Luchar históricamente

Un espectro recorre la Unión Europea. La crisis está sepultando a las ideologías tradicionales. Por su complicidad con los recortes y ajustes antisociales, gobiernos de todos los colores se ven devorados en sus propias pavesas. Una tras otra, formaciones políticas de derecha e izquierda sucumben en el cadalso levantado por el sistema financiero. Normalmente han sido los partidos conservadores y socialdemócratas, sucesivamente mayoritarios en España, Grecia, Portugal e Irlanda, quienes se turnaban en ese oficio de tinieblas. Pero ahora, con el experimento chipriota, el estigma alcanza también al comunismo. Desde el año 2008, y hasta el pasado 24 de febrero, el partido comunista AKEL fue el titular del ejecutivo en la isla mediterránea, dejando como herencia una deuda de casi el 130% del PIB, lastre que ha provocado el feroz rescate posterior. Por imperativo legal, en la jerga de Despeñaperros para abajo.
 
A medida que se ahonda la crisis se hace más patente la naturaleza arbitraria de las políticas de austeridad impuestas por Bruselas. Lo sucedido con el affaire Chipre puede considerarse como la piedra de toque del proceso depredador con que se encubre la “refundación del capitalismo” a costa de la transferencia de riqueza desde la masa social a la casta dirigente. Corralito criminal por ilegítimo, ser contrario a su propia lógica mercantil y estar basado en el monopolio de la fuerza ejercido por la Troika en su nuevo rol de Estado Pantocrátor. La “excepcionalidad” del caso chipriota que esgrimen cínicamente los eurócratas es, por el contrario, la apuesta a tumba abierta en que se ha instalado el mundo de las altas finanzas para blindar sus perrogativas. Excusatio non petita…
 
Una vez más se justifica la intervención sobre la economía de todo un país para salvar a una banca entrampada por la suicida lenidad de sus gobernantes. Y de nuevo el s.o.s de la deuda privada se traduce en innumerables sacrificios públicos. Aunque en esta ocasión, incluye como nobvedad una escalada en el mecanismo de expolio que socava la lógica interna del sistema. No solo se reincide en evitar que sean los propietarios (accionistas, obligacionistas, etc.) quienes asuman las pérdidas de sus negocios. Además, por primera vez desde que estalló la crisis, se penaliza a los depositantes para resarcir a la banca de sus propios desatinos. Pura antropofagia capitalista. Pero no volverá a ocurrir, dicen. Lo de Chipre no ex exportable, proclaman. No hay motivos para que cunda el pánico, advierten. Palabras, palabras, palabras, solo palabras.
 
También afirmaron que lo de Islandia era sui géneris. Allí, otro país pequeño y periférico del norte, ajeno a la Unión Europea, la codicia de las entidades financieras había hecho de las suyas. Pero lejos de padecer el tipo de capitulación social que Bruselas ha impuesto a los chipriotas, los ciudadanos islandeses abordaron el problema desde sus antípodas. Hubo quita sobre la deuda odiosa, y una sublevación ciudadana derrocó al gobierno que la consistió, dando lugar a continuación a un proceso constituyente de abajo arriba, para evitar posibles futuros desafueros de sus élites. Lógicamente, la propaganda ad hoc, perjuró que el solución islandesa -el “si se puede” hecho realidad- no cabía en la eurozona.
 
Y en ese limbo nos tienen aparcados como zombis. Un país como Islandia, que ha superado la crisis mediante la autoorganización social, no puede usarse como referencia en positivo, y otro como Chipre, que ha recibido la peor de todas las purgas de austeridad, tampoco es lo que parece. Lo que significa que los ciudadanos europeos que padecen los estragos de una calamidad ajena deben seguir interpretando la realidad desde el vademécum de las consignas oficiales. La verdad, su verdad, es la que muestran desde arriba, no la que testimonian los hechos.
 
Esta unanimidad en negar, por activa, pasiva o perifrástica, lo evidente (el éxito modélico de Islandia y el fracaso contagioso de Chipre) se explica por la espectral concertación de todas la ideologías (derecha, centro e izquierda) a favor del golpe de los mercados y sus terroríficas consecuencias. Lo que nos lleva a la imperiosa necesidad de “luchar históricamente”. Es decir, razonar que nada ni nadie que haya sido parte del problema puede asimilarse a la solución. No importa cuáles y formalmente progresistas sean sus credenciales o su arrepentimiento tras ser desalojado del poder. “Luchar históricamente” es actuar radicalmente desde el argumentario de lo fáctico vigente. En el contexto del aquí y ahora, sin la telarañas de la mercadotecnía imperante. O, parafraseando a lo que escribió Marx en el 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte, se trata de impedir que la tradición de las ideologías muertas oprima el cerebro de los vivos.
 
Afortunadamente la lección parece aprendida por los movimientos de resistencia que al margen de los canales institucionales hoy han tomado la iniciativa de la protesta y mantienen el pulso al sistema. Gracias a ellos vemos cómo los activistas de “las preferentes” y de “las hipotecas” trascienden en la práctica de la contestación los límites de sus iniciales reclamaciones sectoriales para convergen en un marco mucho más amplio y profundo de transformación social. Al “luchar históricamente”, estos colectivos despliegan una ética cívica por encima de sus necesidades que coarta la representación clientelar reglada por partidos y sindicatos mayoritarios. Constituyen una fuerza que brota de la pureza de su marginalidad.
 
Frente al impresionante aparato burócratico de los gobiernos del Neoliberalismo Capitalista de Estado, abrumador en cuanto a recursos coactivos pero torpe de digestión y reflejos, y deslegitimado por sus flagrantes renuncias e incumplimientos, el “luchar históricamente” arraiga como una guerrilla cuya lógica ciempiés se basa más en ser solidariamente proactiva que mecánicamente reactiva. Desde el reconocimiento de su identidad, estos grupos se afirman dando la espalda al sistema, sin retroalimentarle con compulsivas y mediáticas respuestas. Porque lo que está en juego es mucho más que la simple exploración de alternativas al formato dominante. Su caminar autónomo implica un desmentido a la desaparición del sujeto, un paradigma político de realización social troquelado por la rutina de una representación viciada de autenticidad en sus fuentes.
 
Por el contrario, las instituciones garantes del sistema deben dedicar todas sus fuerzas a exacerbar su capital ideológico (ahistórico y ucrónico) representativo para alimentar la ficción de una sociedad cohesionada. Dejan a los “agentes sociales” (partidos, sindicatos, iglesia, medios de comunicación, etc.) la labor de “suplantación” que permite mantener inerme el statu quo. De esta manera logran minimizar costos en la percepción de sus fechorías. A semejante deformación de la realidad se debe que la política de socialización de las perdidas y privatización de las ganancias no conduzca a un estallido social. No hay reglas, y si las hay es a beneficio de parte. Se regula y se desregula según convenga. Un estado de excepción no declarado que positiva la libertad para el mercado y la libre circulación de capitales al mismo tiempo que establece el control férreo de los trabajadores y contingenta la autonomía de las personas.
 
Constántemente se producen ejemplos dramáticos de la calculada irracionalidad reinante, que en Chipre han alcanzado su cota más leonina. España, sin ir más lejos, ya tuvo su dosis de cicuta mediterránea. Cuando se trató de rescatar a la banca privada se exoneró por principio a los accionistas (ceteris paribus) y se recurrió sin caución al dinero público para reflotarla. Sin embargo, en el caso de las cajas de ahorro (un archipiélago público en el sector crediticio) cedieron los axiomas y se actuó sin miramientos contra sus legítimos dueños, liquidándo las entidades con la consiguiente expropiación de un patrimonio de manifiesta utilidad social. Algo parecido sucede con “las preferentes”, un accionariado low cost al que tampoco alcanzan las indugencias de sus hermanos mayores.
 
Pero incluso así hay rarezas que confirman la regla cuando estas entidades poseen activos de alta rentabilidad potencial. Entonces se maniobra para mantener en la UVI al paciente mientras se prepara la deslocalización de esos valores. Caso Bankía, controladora del 15% del capital de la compañía aérea Iberia. La entidad fue privatizada en 2010 por un gobierno socialista coincidiendo con la fusión de su participaba con la inglesa British Airways, para ser luego nacionalizada por un gobierno conservador antes de la aprobación de un destructivo ERE que supone en la práctica la desaparición de la aerolínea de bandera nacional. O sea, la mayoría accionarial de Bankia, accionista de referencia de AIG, empresa nacida de la suma de IB y BA, rescatada con más de 24.000 millones de euros de dinero público, devino en escualida minoría a la hora de proteger intereses generales.
 
Esa es la devastadora consecuencia de la aplicación de políticas de lo que Daniel Innerarity definió sin pudor como de “subcontrato social” en un artículo publicado el 13 de julio de 2005 en El País, cuando todavía el mundo occidental vivía ajeno al derrumbe sistémico que se avecinaba. En dicho texto el profesor de filosofía de la Universidad de Zaragoza alertaba sobre los riesgos de ingobernabilidad que significaba el rechazo en referéndum de Francia y Holanda al Tratado Constitucional Europeo. “Contra lo que suele decirse, nuestros problemas políticos no se originan tanto en la distancia entre los representantes y los representados- señalaba-, sino en la dificultad de legitimar democráticamente esa distancia que sirva a la coherencia y operatividad de la sociedad”. Lo que ante los primeros síntomas de disidencia popular el autor venía a recomendar en el heraldo más inteligente del Neoliberalismo Capitalista de Estado estaba en la tradición del “más vale malo conocido…”. Fórmula habitual de los intelectuales empotrados que traspuesta al momento presente significaría aceptar el cáliz de la salida chipriota y rechazar la impía solución islandesa. Grotescamente hablando: una invitación al despotismo político y la manumisión graciosa.
 
Frente a esto, “luchar históricamente” implica arriesgarse por horizontes de racionalidad, dignidad y responsabilidad, superando atavismos, vicios, rutinas y destinos manifiestos. En la convicción de que, como recordaba nuestro amigo el filósofo Ángel J. Cappelletti “en determinados periodos de la historia del pensamiento, aquéllos precisamente en que éste intenta reedificarse sobre cimientos nuevos, la idea de la libertad fundamenta toda la problemática”.
 
 
 

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