Arturo del Villar*. LQS. Marzo 2019

Fue muy alabado en su tiempo por sus ensayos políticos especialmente, y las representaciones de sus dramas obtuvieron críticas elogiosas, así como sus novelas, aunque tras el silencio obligado de su nombre durante la dictadura no ha recuperado su popularidad anterior

A las 6 de la tarde del viernes 3 de marzo de 1939 la acogedora tierra francesa cubrió un féretro envuelto en la bandera tricolor de la República Española. En él descansaba por fin el cuerpo de Marcelino Domingo, un luchador valiente que había sufrido exilio, cárcel, persecuciones e insultos por pretender asentar la libertad en España. Y por intentarlo hasta el fin, falleció el día anterior en el exilio, en Toulouse, y recibía sepultura en su cementerio.
El coche fúnebre desfiló por las calles de la ciudad, precedido por unos motoristas que detenían el tráfico, y seguido por tres coches más cargados de coronas de flores enviadas por las autoridades locales, y otras llegadas en avión desde París, remitidas por el presidente en funciones de la República, Diego Martínez Barrio; del presidente dimisionario, Manuel Azaña, y de otros notables republicanos ya exiliados.
Formaron el cortejo el cónsul de la República en Toulouse, el prefecto del Departamento, el alcalde, el cónsul de los Estados Unidos de México, tres diputados y dos senadores franceses, y numerosos republicanos exiliados, algunos de ellos apoyados en muletas o en sus compañeros, heridos en la defensa de su patria amenazada por el nazifascismo internacional. Los ciudadanos contemplaron el paso de cortejo en respetuoso silencio, a menudo interrumpido por vivas a la República Española.

Marcelino Domingo merecía el homenaje de los españoles y de todos los demócratas del mundo, porque empleó buena parte de su vida en defender los ideales de libertad, igualdad y fraternidad promulgados por la Revolución Francesa y adoptados después por todos los seres de buena voluntad. Él mismo se consideraba un revolucionario, según lo afirmó en su último libro, México ejemplo, aparecido en 1938, resultado de su actividad propagandística por la República Española en tierras mexicanas:

Mi pluma ha conocido los problemas de la calle de mi país y las responsabilidades de gobierno. De la misma manera que ha firmado artículos revolucionarios, ha sabido también la gloria de firmar, siendo gobernante, decretos revolucionarios.

En la España monárquica no eran bien acogidas las ideas revolucionarias, por lo que debió enfrentarse a toda clase de dificultades. Lo hizo con ímpetu, debido a su carácter combativo, y pagó caras las consecuencias de mantener el ideario frente a las leyes borbónicas.

Por la República siempre

Comenzó su actividad polémica en la calle, efectivamente, como concejal del Ajuntament de Tortosa en 1909. Debido al trabajo de maestro de escuela estaba muy en contacto con el pueblo, que aceptó de buen grado su idea de unificar la enseñanza de niños y niñas, y además hacerla laica, para no influir en las conciencias de los alumnos y alumnas, y desde ellos en las de sus padres. Actuó como revolucionario, y lo hizo con éxito.
Sus ideas demostraron favorecer el aprendizaje de los escolares, por lo que era apreciado en la localidad, tanto como para ser elegido diputado a Cortes por Tortosa en 1914. Continuó siéndolo hasta 1920 y repitió en 1923, hasta que el golpe de Estado palatino del general Primo cerró las Cortes en setiembre. Con la República volvió a ser elegido diputado en 1931, entonces por Tarragona, y triunfó de nuevo en las últimas elecciones democráticas celebradas en España, el 16 de febrero de 1936.
Su paso por la política resultó errático, aunque siempre dentro de formaciones republicanas. Militó en 1903 en el Partido Federal, en 1910 pasó a la Unió Federal Nacionalista Republicana, participó en 1915 en la fundación del Bloc Republicà Autonomista, fue uno de los cofundadores del Partit Republicà Català en 1917, integrado en 1926 en la Alianza Republicana; después con Álvaro de Albornoz y otros fundó en 1929 el Partido Republicano Radical Socialista, por el que asistió a la firma del pacto de San Sebastián el 17 de agosto de 1930, del que derivó la proclamación de la República al año siguiente; una escisión en 1933 le hizo fundar el Partido Republicano Radical Socialista Independiente, fusionado el 3 de abril de 1934 con la Acción Republicana de Manuel Azaña y el Partido Republicano Gallego Autónomo de Santiago Casares Quiroga para constituir Izquierda Republicana. Su líder indiscutido fue Azaña, pero al ser elegido presidente de la República el 10 de mayo de 1936 le sucedió Domingo en la presidencia.

Periodista y escritor

Alternó esa intensa actividad política con la periodística y la literaria. Fue muy alabado en su tiempo por sus ensayos políticos especialmente, y las representaciones de sus dramas obtuvieron críticas elogiosas, así como sus novelas, aunque tras el silencio obligado de su nombre durante la dictadura no ha recuperado su popularidad anterior. En la Biblioteca Nacional están registrados a su nombre 20 ensayos, 9 dramas, 3 novelas y 10 discursos y conferencias. Recordemos los principales títulos: entre los ensayos, ¿Qué es España?, 1925; On va Catalunya?, 1927, única obra escrita en catalán, y ¿Qué espera el Rey?, 1930. Entre los dramas, El pan de cada día, 1926; Los príncipes caídos, 1930, y Encadenadas, 1931. Entre las novelas, Un visionario, 1922 y El burgo podrido, 1924. Entre las conferencias, Liberalismo republicano, ¿1911?; Política pedagógica, 1911, y La reforma agraria, 1932.
Colaboró asiduamente en diarios y revistas, además de dirigir algunos medios como El Pueblo, de Tortosa, en 1909; La Publicidad, de Barcelona, en 1915, y La Lucha también en Barcelona en 1916. Sufrió numerosos procesos judiciales por sus escritos: él mismo decía en su libro memorial En la calle y en la cárcel (1917) que al ser detenido se instruían contra él cerca de trescientos procesos, por su campaña contra el rey y la guerra en Marruecos.
Su artículo “Soldados”, publicado en la primera pagina de La Lucha el miércoles 20 de junio de 1917, hizo que el número se agotase enseguida, y tuvo que ser impreso como hoja volante con una tirada incalculable, porque los soldados lo introducían en los cuarteles a escondidas, al tiempo que los civiles se identificaban con el texto. Todo ello motivó su detención, porque se le acusó de incitar a los soldados a sublevarse contra la monarquía. Y no era falsa la acusación.

Preso ilegalmente

El jueves 16 de agosto de 1917 fue detenido en la casa de Barcelona donde se alojaba, pese a gozar de inmunidad al ser diputado por Tortosa, y encarcelado en el crucero protegido Reina Regente, anclado en el puerto, por orden del capitán general de Cataluña, José Marina Vega. El Congreso, por medio de sus dirigentes, hizo pública su protesta por esa detención arbitraria, inútilmente, porque las Juntas Militares de Defensa imponían entonces su autoridad, continuando la mala costumbre adquirida a lo largo del siglo XIX. Recurrieron al jefe del Gobierno, Eduardo Dato, y al Tribunal Supremo, sin que se escucharan sus explicaciones, porque sonaban más fuertes los ruidos causados por los sables. Legalmente los diputados solamente podían ser juzgados por el Tribunal Supremo, previa autorización del Congreso, y a Marcelino Domingo se le había sometido a la jurisdicción militar sin ningún trámite.
Fue trasladado a otros buques de la Amada, y tuvo que sufrir insultos y malos tratos de la marinería. No se entiende que hijos del pueblo se comportaran así con alguien que defendía al pueblo. Por fin al mediodía del 5 de noviembre quedó en libertad, después de 81 días de cautiverio. Lo único favorable de esa demostración de fuerza bruta militar ilegal es que quiso recoger en un libro aquella experiencia. El documento importantísimo se titula En la calle y en la cárcel. Jornadas revolucionarias, y lo editó Renacimiento, sin fecha.
Su primera decisión al recobrar la libertad consistió en viajar a Cartagena, para entrevistarse con los miembros del Comité de Huelga allí encarcelados, bajo la acusación de organizar la iniciada el 13 de agosto: Julián Besteiro, Daniel Anguiano, Andrés Saborit y Francisco Largo Caballero. Los republicanos de la ciudad organizaron un mitin para que expusiera sus ideas sobre la candente situación política. Celebrado el día 19, dijo entre otras afirmaciones igualmente radicales que la monarquía era inviable, al haber demostrado ser incapaz de resolver los problemas capitales del reino, y la soberanía debe atribuirse exclusivamente al pueblo. Ademas exigió la amnistía para los presos políticos hacinados en las cárceles monárquicas.

Hacia la República imparable

Ya de regreso en Madrid, el día 23 se le ofreció un homenaje de desagravio por su ilegal detención, en el que Azaña pronunció un discurso de adhesión y camaradería. Dos días después tuvo lugar una manifestación muy nutrida, en la que Domingo fue vitoreado por los asistentes. Gozaba de una enorme popularidad por su actuación política a favor de la República y por su actividad literaria, lo que no impidió que en 1926 volviera a ser detenido tras el fracaso de la sanjuanada, en la que tomó parte.
El desprestigio del monarca era total, pero él se creía a salvo de toda crítica gracias a la dictadura militar propiciada por él mismo. El 5 de julio de 1930 el Ateneo de Madrid eligió una Comisión de Responsabilidades sobre la dictadura, llamada la Comisión de los 21, entre los que figuraba Domingo. Fue también uno de los participantes en el conocido como pacto de San Sebastián, firmado el 17 de agosto de 1930, del que salió elegido el Gobierno provisional de la República: Domingo figuraba al frente de Instrucción Pública. Intervino en el grandioso mitin republicano celebrado en la plaza de toros de Madrid el domingo 28 de setiembre de 1930.
Al fracasar la intentona golpista de Jaca, el Gobierno ordenó el 14 de diciembre la detención del Gobierno provisional, pero Marcelino Domingo e Indalecio Prieto se exiliaron en París. Su regreso el 15 de abril, una vez proclamada la República, resultó apoteósico, aclamados en las estaciones en las que la multitud obligaba a detener el tren. La Gaceta de Madrid insertó al día siguiente su nombramiento como ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, por decreto del presidente del Gobierno provisional, Niceto Alcalá—Zamora. Se entregó a la tarea con entusiasmo y dedicación exclusiva, por lo que debió olvidar su vocación de escritor.

En los ministerios

Lanzó el programa de bombardear a España con escuelas, para terminar con el analfabetismo auspiciado por los anteriores ministros de la monarquía; ellos pensaban que cuando menor fuera la educación del pueblo, más seguros estaban de que no plantearía reivindicaciones sociales. Ordenó la creación ese año de 23.435 escuelas.
No pudo culminar su programa, porque al ser elegido Azaña presidente del primer Gobierno constitucional le confió la cartera de Agricultura, Industria y Comercio, según publicó la Gaceta el 17 de diciembre de 1931. Se impuso como primera tarea ordenar la reforma agraria, por lo que se ganó el odio de los terratenientes y los llamados nobles, aunque la República no reconoció los títulos de nobleza. Los campesinos entendieron que la reforma agraria les daba a ellos la propiedad de las tierras que cultivaban por jornal de los terratenientes, y se produjeron gravísimos conflictos sociales. En aquellas condiciones el plan de trabajo era irrealizable.
Pero Azaña le volvió a encargar ese Ministerio el 13 de junio de 1933. Por poco tiempo, ya que el Gobierno perdió la confianza del presidente de la República y se vio obligado a dimitir el 8 de setiembre, lo que dio paso al llamado bienio negro de la República, un período claramente anticonstitucional dominado por la derecha más recalcitrante, dispuesta a destruir todo lo legislado hasta entonces, y de manera especial los intentos de reforma agraria. En aquellas circunstancias Domingo tenía que fracasar inexorablemente. No fue incapacidad suya.
Las elecciones del 16 de febrero de 1936, últimas celebradas democráticamente en España, dieron el triunfo al Frente Popular, lo que propició que Azaña volviera a presidir el Gobierno, y Domingo recuperase la cartera de Instrucción Pública y Bellas Artes, mucho más tranquila y grata que la de Agricultura. Sin embargo, tampoco tuvo la oportunidad de poner en macha su programa, ya que las Cortes destituyeron el 7 de abril al presidente Alcalá—Zamora, y el 20 de mayo fue elegido Azaña para sucederle, lo que implicó la dimisión del Gobierno.

La guerra

La sublevación de los militares monárquicos el 17 de julio dio al traste con todos los planes. El 19 a las cuatro de la madrugada Diego Martínez Barrio formó un Gobierno que no llegó a tomar posesión, en el que volvía Domingo a Instrucción Pública. Las manifestaciones populares en contra del Gobierno hicieron imposible que se constituyera.
Marcelino Domingo realizó otros servicios a la República durante la guerra, de carácter diplomático. Ese mismo año el presidente Giral le encargó se entrevistara con el jefe del Gobierno francés, Léon Blum, para que procurase inclinarle a favor de la República Española, pero no consiguió más que unas palabras de afecto y lamento. Invitado a pronunciar un discurso en la Mutualité, explicó que la el Pacto de No Intervención en España era condenar a la República, y si tomaban el poder los militares fascistas sublevados, a los que apoyaban los nazis alemanes, los fascistas italianos y los viriatos portugueses, Francia sería la próxima víctima. Su profecía se cumplió exactamente.
En octubre viajó a Canadá y los Estados Unidos de América, con el mismo objetivo de conseguir su colaboración, y con el mismo fracaso, porque los empresarios gringos hacían ya negocios con los militares rebeldes, y animaban al Gobierno a reconocerlos. Más éxito alcanzó en enero de 1937 con los Estados Unidos de México: mantuvo una larga entrevista con el presidente Lázaro Cárdenas, quien le garantizó su plena colaboración. En Cuba pronunció un discurso ante una multitud involucrada con la República Española, pero sus dirigentes mantenían otro criterio y preferían acogerse al Pacto de No Intervención.
Regresó a España enfermo, casando y desmoralizado. En febrero de 1939 volvió a Francia, con la misión de conseguir la colaboración de las autoridades para que facilitasen el paso de la frontera a los miles de republicanos deseosos de escapar a la depuración sanguinaria de los ya seguros vencedores de la guerra. No llegó a ver su final, porque el 2 de marzo falleció en Toulouse, como quedó narrado antes.
Ochenta años después debemos recordar la memoria de este incansable propagandista de la República. Resultó vencido con ella, y murió para acompañarla en su final.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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