Los sinixt, ni muertos ni de parranda

Nònimo Lustre*. LQS. Abril 2021

1995: ciencia-ficción indigenista

En 1995, se estrenó la película de Tab Murphy Last of the Dogmen (Los últimos guerreros, en España), una fantasía hollywoodense sobre una tribu perdida de ‘pieles rojas’ reencontrada en el norte de los USA ¡a finales del siglo XX! Para hacer verídico lo inverosímil, entra en juego una antropóloga quien, al ver una flecha antigua, dictamina que pertenece a una fracción de los Cheyenne que escaparon en 1864 de la matanza de Sand Creek quienes, desde hace más de un siglo, viven escondidos en Montana. Son los Hombres Perro. La antropóloga y el protagonista de la peli son capturados por la ‘tribu perdida’, el prota les cura sus enfermedades y, happy end, finalmente los intrusos se pierden con los indígenas en las profundidades de un bosque no menos ignoto.

Esta película gozó de cierto éxito probablemente porque tocaba varios mitos o leyendas populares muy caros a los gringos: la autocomplaciente ilusión de que no exterminaron a todos los nativos, es decir, que subsisten unos ‘indios auténticos’ que no son peligrosos porque son muy pocos -noción anclada en un profundo desconocimiento de los indígenas vivos. A su vez, semejante self-indulgence se hace más creíble para el público porque la película incluye tres de los topicazos propios de la industria del espectáculo. A saber, el intruso que cura a los pobres indiecitos –Cabeza de Vaca como antecedente histórico-, el intruso indigenófilo pero científico por la antropología; y, sobre todo, que no debemos preocuparnos porque estos Hombres Perro –vaya epíteto- son ‘los últimos’ y no hay producto sobre los indígenas que no se centre en su apocalipsis.

El territorio sinixt, a ambos lados asimétricos del paralelo 49º, frontera entre Canadá y los EEUU (pinchar para ampliar)

Pero si hemos traído a colación una película de hace 26 años es porque abunda en un hecho recientemente pregonado por los medios: han sido ‘descubiertos’ unos indígenas a los que se creía extintos –eufemismo por exterminados. Tal es el caso de los Sinixt de Canadá-USA que pasamos a analizar.

Los Sinixt son un pueblo indígena de la familia lingüística Salish que habita en unos valles relativamente alejados del océano Pacífico –por ende, no pertenecen al comodín de los ‘indios de la Costa Noroeste’, famosos por sus altísimos tótems, sus mantas y sus máscaras que, periódicamente, tiraban al mar en sus potlachts. Los académicos los han clasificado como (ex) complex collectors, una rara categoría que los distingue de los cazadores-recolectores. De las muchas calamidades que les asolaron desde que fueron invadidos por Occidente, la más espectacular ayor fue causada por la gigantesca Grand Coulee Dam (1941, en la parte gringa del río Columbia); las obras para su construcción eliminaron a los salmones, el principal de sus alimentos tradicionales, y cuando subieron las aguas, hubo que deportar a pueblecitos enteros. Pero, para la memoria de los Sinixt, aún más pernicioso fue que desaparecieron sus cementerios antes de que pudieran trasladar los restos. Como veremos en breve, este criminal atentado fue y sigue siendo clave en la lucha de estos indígenas para conservar su identidad.

Pescando salmones antes de la represa

Antes de que ocurriera el desastre de la colosal represa, los Sinixt sufrieron toda clase de agresiones legalizadas en papel timbrado. Pese a que, en los años 1790’s, la esclavitud fue abolida en parte de Canadá, a estos indígenas no les llegó hasta 1833 y ello gracias a que la Act of the Abolition of Slavery abarcó a todo el Imperio Británico. Después, la represión fue bendecida por la ley de 1885-1888 que, al principio, excluía de la ciudadanía (¿) indígena a los Metis-Indios que recientemente se habían alzado; pero finalmente fue barnizada eliminando algunas de las más obscenas propuestas de la oposición (“sin impuestos no habrá representación, la propiedad de las tierras en las Reservas no equivale a la propiedad de los blancos, extender a los indios el voto representa el acoquinamiento de los derechos de los blancos, etc.”) Para esta no-muy-honorable oposición, los «low and filthy Indians of the reserves» eran barbarians, ignorant and barbarous, brutes, dirty, filthy, lousy Indians y savages. Además, la Act to Amend The Indian Act, de 1880, además del alcohol (opio incluido), les prohibía participar en las danzas tradicionales, celebrar ningún potlatch, vestirse de gala y/o vender los productos cultivados en las Reservas –y, probablemente por casualidad, no contemplaba la devolución a las mujeres de cualquier propiedad. ¿Huelga añadir que los indígenas ‘canadienses’ estaban vigilados por unos Superintendentes munidos de un poder absoluto?

No sólo Black Lives Matter, también cuentan las vidas indígenas

Aquellas, tan ignominiosas como numerosas, Indian Acts fueron suavizándose con el tiempo pero tan lentamente que, en 1956, extrapolando torticeramente que tres años antes había fallecido el ‘último’ anciano reconocido de los Arrow Lakes, el gobierno de Canadá los declaró ‘extintos’ -por su parte, los EEUU nunca los incluyeron en las 573 tribus reconocidas federalmente ni en las del estado de Washington. Sin embargo, en octubre 2010, Richard Desautel, un Sinixt estadounidense de la reserva Lakes Tribe, cazó un ciervo en Canadá y fue procesado por semejante osadía. Recurrió y, once años después, el Tribunal Supremo de Canadá no sólo le absolvió sino que, de paso, admitió que los Sinixt no habían desaparecido.

Desautel y los miembros del consejo de los Sinixt

En los EEUU, la desaparición de cualquier pueblo indígena –Sinixt u otro-, radica en la invisibilización o ausencia mediático-pedagógica de los ‘pieles rojas’. Según un estudio de 2018, dos tercios de los gringos no creen que estén discriminados ni saben de sus disparadas tasas de suicidio-encarcelamiento-alcoholismo-etc.; ni que el 97% de sus mujeres han sufrido abuso o acoso sexual por alguien no nativo –ni que las indias tienen casi tres veces más posibilidades que las blancas de ser violadas.

En cuanto a Canadá, aunque representan sólo un 5% de la población total, todavía hoy, un tercio de los presos es indígena ––el 42% de las reclusas-, llegando al 54% en Manitoba, Saskatchewan y Alberta. En abril del 2010, los prisioneros indígenas habían crecido en un 44% mientras que los no indígenas de similar desgracia habían descendido un 14%.

Al igual que tantos otros pueblos indígenas, los Sinixt se consideran guardianes de la tum-ula7xw (Madre Tierra) y, a su vez, esa Madre es la protectora de sus antepasados. A finales del siglo XX, los Sinixt habían recuperado 64 “ancestral remains” (ver https://sinixtnation.org/content/about-us) pero pagando por ellos el alto precio de hacerse invisibles. Y aquí está el meollo de la resistencia sinixt explicado desde la ciencia por una antropóloga que, curiosamente, había nacido en el territorio sinixt pero que no había conocido a estos indígenas hasta que comenzó su trabajo de campo (ver Paula Pryce. 1999. «Keeping the Lakes Way»: Reburial and the Re-creation of a Moral World Among an Invisible People. 213 pp. Toronto: University of Toronto Press)

Recordando que los Sinixt existen

Pryce destaca la ironía que supone priorizar el rescate de los restos de los antepasados –anegados por las aguas, la oposición gubernamental y la invasión de los occidentales-, aunque fuera desapareciendo de los mapas étnicos. Por fortuna para los (ex) clandestinos Sinixt, el 23.IV.2021, la Supreme Court of Canada, les concedió la existencia como pueblo indígena. Lo que en España llamaríamos la política memoralista –dicho sea sin mayores alusiones- se había revelado como un instrumento eficaz para vencer olvido, recuperar el territorio y cohesionar a los Sinixt. Como reza el clásico, “y no digo más que lo que no digo”.

Escrito el 25 abril 2021 (47º aniversario de la revolución de los claveles)

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