MARXimizando las aulas

Tania Pasca Parrilla*. LQS. Marzo 2021
Ilustraciones de J. Kalvellido

El triunfo de las clases dominantes sobre la Enseñanza, es la derrota y parálisis del ser humano. Porque un sistema educativo cimentado sobre parámetros capitalistas solo puede atender a las necesidades de la burguesía. Por tanto, nuestrxs niñxs y adolescentes asisten cada día a una escuela que les interioriza la mentalidad de la “clase enemiga”, donde, por ejemplo, solo de manera muy minoritaria y sesgada se les hablará de feminismo y por supuesto nunca de historia reciente de España donde se exponga de manera clara cómo hemos llegado con esta pobreza económica y moral a nuestro presente.

En cambio, las clases explotadas hemos asumido que la clave del éxito es tener capacidad económica para pagarse un máster, diseñado y patrocinado por y para la patronal, donde el estudiantado reproduce los roles burgueses, defendiendo los intereses de una clase social que nos es ajena. De manera que estamos perpetuando un angustioso sistema educativo que prioriza el beneficio individual y transitorio, al margen de las necesidades humanas permanentes y a futuro. Es lo que se traduce en la práctica en la falta de respeto mundialmente aceptada y tolerada hacia la naturaleza, la mujer, la diversidad humana, o los derechos colectivos de los pueblos. Se ha establecido el desprecio por la vida desde la escuela, donde el aprendizaje se fundamenta en que el alumnado alcance conocimientos suficientes para encajar en algún piñón de la imparable cadena de producción, jamás para la formación de personas en sí mismas como parte del medio natural sino proletarizadas como un valor de cambio más.

Escuelas de educación primaria, secundaria y universitaria instaladas en la cosificación de las personas, donde prioriza el estudio de materias para alcanzar la máxima rentabilidad económica, poder y éxito personal en el pedestal de los objetivos al finalizar los estudios, y esta apuesta se manifiesta desde la más tierna infancia donde las competencias del alumnado se miden a través de exámenes, y la valía de la intelectualidad está sujeta a cifras que van del sobresaliente al suspenso, una forma de clasificar a humanos desde la niñez no dando tiempo al desarrollo madurativo y personal de cada sujeto. El modelo educativo burgués no permite el progreso de cada cual porque todo está enfocado a producir objetos de consumo. Por eso están tan denostadas las asignaturas de filosofía, historia o las disciplinas artísticas, porque implican un estatus superior en el desarrollo humano que no tiene encaje en un mundo enfermo con una humanidad en estado de supervivencia, en el que lo prioritario es perpetuar esa decadencia. ¿Hasta cuándo? Hasta nuestra propia extinción.

¿Por qué no existe una cátedra marxista? Una cátedra que dé oxígeno entre tanta miseria moral. ¿Por qué no se pueden pronunciar determinadas palabras en determinados foros institucionales, laborales o educativos? ¿Por qué es espinoso hablar abiertamente de feminismo como clave en el desarrollo humano? ¿Por qué la palabra comunismo resulta tan incómoda en todos los estamentos de la sociedad? Porque todo aquello que supongan herramientas liberadoras para el ser humano son peligrosas para nuestros opresores.

Hemos sido educadas y lo seguirán siendo las generaciones futuras en valores como la discreción, la sumisión o el individualismo. En el “hay que ser tolerantes, pero a mi hija la llevo a la escuela concertada”, “creo en la igualdad entre sexos, pero en silencio, mientras nos mantengamos discretas y sumisas ante las normas, nos mantendremos a salvo de una violación” o “considero injusto el trato discriminatorio de determinados colectivos, pero no es mi problema, bastante tengo con lo mío”. Mientras el sistema educativo permanezca en manos de los opresores seguiremos precarizadas, explotadas, ninguneadas y siempre invisibles. Digo y aclamo como imprescindibles a Marx, Engels y a Lenin porque sigo leyendo, a escondidas.

– Cronología con todos los relatos: MARXimizando
Aquí puedes descargarte las ilustraciones de J. Kalvellido

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