Una vez Salvador me hizo un favor; cuando escribía sobre Fernando Rey, y como todos, confundía a su padre con Segismundo Casado, aquel coronel que entregó las tropas republicanas a Franco, el me sacó del error. No era el mismo Coronel Casado. Fernando Casado Veiga, el padre del aludido, era un coronel artillero ayudante del presidente Azaña que se negó a huir tras perder la guerra, y fue condenado a muerte y posteriormente indultado, lo que en parte pagó su hijo en el campo de concentración habilitado en el estadio de Mestalla.

No es anecdótico que Salvador conociera estos detalles únicos sobre la vida de los actores y de las actrices de este país. Me quedó constancia cuando hojeando el libro que acababa de entregarle por el favor que me había hecho, y porque mi amigo Miguel Capilla estudiaba en su Escuela de Doblaje, uno por uno al ver sus fotos en el papel me fue contando detalles que sin lugar a dudas hubieran cambiado la configuración del libro que tenía entre las manos. Allí, en aquel salón viejo de la calle Reina Mercedes que olía a historia, por donde tantos de aquellos que habitaban en sus páginas habían pasado y donde se conserva la silla donde se sentaba su amigo Rafael Alberti (el que da nombre a la Escuela) cuando acudía a visitarlo, allí lo escuche yo decir la poesía de Antonio Machado: “Yo voy soñando caminos de la tarde…..”, y me pareció que nunca antes había escuchado al poeta. Me resultó tan impactante que aquella voz de trueno de terciopelo se quedó instalada en mi memoria. Quise traerlo alguna vez para que mis amigos pudieran compartir aquel hallazgo que se extinguía, pero tan era reacio a moverse de su escuela como generoso con quien se acercaba a visitarlo en ella.

Murió el 25 de noviembre pasado y tenía 92 años. Una pérdida estúpida en un mundo estúpido instalado en la ignorancia y en el desprecio más absoluto por la cultura y la memoria. Esos conceptos por los que tanto lucharon toda una generación extinta, a la que pertenece, de la que apenas queda más referente que su amigo Marcos Ana.

Fue actor desde la juventud y lógicamente se unió a la Alianza Intelectual Antifascista que se opuso al golpismo fascista dando la batalla con la cultura. Por eso recorría los frentes de Levante y Aragón junto a Rafael Alberti, María Teresa León, Luis Cernuda o Andrés Mejuto, haciendo las “Guerrillas del teatro” al abrigo de vaguadas y cañadas, donde además de los poemas se escuchaba el sonido de las balas silbando sobre sus cabezas.

En tiempos postguerreros buscó refugio en el campo del doblaje, y eso le salvó con seguridad de la penuria de una incierta carrera como autor y poeta. La obsesión del caudillo por controlar todo lo que venía del extranjero por vía cinematográfica, le brindó la oportunidad única de poner su mejor cualidad (después de la memoria) al servicio de personajes como Orson Welles, Lyonel Barrimore, Charles Laugthon, Spencer Tracy o a Claude Reins en aquella mítica escena desapareciendo entre la niebla en el aeropuerto de “Casablanca”, cuando su amigo “Rick” Bogart renunciaba al amor de “Ilsa” Bergman: “Presiento que es el comienzo de una gran amistad”            

Dice una esquela del País que sus sobrinos, que también fueron sus alumnos de la vida, ruegan a los que lo conocieron y quisieron que le hagan el mejor de los homenajes: vivir haciendo felices a los demás.

Seguro que también lo harán algunos de sus más brillantes y reconocibles alumnos: Paco Valladares, Ramón Langa, Virginia Mataix, y muchos otros más anónimos que durante un momento compartimos su vida, entre ellos, un operador desolado de nombre José Luis Ortiz que cada noche echa cine en la Coruña.

Amigo Salvador, sean contigo los poetas: ¿Adónde el camino ira? Yo voy cantando, viajero a lo largo del sendero…la tarde cayendo está.

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