Memorias del Subdesarrollo, primera película cubana con tema migración

Desde aquellas primeras escenas de Memorias del Subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea) y mucho antes, hasta los más recientes estrenos, las imágenes de esa figura querida que se pierde entre tantos nombres en un aeropuerto y va más allá de donde el otro personaje, el que se queda, puede seguirla; las imágenes de aquellos que penetran en la bruma de una noche costera, clandestinos, inciertos…; esas imágenes podrían contar a su forma la historia del cine cubano que nació en 1959 y la historia también de la Cuba que se extiende de ese año al presente.
Para el Sergio de Memorias…, allá a finales de los 60, la partida de su familia —no necesariamente querida en su caso— y la de otras tantas de su clase social, lo van convirtiendo en un hombre obsoleto. La película descansa sus atractivos en las reflexiones de este personaje aburguesado que ha quedado fuera del sistema, cuyos conceptos no engranan con la Cuba renaciente y eufórica en la que vive.
Tomás Gutiérrez Alea venía analizando esta situación desde Las doce sillas (1962), para explorar ese momento histórico en que dos aguas se cruzan, dos ópticas sociales coexisten y una va enterrando en el pasado a la otra. Y con Los sobrevivientes (1979) cierra su discurso sobre la decadencia de la burguesía en la nueva Cuba, con una película profundamente marxista, que habla en términos de degradación humana e invita a los espectadores a integrarse al curso de la vida social de la época, mientras despliega como en bandeja las consecuencias terribles que podría desencadenar un no en este caso.
Sin embargo, la Cuba de Gutiérrez Alea, unánimemente eufórica, delirante pero feliz, pasa en los 90 bajo una lente gris, melancólica… En Fresa y Chocolate (1993) el protagonista se siente obligado a partir, ya no encuentra sitio en la sociedad. Pero con la partida de este hombre, reflexivo como Sergio, enamorado de cierta Cuba como Sergio, los espectadores sentimos que el país pierde. Ya no es el país de los 60 que mostraba el director, que invitaba como en comparsa a que todos se le unieran, más allá de estilos y niveles; es una nación que sesga, prejuiciosa, que ha decidido comenzar a segregar.
Esa misma melancolía entra por las venas de Madagascar (1994), de Fernando Pérez. En un año álgido en la historia de la emigración cubana, Laura, una adolescente, jura que quiere irse a Madagascar, mientras su madre somete a la familia a constantes mudanzas de un barrio a otro de La Habana. El director dibuja un largo paisaje de decadencia en el cual los personajes —escépticos y marchitos ellos también— no quieren estar. En Suite Habana —otra pieza clave del cine cubano junto a Memorias… y Fresa y Chocolate—, Fernando Pérez reconocerá que la salida de Cuba es una posibilidad válida; pues aquí, según muestra el documental, los personajes conjugan sus momentos de gloria social con una no menos rasante destrucción.
En los últimos años, las escenas donde el protagonista dice adiós al país han sido recurrentes. Una de las más amargas despedidas la registra Habana Blues (2005), del español Benito Zambrano. El filme deviene una reenumeración del agridulce sentido del ser cubano, para concluir que el adiós a las amistades, a la familia, y a todo lo que esta tierra ofrece a sus nativos, es un mal menor comparado con lo que implica vivir en ella. Sin embargo, otros filmes, estos sí dirigidos por cubanos, como Larga distancia (Esteban Insausti) y Fábula (Lester Hamlet), a pesar de mostrar una Cuba un tanto pesimista, insisten en la decisión de quedarse por encima de la de partir como la única forma de “seguir existiendo”.
Sucede así con Juan de los muertos, que, por cierto, está nominada a los premios Goya. Su protagonista prefiere una Cuba infectada de zombis a un más allá sin ellos. Por ahora quedarse, al precio que sea —en el tratamiento del cine cubano a este tema—, va triunfando por encima de partir.
 * Publicado por Cubahora

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