Ver el video del presidente del PRIPedro Joaquín Coldwell,  colándose en la fila de la casilla especial de la sección 4616 en la que un centenar de personas esperaban de manera ordenada, desató la ira de la mayoría. Los gritos de “Corruptos, corruptos” recibieron la respuesta de una minoría que coreaba “Presidente, presidente”. El argumento de quienes lo defendieron fue que en las casillas especiales se estaban acabando las boletas y que es una persona importante. Varias cosas resultaron notables: que las y los funcionarios de casilla hayan permitido que el político se colara en la fila, que a pesar de los gritos él permaneciera sonriente posando para las cámaras y al salir declarara que las elecciones funcionaban con toda normalidad. Y sí para muchos priístas y exgobernadores que creen ser dueños del País romper las reglas es normal, y siempre tendrán quien les justifique.

Por distintas razones toda la sociedad mexicana añoraba que llegara el día de hoy. El 2 de julio significa el principio del fin de un desgaste social que sólo nos dejan las elecciones y por experiencia de las últimas, desde el fraude de 1988, producto de la “caída del sistema” operada por el PRI, la sociedad se politiza y se involucra más en los procesos electorales y paralelamente se muestra más iracunda, rabiosa, irascible y polarizada. Desde mi punto de vista hubo dos tipos de votante ayer en las casillas. Quienes votaron de manera informada, responsable y autónoma a pesar de posibles presiones de algún partido, y quienes votaron para avalar y mantener esa cáustica y persistente corrupción que no ha permitido que el país avance. Sabemos que ningún partido se salvó de las trampas previas, de las triquiñuelas, compras de voto y acarreos; ninguno.

Leo la consigna que dice: “Si hay imposición, habrá revolución” y espero que quienes la repiten se refieran a una revolución de ideas, de conciencia cívica, de fortaleza ética; porque dada la forma en que funciona ya el sistema electoral y con los candados y equilibrios al interior del IFE, la única imposición posible del candidato del PRI sería la producida por una mayoría de votos, por menor que esta sea. Todos sabían que un fraude cupular resultaría imposible, que lo que hacía falta era llevar a cabo una estrategia puntual para construir durante meses un rosario de corruptas alianzas civiles; un escenario que permitiera que fuese una parte de la sociedad la que se hiciera fraude a sí misma al vender su voto por asegurar un trabajo en las burocracias estatales, al aceptar dinero o al participar en las pirámides de electores (consigue diez votantes y te damos un bono).

Más allá de las connotaciones violentas de semejante consigna, que afortunadamente no es más que una potente frase, resulta emocionante darnos cuenta de que una buena parte de la sociedad joven defiende su voto y sus ideas políticas como hace mucho no lo hacía. Porque más allá de las pasiones ideológicas de cada quien, lo que este domingo sucedió fue vital para el País; rompió con la manida frase de que a nadie le importa ya lo que hagan las y los políticos. Nos importa más que nunca. Pero sobre todo la gran lección es que a la sociedad le importa lo que puede hacer unida. Esto fueron sólo elecciones; la democracia la seguiremos construyendo y defendiendo gane quien gane, esa será la verdadera revolución.

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