Luces y sombras en escena

Balance de la 8ª edición del Festival Internacional de Buenos Aires. El ya clásico FIBA convocó esta vez a unos 40 mil espectadores y presentó más de cien funciones de teatro, danza y música. Hubo también una clase magistral del director Heiner Goebbels, charlas, obras gráficas y concursos.

Terminó el Festival Internacional de Buenos Aires y comenzó el recuento. Los organizadores enviaron las cifras de un acontecimiento que, con sus más y sus menos, se presenta cada dos años desde 1997, abarcando teatro, danza y música. A estos espectáculos, incluidos los nacionales, se sumó en esta octava edición una clase magistral del director Heiner Goebbels y charlas con otros creadores extranjeros, una obra gráfica para teatro de Gonzalo Martínez, la presentación de libros, el II Concurso nacional de ensayos Alfredo de la Guardia y la entrega del VII Premio Germán Rozenmacher. A semejanza de años anteriores, las obras visitantes atrajeron la atención de un público interesado en ver qué se hace en Europa y América, en tanto los nacionales, con estrenos y obras ya estrenadas, mostraron su trabajo a los programadores de muestras internacionales. Siempre en ascenso, los elencos argentinos seleccionados para presentar obras en el FIBA se refirieron a su participación como parte activa e inteligente del festival, evidenciando cohesión con sus pares al momento de exigir que se los reconozca.

Las obras del segmento internacional crearon una expectativa no siempre satisfecha, aun cuando la coproducción Eraritjaritjaka (Suiza, Alemania, Francia y Holanda), a cargo de la compañía Théâtre Vidy-Lausanne, dirigida por Heiner Goebbels, recibió los mayores elogios. En síntesis, un elaborado juego de ingenio que, sobre el fondo de un cuarteto de cuerdas, reunió pensamiento filosófico y vida cotidiana, apelando a la actuación en vivo y a distancia, mediante sofisticados equipos. A su vez, el Hamlet, de William Shakespeare, por el elenco de la Schaubühne am Lehniner Platz, dirigido por Thomas Ostermeir concretó una primera escena muy festejada (las torpezas del sepulturero en el entierro del rey asesinado), actuada a la manera de los cómicos del cine mudo. Hubo buenas actuaciones y artilugios propios de las obras que incorporan otra dimensión a la escena a través de filmaciones. Un espectáculo que tomó elementos de la comedia bufa, prodigados entre otros por Lars Eidinger (en el rol de Hamlet), quien, en la primera función, y ante un desperfecto en el visor de traducción simultánea, capeó la escena con soltura, alternando con la platea. Hamlet es aquí un clown antes y después de endilgarse la locura que conviene a sus planes, y de ahí en más, transforma los discursos trágicos en retruécanos traviesos. Años atrás, desde la opulencia, el teatro europeo se mostró rebelde y socarrón con los clásicos. Pero hoy es imposible no preguntarse de qué se ríe este Hamlet. ¿Será del decadentismo de la cultura europea y de su política errática?

Te estoy mirando a los ojos, contexto social de ofuscación, de René Pollesch (de la Volksbühne am Rosa Luxemburg-Platz), prometía maravillas, contando con un versátil Fabian Hinrichs, e inspirándose en Corpus y Sentido, o el final del Sentido, textos del filósofo francés Jean-Luc Nancy. La performance de Hinrichs tomó el aspecto de un pasatiempo acrobático y delirante. Así fue que se lo vio haciendo piruetas, colgado de una gran bola de luces, que, según aclaró Pollesch, no es la utilizada en la Völksbühne, sino armada por la gente del FIBA, pues traer aquélla demandaba un gasto sideral. Tal vez el neodadaísmo sea moda. Lo cierto es también que Pollesch decidió manifestarse en contra de un teatro que intentó expresar sentido en una comunidad que, al menos por una hora o poco más, integran los espectadores. Su unipersonal consistió en una serie de acciones destinadas a jugar con el teatro interactivo y al mismo tiempo negarle sentido.

Fue ingenuo el planteo teatral de Yo no soy bonita, performance de Angélica Liddell, actriz que en todo momento jugó a exhibirse desagradable y feroz. Rompió botellas de cerveza, mostró un ramo de flores entre sus nalgas desnudas y pintadas de azul, sangró y vociferó micrófono en mano. Con el objetivo de realizar una denuncia a los abusos sufridos en su infancia –y con ésta un manifiesto en contra de la violencia de género–, Liddell concretó un cierto número de pequeñas acciones, lineales en su intento metafórico, que no aportaron clima ni consecuencia alguna entre unas y otras.

Enajenada en su soledad, la señora de La amante fascista, de Alejandro Moreno, desvaría. Y mientras juega a desdoblarse en roles imaginarios, afirma que tiene amoríos con el jefe de gobierno que supo salvar a la patria de la barbarie marxista-leninista. De mirada potente y voz sensible a los acentos, que denotan marcas de clase, Paulina Urrutia brilló en el alucinado monólogo, bajo la dirección de Víctor Carrasco. La historia vuelve al período de la dictadura chilena, se ensaña con símbolos de resistencia y habla de heridas que quedan para siempre. Fue una de las mejores obras del FIBA, junto a Villa + Discurso, dos piezas breves del director chileno Guillermo Calderón, quien puso de manifiesto una estética personal y comprometida, acompañado por excelentes actrices.

La puesta de Médée, coproducción de Francia y Burkina Faso, interpretada por la compañía Théatre Nanterre-Amandiers, dirigida por Jean-Louis Martinelli, no tuvo demasiados méritos, ya que confió en exceso en la fuerza de lo exótico. Lo destacable fue la presencia de un coro femenino, que aportó una sonoridad inquietante, y las vigorosas interpretaciones de la actriz protagonista y la aya. El amateurismo de los actores que se hicieron cargo de los demás roles jugó en contra. No hubo tierras rocosas ni climas nocturnos en Una flauta encantada, presentada por la compañía Théatre des Bouffes du Nord, dirigida por Peter Brook. Sí, en cambio, luz a pleno y apenas una decena de cañas de bambú envaradas sobre el escenario, listas para ser llevadas y traídas por dos servidores de escena. Brook compuso una obra de teatro musical minimalista: solamente piano y la voz de ocho intérpretes (las arias, en alemán; los recitativos, en francés) para contar la historia de un príncipe, un pajarero, un demonio, la Reina de la Noche y su hija secuestrada. Alexis. Una tragedia griega, por la compañía Motus, de Italia, dirigida por Daniela Nicoló y Enrico Casagrande, entrecruzó el asesinato de un adolescente griego por la policía de su país con el mito de Antígona. Gnawa, por la Sao Paulo Companhia de Dança, dirigida por Iracity Cardoso e Inés Bogéa, presentó un programa aplaudido, y la cantante española Estrella Morente capturó a la platea con temas del flamenco y el tango. Chaika, por la Compañía Complot, de Uruguay, con dramaturgia y dirección de Mariana Percovich, fue otro de los espectáculos que intentaron quebrar “la ilusión” del teatro. La estrategia, que se reiteró durante 100 minutos, consistió en ocupar la totalidad de la sala y apropiarse de textos de La gaviota, del escritor y dramaturgo ruso Anton Chéjov.

Las cajas voyeuristas, espectáculo al aire libre de La Biznaga Teatro (México), dirigida por Dora García, consistió en dos estructuras cuadrangulares de madera, instaladas en la Plaza de la República. Mirando a través de los orificios practicados en las cajas, los espectadores pudieron seguir las escenas, todas actuadas en tono enfático y destemplado. Interpretadas por dos actores por vez, las historias tuvieron como protagonistas a Porfirio Díaz, Carlota y Maximiliano y anónimos personajes de la Revolución Mexicana. Warum Warum (Por qué Por qué) vino a reemplazar al anunciado El Gran Inquisidor, una lectura del cineasta, director de teatro y actor Patrice Chéreau, ausente –según los organizadores– por hallarse enfermo. La intérprete, de origen africano –hablando en alemán y con algunas acotaciones en francés– interpretó un monólogo, casi una clase ilustrada para teatristas en la que discurrió acerca de recursos y recetas actorales. Habló sobre el sentido de la profesión y la ingenuidad del público, acompañada por el músico Francesco Agnello, quien deslumbró a todos deslizando sus manos sobre el hang, instrumento de percusión que significa “mano” en dialecto suizo.

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Manifiesto de los participantes

Fragmento del manifiesto de los elencos que participaron de la selección nacional.

“Este Festival Internacional de Buenos Aires encuentra a la comunidad teatral de la ciudad en un momento de intensa reflexión: en los últimos tiempos se han generado debates en relación con nuestra condición como productores de teatro independiente, se han creado organizaciones y grupos que dieron voz a nuestro sector y propagado esa voz. Es un momento en el que, si bien no estamos reunidos en una sola agrupación, se siente en el aire un colectivo implícito, que discute y se comunica. Con este ánimo, los quince elencos porteños seleccionados nos reunimos y decidimos no aceptar las denigrantes condiciones de contratación y presentación de nuestros espectáculos. Luego de una ardua negociación, logramos un acuerdo más parecido a algo justo. Todo debe ser dicho: se nos concedió buena parte de lo que pedíamos. Esto habla bien de la cintura de los funcionarios pero no mejora la idea general que esta administración tiene de la producción teatral de la ciudad, ni oculta su intento de obtener un rédito ilegítimo del carácter independiente, autogestivo y subsidiado por los mismos artistas de esa producción”.

“Elegimos participar de esta fiesta teatral porque somos parte de la cultura viva de esta ciudad. Esta fiesta que es, en primer lugar, de la sociedad que la mantiene con sus impuestos; en segundo, de los artistas que le dan sentido y contenido; en tercero, del público que colma las salas y, por último, de los funcionarios, que tienen la misión y la vocación de organizarla”.

“Queremos dejar expresado nuestro compromiso y responsabilidad ante el resto de la comunidad teatral que no participa en esta edición del FIBA presentando sus espectáculos, pero sí lo hará, como siempre, concurriendo y apoyando a este festival. Creemos que al tratar de mejorar las actuales condiciones, estamos siendo solidarios con futuros progresos en el ámbito de la política cultural”.

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