Mecanismos

La monarquía, se supone, es una institución que emana de la aristocracia. Es decir: la máxima expresión de la civilización humana. El alfa. Lo más fino, lo más delicado, lo más exquisito que se pueda ver, oler y sentir. Y para expresar esa superioridad se educan en unos modales y se manifiestan mediante símbolos y gestos altivos e inapelables, necesariamente hipócritas. Esa hipocresía ha engendrado unos códigos propios, que han quedado plasmados en una cultura de la succión. Bien por seducción del lujo o mediante artificiosas intrigas de salón.

En definitiva y, como su propio nombre indica, lo menos verosímil y más absurdo que se pueda imaginar es un rey que pretenda ser igualitario. Y, con la misma, que pretenda rebozarse con la plebe como una vulgar croqueta de bacalao. Este discurso como mínimo sonaría desafinado, falso, demagógico o directamente trilero.

Pues eso es lo que nos pretenden vender ahora los cabildos de arriba, los muñidores de la transición española, la “ejemplar- convivencia-democrática-espejo-y-admiración-del-mundo-entero”.

Nos han preparado una Segunda Transición. Ciertamente, a retórica ampulosa y tergiversación de la realidad hay pocos que nos ganen.

Así pues, salimos de la vía muerta neofranquista de Juan Carlos I «el Campechano» para entrar en el previsible túnel del siguiente Borbón, Felipe VI «el Preparado».

Según los exégetas, el 19 de Junio de 2.014 el reino de España ha inaugurado un insólito período de monarquía constitucional. En este reinado destacará la sencillez y el monarca pretende ser un “primus inter pares”. El afán populista es tanto que, incluso, será relativamente fácil ver a los miembros de la Casa Real en las piscinas municipales o comprando fruta de temporada en los puestos del mercado de abastos. No en vano la nueva reina Letizia procede de las clases medias consolidadas. Etcétera.

Los símbolos que exterioriza Felipe VI son, cuando menos inquietantes por su escaso perfil. Si su progenitor, el que reinaba pero no gobernaba, fue protagonista del atemorizante y ridículo golpe del 23-F, el inolvidable “Tejerazo”, este puede salir por peteneras a poco que se ponga más crudo el cotarro de las ansias independentistas periféricas del Estado. De los monarcas de escaso carácter, como el antepasado Fernando VII, se puede esperar cualquier cosa (mala). Como la abolición de la Constitución liberal de las Cortes de Cádiz (La Pepa) y la proclamación del absolutismo.

Para empezar, su entronización de Felipe VI se ha hecho como si alguien hubiera mandado un telegrama que dijera: “Rey Juan Carlos perdida chaveta por la bragueta y amortizado; cambiar para poder seguir chupando del bote”. E inmediatamente los mecanismos y dispositivos de abdicación se han puesto en marcha.

“¿El populacho está tranquilo?”

El público esta atolondrado, atemorizado, amordazado, atenazado, miedoso. Conformista.

“¿Pero tragará?”
Tragará.

Había tanta prisa por cumplir con la máxima “A rey muerto (o abdicado) rey puesto”, que las fuerzas vivas de las Cortes se olvidaron de blindar jurídicamente al enriquecido Borbón padre; lo cual le deja a los pies de los caballos, en el caso de que a alguien se le ocurriera pedirle cuentas de su fortuna. Esta calculada, por la Prensa internacional, en unos 1.800 millones de euros. No está mal, si se tiene en cuenta que en el exilio portugués la dinastía era más pobre que, las ratas. Ni siquiera pudo el novio Juanito comprar el anillo de casada a su princesa y luego reina Sofía.

El Toison, el fajín de Jefe Supremo de las FAS…Todo deprisa. Nada de fastos y rutilantes invitados del “Gotha”internacional en la entronización. Una toma de posesión rápida y fantasma, del estilo plan B de golpista africano. Bajo el pretexto de la crisis que galopa y corta el viento, a pesar la expresa voluntad amigable del flamante monarca, durante el paseo triunfal no hubo apenas súbditos dichosos agitando las banderitas subvencionadas. Las fuerzas del Orden reprimieron con contundencia los atisbos de presencia republicana. Felipe VI se extendió ampliamente sobre el clásico “vamos a trabajar todos para ser felices y comer perdices», sobre la modernidad ecológica, sobre la voluntad de destino común y centralista de España…

La Villa y Corte de Madrid estaba sellada por el ejército y la policía. El RollsRoyce adquirido por Franco iba a buen paso, sin entretenerse. El nuevo rey saludaba con el brazo derecho escayolado por el saludo de piloto automático. “No fue una fiesta, parecía un funeral” escribió un importante corresponsal extranjero.

Los guiris nunca nos han entendido a los españoles. Somos seres demasiado complejos. Tenemos guasa. El horno no estaba para bollos, tras la derrota mundial de la selección de fútbol: la Roja de España. Así lo entendieron en la Zarzuela y se aplicaron al cuento. Nada de pirotecnia y a colocar las cosas en su sitio.

Felipe VI es el rey que vino del miedo.

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