Los trajeados trajines

Un jurado extraviado de la lógica ha absuelto al Señor de los Trajes de Valencia. El Jurado decidió sentenciar ayuno de razón; pero su veredicto ha demostrado que en este país afanar desde un cargo público es casi obligatorio, si es que se pretende prestigio y calor popular. Mientras Camps se tomaba medidas en el sastre, los alumnos de un centro escolar valenciano han sido castigados por quejarse del frío. Tienen que asistir a las aulas embozados en una manta.

El presidente de España y superior de Francisco Camps, fray Rajoy de Lacongrelos, anuncia en Portugal que habrá que poner en práctica la dura receta lusitana frente a la crisis. La fórmula en cuestión ha profundizado el desequilibrio social en el país del fado. Ajena al secreto, esta fue desvelada por el propio primer ministro, el conservador Pedro Passos. En un alarde de sinceridad y apocopada imaginación política, les ofreció a los ciudadanos la solución al problema de la crisis del capital. No obstante de mostrarse poco inclinado al abandono, les dijo solemnemente que lo mejor que pueden hacer es emigrar.

Tal vez a Mariano Rajoy le falte ese coraje peninsular del fatalismo lusitano. Curándose en salud, por este lado del Tajo los bancos y las cajas no dan crédito y hacen de su capa un sayo filibustero. Ponen barricadas burocráticas a quienes pretenden abrir cuentas careciendo de ingresos fijos. Y de paso, aplican desquiciadas comisiones por custodiar los saldos menores de 250 euros.

Prisionero de sus devociones circunstanciales, el Gran Tamerlán de la Telefónica Nacional de España, César Alierta, acaba de confirmar, sin que le sudara la lengua, que su empresa no prescindirá del talento y os inestimables servicios de un empleado, el yerno del rey Borbón, el entreverado duque de Balonpalma. Paradójicamente, en este precario momento de cinco y pico millones de trabajadores parados, el tándem aristocrático Urdangarín-Cristina Borbón incluyó en su nómina empresarial a tres empleados que nunca existieron. No había mala intención. Solo pelea por las subvenciones. El augusto matrimonio trataba, solidariamente, de inyectar optimismo en estos tiempos sombríos. Pretendían despejar, en la medida de sus limitadas posibilidades, la brutalidad de las estadísticas del desempleo y la peligrosa afición a la pereza.

Por cierto, el César telefónico formó parte de aquella católica comitiva de prebostes celtíberos que se arrodilló ante el papa Beneficio XVI; cuando le aseguraron a Su Santidad que a la iglesia vaticana nunca le faltaría su generoso parné industrial. A continuación, y a despecho de los beneficios contables, Telefónica despidió para siempre a cientos de sus empleados. El mundo está construido por la preposición fundamental. Se hace por los pobres y sobre la fatigada espalda de los pobres, pero realmente siempre ha sido y es, a pesar de los míticos evangelios, de los ricos y para los ricos. La televisión y el infinito trasto digital rampante se encargan de todo eso.

Sigamos. Una Isabel Carrasco de León le endosó, por el cutis, las facturas de la "estheticienne" a la Diputación leonesa, donde ejerce la política posmoderna. Por su parte, la persistente alcaldesa de la ciudad naranjera de Valencia recibió un bolso de Vuitton como regalo. Cuestionada por el turbio rebufo de la trama Gürtel y los trajes artesanales de Camps, Rita Barberá dijo incombustible que el bolso era un detalle y que no era para tanto, porque lo podía tener cualquiera. O algo así. Después de la traca mascletá ofrecida por el jurado popular que ha liberado a Camps y dado lustre a la justicia, nadie la juzgará por tan liviano adorno.

Esto de los presentes entre la clase política y sus satélites ya viene de antiguo. En esta misma era de la gloriosa Transición española, un ministro del Interior socialista llamado Corcuera se propuso ser aficionado a las pulseras para las esposas de sus pares. Este ministro pasó a la historia por su célebre receta de la patada en la puerta como método para constatar la presunción de inocencia.

Los trajes, los bolsos Louis Vuitton, las variadas prebendas, las tarjetas platino, los chóferes oficiales, los menús pantagruélicos, las agendas de favores mutuos y demás detalles son una pobre compensación del pueblo votante a sus salvadores administrativos, por acarrear el estrés de la responsabilidad. Pero aún hay quien no es agradecido. Puede que en estos casos los desaforados recortes a la enseñanza, la salud y otras públicas prestaciones no sean inmerecidos.

* Director del desaparecido semanario "La Realidad"

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