Mesías, ¿cuál mesías?

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

La existencia física e histórica de Jesús el Cristo se estrella contra un muro infranqueable porque no hubo un solo mesías sino cientos

Goya nos ilustra el tránsito de la Inquisición a la procesión

Odio todas las procesiones religiosas pero, si cabe con mayor inquina, las de Semana Santa. Las aborrezco no sólo por la invasión de muñecos ensangrentados –puro sadomasoquismo- sino por la presencia de niños acarreaditos, de costaleros y nazarenos, de curas engalanados, de vociferantes Novios de la Muerte, de beatas arrepentidas y de autoridades civiles que infligen la sacra Constitución al representar al poder civil en una orgía mística patrocinada por el Vaticano, un Estado extranjero.

Las procesiones tienen un único y dudoso valor: dar a conocer las numerosas variedades de la tortura cristiana. Durante su escenificación hiperrealista, se desata una histeria colectiva ansiosa de más tormentos que alcanza su clímax ante la presencia de muñecos y muñecas especialmente dolorosos –paradigma de la “servidumbre voluntaria” que domina el actual estadio de la civilización occidental. Probablemente, las flagelaciones son las impías estrellas de estas neurastenias. Ejemplos: los penitentes riojanos, los picaos, se azotan las espaldas en un rito sanguinolento similar al de los chiíes en su Ashura. Pero el ingenio sadomaso no descansa de manera que, en ocasiones, se añade el peligroso azotamiento interno de los empalaos extremeños –más cruel que el de los picaos- y el de los encruzados del mexicano Taxco quienes, de propina, cargan troncos espinosos. Pero, sin duda, la apoteosis llega con anzuelos en los labios y perforaciones sin anestesia o, mejor aún, cuando se crucifica con clavos ‘de verdad’ a los penitentes –en la también mexicana Iztapalapa y en Filipinas. Todo ello sin que podamos saber si, debajo de sus hopalandas, los feligreses se están perforando sus carnes con cilicios u otros suplicios clandestinos.

Es posible que, como veremos más adelante, esta diversidad de disparates tenga su parte de culpa en la plétora de mesías que, lucharan o cooperaran contra o con la opresión del Imperio Romano, proliferaron antes y después de ‘los tiempos de Cristo’ -a muchos suplicios, muchos mesías y muchos acomodaticios.

Goya: Coroza o capirote de sambenitado listo para arder en vivo y en directo
–y, como exige la Inquisición, con leña verde.
¿Por qué no decoran los capirotes de los penitentes actuales?
La tortura institucionalizada mejoraría el atractivo turístico de las procesiones.

Mesías judíos antes del Mesías entronizado

Horsley y Hanson incluyen en su libro una lista de mesías y bandidos tan famosos durante los (arbitrariamente supuestos) años de Cristo que hasta perduraron sus nombres. Es obvio que los infortunados que no escribieron sus nombres en la Historia, fueron muchísimos más. Y es no menos obvio que diferenciar entre la categoría bandido y mesía es imposible. Incluso excluyendo a los Profetas en cuyas biografías están presentes ambos rasgos -y no digamos los infinitos resistentes al imperialismo romano. [Acrósticos: ane= antes de nuestra Era; ne = nuestra Era] Velay un resumen de la lista:

Mesías: Judas hijo de Hezekiah o Ezekias (circa 4 ane)
Simón (c. 4ane)
Athronges (c. 4-2? ane)
Menahem hijo de Judas el Galileo (c. 66 ne)
Simon bar Giora (68-70 ne)
Bar Kochba (132-135 ne)

Bandidos o sicarii –hasta la sublevación judía de 66-70 : Hezekiah (c. 47-38 ane)
Bandoleros de la Cueva Galilea (30s ne)
Eleazar ben Dinai (30s-50s ne)
Tholomaus (principios de los 40’s ne)
Jesús hijo de Safias (60s CE)
Juan de Gischala (66? Ne)

(ver Richard A. Horsley y John S. Hanson. 1985. Bandits, Prophets, and Messiahs. Popular Movements in the Time of Jesus; Winston Press, ISBN: 0-86683-992-5)

Otra escueta y cero exhaustiva lista de aquellos tempraneros mesías, amén del ubicuo Jesús de Nazaret (el Islam cree que este activista nazareno es efectivamente el Mesías pero no el Hijo de Alá), incorpora más nombres, no necesariamente distintos de la anterior lista de H. y H. Ejemplos, Judas de Galilea; Teudas (¿-c. 46 ne) quien proselitizó a 400 guerreros para que le siguieran hasta el río Jordán repitiendo así la epopeya de Moisés. Pero, hablando objetivamente, no se abrieron las aguas del río -como tampoco se abrieron las del mosaico Mar Rojo. Llegaron los legionarios romanos y masacraron a los ilusos. Teudas es decapitado frente al Jordán y su cabeza es expuesta al gentío de Jerusalén; Simón de Perea (¿-muerto c. 05 y 15 ne) antiguo esclavo de Herodes el Grande; y el gigantón Athonges (23 ane-18 ne) un forzudo que desapareció durante su rebelión pero cuyos cuatro hermanos fueron ejecutados por los invasores romanos.

Saltando los siglos, a título de curiosidad sólo útil para evaluar la extensión del mesianismo judío medieval, citaremos al abulense Nissim ben Abraham (c. 1295), ‘el Profeta de Ávila’, autor del ignoto Libro de las maravillas de la sabiduría. Hubiera sido más famoso de no haber cometido una imprudencia: predicó que, al principio del verano, el Mesías se encarnaría físicamente en su persona. La sinagoga estaba atestada pero la Divinidad no apareció…

Mesías, ¿cuál mesías?

La existencia física e histórica de Jesús el Cristo se estrella contra un muro infranqueable porque no hubo un solo mesías sino cientos. Entre esa marabunta de desquiciados todos idénticos de los que fehacientemente no sabemos casi nada, ¿cómo identificar al Nazareno? Tarea imposible. Sin embargo, de Jesucristo lo sabemos todo, desde los agobios de su alumbramiento hasta su crucifixión y resurrección. Y lo sabemos con fechas exactas. Pero es pura invención esta inaudita meticulosidad cronológica que, por imposición dogmática, nos exigen que sea exacta –el Nuevo Testamento comenzó a escribirse dos siglos después de la hipotética y nunca demostrada contingencia cristera. A partir de que los cristianos tomaran el Imperio gracias a la perturbada madre del emperador Constantino, la Cristología ha crecido vertiginosamente, ayer infectándonos con sus bizantinismos arqueológicos -¿cuántos huesos de Cristo caben en un alfiler?- y, ahora, con sus patrañas genéticas -¿los cristianos conservan el ADN de su Gran Jefe?

Quizá convenga recordar cómo era la sociedad hebraica (Judea, Samaria, Galilea, Idumea, etc.) del tan arbitrario como convencional Año 1 puesto que los judíos de entonces eran casi lo opuesto a los judíos de los siglos subsiguientes. Ejemplo, vivían de espaldas al mar y, por ende, al comercio; eran puramente campesinos organizados en clanes, segmentos y fratrías cuyas características etnográficas son confusas tras siglos de manipulaciones político-religiosas. Lo cual agrega cierto picante a la gran pregunta: entre cientos de mesías, ¿por qué sólo ha prevalecido Jesús alias el Cristo? Seguramente por el azar y por docenas de causas entre las que concedemos superior importancia a que el Cristo es un mesías monárquico.

Iesus Nazarenus Rex Iudæorvm (INRI) Jesús el Nazareno, Rey de los Judíos

El periódico y sempiterno mito judaico del Mesías (mâshı̂yach, ungido; en arameo, meshiḥa) se rigió por la profecías de Isaías –el primero y el segundo-, y de Ezequiel, una tradición que llegó a fagocitar a los Apócrifos y también a personajes tan dispares como Alejandro el Magno a quien le encasquetaron la creencia en que instauraría la Paz Universal profetizada mil veces en el Libro Sagrado. Pero aquel mesianismo no era dogmáticamente monárquico. Sin embargo, ha sido esta variante la que parece haber predominado, antes del año I y hasta hoy. Porque, en efeto, predica la veneración a un rey descendiente directo del David veterotestamentario (Mashíaj Ben David), aquel arcádico príncipe pastor del que se cantaba que “Saúl mató a mil y David a diez mil”. Ahora bien, no siempre fue diseñado como Humano… hasta que los denostados Fariseos (phalastin, palestinos) incrustaron esa conditio en el campo semántico-exegético-hierofántico del mesianismo.

Hasta los Fariseos, cientos de mesías no aspiraban explícitamente a coronarse. Quizá el más mencionado fuera Zorobabel, jerarca de Judea en 520 ane, quien reconstruyó el templo de Jerusalén. Item más, el primer mesías histórico del que hay constancia documental no es el Nazareno sino el fariseo Gamaliel, en el siglo I discípulo de Hillel y maestro de san Pablo según se nos adoctrina en Hechos de los Apóstoles 5, 34-37.

Actualización del mesianismo

Hemos visto que, hace 2.000 años, en Palestina proliferaban docenas de mesías aunque, por razones prolijas de enumerar, sólo sobrevivió El Cristo. Retóricamente, podríamos preguntarnos si hoy son más numerosos que in illo tempore. Es posible que lo sean, si incluimos a los Salvadores de la Patria, el Capitalismo, la Revolución, la Naturaleza y etcétera. Pero, incluso sin incluir a los mesías laicos –contradicción-, la nómina de chiflados con dinero para ganar y/o gastar sigue siendo elevadísima. Abundan los psicópatas variedad paranoica, los estafadores, los místicos à la violeta, los iluminados y los charlatanes new age y de autoayuda. Abreviando, más o menos como en el Año 1.

En su obra Los falsos Mesías (1993), Christophe Bourseiller contabilizó 160 mesías entre el último siglo ane y el año 1993. Cuando enumera una veintena de mesías de este siglo XXI, subraya que sólo tres son judíos (Norman Bloom, Yahweh Ben Yahweh e Ian Aywon) a los que, consultadas otras fuentes, añadiríamos otros tres: Moisés Guibbory (1899-1985), Yosef Yitzchak Schneersohn (1880 – 1950), Menachem Mendel Schneerson (1902-1994) Esta veintena carece de religiosidad explícita y extremista pero este autor agrega los nombres de trece irradiados –quizá, simplemente pillos-, que basan su proselitismo en definirse como ‘auténticos Cristos’ (Iesu Matayoshi, Maria Tsvigoun, Inri Christo, etc.)

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