Carlos Olalla*. LQSomos. Enero 2018

Nos sorprendió a finales de los noventa con la profundidad y lucidez de sus análisis de esta sociedad sinsentido que vive los estertores de un capitalismo salvaje que está devorándose a sí mismo. Fue de las primeras en denunciar la toma del poder por parte de las grandes corporaciones multinacionales que se adueñaron de la globalización. Lo hizo en “No logo”, uno de sus primeros libros que nos abrió los ojos a una realidad terrorífica que, día a día, se iba consolidando con más fuerza. Fue ella quien nos hizo ver que lo que hasta entonces no habían sido más que las grandes marcas, habían pasado a ser algo totalmente distinto: lo importante ya no eran los productos que fabricaban, su calidad o sus ventajas sobre los de los competidores, sino que habían pasado a vender un concepto, una idea, algo intangible por lo que el consumidor estaba dispuesto a pagar. Quien compraba Nike o Apple no estaba comprando un calzado deportivo o un ordenador, sino su pertenencia a un grupo determinado con el que se identificaba y, sobre todo, con el que quería ser identificado.

Las “marcas” ya no vendían “productos”, sino status, valores determinados, pertenencia a su selecto club. Y este proceso aparentemente inocente y pequeño tendría unas repercusiones inimaginables: si lo que el cliente compraba y por lo que estaba dispuesto a pagar era una idea, se le podía vender cualquier producto que, bajo ese logo transmitiera los valores de esa idea, poco importaba que se tratara de un teléfono, una raqueta de tenis, un refresco o unas gafas. Eso permitía separar definitivamente el marketing de ese producto de su fabricación y las dificultades y riesgos que conlleva (inversiones, instalaciones, personal, finanzas, transporte, etc.) A partir de entonces las grandes corporaciones vendían su marca, su logo, y eran otros quienes fabricaban los productos y corrían con los riesgos del negocio. Y de ahí, siguiendo la lógica capitalista de obtener el máximo beneficio al mínimo coste, a la deslocalización de las empresas hacia países pobres y la contratación de mano de obra esclava no hubo más que un paso.

Este proceso es el que nos hizo ver Naomi Klein con su investigación a fondo de la realidad que nos rodea, una realidad que no se limitaba a externalizar la fabricación de los productos, sino a ver como los gobiernos se plegaban a las exigencias de las multinacionales y desregulaban los mercados en un proceso de desprotección del ciudadano y del planeta sin precedentes hasta entonces. Era el sueño de lo que el mentor del neocapitalismo, Milton Friedman y su escuela de Chicago, siempre había acariciado: mercados totalmente desregulados que permitiesen obtener el máximo beneficio con la menor inversión, el menor riesgo y en el menor tiempo posible. La panacea del capitalismo.

Sin embargo, como bien nos hizo ver también Naomi Klein, el proceso desregulador de los mercados podía encontrar cierta resistencia por parte de los ciudadanos que, inexorablemente, veían recortados sus derechos con privatizaciones salvajes de servicios básicos, incentivos a empresas contaminantes, etc. Y para vencer esta resistencia, los adalides del neocapitalismo no dudaron en aplicar lo que se conoce como la doctrina del shock, anteriormente empleada en psiquiatría, que consistía en bajar las defensas del paciente al mínimo provocándole un shock que le impidiera reaccionar ya que estaba paralizado por el miedo y la sorpresa. Aplicar esta doctrina a gran escala ha sido algo que los gobiernos de las principales potencias han venido haciendo desde entonces aprovechando los desastres naturales (como el huracán Katrina), atentados (torres gemelas) o provocando guerras donde más les interesa (Afganistán, Siria, Irak, etc.) La idea es muy básica: un acontecimiento extraordinario e imprevisto deja anonadada y asustada a la población, momento que hay que aprovechar para implementar las políticas impopulares que nunca en circunstancias normales esa población habría aceptado vendiéndoselas como un mal necesario e imprescindible. Los recortes de libertades que vinieron tras los atentados de las torres gemelas se han afianzado tanto en nuestra sociedad que ya nadie se escandaliza de que, por ejemplo, le hagan pasar por unos controles de seguridad en los aeropuertos donde todo el mundo es tratado como un presunto terrorista y sometido a vejaciones constantes (hacer interminables colas, descalzarse, quitarse el cinturón, mostrar los productos de higiene personal que usas, aceptar que te quiten los envases que midan más de lo que alguien, no se sabe quién, implantó en su día en Estados Unidos sin que nadie se haya molestado nunca en explicarnos por qué…).

La seguridad, desde que se privatiza, es una oportunidad de negocio, negocio que se reparten las empresas de los amigos o de los benefactores de los principales partidos políticos. Para que la población no proteste hay que cebar su miedo consciente e inconsciente recordándole que está en peligro constante de despiadados terroristas que vienen de no se sabe dónde a destruir nuestro mundo y que si no lo consiguen únicamente es gracias a la inestimable labor del gobierno, los cuerpos de seguridad y las empresas de seguridad que subcontratan para protegernos. Nadie se pregunta por qué no se combaten las causas del terrorismo en lugar de sus consecuencias, como tampoco nadie se pregunta por qué tenemos férreos controles de seguridad en los aeropuertos y ninguno en los autobuses, el metro o los trenes de cercanías donde sí tuvimos un atentado que costó doscientas vidas. La doctrina del shock nos impide pensar con lógica y hacer frente a lo que nos imponen.

Provocada la catástrofe, o simplemente aprovechada si es natural, la rápida respuesta de los gobiernos imponiendo las medidas más impopulares es el proceso que se repite siempre. Y una vez implementadas esas medidas, lo que hace la doctrina del shock es mantenernos permanentemente asustados para que no olvidemos que es gracias a papá estado que no sufrimos nuevos atentados. Francia, por ejemplo, lleva dos años en estado de excepción tras los atentados terroristas que sufrió. Y los franceses no protestan. Han acabado por asumirlo y admitirlo como algo normal y natural. El mantra, como en la política económica neoliberal, es que no hay alternativa. Y, bombardeados por los medios de comunicación cuya propiedad está concentrada cada vez en menos manos y más próximas a las grandes corporaciones que manejan los hilos, acabamos por creérnoslo y no protestamos. Y eso pasa a todos los niveles. La precarización del trabajo ha llegado a extremos tales que ha hecho que hoy veamos a los mileuristas con verdadera envidia cuando no hace ni diez años les mirábamos con auténtica pena.

Pero Naomi Klein no se quedó ahí, sino que siguió investigando y analizando las relaciones de poder y el funcionamiento de nuestra sociedad y pronto se dio de bruces con el problema del medioambiente y el calentamiento global. No dijo nada nuevo al advertirnos de que el planeta se estaba destruyendo por culpa de la acción del hombre y que nos aproximábamos al punto en el que su salvación ya no sería posible. Lo hizo en otro libro, “Esto lo cambia todo”, en el que ponía sobre el tapete que los culpables de que no hagamos nada contra el calentamiento global son los mismos que lo producen y que lo niegan a pesar de las repetidas advertencias de la comunidad científica a nivel mundial. Pero lo que sí fue determinante de su estudio fue señalar que el tiempo se nos estaba acabando y que ya no cabían soluciones pausadas a largo plazo, sino que debíamos actuar contundentemente y con urgencia y hacerlo guiados por un concepto nuevo, el de la justicia climática, que evite que el desastre lo paguen los de siempre que, además, son los que menos contribuyen al cambio climático puesto que son quienes menos contaminan.

Ella, que siendo judía había defendido el boicot a los productos israelíes para protestar contra su política de ocupación, que apoyó desde sus orígenes el movimiento Occupy Wall Street, que siempre ha apoyado la causa feminista y el ecologismo y a políticos progresistas como Bernie Sanders o Jeremy Corbyn, pronto entendió que la solución a los problemas es transversal y multidisciplinar, debe ser global aunque implementada desde lo local. Vio claro que no teníamos tiempo para seguir discutiendo sobre la diferencia entre lo bueno y lo mejor y, lo que es más importante, que no íbamos a conseguir nada si seguíamos actuando como hasta ahora, a remolque de lo que quieren las multinacionales agrupándonos en meras políticas sectoriales de “estar en contra de”, o en “mareas” aisladas. Eso era ser reactivos a lo que nos planteaban y no activos, era renunciar a llevar la iniciativa. Y ya no hay tiempo para eso. Hay que tomar la iniciativa, y hacerlo todos juntos.

Por eso se lanzó a intentar unificar los diferentes movimientos sociales que hay a nivel mundial a través de un manifiesto muy básico y sencillo con el que todos pudieran estar de acuerdo, unirse y actuar conjuntamente. Nació en Canadá y se conoce como el “Leap manifiesto” (El manifiesto del salto), y agrupa a movimientos ecologistas, feministas, de derechos humanos, antirracistas, LGTBIQ, pacifistas, tribus indias, por la renta mínima… Estaba trabajando en él en Australia cuando le sorprendió la victoria de Donald Trump. En tiempo record escribió un nuevo libro: “Decir no no basta”, en el que expone las causas que han llevado a que un ser como Trump haya podido ganar las elecciones y hace un llamamiento urgente a que todos los ciudadanos y ciudadanas del mundo tomemos partido y nos unamos en una causa común antes de que sea demasiado tarde.

Sus opiniones sobre lo que está pasando y lo que debemos hacer son muy claras. Aquí tienes un pequeño resumen de varias entrevistas que ha concedido en un reciente viaje a nuestro país:

“Escribiendo No Logo, hace veinte años, descubrí un nuevo género de empresas que vendían, no ya un producto o un servicio, sino una identidad, un modo de vida. Para esta nueva tribu comercial, la producción era el marketing mismo, y la identidad de la marca se fundía en la cultura por referencia al deporte o a la música, incluso a la revolución. Nike fue una empresa pionera a este respecto: no tenía siquiera voluntad de poseer sus propias fábricas. Es lo que he llamado “marcas vacías”. Esas empresas estaban a la vez por doquier y en ninguna parte, indiferentes a su mano de obra, y subcontrataban sistemáticamente su producción. Nike vende la idea de transcendencia por medio del deporte, Starbucks, la de una comunidad; Apple, la idea de revolución. Trump ha aplicado este proceso: se ha lanzado al sector inmobiliario gracias a su fortuna familiar, pero dejó muy rápidamente de construir y de vender inmuebles para vender su nombre y su imagen de marca, asociados a un modo de vida, a otros promotores que cargaban con todos los riesgos concretos y financieros ligados a la construcción inmobiliaria. Trump encarna la fusión entre el hombre y la gran empresa, megamarca de un solo personaje, cuya mujer y cuyos niños son marcas derivadas.

La imagen que vende Trump es la de la impunidad gracias al dinero, una libertad y un poder inaccesibles a la gente del común. Este sueño capitalista se acompaña del último signo de poder en nuestro mundo: estar rodeado de mujeres. Y así resulta que hace alarde de sus amantes, que deja caer rumores en las revistas sobre sus problemas conyugales y sus infidelidades. Su mensaje electoral era: vivid la misma vida de ensueño que yo. Creó una universidad de pega, que prometía, previo pago, enseñar sus métodos y poder acceder a su mundo. Sus casinos ofrecían la misma promesa. Pero esta experiencia culminó, a buen seguro, con su programa de telerrealidad, The Celebrity Apprentice, que exhibía su fortuna, su poder y su lujo, prometiéndoselos al único ganador del juego. Ha promovido la riqueza por sí misma, la idea de ser ganador en un mundo de perdedores, un predador ideal. Y para él, el significado supremo del poder es poder abusar de las mujeres. Trump obra sólo a su antojo: le echa el guante a todo lo que pasa, deshonra, humilla lo que quiere cuando quiere: es el predador en jefe.

El ascenso de Trump acompaña el triunfo del neoliberalismo desde los años de Reagan, los años 80. En ese contexto de precarización y de desclasamiento es en el que ha podido vender ese sueño de liberarse de toda regla, de vivir en su propia realidad, de negar incluso las constricciones del mundo real o de la ciencia. Traspuso el principio del juego a su campaña electoral. Prometió a su electorado de clases medias inferior la misma revancha que a los candidatos de su juego televisado: el poder de aplastar a los perdedores… los inmigrantes, los negros, las mujeres…

La idea de impunidad por el poder ha definido siempre, por otro lado, la política exterior norteamericana: el excepcionalismo norteamericano, el rechazo a rendir cuentas ante el Tribunal Penal Internacional y las demás instituciones de la ONU. En cuanto a la doctrina del “shock”, Trump explota crisis para exacerbar las divisiones económicas en beneficio de una élite minoritaria y riquísima. Le encanta desestabilizar a la gente y distraer su atención de lo que verdaderamente está en juego por medio de la trivialidad: ¡es a la vez la doctrina del “shock” y la doctrina del cheap! Sus ultrajes son adictivos como la comida basura…Pero de golpe, no se subraya que reduce los impuestos a las empresas o a la especulación inmobiliaria, lo que beneficiará directamente a su familia y a los multimillonarios que componen su gabinete, esos “maestros del desastre” que han construido principalmente sus imperios sobre la expropiación de las pequeñas gentes a raíz de la crisis financiera. Es un escándalo bastante peor que los excesos histriónicos de Trump, y la perfecta ilustración de un “capitalismo del desastre” o de la catástrofe. Del mismo modo que lo es que la industria petrolífera mantenga una crisis crónica de la que saca partido: Exxon practica la desinformación sobre el cambio climático aprovechando el deshielo del casquete polar para efectuar nuevas prospecciones. Han echado por tierra todas las reglamentaciones de control energético y ecológico.

Al escribir La doctrina del shock, tendría que haber insistido, para empezar, en la forma en que el neoliberalismo explota la xenofobia y el rechazo de los inmigrantes. Es tan cierto de Trump como de Marine Le Pen o de los partidarios del Brexit. No se puede comprender el auge del neoliberalismo sin subrayar cuánto ha exacerbado las fracturas raciales para dividir a los trabajadores. Desde Reagan, pero también con Clinton, se ha acusado a los inmigrantes y a las minorías étnicas de abusar de las ayudas sociales, de vivir a expensas de la sociedad.

La herencia de Reagan consiste en considerar a los directores ejecutivos como fuerza vital de los Estados Unidos, en borrar las fronteras entre el mundo de los negocios y el mundo político. Reagan no inventó este proceso, pero lo aceleró. Trump añadió a este desafío hacia el intervencionismo del Estado, e incluso hacia la sociedad civil, una verdadera diabolización de los poderes públicos, explotando el disgusto a veces legítimo del electorado frente a la corrupción de la esfera política. Su postulado es que, llegado a un cierto grado de riqueza, se puede eludir toda pregunta sobre la forma ilegal en que se ha llegado a obtenerla. Es la misma impunidad que reivindican Google, Facebook o Uber. Si bien Trump ha explotado de modo efectivo el racismo, la misoginia y la homofobia, nunca hubiera accedido al poder sin la deriva de los medios, incluyendo los progresistas, hacia la información espectáculo, y su forma de tratar la campaña electoral como un programa de telerrealidad. Él entró en escena, pero no construyó esta escena. Sencillamente, es mejor actor para este género de papel que los políticos tradicionales. El espectáculo sensacionalista es su universo.

El mito del millonario filántropo, que sugiere que los problemas políticos más candentes (los del medio ambiente o la educación, por ejemplo) podrían arreglarse gracias a las limosnas de algunos oligarcas más ricos que bastantes estados, existe también entre los progresistas. La Fundación Clinton es buen ejemplo de ello. En lugar de recurrir a instituciones transparentes y democráticas, se apela a la benevolencia de estos multimillonarios, y se subcontrata con ellos la resolución de estos problemas, aunque no tengan ninguna experiencia en esos terrenos. Su fortuna hace las veces de competencia. Son supuestos progresistas como los Clinton, Bill Gates, Richard Branson o Michael Bloomberg los que le han preparado el terreno a Trump.

Pero a la inversa, las campañas de Bernie Sanders y Jeremy Corbyn demuestran que es posible tener un impacto político real, si el fondo, el contenido del programa responde a las necesidades de la gente en término de sanidad, de vivienda, de educación, de transportes…En este sentido, considero a Corbyn como el “anti-marca” por excelencia. Es su espectacular ausencia de credibilidad [electoral] la que le vale la confianza y el fervor de los jóvenes, y lo que paradójicamente le confiere un aura de estrella del “rock” entre ellos. Los ejemplos de Sanders y Corbyn confirman que se puede hacer todavía política sin adherirse a este peligroso modelo de la marca hueca, adoptado tanto por la izquierda como por la derecha, por Trudeau como por Macron, a golpe de lemas vacíos Las primeras conmociones que se han producido bajo la presidencia de Trump están ligadas al clima: los incendios forestales de California han durado todo el verano, pero nunca habían proseguido así en otoño, y siguen empeorando. Y a continuación de los huracanes, inmensos territorios del continente americano, como Puerto Rico, tienen que reconstruirse; ahora bien, la asignación de esos mercados de obras públicas constituye una apuesta crucial. La reconstrucción de Houston se ha confiado al antiguo presidente de la Shell…La doctrina del “shock” aplicada a Puerto Rico está destinada a permitir la privatización de la electricidad y de la red vial, invocando la deuda pública local. Pero se constata una resistencia, tanto sobre el terreno como por parte de los portorriqueños asentados en los Estados unidos. Esta crisis ilustra la articulación entre el peligro climático, la herencia del neoliberalismo y la del colonialismo, pues Puerto Rico sigue siendo en el fondo una colonia desprovista de derechos, sobre todo electorales. La gestión de la crisis se ha confiado a un equipo privado, no elegido. Yo pertenezco a un grupo que milita por una reconstrucción justa de Puerto Rico, por la anulación de la deuda y una participación democrática en las decisiones que haya que tomar. Una implicación de la población que contribuiría a crear empleos, sobre todo por medio de una política agraria, una menor dependencia de las energías fósiles, a fin de favorecer la autosuficiencia energética.

A nivel de política exterior estoy aterrada por las tensiones con Corea del Norte. Ciertamente, Trump explota una crisis preexistente, pero dispone unilateralmente del poder de desencadenar una guerra nuclear. Creo que está fascinado por la dimensión espectacular de la guerra. ¿Resistirá la tentación de explotar el arsenal militar norteamericano para un “show de shows” de violencia apocalíptica? Por último, la presencia de miembros de Goldman Sachs en su entorno me hace temer una nueva crisis financiera y la forma en que esta gente podría explotarla.

He titulado mi último libro Decir no no basta porque si nos contentamos con resistir volveremos simplemente al punto en el que estábamos con Obama: un periodo de precariedad económica y social, de expulsión masiva de inmigrantes, de violencias policiales hacia la población negra, de exacerbamiento de la crisis climática. Nuestra tarea es más difícil y más ambiciosa: asociar a la resistencia propuestas concretas para cambiar las cosas. Si se ha elegido a Trump, no se debe sólo a los votos que ha obtenido sino también a la desmovilización y el abstencionismo. Fue Hillary Clinton, sobre todo, la que perdió las elecciones, pues una buena parte de su base electoral no se reconocía en su programa. Me infunde esperanza la constatación de que un número cada vez mayor de gente es capaz de decir a la vez que no y que sí, luchando palmo a palmo para preservar su seguro médico. Vemos que surge una ola de fondo que reclama una cobertura médica universal, tanto a escala federal como de los estados, y diecisiete senadores, neoliberales con todo, se han sumado ya a esta propuesta de Bernie Sanders presionados por su electorado.

La movilización de los indios y los ecologistas de Standing Rock contra el capitalismo ecocida y el supremacismo blanco constituye otro ejemplo a seguir. Vemos también centenares de municipios que, bajo el impulso del alcalde de Pittsburgh, se niegan a retirarse de los acuerdos de París sobre el clima y toman iniciativas ecológicas a escala local. El problema es que todos estos envites siguen estando demasiado separados: el medio ambiente, la justicia racial, la justicia social…En lugar de tener una convergencia de luchas, se constata una privatización (¡muy neoliberal!) del activismo político. Los sindicatos se contentan con defender a sus afiliados sobre una base corporativa, en lugar de proporcionar una infraestructura para un reagrupamiento de las luchas y de la contestación. Hay que crear un espacio sin barreras donde los representantes de diversas causas puedan planear el después de Trump sobre la base de una visión global, holística y una definición de los valores de una sociedad fundados sobre la solidaridad, la ayuda mutua, el vivir juntos y la preocupación por el planeta.

Hemos dado prioridad a una discusión positiva, a que vaya más allá del no para proponer soluciones de recambio y sobre todo una visión nueva. Pues una de las armas del neoliberalismo consiste en declararle la guerra a la imaginación haciendo creer que no hay alternativa, que hemos alcanzado el final de la historia. Hemos logrado suscitar un debate, y algunos partidos han retomado nuestras propuestas, pese a la perplejidad de los medios frente a este programa sin partido. Hay que cambiar de paradigma: sustituir una ideología fundada en la especulación financiera y el consumo masivo, que considera a la gente y al planeta como recursos inagotables y desechables, por una cultura que proteja y respete a cada persona y cada lugar. Para ello, hay que llegar a un 100% de energías renovables de aquí a treinta años, pero en el intervalo hay que construir un sistema económico más justo, una gestión democrática y equitativa de la energía, en lugar de dejarla en manos de grandes empresas. Hay que establecer una política del cuidado y la reparación, de la reconstrucción. Hay demasiadas actividades no contaminantes que no se reconocen todavía como ecológicas: la puericultura, la ayuda a las personas mayores, o incluso la creación artística. Hace falta que estas actividades se reconozcan como tales y, en el caso de las primeras, estén mejor pagadas, en lugar de que caigan bajo un sistema de explotación.

Hay que desarrollar una economía de progreso para financiar todo esto, teniendo por principio que los que contaminan sean los que paguen, para evitar toda desigualdad ecológica.

Trump ha hecho lo que esperaba. Un golpe de Estado corporativo. Todo el mundo sabía que su programa era mentira, que no iba a defender a la clase trabajadora. Lo que ha hecho es fusionar el gobierno con algunos de los más poderosos intereses corporativos del país: Goldman Sachs, Exxon Mobile, Monsanto… El número de lobistas y ex directores generales de grandes empresas en su administración es anonadante, y es la parte más coherente de ella. Lo que yo no imaginaba es cómo su estilo escandaloso, sus tuits, sus afirmaciones indignantes, sus peleas con todos, su eterna intriga palaciega, proporcionarían una cobertura perfecta para ese golpe de estado corporativo. Ofrece interminables sacudidas a los medios, que analizan sus tuits racistas y los zapatos de Melania mientras Goldman Sachs y otros hacen lo que quieren casi sin escrutinio. Y más allá de esos recortes fiscales, sus victorias en la administración son de deshacer, desmontar. El que más ha deshecho ha sido Scott Pruitt en la agencia medioambiental: la entera arquitectura de protección medioambiental y de salud. Muchos daños serán a largo plazo, un ataque a las futuras generaciones. Un lento envenenamiento del agua, de la producción de comida. Y han dado a la industria de los combustibles fósiles todo lo que quería y desregulado lo que podían de lo puesto en pie tras la crisis financiera del 2008. Ojalá la narración de que Trump es incompetente y no ha logrado hacer nada fuera verdad. No lo es.

Trump es el adalid del fetichismo del mercado como salvador de cualquier crisis colectiva. Es el mantra neoliberal y Trump lo personifica de forma exagerada. Quiere tratar el gobierno como una corporación. Otra tendencia ha sido equiparar gran riqueza a gran sabiduría y externalizar muchos problemas colectivos a esa clase rica billonaria que se ve benevolente. Al aceptar que Bill Gates puede tener más poder sobre la agricultura africana que la ONU hemos allanado el camino a Trump. Otra tendencia ha sido que los medios traten las elecciones como entretenimiento, telerrealidad. Alguien que la entiende bien puede barrer a los demás. Y la más importante es la tendencia a la impunidad a través de la riqueza. Si eres suficientemente rico puedes hacer tus propias reglas. Y tu propia realidad. ¿Cambio climático? Despidamos a los científicos, apaguemos los satélites que muestran el deshielo. Es la implicación final de esa impunidad, deshacerte de la realidad física. Trump es la versión exagerada del poder absoluto mediante la riqueza: coger a una mujer del pubis, disparar a alguien en la quinta avenida sin que pase nada, como bromeaba. El sueño que vende es que el mundo se divide entre perdedores y ganadores. Su insulto favorito es perdedor. Su marca se vende como la que te ayudará a meterte en el campo ganador. Era la base de su reality, The apprentice: uno merecía ir al cielo y todos los perdedores ser despedidos y olvidados. Una moral extrema de tener o no. Y parte de ganar para él es pisar al perdedor.

Trump dirigía el enfado hacia los más vulnerables en vez de al sistema económico que produce la inseguridad. Ese divide y vencerás es lo que han hecho siempre las elites americanas ante la amenaza de un movimiento de clase multicultural. Otro factor importante fue que Hillary se veía representante del modelo económico que falló a tantos. Y el Partido demócrata no ha aprendido y su sueño es encontrar su Macron. Ya lo tuvo, era Obama. No es la solución. La gran cuestión es qué va a hacer la izquierda porque hay un hundimiento del centro, y líderes como Macron parecen determinados a echar gasolina al fuego eliminando el impuesto sobre la riqueza y haciendo que la retirada de las ayudas a la vivienda pague esos recortes a los ricos en el contexto de una enorme evasión fiscal. Las Marine Le Pen del mundo lo aprovecharán. La pregunta es si la izquierda se unirá para entrar en ese vacío con propuestas transformadoras, soluciones redistributivas. Jeremy Corbyn me parece un gran líder. Su respuesta a los Papeles del paraíso ha sido transparente. Necesitamos gente de izquierda que dirija las energías de la gente a una economía más justa. Lo emocionante es que ideas que tanto tiempo fueron marginales ahora son de las más populares: educación y salud públicas, 100% de energías renovables, transición masiva a trabajos verdes…

Las políticas europeas son peores que las de Trump. No hay miles de personas ahogándose frente a las costas de EEUU. Europa está perpetrando un ataque contra los derechos humanos, con sus políticas de austeridad e importando el modelo australiano de trato a los refugiados, que pasa por parar a los barcos y llevar a la gente a centros de detención fuera del territorio nacional. Estuve allí el año pasado y les dije: «Esto es peor que construir un muro». Así que no podemos decir que Europa sea mejor que Trump, solo tiene un marketing mejor.

Creo que Trump es la última fase de un golpe de estado corporativo que se ha ido desplegando a nivel global, con el poder creciente de las multinacionales, con estructuras supralegales que permiten esconder riqueza en paraísos fiscales y con poder para decir a los gobiernos cómo deben favorecerles. Trump es la versión flagrante de todo esto, sin caretas. Pero no habría existido si la esfera privada no llevara décadas apropiándose de lo público, si no se hubiera fetichizado el mercado, el dinero y a filántropos como Bill Gates. Todo esto le ha permitido decir: «Votad por mí, que soy rico y solucionaré vuestros problemas». Él ha creado una super marca basada en la impunidad de la riqueza. Por eso no le afectan los escándalos. Tiene inmunidad. Cuando la gente siente que no puede controlar las fuerzas que dominan su vida, a menudo cae en soluciones falsas como las que brinda Trump. Insultando a los negros, rechazando a los inmigrantes o ejerciendo el poder sobre las mujeres, hace que sus seguidores se sientan fuertes. Dominan a otras personas, pero no controlan para nada su vida.

Una de las cosas que aprendí estudiando la teoría del shock es que, tras una guerra, una crisis o una catástrofe natural siempre se despliega el mismo manual: privatizan, desregulan, bajan impuestos y la población paga los costes. Ahora me preocupa un nuevo crash financiero, con la eliminación de las mínimas regulaciones que se establecieron tras la crisis del 2008. También creo que si, desgraciadamente, hubiera un gran atentado, se podrían limitar las libertades civiles, incluido el derecho a protestar. ¡En Francia llevan dos años de estado de excepción! Una de las cosas que más me alarman es que los demócratas tratan a los militares que están en el gobierno como a los adultos del gabinete, los que están entre la Casa Blanca y el caos. Es inquietante pensar que serán ellos los encargados de imponer el orden. El negocio de la seguridad está floreciendo. Y más que lo hará. La detención de inmigrantes nutre las cárceles privadas. Y Trump está intentando ilegalizar a un millón de personas para crear una clase inferior de trabajadores sin derechos y con miedo que, en adelante, deberán elegir entre su super explotación, la deportación o el encarcelamiento, por supuesto en prisiones privadas.

¿Qué pasaría si en lugar de explotar y luego desechar a las personas y la tierra priorizáramos el cuidado? Todas las políticas terribles vienen de no valorar la vida. Solo así puedes justificar el encerrar a personas que se han visto obligadas a dejar sus países. Debemos hablar de política, pero también de moral. Veo un ejemplo claro en el movimiento #metoo. Quizá no podamos controlar a Trump, pero sí lo que lo que hacemos nosotros, lo que toleramos y lo que no. Así que debemos seguir construyendo un frente común que aúne las distintas causas de la gente que sufre. La gente quiere un país distinto, un mundo distinto
Me niego a complacerme en el pesimismo, lo que nos jugamos es demasiado importante para ser derrotistas. En lugar de replegarnos sobre nosotros mismos, toda persona que disponga de una tribuna y de posibilidades materiales, sociales y culturales para expresarse tiene el deber de hacerlo para redibujar el mapa político. Deposito muchas esperanzas en las nuevas generaciones, en esos jóvenes partidarios de Sanders y de Corbyn, que ya no se creen el cuento de hadas neoliberal. Es un momento crucial de movilización: ¡todo el mundo a la barricada! Nos hace falta una contra estrategia de choque. Reencontrar el fervor utópico que ha animado a los grandes movimientos sociales. Actuar partiendo de la base para mejorar radicalmente la vida de la gente. Rebasar la cólera para ir adelante colectivamente. Negarse a entrar en el juego del antagonismo y del odio que se intenta imponernos, pero proponiendo una visión afirmativa y positiva.

Es de vital importancia que cambiemos radicalmente nuestra manera de tratarnos unos a otros, porque el futuro es catastrófico. Si no nos gobierna la idea de que las vidas humanas son importantes, todas las vidas, independientemente del color de su piel, de su nacionalidad o religión, el futuro es devastador. Por eso la idea de justicia climática es tan urgente. No podemos evitar el colapso climático, porque ya está pasando. Pero podemos intentar repartir el golpe, para que no barra a millones de personas de un plumazo”

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