Guadi Calvo*. LQS. Noviembre 2018

El cerrar los ojos, el mirar para otro lado se ha convertido en la mejor alfombra para esconder la basura, perdón los refugiados. La solución más efectiva que han encontrado en el Mediterráneo, tanto las naves militares como las mercantes, es ignorar los pedidos de socorro, pecado como ninguno, para la gente de mar

Todos conocemos aquello de la rana y el agua hirviendo, algunos lo llaman “el síndrome de la rana hervida”, que explica de manera muy natural los sistemas de manipulación, con los que se puede someter desde un individuo a casi la totalidad de la opinión pública, para que lo anormal parezca corriente y nadie se espante de lo atroz. No es necesario ser sociólogo o antropólogo, solo alcanza con recorrer, quizás cada día con más esmero, los medios de información, para descubrir que la trampa ha funcionado otra vez. Ahora para lograr la deshumanización de los “ciudadanos”, frente a la crisis de los refugiados y sus consecuencias más inmediatas y obvias.

Parecen ser solo cifras, uno, diez, cien, mil, diez mil… ¿números? no, muertos. Específicamente ahogados, frente a las puertas cerradas a cal y cinismo de la blanca Europa, aunque ni andaluces, ni sicilianos, ni griegos lo parezcan, son también, por lo menos del punto de vista político, tan blancos como cualquier bávaro, bretón o valón.

Desde iniciada la “crisis migratoria” allá por el 2012 o 2013, los números oficiales hablan de 14 mil, muy mal contados, así, a secas, catorce mil (14.000), ahogados, bien mojados, bien sumergidos en la desesperación por escapar de un mapa prendido fuego por las bombas y los misiles que la blanca y cerrada Europa regó, prodiga, en sus geografías en sus aldeas, o porque sus gerentes, sin duda más letales que la mejor de sus bombas, han sabido, con suma destreza, esquilmar a esas mismas naciones a esos mismos 14 mil ahogados.

Pero ¡atención! Woody Allen, refiriéndose al Holocausto dijo: “Los records están para ser batidos”, en Libia, la mayor plataforma de lanzamiento de refugiados al Mediterráneo, espera un millón, un millón y medio, su oportunidad para superarlo.
Los refugiados que atascados en Libia, son obligados a vivir en centros de detención donde son torturados y violados, cuando no introducidos en el mercado de esclavos, una nueva industria instalada en ese país, tras la trágica desaparición del coronel Gadaffi.
Europa ha implementado diferentes métodos, creando infinidad de comisiones, que han generado cúmulos de planes para lograr una solución, acorde al problema, mientras que los refugiados se siguen lanzado al mar. Sin que a nadie se le haya ocurrido con probar dejar de vender armas y de retirar a sus gerentes del terreno.

La situación no solo se ha convertido en crítica para las victimas primarias de la crisis, los refugiados que esperan en Libia y otros puntos de embarque o para el millón 800 mil refugiados que han alcanzado a arribar al continente, sino también al farrago de conflictos legales entre los países involucrados, con las ONGs que han activado planes de búsqueda y rescate de las pateras cargadas hasta el desborde. Esta inédita crisis ha disparado, reclamos y pujas internas entre las propias naciones de la Unión Europea, para las que al parecer el problema no son los ahogados, sino justamente los que no se ahogan. El Brexit por ejemplo ha tenido mucho de esto y sin duda el surgimiento del neofascismo en todo el continente, donde ya han alcanzado a ser gobierno como en Hungría o Polonia. Europa, siempre rápidamente, han echado mano a esa estupenda herramienta que es el fascismo, para resolver los problemas que ni su moral, ni su inteligencia pueden resolver.

El cerrar los ojos, el mirar para otro lado se ha convertido en la mejor alfombra para esconder la basura, perdón los refugiados. La solución más efectiva que han encontrado en el Mediterráneo, tanto las naves militares como las mercantes, es ignorar los pedidos de socorro, pecado como ninguno, para la gente de mar.

En lo que va del año son 363 muertos los que ha registrado la Organización Internacional de Migraciones (OIM), perteneciente a Naciones Unidas, aunque tendrá que sumárseles los de este último lunes primero, ya que en cercanías de la colonia española de Melilla, al noreste de Marruecos, naufragó una patera de donde se rescataron 34 personas con vida, 11 ahogados y se cree al menos otros 25 permanecen desaparecidos. Los náufragos en su mayoría eran guineanos, malíes y costamarfileños. Aunque los refugiados no solo son de países esquilmados del África subsahariana, sino de las naciones afectadas por los conflictos iniciados o profundizados a partir de la Primavera Árabe, Siria, Irak, Yemen, Afganistán o Pakistán o Libia, Yemen, Somalia, Eritrea, Sudán, Sudán del Sur, Nigeria, Níger con obvios y largos etcéteras.

El sur también existe

Dada las penurias que los refugiados encuentran en la búsqueda de escapar de las realidades de sus países que intentan llegar al Mediterráneo, por injerencia de la propia U E que presiona a los países de tránsito para que se les impida el paso. Además de los peligros naturales, que pueda significar cruzar desiertos donde las temperaturas puedan superar los 45 grados y sortear a los cazadores de esclavos, que después los venden en los diferentes mercados que han florecido en Libia, como el de Ghadames, próximo a la frontera con Argelia, o en los que funcionan a las afueras de Trípoli o en la ciudad de Sabha, en el centro del país, donde cientos de jóvenes son subastados para tareas agrícolas y muchachas introducidas en la prostitución a valores que van desde los 400 a los 1100 dólares.

Las otras alternativas del Mediterráneo como Melilla, hacía España, está extremadamente vigilada, la de Turquía hacia las islas griegas de Kos o Lesbos, para luego avanzar hacia los países balcánicos, se encuentra prácticamente obturada desde los acuerdos vigentes entre la U E y Turquía de marzo de 2016, que ha hecho casi imposible esa vía. Además del blindaje fronterizo y la mafias locales que roban y saquean a las cada vez más escasas columnas de desesperados. Otra alternativa son los puertos del Sinaí, aunque la mayoría de esos embarques han terminado en tragedia, sumado al rastreo constante de embarcaciones militares europeas, ha hecho disminuir en mucho esa vía.

Es por estas razones que son cada vez más numerosas caravanas de refugiados de Somalia, Etiopía, Yemen y otros países de la cuenca del Índico, que buscan Suráfrica como alternativa. Si bien la travesía es más extensa, es más segura de coronarla con éxito, aunque los contratiempos también son abundantes.
Estas caravanas en África, tendrán que atravesar Kenia, Tanzania, Mozambique, Malawi y Zimbabue, países de alta conflictividad social y extrema represión política, con escasa libertad de prensa, lo que hace que los padecimiento que sufren los refugiados sean prácticamente ignorados por el mundo.

La ONG Médicos Sin Fronteras (MsF), ha denunciado que las miles de personas que intentan esta nueva ruta, padecen en cada frontera arbitrariedades de características inhumanas por “crímenes” como por carecer de documentación en regla.
En espera de la resolución de si se les permite continuar viaje o son deportados a sus países de origen, los infractores son detenidos, en prisiones en las que deberán convivir con criminales con condenas firmes. Dada la burocracia en esos países los trámites de resolución se pueden dilatar hasta dos años.

Las condiciones de vida en esas cárceles son extremadamente violentas, en la Prisión Central de Maula en Lilongwe, capital de Malawi, en celdas construidas para 50 reclusos llegan a hacinarse hasta 250. Sin espacio siquiera para dormir acostados, además de las altas temperaturas, la falta de ventilación, y ni mencionar las condiciones de higiene y alimenticias, solo comen una vez al día y una harina de maíz, llamada nsima, sin propiedades nutricionales. Por lo que mucho de los detenidos extranjeros se encuentran en grave estado de desnutrición, a diferencia de los presos locales que suelen recibir viandas de sus familiares.

La prisión de Maula cuenta con más de 3 mil reclusos, la que incrementa su población, al igual que las de Chichiri y la Blantyre; por el constante flujo de refugiados, que pretenden llegar a Johannesburgo. Según las denuncia de MsF, en Maula solo hay un grifo de agua, de cuestionable potabilidad, y una letrina por cada 120 personas. Allí las enfermedades como tuberculosis, diarreas, infecciosas y de transmisión sexual, carecen de cualquier tipo de asistencia y control. Ya en un informe de 2016, se denunciaba que el 45% de los internos especulan con el suicidio. Mientras que los delincuentes locales que tienen el control del presidio dan rienda suelta a la violencia xenófoba, teniendo particularmente a etíopes y eritreos como víctimas propiciatorias.

Miles de hombres y mujeres, siguen sometiéndose a ese martirio, por llegar a Suráfrica, a pesar de saber que, no encontrarán nada diferente a lo que dejan atrás. Ya que más allá de la crisis económica del país, dada el aumento de los extranjeros, crece en Sudáfrica la xenofobia y la violencia incrementándose los ataques contra refugiados, sin que cómo la rana nadie parezca importarle que la temperatura va en aumento.

* Escritor y periodista argentino. Publicado en Línea Internacional

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