Modernidad y transparencia

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

El rey pronunció su discurso de Navidad. Yo no lo vi. El día después, día de tornabodas monárquica, tampoco lo leeré. No por republicanismo -que también- sino porque ayer y hoy tengo unas jornadas muy ajetreadas sacando petróleo de bitcoins y de mis napias. Supongo que hablaría mucho de la pandemia, seguramente exigiendo que sus súbditos nos auto-curemos mientras la Casa Real se encarga de fomentar la sanidad pública. Del resto de la situación nacional, si eso ya tal…

Supongo –sigo suponiendo- que el texto del discurso fue anacrónico en los siglos y hasta en los días puesto que fue una carta a unos Reyes Magos que todavía no han llegado a Belén. Esta incongruencia adolece de una grave confusión semántica: ahora, no es el Pueblo quien escribe a los Magos sino, al revés, es el rey quien eleva a sus súbditos a la condición royal. Inverosímil pero lo exige la modernidad. En todo caso, como no nos incumbe el pensamiento royal, lo único que nos podría interesar sería el decorado de su performance anual. Y, en el mejor de los casos, reseñar su evolución desde el reinado del hoy Polígamo Mahomético hasta el del Probo y Casto ciudadano Felipe. Vamos a ello.

Historial de los discursos royales anteriores

Hubo un año en el que El Campechano escenificó su apodo sentándose, no en el Trono sino en el filo de la mesa. Su habitáculo estaba lleno de papeles y hasta de libros amontonados en un rincón. Un despacho pa’ trabajá, pues, moderno y funcional, aunque en su pretendida innovación desentonaran un reloj de Maricastaña y el cuadro de un rey niño –escogido como inofensivo Borbón infantil para disimular la consustancial agresividad de la monarquía.

Antes de ser Emérito, el rey trabajaba incluso en Nochebuena

Poco después, en 2014, Felipe accede al Trono y bien que se apresura a sermonearnos desde una grandiosa escenografía escandalosamente ajena al triste aliño de los nichos donde se hacinan sus súbditos. Una ocurrencia cinematográfica que incurre en dos pecados: no es televisiva y es ofensiva para el gran pueblo hispano –en la Cortesanía, llamado el perraje.

Navidad 2015. En el Salón del Trono. Apenas se ve la bandera de Europa. Sin mesa de trabajo

Alguna Navidad después, el sr. Felipe regresa a la cotidianeidad de su modesto despacho zarzuelero donde ese año las flores de pascua irrumpen, más que en maceta, en parterre o en patota –y lo hacen para quedarse. Esta poinsettia, la Euphorbia pulcherrima (menos en España, también se la llama estrella federal), fue famosa por sus virtudes medicinales. En el siglo XVI, el Protomédico Hdez. relata que «las hojas aumentan la leche a las nodrizas, aun a las ancianas, sea que las coman crudas o cocidas, o que laman el látex que mana de ellas». En el siglo XXI, se sostiene que combate las dolencias exantemáticas -amén de ser depilatoria, emenagoga y galactógena. ¿Por qué semejante aluvión macetero? ¿Porque sus hojas son rojas o quizá porque en Palacio se depilan biológica y sosteniblemente?

Un antiguo Borbón cuidándole las espaldas y un misteri sobreviviente de un nacimiento o pesebre barroco

[Por nuestra mucha discreción –virtud antes conocida como miedo– y porque no se emitió en Navidad sino el 03.octubre.2017, no aludiremos a su discurso sobre la unidad de España. Una lástima pues fue muy mentado, tanto por el lenguaje corporal como por el escenográfico. El perraje nacionalista españolista hubiera preferido contemplarle con uniforme militar, dentro de un Parque de Artillería o, al menos, desde un gimnasio de kárate. Pero sólo se atrevió a guardarse las traseras con el cuadro de un Borbón que enarbolaba un tolete o porra –perdón, un bastón de mando]

¿La modernidad es sinónima de transparencia?

Y así llegamos a este cretino año 2021. Permítannos que, con su permiso, recordemos una anécdota: durante el V Centenario –ahora fastos pleistocénicos-, una rama de los gerifaltes de aquella memorable ocasión se mudó de unas vetustas estancias a un modernísimo edificio inteligente. Error, pues los invitados latinoamericanos, hartos de edificios super-inteligentes gringos, hubieran preferido sesionar entre la mugre histórica.

Exactamente, es el mismo error perpetrado en el decorado del reciente discurso navideño. Ayer, habían desaparecido desde los cuadros borbónicos hasta el regio mobiliario. Lo que vemos en las fotos es un ambiente moderno, sin mesa de trabajo y con mesas auxiliares de transparente metacrilato. Los ultra-fashion decoradores palaciegos, habían creído que la modernidad nacional es sinónima de transparencia habitacional.A la derecha de Felipe, un cuadro de Albert Ràfols-Casamada (guiño a Catalunya), obra muy oscura como corresponde a la derecha, en la que sólo asoma una rendija solsticial de esperanza. Detrás a su izquierda, una obra de Sarah Grilo (guiño a Argentina), clara y multitudinaria como se espera de la izquierda

Metacrilatos royales. Fueron pensados para sostener esos tiestos de poinsettias que rastrean por los suelos pero, al final, fueron sustituidos por unas fotos de bichos juveniles y por el ya ordinario misteri navideño. Pinchar la imagen para ampliar

Pues no. Un mueble puede ser moderno hoy pero segurísimo que mañana será anticuado. Y ningún Trono quiere tan lábil mudanza. Asimismo, puede ser transparente cual vidrio pero, si está en Palacio, sobre él se suelen cortar cabezas. Además, para empezar modernidad y transparencia pertenecen a distintos campos semánticos –y ambos ajenos a la humildad. Para continuar porque, modernidad y monarquía son términos antagónicos de imposible asimilación –y punto. Finalmente, porque el Felipe el Oscuro no fue nada transparente. De haberlo sido, nos hubiera hablado de su familia, de su papá y, sobre todo, de las cloacas de Palacio que haberlas haylas y son infinitamente más dañinas e inconfesables que las demás cloacas.

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