Mear en Madrid

Hoy, como ayer, mear en Madrid se hace harto complicado si se quiere cumplir con las ordenanzas sin reventar en el intento. La ciudad no es como aquella campiña extremeña donde Azarías después de aliviarse en cualquier matorral pretendía pelarle las pitorras al señorito, después de merase en las manos para que no se le cortaran.

Hace ahora siglo y medio que “Pepe Alcañices”, conocido como el Duque De Sesto, considerado uno de los mejores alcaldes que Madrid ha tenido en su historia, se le metió en la mollera reconducir los hábitos de los madrileños y acabar con aquella cochina costumbre de mearse en esquinas y portales. Para ello, construyó dos retretes públicos en las embocaduras de las calles de Carmen y Carretas, para que aquel que tuviera tan perentoria necesidad, no encontrara justificación alguna.

Ya hubo un primer intento en 1836 cuando se edificaron unos en la Puerta del Sol frente a las gradas los Mentideros de San Felipe, aproximadamente donde ahora está la pastelería de La Mallorquina y que anteriormente fuera el callejón de la Duda, donde apiolaron al Conde de Villamediana a las puertas de su palacio por “picar demasiado alto”.

Aquellos primitivos retretes se levantaron sobre una alcantarilla para que evacuara con celeridad aquellas aguas vergonzosas, y constaban de seis cabinas para los caballeros y tres para las señoras, que se podían ocupar por cuatro cuartos para realizar dichas necesidades. Contaba además con un despacho de cervezas y licores, y un gabinete de lectura donde por un real se podía curiosear toda la prensa de Madrid.

Nada que ver con los que el Duque levantara tres décadas después; un diseño rectangular bajo una cúpula sencilla, con unas cubetas y unas columnas entre las que orinar de pie, sin más pretensión que aliviar al viandante de la desazón, y a la ciudad de aquellos olores putrefactos.

Contaba Madrid por aquellas fechas con más de un cuarto de millón de almas, que además de mearse por las calles, al caer la tarde arrojaban a ellas todo lo que escupideras y orinales acumulaban durante el día. A las puertas de las casas, los peluqueros ambulantes cortaban el pelo al vecindario, mientras que las vecinas se despiojaban sin ningún pudor unas a otras con las liendreras. Una vez a la semana las “Chocolateras de Sabatini” recogían los desperdicios de aquellos basureros y muladares marcados con una cruz de palo, dejando el mismo hedor que anteriormente hiciera el rodillo llamado “La marea”.  

Es fácil entender que en aquel ambiente de podredumbre no hiciera mella la medida del Duque, y hubo que recurrir a la amenaza de multar con veinte pesetas a todo aquel que no acatase la normativa: “Cuatro duros por mear, ¡caramba qué caro es esto!, ¿cuánto cobra por cagar el señor Duque de Sesto?”, eran las coplillas que se escuchaban por las calles mofándose del bando del Alcalde.

Unos y otros retretes desaparecieron con las sucesivas reformas de la Puerta del Sol, que fueron insuficientes para acabar con la costumbre de los meones esquineros.

Diversos gobiernos posteriores intentaron combatir este problema urbano con urinarios y baños públicos instalados estratégicamente en diferentes puntos de la ciudad, y con el apoyo de los municipales que multaban a quienes pillaban infragantes, parece que el problema se corrigió un poco, y aquellos malos tufos que quedaban, se iban cada noche con “la manga riega” y el escobón del barrendero.

Dicen los historiadores que si por algo se podía distinguir el Madrid del XVIII y XIX era por el pestazo que emanaban de aquellos albañales de aguas corrompidas que ponían en jaque a las autoridades sanitarias con periódicas apariciones de cólera. Lo que no es normal es que en el siglo XXI, cuando la tecnología estúpida que sopla las hojas a más de cien decibelios, y las mierdas de los perros se aspiran desde una moto, haya que renunciar al olor de las acacias y los jazmines para seguir oliendo a meaos.

Es fácil recurrir a que “la gente es guarra” y punto, pero es más que sospechoso cómo quienes tienen responsabilidad en estos temas se inhiben: Los ayuntamientos hasta casi extinguir los urinarios públicos de las calles de la ciudad. Los responsables de estaciones, intercambiadores, etc, teniéndolos siempre “fuera de servicio” y “disculpe las molestias”. Los bares “uso exclusivo de clientes”. Los centros comerciales escondiéndolos en el último rincón y sin identificación alguna para que tengas que humillarte preguntando a una señorita por el baño. Total, que si llega la emergencia, lo mejor es ir a mear a una biblioteca y de paso leer un periódico.

Ese “relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor” que con tanto ímpetu y gracejo pronunció la alcaldesa de Madrid ante el mundo entero, no debía contemplar que es difícil relajarse con la vejiga llena. Baste un ejemplo: Si en las inmediaciones de la Plaza Mayor, léase ese templo al exclusivismo y la estupidez que es el Mercado de San Miguel, te entran ganas de mear, la “señorita” uniformada de blanco que hay a las puertas el W.C. te pedirá el “tique de compra” para poder evitarte los cincuenta céntimos que cuesta una meada.

–  ¿De compra de qué? – le podrás preguntar.

–  De la consumición – te dirá con el gesto agrio que no logra esconder lo que quisiera decir con palabras.

Con lo que si ya has consumido tendrás que volver a mendigar un ticket a un camarero amnésico, y si no lo has hecho tendrás que correr a tomar una caña para pagar tres euros en vez de los cincuenta céntimos por el “peaje”, que tendrás que volver a pagar cuando tengas que evacuar lo que te acabas de beber.

Por eso, no se dejen engañar, ese “relaxin” del que habla la alcaldesa se refiere al bolsillo, por que si lo que se lleva relajado es el esfínter, no se puede salir de casa con menos de 20 euros.

Hoy dice el periódico que Adif, ese engendro de ente público que resta unidades a sus trenes cada vez que los ciudadanos periféricos intentan manifestarse contra el gobierno, va a cobrar cincuenta céntimos por mear en la estación de Atocha. Debe ser que le ha dado envidia la iniciativa ideada por esos niñatos mercantilistas de aspecto “casual”, que ponen precio al dolor y la dignidad de parados, viejos, “perro flautas” y mendigos para hacer caja. Por favor, que vuelva el Duque de Sesto aunque no sepa inglés.

Como decía Labordeta: ¡A la mierda!    .

* Investigador de historia y costumbrismo madrileños, autor de ensayos y novelas. Su ultimo trabajo es una novela histórica ambientada en Madrid “La conspiración del Triángulo”

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