieron lugar en poblaciones no lejanas y especialmente en la zona media y sur de esta comunidad. Las noticias de los horrores y del miedo, aunque públicamente silenciadas, terminaron llegando de primera mano; pues no olvidemos que la comunicación directa y las relaciones sociales entonces eran mucho más intensas de lo que lo son hoy. De hecho, trabajadores de la Ribera navarra, donde con mayor grado actuó la represión, se desplazaban los veranos con la temporada de la siega a la comarca de Pamplona y el Prepirineo, donde vivía mi familia. En esas largas horas compartidas, tarde o temprano, se hablaba de lo que les hicieron a tal y cual, y quienes lo hicieron. Era una información prohibida, pero que secretamente circulaba en la intimidad de la confianza de las personas.

Y ahora viene la cuestión: ¿Cómo pudo ocurrir tal cosa?,¿Cómo pudo desatarse tal espiral de violencia y de odio?

Los ignorantes, que como es costumbre no escasean, dirán que eran otros tiempos y las gentes de antes eran más violentas y menos propensas al diálogo. Tal aseveración no solo es falsa, sino que como embustera que es trata de ocultar la realidad de aquella época. Si bien siempre se podrá apelar a esta cantinela de la barbarie de tiempos pasados, debemos tener presente que esto harán con nosotros y no nos gustará, porque poco tiene que ver con nuestra naturaleza y la de los acontecimientos, como poco tuvo que ver con la de los pasados.

Ya para entrar en el fondo del asunto, abandonando los subterfugios, debemos decir que para generar ese odio necesario para activar la violencia de una persecución y finalmente de una guerra, es cuestión ineludible denigrar y demonizar a quien se quiere destruir. Es lo que hicieron en 1936 con los perseguidos, presentados como monstruos que querían destrozar y arruinar la sociedad y la religión, a los que se acusaba de ser causantes de atrocidades que requerirían el justo castigo de los justos. Así fue alimentado el fuego, aportando el combustible, el oxígeno y la temperatura apropiadas para desatar el incendio que finalmente ocurrió.

Bashar al Assad, el presidente sirio, es presentado por la prensa occidental, que es una fábrica de la mentira y la propaganda de guerra, como un «dictador brutal», cuando en realidad es un gobernante democrático y muy popular por sus políticas realmente sociales

Debemos tener presente que todo aquello no fue un destino de la historia, sino algo que fue perfectamente evitable y que nunca debió ocurrir. Los que instigaron estas aversiones son tan responsables o más que los que posteriormente fusilaron a las personas ya deshumanizadas.

Pero esto que les he contado no son cosas del pasado, sino que han sucedido en nuestros días. La demonización de formas de gobierno y gobernantes con un carácter independiente, enfocados al bienestar de la población de su país, con carácter realmente democrático y no sometidos al capricho y codicia de potencias extranjeras, como son los recientes casos de Siria y Libia, donde se provocaron persecuciones, matanzas y destrucción a gran escala, en atroces guerras de invasión coloniales, muestra con nitidez como esta corrupción moral humana sigue muy presente en nuestra sociedad.

Hoy en día las argucias para justificar la agresión, basándose en mentiras y la difamación, son las trolas del «dictador brutal» y del cuento del «régimen», pero que en una sociedad tan desinformada y embrutecida como la nuestra son suficientes para llevarlo adelante, pese a la falta de cualquier rigor o evidencia. Se impulsan las malas emociones y se anula a la razón, es suficiente caldo de cultivo para la barbarie.

Por eso cuiden su pensamiento y no se dejen engañar y arrastrar por las olas de la demonización de este o aquel dirigente, o de este o aquel gobierno, pues se trata de la campaña de propaganda instigadora de la guerra.

Notas:
1.- Navarra 1936. De la esperanza al terror. Altaffailla Kultur Taldea. VV.AA. 1986.
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