Miscelánea neolítica-moderna

Nònimo Lustre*. LQS. Enero 2021

En esta cuarta (y, quizá, la última) entrega de la micro serie de postes sobre la Prehistoria femenina comenzaremos con un cuadro de finales del siglo XIX que acumula varios de los malentendidos que persisten en el imaginario colectivo occidental (repito, occidental) sobre el papel de la mujer en el tránsito al Neolítico y la modernidad. Es una pintura ‘realista’ sobre la caza de una mancha negra que parece merodear la caverna de una primitiva familia tri-generacional (lamento que el oso negro apenas se distinga que es un oso) Es una familia no solo contemporánea sino hasta convencional y anatómicamente europea: la mujer es pelirroja y sus pechos no han sufrido el desgaste de la lactancia, el bebé es rubio, el abuelo está calvo -¿los primitivos padecían alopecia?- y el varón es aguerrido. Pero hay varios detalles que no concuerdan con lo que creemos saber sobre los primitivos: el arco es demasiado fino (no vemos ninguna flecha por lo que no podemos saber si el proyectil es verosímil) y sería más lógico creer que es la mujer la que debe portar el arco (remember, las amazonas) y el hombre el hacha. Además, los primitivos habitarían cuevas allá donde las haiga pero el hecho de que buena parte de la Europa meridional sea de piedra caliza -ideal para cavernizar– no autoriza a extrapolar la cuevalización al resto del Mediterráneo y del Oriente Próximo, un área plena de planicies que es, precisamente, donde más se ha estudiado al Primitivo/a.

Sin embargo, lo que más nos ha llamado la atención es el abuelo: ¿por qué no una abuela? Claro está que, en el siglo XIX, aún no se conocía “la hipótesis de la abuela” (ver J.F. O’Connell et al, “Grandmothering and the evolution of Homo erectus”, 1999), una hipótesis aún no confirmada o convertida en tesis inmadura según la cual fueron las abuelas las que, cuidando de los bebés, propiciaron que la mujer pudiera tener tiempo y energías para trabajar -como forrajeras/gatherers, por ejemplo-. Ese paper tuvo mucho cuidado en tener en cuenta la vida media de los primitivos -una objeción frecuente- y, desde luego, tuvo problemas de aceptación porque se enfrentó a la ‘sabiduría convencional’ que, olvidando a la mujer, hacía descansar sobre el varón toda la responsabilidad de mantener al clan. Pero, si incluimos a la mujer en el cuadro de actividades de subsistencia (e incluso más allá, a las actividades simbólicas, pero ese tema escapa de este poste), entonces la abuela tiene sentido.

Andando el tiempo, la “abuela” se transmutó en gobernanta y esposa mandona y así llegó hasta nuestros días: tergiversada y caricaturizada como en la ilustración izquierda.

No podíamos terminar esta secuenciua tetrapartita sin hacer un breve homenaje al ilustrador checo Zdenek Burian, un dibujante sumamente prolífico que inundó con sus trabajos las publicaciones sobre la Primitividad europea.

Burian es un compendio de las ideas que primaban en la Europa de mediados del siglo XX. Hoy, muchas dellas han sido abandonadas -no insistiremos con las abuelas- o radicalmente transformadas -en las dataciones, por ejemplo- pero, sea como sea, le podemos perdonar sus alegrías paleontológico-arqueológicas e incluso alegrías modernistas como la de la izquierda.

El hirsutismo femenino

En contraste con la extrema ‘limpieza de cutis’ de esa Diana lampiña y blanca refulgente de brevísimos pechos -imposible que hubiera sobrevivido en el Neolítico- el imaginario occidental abreva -¿literalmente?- en el hirsutismo femenino. No obstante, es hora de afirmar que, realmente, sabemos muy poco sobre el pelo de los primitivos; olvidando los albores paleontológicos cuando, sin duda, eran peludos, no sabemos si la evolución les hizo perder mucho pelo o poco pelo. Es decir, ¿los neolíticos eran hirsutos?, ¿y las neolíticas?

Lo que sí sabemos y eso porque perdura hasta hoy, es que el hirsutismo está asociado con el salvajismo. El Salvaje es peludo por definición y también es peligroso ¿por el vello excesivo o por vivir allende las fronteras? Pues bien, ese topicazo tiene excepciones. Por ejemplo, Endiku es una deidad mesopotámica que algunos consideran el primer ejemplo del Salvaje -hirsuto, por supuesto-. Sin embargo, olvidan que Gilgamesh -el Héroe Fundador para muchos-, era su amigo y lloró su muerte (imagen de cabecera).

A pesar de unos comienzo tan contradictorios, el hirsutismo acabó siendo uno de los últimos prejuicios -más o menos mitológicos- sobre la anatomía ‘primitiva’ que subsisten no sólo hasta la actualidad sino desde hace siglos. Y, cuando empezó a ir de capa caída, se refugió en su ataque a la Hembra Poderosa. Su obsesión con la mujer es una muestra de cómo Occidente ha acomodado sus mitos populares y arqueológicos para denigrar a la mitad del Homo sapiens, a ese que antes se llamaba “sexo débil” con precisión política y que ahora, gracias a Gea, Anacaona o Valerie Solanas, ha resultado no ser tan débil (Laus Deo) Pero, recordemos siempre que, de esa campaña de sexismo/machismo, ni siquiera se libró La Magdalena neotestamentaria, la puta buena hasta el servilismo -despreciable por lo segundo y por su bondad sobrevenida, no por la prostitución.

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