Manifiesto: 85 Aniversario del Asesinato de los Mártires do Anguieiro

Por María Torres*. LQSomos.

Leido el 28 de Agosto de 2021, en el acto-homenaje a los asesinados por el franquismo en Anguieiro, hace 85 años, realizado en Cangas

Hace 85 años el destino de miles de ciudadanos del Estado español cambio para siempre.

Hace 85 años la brutal represión franquista extendió sus garras a lo largo y ancho de Galicia, un territorio que no fue frente de batalla, y en el que fueron perseguidas, masacradas, encarceladas, aniquiladas, sin piedad y sin más motivo que el odio, todas aquellas personas que defendieron el régimen republicano y los valores democráticos. Ejecutando una violencia calificada como “santa y justa” por los obispos adeptos al régimen.

Hace 85 años, en la madrugada del 28 de agosto, once vecinos de Cangas, que habían sido detenidos pocas horas antes, con nocturnidad y alevosía, en un fallido y repetido intento de que la noche borrara sus huellas asesinas, fueron conducidos a la fuerza al lugar donde nos encontramos por un grupo de vecinos, de falangistas cuentan, yo simplemente los definiría como un grupo de asesinos. A diez de las víctimas las mataron aquí. El número once, Estanislao Ferreiro, logró escapar por breve tiempo, pero le dieron caza y muerte en Punta Subrido.

José Nores Rodríguez tenía tan solo 16 años y toda la vida por delante. Trabajaba como albañil y le gustaba jugar al futbol.

Eugenio Bastos Fernández, de 18 años, conocido por “Jatón”, era mecánico en Barreras, miembro de las JSU.

Alejandro Martínez Pazó, de 19 años, cantero de profesión y miembro del Partido Socialista y su hermano José Martínez Pazó, de 26 años, casado, miembro del Partido Socialista.

Daniel González Graña, alías “Gadé”, marinero de 24 años, miembro de Alianza Mariñeira, sindicato de la CNT.

Estanislao Ferreiro Núñez, al que llamaban “Boreiro”, de 24 años, cantero.

Antonio Blanco Rodal, de 26 años, casado, marinero, afiliado al Partido Comunista de España.

Guillermo Fernández Fernández, de 27 años, albañil, afiliado al Partido Socialista.

Antonio Ferreiro Núñez, 32 años, cantero, contador del sindicato del ramo de edificación de Cangas desde junio de 1935, casado.

Secundino Ruibal Villar, cantero de profesión, 38 años, casado.

Normandino Núñez Martínez, el mayor de todos, de 46 años, marinero afiliado al sindicato de la CNT Alianza Mariñeira

Intentaron hacer desaparecer los cadáveres y las huellas de su crimen arrojándolos al mar, pero el mar de todos los ahogados, los meció, los puso un sudario de algas y fría espuma de olas, los arrastró hacia escollos y rocas. Ese mar que les agitaba como si quisiera despertarlos de la muerte, devolvió a algunos de ellos a esta tierra dolorida, a sus hogares huérfanos, donde gemían sus enlutadas mujeres, sus padres, sus hijos.

Los cuerpos de Daniel González Graña, Antonio Blanco Rodal, José Martínez Pazó, Antonio Ferreiro Núñez y Normandino Núñez, aparecieron casi dos meses después. Fueron inscritos oficialmente como muertos con la ya consabida letanía de “murieron a causa de una hemorragia interna por herida de Guerra”.

¿De qué Guerra, me pregunto, si en Galicia no hubo frente de batalla? Si aquí los únicos fusiles que se dispararon fueron para exterminar a civiles, que pensaban diferente, que querían un mundo más justo, más solidario, más libre.

Hoy estamos aquí, un año más para recordarlos, porque nunca, si es verdad, se olvida. Me hubiera gustado, también, citar los nombres de los verdugos, pero los desconozco y eso no es bueno, porque el silencio en cierta medida los absuelve.

Existe un denominador común inherente a todos los golpes militares: terror y muerte, desaparecidos, ausencia de derechos humanos, ausencia de Justicia. La dictadura franquista fue la portadora del terrorismo de Estado y lo que es peor, en España, a lo largo de décadas de democracia, los opresores han vivido rodeados de impunidad. La misma impunidad que hoy envuelve a los pocos que quedan con vida.

El franquismo humilló a las víctimas y la “modélica” transición cubrió su vida con un velo de indiferencia.

Los hechos de nuestra dramática historia son tan contundentes que no pueden ni deben ignorarse. Quienes perdieron la vida, como los mártires de Anguieiro, sufrieron todas las negaciones por parte del sistema represivo. Negaron su detención, su tortura, su asesinato.

Tenemos la obligación moral de no olvidar esto. Hay que recordar, porque Recordar es una palabra hermosa y generosa. Procede del latín «re-cordis», que significa «volver a pasar por el corazón”.

De eso trata la Memoria Histórica, un concepto que nos traslada al pasado y nos coloca en el lugar y momento en que vivieron y padecieron las víctimas, y nos descubre como la ausencia de reconocimiento de éstas, nos ha avocado a un desconocimiento real de la Historia con mayúsculas, porque hemos ignorado y silenciado sus historias.

Recuperar la Memoria de las víctimas es la alternativa al silencio impuesto. Es un acto casi subversivo, porque damos voz a los que fueron silenciados, devolvemos la dignidad a los que fueron ultrajados, ponemos fin a la impunidad del opresor y deja de perpetuarse la traición. Sin embargo es una frágil conquista que tiene muchos enemigos al acecho.

Hay que ser conscientes, hoy más que nunca, de que en España se perpetraron crímenes de lesa humanidad, un ataque a los derechos humanos fundamentales que por su gravedad suponen un agravio no sólo a las víctimas o sus familias, también a la Humanidad en su conjunto. Crímenes que buscaban aterrorizar, disuadir de cualquier resistencia, humillar, acabar con la libertad y la vida. Delitos que no prescriben y que pueden y deberían ser perseguidos en todo tiempo, ya que los autores de estos crímenes no pueden contar con ninguna protección ni medida de gracia en ningún país, pero para ello es vital contar con una Justicia Universal.

El Estado español, tierra de impunidad, reposa sobre un inmenso osario sin letreros ni cruces. Ya advirtió el poeta visionario León Felipe, que «detrás de Franco llegarían los enterradores y arqueólogos». En el Estado español aún existen alrededor de 114.000 víctimas del franquismo “desaparecidas”, ignoradas por los poderes del Estado, enterradas en cunetas y fosas comunes. Nadie puede decidir que el pasado no existe e intentar premeditada e interesadamente enterrar una parte de la historia en la que más sangre inocente ha sido derramada.

Conocer la verdad es un derecho que nadie debería negar y aunque ninguna democracia debería soslayar una reflexión sobre el pasado, en España se aprobó una Ley de Amnistía en 1977, que continua vigente. Una Ley que según la ONU, choca con la Declaración sobre la Protección de todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas, y que a pesar de ella, incluso si hubiera sido aprobada por referéndum o una consulta, que no es el caso, España «tiene la obligación de investigar, perseguir y sancionar a los responsables de desapariciones».

Quiero recordar el origen de la palabra Amnistía. Proviene del griego «amnestía», que significa «Olvido».

En el caso español la Ley de Amnistía es una amnesia vergonzosa, máxime cuando la aprobación de la misma fue ejecutada, engañando al pueblo, por unos políticos que decían buscar la reconciliación nacional. La amnistía no tiene cabida si se produce antes de un proceso judicial y sobre todo cuando se trata de actos de suma gravedad como lo son la tortura, el asesinato y la desaparición forzada.

Esta Ley del olvido impuesto de todos y para todos no curó ninguna herida. Ningún Estado puede imponer el olvido sobre lo irreparable o lo imperdonable, porque cuando el perdón de ejerce desde el Estado, ese perdón se convierte en enemigo de la Justicia y usurpa el derecho de las víctimas a perdonar, si es que así lo desean.

No hay paz ni reconciliación sin Justicia, sin reconocimiento ni condena por el daño causado a las víctimas. Aunque la reparación para casi todas ellas llegue tarde, demasiado tarde.

Y aquel tiempo, que muchos dejaron por muerto y resuelto, mientras que personas y grupos vinculados al régimen franquista siguieron estableciendo su legitimidad e influencia, aquel tiempo volvió en sí y nos hirió mortalmente, porque el perdón no puede imponerse ni regalarse, porque la magnitud del agravio fue enorme, porque las leyes han protegido a los criminales y no a las víctimas.

Los muertos ya no pueden exigir que el agravio sea resarcido y además no se puede otorgar el perdón sin Justicia. Pero ¿cómo perdonar lo imperdonable? La única respuesta es la Memoria. La Memoria del agravio siempre debe ser mantenida. Somos los vivos los que hemos de transferir a las generaciones futuras la Memoria individual y colectiva de las víctimas. Ese es el valor de la Memoria. Somos los vivos los que hemos de pedir Justicia y luchar porque se alcance.

La Memoria es capaz de señalar a los verdugos y espero que la Memoria también sea capaz de destapar la Verdad, de ejecutar la necesaria Justicia y dotarla de su verdadero sentido y de otorgar la ansiada Reparación, porque el paso del tiempo no debilita esta petición, al contrario, la hace más legítima. Y para eso necesitamos un Estado que se implique hasta pringarse, que asuma toda la responsabilidad para con las víctimas, que no deje a la voluntad de los ayuntamientos de diversos colores políticos las políticas de Memoria, que valore a las víctimas del franquismo como lo que son: víctimas del terrorismo de Estado.

Y víctimas no son sólo los asesinados o desaparecidos, también lo son los hombres y las mujeres que fueron encarcelados, torturados; los esclavos del franquismo; los hombres y las mujeres que se vieron avocados al exilio; los que fueron hacinados en los campos de concentración franceses; los deportados a los campos nazis con la complicidad del franquismo; los miles de niños arrebatados a sus madres; los hombres y mujeres que actuaron en la resistencia antifranquista, y que fueron aniquilados por el aparato represor del régimen; las madres que quedaron viudas; las niñas y niños que quedaron huérfanos, por el encarcelamiento o la muerte de sus padres y muchos miles y miles de ciudadanos a los que, bajo el manto del nacional catolicismo, se les privó de vivir una vida en libertad.

José Nores, Eugenio Bastos, Alejandro y José Martínez, Daniel González, Estanislao Ferreiro, Antonio Blanco, Guillermo Fernández, Secundino Ruibal, Antonio Ferreiro y Normandino Núñez, os mataron compañeros, pero vuestro recuerdo aunque vista de tristeza, vuestro soplo de libertad llega hasta nosotros, y crecéis cada año como robustos laureles de Memoria.

Verdad, Justicia y Reparación para los mártires de Anguieiro y para todas las víctimas.

Memoria para siempre.

Paz para siempre.

¡Viva la República y Viva Galicia!

* Memorialista, investigadora histórica y escritora. Nieta de un represaliado por el franquismo. Editora del Blog Búscame en el ciclo de la vida

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