Matando lobos

Patxi Ibarrondo*. LQS. Septiembre 2019

Muerte al lobo, sin discusión. Cuando se elimina el lobo porque sí, y desde la propia administración regional, resulta un castigo a la razón tener que soportar el autobombo…

Hace unos días se han disparado otra vez las escopetas y han muerto cuatro lobos. Otra matanza más de las muchas que se celebran en Cantabria. El argumento de los matalobos oficiales sigue siendo el mismo, porque les da buen resultado; “control poblacional”. Pero ¿que clase de eufemismo es este? Lo que encubre ese “control poblacional” es una descarada carta blanca para perseguir al lobo con saña y por deporte. Sin cuartel. La intención es el exterminio.

Nadie había denunciado ataques de lobo al ganado en esos lugares. Ni en San Vicente de la Barquera, ni en Lamason, ni en Peñarrubia donde se les cazó. Según los expertos, “no existen precedentes de matar lobos en agosto”, pues es “época reproductora”. “Lo que está haciendo el Gobierno de Cantabria no obedece a una gestión del siglo XXI y no lo ha hecho ninguna Administración en España”, denuncian los conservacionistas.

Pero ocurre que en toda España no existe la peculiaridad de un presidente propenso al delirio emocional y al lloriqueo. Un presidente que es enemigo declarado del lobo ibérico. Un sentimental que encubre autoritarismo y un carácter rencoroso de fondo. Un actor al que solo se le nota su verdadera identidad cuando alguien le lleva la contraria o le critica lo escasos logros a su gestión al frente del Ejecutivo autonómico.

Cuando se tiene (más bien se padece) un presidente partidario de los desafueros ganaderos, eso es lo que se tiene. Muerte al lobo, sin discusión. Cuando se elimina el lobo porque sí, y desde la propia administración regional, resulta un castigo a la razón tener que soportar el autobombo revillista de proclamarse “el mayor ecologista de Cantabria”. Las escopetas echan fuego y alguien se está columpiando en la falacia burda y engañosa. Revilla es un animal político muy astuto, como el lobo. Por eso la guerra es de poder a poder. Revilla para atacar sin tregua hasta el exterminio final; el lobo para sobrevivir. Para justificar la inquina contra esa especie, Revilla apela a un remoto episodio de su infancia rural de pastor de ovejas.

Cuando en alguna de las comilonas a las que acude sin falta M. A. Revilla, tras la euforia de las copas de orujo y los brindis al sol del aguardiente, se le suele soltar la lengua. Proclama entonces la guerra encarnizada contra los lobos: “al lobo y al gorrión, perdigón” es la consigna del singular presidente, galvanizando así a sus huestes de adeptos ganaderos, los matalobos oficiales y los furtivos sin castigo.

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