Carlos Olalla*. LQSomos. Febrero 2017

El teatro, el verdadero teatro, es un espejo de la realidad, esa realidad soñada, vivida o silenciada en la que transcurren nuestras vidas. #Malditos16 es uno de esos espejos. Es una obra valiente que habla del mundo de la adolescencia, de esa peligrosa y sutil frontera que separa la niñez de la juventud, esa etapa por la que todos hemos pasado y en la que algunos se han quedado. #Malditos16 habla de ellos, de los que se quedaron, de los que no pudieron soportarla y decidieron quitarse la vida. El suicidio entre adolescentes es, tras los accidentes de tráfico, la segunda causa de mortalidad de esos jóvenes obligados a buscar su lugar en un mundo que se lo niega. Es una realidad silenciada. Creemos, ingenua o cobardemente, que no hablar de ella es la mejor forma de afrontarla. Pero no lo es. Podemos y debemos hablar de ella, y hacerlo con la lucidez y el coraje con la que se hace en #Malditos16, una obra dura donde las haya pero, al mismo tiempo, un esperanzado grito en favor de esos jóvenes que, empujados por una sociedad que les niega obligándoles a seguir mil y un patrones y cánones que niegan su identidad, deben tomar decisiones que marcarán el resto de sus vidas.

Son decisiones que debemos tomar nosotros mismos desde una soledad constructiva y creativa que, a esa edad, todavía no hemos forjado. El miedo a la soledad es una de las constantes del mundo en que vivimos, y si lo es para la inmensa mayoría qué no será para quienes a diario ven como puerta tras puerta se les va cerrando el mundo que les prometimos. Hay que ser fuerte, muy fuerte, para forjarnos esa soledad constructiva y creativa, la única que puede acompañarnos en los momentos de desesperación. El miedo a lo desconocido, a la falta de referentes, a que no nos acepten como somos, a que no sirvamos para vivir la vida que otros quieren que vivamos, y, sobre todo, a no atrevernos a vivir nuestra propia vida, nos empujan a buscar refugio en etiquetas y modas, en falsos paraísos, o en la pertenencia a grupos de gente tan perdida como nosotros. La adolescencia es la etapa más frágil de la vida, una etapa marcada por el desequilibrio hormonal, por el miedo a enfrentarnos por primera vez al mundo, por el desconocimiento de nosotros mismos, por el miedo al fracaso, por el terror a no ser aceptados, por la ignorancia de la realidad que nos rodea, por la castración de la que hemos sido objeto mediante una educación que deshumaniza… Y es precisamente en esa época cuando nos obligan a tomar decisiones que marcarán para siempre nuestras vidas o incluso nuestra propia muerte. Es entonces cuando debemos decidir si continuaremos estudiando o lo dejaremos, cuando tenemos que elegir la formación que nos prepare para una futura profesión de la que lo desconocemos todo. Nada, excepto la muerte, es irreversible. Pero a esa edad no lo sabemos y nos vemos obligados a tomar unas decisiones que creemos irreversibles aunque posiblemente solo marcarán los próximos años de nuestra vida. No deja de ser cruel y paradójico que tengamos que tomar esas decisiones precisamente cuando más vulnerables somos y cuando menos preparados estamos para hacerlo. Surgen, ante esa presión, el desencanto, el miedo, la huida o el mirar hacia otro lado negándonos a afrontar nuestra realidad. Nuestra vida es una permanente huida. Huimos hasta de nosotros mismos. Es entonces cuando, para defendernos, nos encerramos, dejamos de hablar, de expresar lo que sentimos, de pedir ayuda… Nadie a nuestro alrededor nos entiende ni puede entendernos, y menos esos adultos que se creen en posesión de una verdad que para nosotros no lo es. Muchos consiguen superar esa etapa, muchos también condicionan sus vidas para siempre, y muchos también deciden tirar la toalla y acabar con su vida.

De eso, de todo eso, nos habla #Malditos16, y lo hace desde la voz de los adolescentes, desde su particular visión de ese mundo al que se han visto arrojados. La obra nos enfrenta a esta realidad a través de los cuatro personajes principales de la obra, cuatro jóvenes veinteañeros que en su adolescencia intentaron suicidarse y que ahora, pasados unos años, aceptan colaborar en un programa de prevención de suicidios en la misma clínica donde años atrás se enfrentaron a la muerte. Junto a ellos dos médicos impecablemente interpretados por Rocío Vidal y David Tortosa, nos mostrarán lo que, a diario, vemos en todos los hospitales de este país: que es solo gracias a su abnegación y entrega por lo que no colapsa un sistema sanitario marcado por los recortes y empeñado en deshumanizarse. El texto, soberbio, surge de la experiencia que su autor vivió cuando trabajó en una unidad psiquiátrica de uno de esos hospitales tratando con adolescentes que habían intentado suicidarse. Lo que vio allí le marcó tanto que decidió que había que contarlo, que era necesario compartirlo y ponerlo ante nuestros ojos. Y lo hizo con las herramientas que tenía a su alcance: la ilusión, el teatro y la creación. A aquella idea le siguió un extraordinario trabajo de ensayos con los actores y actrices en el que se fue fraguando el texto definitivo. Para preparar este montaje, todo el equipo tuvo reuniones de trabajo con especialistas que viven a diario esta situación, como Teresa Pacheco (emergencias y conducta suicida en el SAMUR) o Borja Rodríguez (violencia, maltrato y sexualidad)

Nada mejor que las propias palabras de Fernando J. López para hablarnos de su texto: “A veces necesitamos volver a los lugares donde nos rompemos. Recorrer el camino de regreso al adolescente que fuimos y mirar de frente nuestras heridas, las que se abren cuando nos vemos abocados a elegir quiénes deseamos ser. #malditos16 emprende ese viaje hacia la identidad a través de las historias de Alí, Dylan, Naima y Rober, cuatro jóvenes que se conocieron en el peor momento de su vida: justo después de querer quitársela. Todos ellos intentaron suicidarse cuando rondaban los dieciséis y ahora, a sus veintipocos, el hospital donde estuvieron internados les propone colaborar en un taller con adolescentes en su misma situación. Acuden con ganas de ser útiles y, a la vez, con miedo de que las grietas se abran y se liberen de nuevo los fantasmas. Monstruos cotidianos de los que apenas se habla. Vidas invisibles -las suyas y las nuestras- que no protagonizan titulares ni ocupan espacio en los medios. Realidades que no existen porque no se nombran y que, sin embargo, todos compartimos. Y es que, aunque nos empeñemos en negarlo, aquellos #malditos16 siguen viviendo bajo el adulto que fingimos ser… No es fácil tener dieciséis años. Así que, cuando dejamos atrás esa frontera, fingimos que nunca estuvimos allí, que no seguimos compartiendo sus dudas y sus fantasmas. No es cómodo reconocerse en el reflejo de lo que fuimos, ni en esos adolescentes que, entre los escombros de una crisis ajena, buscan su voz en un mundo cada vez menos físico y más virtual. Adolescentes que se rebelan contra los interrogantes que los limitan y las expectativas que los asfixian. Quién vas a ser, quién quieres ser, quién has decidido empezar a ser. Y entre tantas preguntas, el riesgo de romperse. Aunque no hablemos de ello. Aunque nuestro tiempo de hashtags exhibicionistas y filtros edulcorantes no nos enseñe a fracasar. Ni a pedir ayuda. De esas heridas que nos provocan la búsqueda de nuestra identidad nacen Alí, Dylan, Naima y Rober. Cuatro personajes construidos a partir de heridas reales y en quienes vive la vehemencia de cada adolescente que he conocido en estos años: a ellas, a ellos, está dedicada esta función”

De soberbia también cabe calificar la dirección de Quino Falero que nos hace vivir el reencuentro de esos jóvenes desde la austeridad y simplicidad más absolutas. Su opción es una puesta en escena desprovista de todo artificio para acercarnos a la esencia teatral: tablas, texto y actores. La dirección de actores, donde se nota la sabia y sutil mano de Eva Egido, es formidable. El trabajo de expresión corporal que ha hecho con ellos acompaña en todo momento a los intérpretes para lograr que nos transmitan su verdad, una verdad que aflora en cada gesto, en cada silencio, en cada respiración. A través de cada uno de ellos, y gracias a la ayuda de sus compañeros, vamos conociendo sus historias, unas historias que nos son cercanas, terriblemente cercanas. Esa dirección, unida al inmenso talento de Pablo Béjar, Andrea Dueso, Manuel Moya y Paula Muñoz, les lleva a hacer lo más difícil sobre un escenario: que desaparezcan los actores para que solo veamos a los personajes, y que lleguen a hacerse transparentes para que podamos ver lo que les está pasando. Hay que ser muy grande y generoso para aparcar tu ego y tus miedos y transformarte en escena en una simple ventana a través de la que los demás podamos ver absolutamente todo lo que te está pasando.

El proceso creativo de este montaje ha sido valiente e intenso, como bien recuerda Quino Falero, su director: “Volver la mirada al adolescente que fuimos es un ejercicio muy saludable. La madurez nos proporciona herramientas para tener una perspectiva más amplia, pero no nos arranca esa etapa vital. Convivimos con el adolescente que fuimos por mucho que queramos desprendernos del dolor que supuso encontrar nuestro sitio en el mundo. El proceso creativo de #Malditos16 nos ha hecho reencontrarnos con esa época de nuestras vidas. Y ha sido una experiencia enriquecedora más allá de lo artístico. Para componer la identidad de nuestros personajes, sus contradicciones, su vehemencia, su rabia y también su coherencia hemos hurgado en la singularidad de nuestra propia adolescencia con el afán de alejarnos de patrones y tópicos reduccionistas. Nuestros personajes son adolescentes que han soportado un dolor al límite y jóvenes que, años después, conviven con la experiencia de una vida difícil. A través de sus historias hemos querido que ustedes, los espectadores, hoy dirijan su mirada hacia el adolescente que fueron y hacia los que están alrededor. Para que nunca se nos olvide la valentía de ser adolescentes”

Al acierto del CDN de haber programado esta obra, se suma el de los encuentros que los intérpretes están teniendo con adolescentes de los institutos y colegios que asisten a verles. Como bien dicen Pablo, Andrea, Manuel y Paula, esos encuentros, ese mirarse y hablar cara a cara con quienes hoy están sufriendo lo que ellos representan en el escenario, está siendo una de las experiencias más impactantes de sus vidas. Es importante que esos chicos y chicas acudan a ver la obra, para algunos es incluso la primera vez que van al teatro, que puedan hablar de ella, que puedan compartirla entre ellos, que puedan intercambiar sus opiniones con quienes les han dado vida en el escenario… pero tanto o más importante que eso también es que los adultos vayamos a verla, que tengamos la valentía de afrontar lo que fuimos y lo que somos, y de ponernos frente a ese espejo que nunca miente: el teatro, el verdadero teatro, ese espejo que hace que, cuando te has visto reflejado en él, algo en ti se modifique y salgas a la calle, tras la función, siendo mejor persona de la que eras cuando entraste

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