Médicos cubanos y “Madre de Calcuta”

Han transcurrido 2000 años desde que el cristianismo inventó la caridad como fórmula para apaciguar la rebelión de los esclavos contra el sistema esclavista, con la prédica, “todos los hombres son iguales ante dios”. En esos 2000 años el cristianismo ni apaciguó la pobreza ni ha  reconocido la igualdad de los  hombres entre sí. Todo lo contrario, ha aupado la pobreza, hermanada con la ignorancia, como  caldo de cultivo para imponer su creencia, por medio de la cruz, la biblia, la espada, el caballo y el arcabuz.

La apología de la pobreza, la caridad, la salvación – ¿salvación de qué? – son parte fundamental de la ideología del cristianismo. Ideología cuya predica, el emperador Constantino, la utilizó como instrumento para frenar las rebeliones de esclavos que desde Enio y Cleón, la primera; Trifón y Atenión, la segunda; Espartaco, la tercera y las que durante doscientos años estallaron por todo el imperio –los “indignados” de entonces – amenazaban con derribar el sistema económico imperante. Decir en aquel tiempo, “todos los hombres son iguales ante dios”, era un gran atractivo para las masas irredentas. Pero, la eufemística frase culminó en ¡gran farsa! por cuanto la Iglesia jamás ha reconocido que todos los “hombres son iguales entre sí.”

Es de esta manera como Constantino, padre protector y cofundador del cristianismo, entra a figurar en la historia, al tiempo que le abre las puertas al feudalismo, como sistema económico, mucho más opresor que el esclavismo, pero, muy útil  a los intereses políticos del imperio. Sin duda, el tal Constantino era un gran político.
 
En la esclavitud – con todo lo denigrante – al menos el esclavo tenía valor de cambio y el esclavista debía cuidarlo, alimentarlo, vestirlo para que la depreciación fuera mínima. Esa ventaja que disfrutaba el esclavo: la pierde el siervo de la gleba, con el feudalismo y la pierde el proletario, en el capitalismo. En ambos sistemas las masas obreras y campesinas adquieren la “libertad” para vivir en la miseria.

En las epístolas de los discípulos de Jesús de Nazaret, hay buen acopio de citas a favor de la esclavitud, lo cual le da al cristianismo el  tinte político e ideológico mantenido durante dos mil años.

Para muestra, un botón:

En la epístola de Pablo a los efesios (VI, 5, 6, 7), dice:” Siervos obedeced a los amos de vuestra carne… Servidles con celo…”

El apóstol Pedro va más lejos aún (Primera epístola de Pedro, II, 18,19, 20), Dice: “Siervos, con todo temor  sed sumisos a vuestros amos, no sólo a aquellos que son buenos y humanos, sino, también a aquellos que son rigurosos, pues soportar aflicciones por motivos de conciencia para con Dios, cuando se sufre injustamente es agradable.”

Mayor cinismo ¡imposible!

Estas citas tienen profundo sentido político (defensa del sistema esclavista) que constituyen la ideología del cristianismo. Según cuenta la leyenda, Pedro y sus compañeros, eran analfabetos. De ser así ¿Cómo podían hacer gala de tan profundo, abigarrado pensamiento político e ideológico? ¿Quién les enseño ideas de tan marcado tinte político y muy apropiadas a la crisis social de la época?

Dejemos este tema y ocupémonos del título de esta nota, donde se contrapone la solidaridad con justicia social, a la caridad como encubridora de la injusticia. Caridad enmarcada en la  concepción filosófica, “el que peca y reza, empata”.
 
La caridad. ¡Oh, la caridad! Cuanta injusticia se cubre con tu nombre. Valga traer a colación a la madre Teresa, mal llamada de Calcuta, que invocaba la pobreza para despertar sentimientos caritativos y recaudar un caudal de limosnas ¿Dónde estarán esos millones de dólares? ¿Qué solución le da a la pobreza el simple gesto de acercarse a un moribundo para decirle  -“Aquí estoy para verte morir, en nombre del “bien morir” – ¿Acaso existe el “mal morir”?

O decirle, “Aquí estoy para darte consuelo” ¿Ofrecer la muerte como consuelo ¡es consuelo!? ¡Consuelo sería el vivir, no el morir!

Entre esta forma de actuar y la de los médicos cubanos internacionalistas, hay una abismal diferencia. Los médicos cubanos no llegan  a las zonas de pobreza  a decir “¡Aquí estoy para verte morir!”, sino, “aquí estamos para dar salud, curar heridas, malaria, cólera, epidemias, enfermedades endémicas en la medida de las posibilidades”. ¡Oferta, posibilidad, consuelo de seguir con vida!

Esta si es labor social y no la fingida e interesada de recaudar el caudal de donaciones, los millones de dólares que nadie sabe que camino toman. Sin embargo, mientras la labor inútil del “bien morir”, despierta la campaña mediática del aplauso. De la otra parte, la meritoria, útil y desinteresada labor de los médicos cubanos internacionalistas, se desvirtúa, se desconoce, se ignora, se tergiversa. ¿Será porque no recaudan donaciones y de esa manera brindarles a los ricos la posibilidad de entregar la limosna, fruto de sus rapiñas? ¿O a sus esposas, organizar cenas de beneficencia donde exhibir sus lujos y joyas?

¿Qué otra nación del mundo – como Cuba – ha dado muestras de solidaridad con países sumidos en la pobreza, la miseria, la enfermedad, o víctimas de la tragedia ahí donde ocurren fenómenos naturales: terremotos, inundaciones, sequías que ocasionan hambre, epidemias y mayor pobreza?

Mención especial merece la actitud asumida por el gobierno y pueblo cubanos por lo ocurrido en Chernóbil, de asumir el cuidado especial de los niños víctimas de la radiación nuclear. ¿Qué otro país del mundo ha tenido la solidaridad con los niños de Chernóbil, como la ha tenido Cuba?

Desde el mismo momento que ocurrió el lamentable accidente, en Cuba se abrió un centro especial de tratamiento y recuperación física y mental de los niños quemados por la radiación nuclear.         

Durante años esos niños han permanecido en Cuba bajo el cuidado de la medicina cubana, sin campañas mediáticas para publicitar la labor solidaria, motivada en la actitud propia de todo revolucionario donde quiera sea su puesto de combate: la guerrilla, como lucha armada o el servicio social, como solidaridad del internacionalismo proletario.

Los niños y adolescentes que en el mundo son víctimas de las radiaciones nucleares, han encontrado en Cuba un Centro de atención ¡Permanente! ¡Gratuito!. Financiado por el pueblo cubano y su gobierno revolucionario. Por esos servicios Cuba no cobra ni recauda donaciones. ¿Qué tal si ese Centro de atención estuviera administrado por la “Madre de Calcuta”? ¡Que chorro de dólares en donaciones!

No hemos sabido del reconocimiento mundial al pueblo y gobierno cubanos por brindar atención a los niños víctimas de la explosión de la planta nuclear de Chernóbil. O por servicios prestados por los médicos internacionalistas cubanos, dondequiera  la pobreza, el hambre,  como consecuencia de la rapiña y el saqueo del capital, se ensaña contra poblaciones y países. Los médicos internacionalistas cubanos ofrecen sus servicios en sitios lejanos, ahí donde terremotos, inundaciones, epidemias causan la tragedia sobre muchedumbres que viven en el inframundo de la pobreza. Cuba no hace distinciones. Su ayuda humanitaria va a todas partes, la ofrecen a países imperialistas –la tragedia del huracán Katrina en Nueva Orleans- como en Haití, Somalia, Etiopía o Bangladesh.

Por tan extraordinaria labor, los médicos internacionalistas cubanos son merecedores, como nadie en el mundo, del reconocimiento universal, por ejemplo, el premio Nobel de la Paz, si este no fuera un premio político y de conveniencias. ¡Qué horror! Mejor no recibirlo, ya ese premio no honra, por el contrario es un lastre compartirlo con villanos como Obama, Gore y genocidas sionistas como Rabin, Chimón Pérez y cuantos más. Tenía razón Sartre al negarse a recibirlo.

La caridad sirve para encubrir la injusticia. Hay quienes confunden caridad con solidaridad y justicia social. Por ello, considerar el socialismo como epítome del capitalismo. ¡Es una pantomima!

* “Extracto tomado del libro CREENCIA Y BARBARIE
http:// www.librosenred.com/libros/creenciaybarbarie.html

leonmoraria(arroba)gmail.com

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