Navidad de 2018: Isla Verde

Francisco Cabanillas. LQS. Febrero 2019

Poco antes de abordar el avión, se desconectó de su universo inmediato.
Edgardo Nieves-Mieles

Vivo la angustia del no aterrizar.
Alfredo Villanueva-Collado

Hay libros que se escriben caminando.
Ana Teresa Toro

Pude pensar que nunca regresaría a San Juan.
Eduardo Lalo

Yo había andado tanto que conocía
palmo a palmo la ciudad de Lima.
Eugenio María de Hostos

I 17 de diciembre: para llegar a Puerto Rico

De Detroit a Ft. Lauderdale repaso los subrayados en rojo trazados en la primera lectura —como este: “’Nuestras islas, manifiesta Aponte Alsina en el prólogo, ‘tienen piernas largas: piernas más que raíces, porque más que anclajes, forman constelaciones’”— del libro de Carmen Centeneo Añeses sobre el ensayo puertorriqueño, Intelectuales y ensayo (2017).

De Ft. Lauderdale a San Juan releo el último capítulo, “El ensayo puertorriqueño contemporáneo: nuevos paradigmas y debates,” subrayado en azul: “El diálogo con escritores del entorno caribeño no resulta tan significativo o relevante, tal vez debido al poco acceso a sus obras en Puerto Rico.”

Segundos antes de aterrizar en el Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín de Isla Verde —desde hace varios años, privatizado a una empresa mexicana— el azul del litoral playero que se ve desde la ventanilla del avión, las playas de El Alambique y El Balneario, remite por un lado a la crónica de Edgardo Rodríguez Juliá, “Para llegar a Isla Verde” (1985), y por el otro, al desparrame pictórico de Arnaldo Roche Rabell en “Azul” (2009).

Aterrizo; desde 2016, el territorio no incorporado de Puerto Rico, una colonia moderna, está bajo la autoridad de una Junta de Supervisión Fiscal (neoliberal) constituida por Obama, cuyo objetivo no es para nada sorpresivo: proteger los intereses de los acreedores buitres de Wall Street.

II Isla Verde

Condominio Marbella, frente a una de las dos playas —la de El Alambique— sobre las que versa la crónica de Rodríguez Juliá:

“El litoral de Isla Verde se compone de dos grandes playas [una a cada lado del círculo en blanco]. Resalta la semejanza, salvo en la longitud, entre las dos playas principales de Río de Janeiro —Ipanema y Copacabana, separadas por la Ponta do Arpoador— y las de San Juan —El Alambique y El Balneario—, separadas por la Punta El Medio y el islote antiguamente conocido como Isla Verde [dentro del círculo blanco]”

Literatura. Azul pintado de azul (¡Maelo!). ¡De colores!

Playa. Frente al Atlántico de la modernidad-colonialidad, estoy en una parte donde estuvo, en 1985, la crónica de Rodríguez Juliá:

“Frente a los condóminos que empiezan en Marbella y terminan en el cementerio…”

Literatura y realidad. Playa muchas veces literaria. Sigámosle los pasos a la crónica de Rodríguez Juliá:

“De regreso la playa está desierta. Es noviembre y hay barrunto, el aguacero viene por todo el litoral, desde Cangrejos, y se acerca con la ventolera que cala la lluvia hasta los huesos… las sirenas se lavan su cabello enredado en algas. Allá recostadas en el islote de Isla Verde. Sólo ellas están ahora por allá. Han regresado a buscar la soledad del invierno. Han vuelto a tejer sus cánticos, esos lamentos casi inaudibles.”

Arena. ¿La “soledad del invierno”?

III Diferencias

Entre la crónica de Rodríguez Juliá, escrita en 1985, y el brazo de mar de la playa de El Alambique hoy (2018), hay muchas diferencias.

Por ejemplo, lo que antes definió como la playa “frente al condominio [son dos] Marbella” donde “se congrega la juventud sanjuanera funky, chicas wow clase media y clase media alta,” ese pedazo de playa no responde más a esa identidad de los ochenta.

Sobre todo, hay una diferencia dramática, ¡feroz!, en esta referencia arquitectónica que hace la crónica de Rodríguez Juliá sobre el hotel localizado al final de la Calle Amapola, donde empieza el brazo de mar de la playa de El Alambique (Punta El Medio):

“A mi izquierda va quedando atrás ese hotel con el entablado de frente al mar (boardwalk). La inaugurarán hacia noviembre [escribe a finales de agosto de 1985], en plena temporada turística. David y yo esperamos ansiosamente la inauguración de lo que será una de las mejores barras de todo Puerto Rico. Bajo techumbre de pencas, y abierta al entablado de la terraza y la brisa marina de la Punta El Medio, sitio donde justamente está trepada sobre pilotes… ”

Hoy, de ese hotel con entablado frente al mar inaugurado en 1985 —¡todavía se ven los pilotes!— desde el que se podían ver de noche, con iluminación del local, los peces; de ese hotel hoy queda, como en otros casos después de la crisis de 1996-2006, la carcasa de un edificio hace años abandonado.

En general, la crónica de Rodríguez Juliá provee una perspectiva inusual: la del cronista que cuenta, como nadador que es, desde el agua hacia la orilla.

IV Frío

Pero más inusual todavía resulta el clima, sobre todo durante el día, sin el kalor típico que se siente en la isla durante el invierno, cuando suele refrescar por las noches, no durante el día, como en estos días de diciembre, de sol con agua fría, en los que se puede estar dentro del apartamento sin aire acondicionado y no morirse de kalor.

Por eso, no cabe duda de que el fresco que se siente hoy en Isla Verde no es para nada del que hablaba Rodríguez Juliá en los ochenta, seguramente menos frío:

“El aguacero está tendido; pero no corro. El frío de la playa, su desolación, me evocan aquella tarde oscura en que caminé con Bill toda la playa, mojándonos en el aguacero triste hasta llegar a La Playita.”

V Toda la playa

De La Playita hacia el oeste, hasta las arenas del condominio The Galaxy, recorro casi todo el brazo de mar que llega de Punta El Medio hasta Punta Las Marías; tramo que es de rigor transitar a trote o caminando rápido, entre la arena dura y la blanda, bajo el sol o entre la sombra de los árboles que bordean el límite de los edificios que están frente al mar, donde, hacia Punta Las Marías, hay caminitos de tierra cubiertos de árboles por los que los vecinos caminan con sus perros.

Caminitos playeros, demasiado playeros, entre palmeras, almendros, pinos, yerbajos… por los que uno pasa con la alegría de la sombra y la influencia de la literatura, tipo realismo tropical al estilo de María Madiba (2014), novela de Hiram Lozada Pérez:

“Era un día claro y fresco, despejado de nubes y abierto de azules… Desde el océano… se alzaba una brisa mezclada de salitre y perfumes de mar. Entonces la mañana se llenó de pájaros. Un ejército de golondrinas, miles, pasó raudo a ras… Eran las golondrinas de diciembre.”

La playa de El Alambique, ese brazo de mar que es un paraíso para los bañistas, la más civilizada de la urbe, acoplada como está a la llamada zona metropolitana (en el mapa, San Juan y Carolina); ¿es la playa que no tienen —un mar domesticado a los pies de la ciudadanía que se quiere mojar— ni La Habana ni Santo Domingo?

Al otro lado de la playa de El Alambique hay un cuerpo de agua (en azul más claro) que contiene dos lagunas: la de Los Corozos y la de San José.

VI Correteo

Rutina mañanera: del condominio Marbella hacia el este hasta La Playita (Punta El Medio) y de esta, de vuelta hacia el oeste, pasando el condominio Marbella, hasta la playa del condominio The Galaxy, mucho antes de Punta Las Marías, para, desde The Galaxy, frente a la sirena pintada en la pared (que se verá más adelante), volver hasta La Playita y parar al final de la orilla, en la esquina de la Calle Amapola, frente al Condominio Playamar, para charlar con Iván Santiago Zayas, “el lector de la esquina.”

De Marbella hacia La Playita, con el sol de frente, la rutina exige, primero, una caminata rápida (no trotar); segundo, ir por la zona de la sombra, de arena blanda, pegado a la frontera que trazan los edificios. Zona alta de la playa que, hacia el lado contrario, sobre todo del condominio Villas del Mar hasta The Galaxy, evoca, por las palmeras, los caminitos de arena, las iguanas, la brisa, el silencio, el sol, el ambiente de la novela María Madiba:

“El ruiseñor silbó una dulce copla que parecía de paz y de perdón. Al terminar, abrió sus alas amplias de plumas blancas y voló, con rápidas batidas, hacia el mar, seguido por todas las golondrinas del invierno tropical.”

De La Playita a The Galaxy, con el sol de espaldas y a favor del viento, la caminata rápida se transforma en trote a una cadencia moderada por la arena dura, esquivando que las olas mojen los tenis.

De Villas del Mar al comienzo del cementerio, la cadencia sube algunos niveles, manteniéndose todavía en la línea de trote moderado. Una vez se llega al cementerio, se intensifica. El trote se hace mucho más rápido y fluido, como si fuera un movimiento ingrávido a buena velocidad. En cincuenta respiraciones hondas, cada vez más hondas —¡concentración, mucha concentración!—, y a toda velocidad, el tramo del cementerio llega a su fin.

¿Se corre sobre la orilla o se flota en el aire?

Al cruzar el límite del cementerio, la intensidad del trote disminuye dramáticamente. Paso lento, respiración honda pero pausada, hasta la subidita arenosa marcada por la palma que, además de estar a un nivel más alto, separa los condominios Waldorf Tower e Isla Verde Tower.

Tramo breve; útil para bajar revoluciones y cambiar de imaginario, ya que a partir de esta nueva orilla, al pie de los condominios más pequeños, a veces con pedazos de acera carcomida por la arena, el salitre, la erosión, la intensidad tropicalista literaria aumenta.

Dramatismo que culmina frente a la playa del condominio The Gallaxy, límite del correteo hacia el oeste; en cuyo muro rosado —encima está la piscina del condominio— hay pintada una sirena verde cautiva con manos atadas y conchas de mar en los pezones.

La vieja crónica de 1985 de Rodríguez Juliá, “Para llegar a Isla Verde,” se sale del libro donde está inscrita, El cruce de la bahía de Guánica (1989):

“las sirenas se lavan su cabello enredado en algas.”

Desde la sirena pintada en el muro de The Galaxy, regreso a la otra punta de la playa por la parte de arriba de la arena, bajo la sombra del realismo tropical (realidad y literatura).

Entro y salgo por los pasadizos públicos que, como el que está entre los condominios Las Gaviotas y Costa Linda, conectan la playa de El Alambique con la Avenida Isla Verde (paralela a la costa), por cuya acera correteo a mayor cadencia, a toda velocidad si no hay gente, bajo la sombra de los árboles que marcan la acera.

VII Librería Mágica

De Isla Verde a Río Piedras, como si fuera el salto de la crónica de Rodríguez Juliá a una novela de Wilfredo Mattos Cintrón o a este cuento de Francisco Font Acevedo, “La belleza bruta” (2008):

“De día Río Piedras es una ciudad abandonada al sol, de edificaciones con pintura cuarteada y quincalleros desesperados por ganarse un peso; de noche, es territorio de putas, tiradores de droga, vagabundos y estudiantes desorbitados por el alcohol o la yerba.”

20 de diciembre. En la Librería Mágica se presenta Lo terciario (2018), poemario decolonial, anticolonialista, queer y bilingüe de Raquel Salas Rivera. Al presentarlo, Mayra Santos Febres, que testimonia haber leído el texto varias veces, hace una referencia a Ochún.

Entre los que han reseñado Lo terciario, un comentario sobre todo se me tira encima como si fuera una fiera literaria.

En inglés, Angel Dominguez sienta las bases para trazar un puente literario entre Isla Verde (el mar) y Río Piedras (la poesía) que es difícil, demasiado difícil, no cruzar: “Reading this book felt akin to swimming, the way I had to hold my breath so often» / Leer este libro se me hizo parecido a nadar, la manera en que tantas veces tuve que aguantar la respiración.”

22 de diciembre. En el día de “escritores y lectores” se congregan desde temprano en la Librería Mágica muchos, entre los que cabe mencionar al autor de la novela María Madiba (2015), Hiram Lozada; a Daniel Nina, autor de la novela salsera que se presentará aquí en seis días, el 28 de diciembre, Hojas blancas (2018); y a la autora de Somos islas. Ensayos de camino (2015), Marta Aponte Alsina, cuyo libro Carmen Centeno Añeses, también presente, articuló en su estudio del ensayo puertorriqueño, Intelectuales y ensayo (2017): “Al amparo del genial palestino Edward Said, Aponte Alsina alude a las tareas del intelectual como descubridor de relaciones, establecedor de nexos, intérprete de lo que no se ve.”

Además, la presencia del historiador Néstor Duprey, acompañado de la autora de Prohibido cantar. Canciones carpeteadas y artistas subversivos en Puerto Rico (2018), Mayi Marrero, le dio un interesante toque biblio-radial —escucho a diario su programa de análisis político, FUEGO CRUZADO— a la celebración de escritores y lectores.

Con un libro de Eugenio María de Hostos en las manos, cruza de una estantería a otra el abogado-entrevistador de escritores boricuas Wilkins Román Samot.

28 de diciembre. En la Librería Mágica, a punto de terminar el primer año posMaría, Daniel Nina presenta su tercera de cuatro novelas sobre salseros puertorriqueños: Rompe Saragüey (2016) sobre Héctor Lavoe, El Nazareno (2017) sobre Ismael Rivera y Hojas blancas (2018) sobre Andy Montañez.

Más que una presentación, fue una celebración entre muchos, incluidos la esposa y los hijos del salsero, quien no pudo asistir a la Mágica por compromisos previos.

Como en las dos primeras novelas salseras, en esta tercera el autor insiste en novelar, ficción, sobre todo ficción, alrededor de la biografía del cantante: “una de las carreras musicales, en el género de la salsa, más longeva como cantante/intérprete, y sobre todas las cosas una de las más exitosas que ha dado Puerto Rico para el continente americano.”

Pues se trata, desde la literatura, de subrayar una particular situación histórica de la isla, como fue, entre otros ejemplos, la tensión que se creó entre Puerto Rico y Miami, vía Celia Cruz, debido a la visita que hizo Andy Montañez a Cuba en 1979: “La razón de ser del problema [dice el narrador] es el apoyo que Montañez le ha dado al régimen de los Castro en Cuba, mientras ella [Celia Cruz] es una devota enemiga de estos.”

Como novela, Hojas blancas apuesta a una ecuación interesante: una novela más corta que Rompe Saragüey y El Nazareno que además, empieza y termina en el espacio novelístico creado por las dos primeras.

VIII Fine Arts Cinema: Santurce

Antes de que termine el año, la película de Alfonso Cuarón, Roma (2018), tantas veces aclamada por su dimensión poética en blanco y negro, estalla como un sol que alumbra de noche los recovecos de una historia personal, narrada en el marco de la familia, donde, de varias maneras, crujen los engranajes de la colonialidad del poder; esa relación entre la raza y el trabajo que marca la explotación moderna, inaugurada en 1492.

La mierda, sobre todo la mierda de los perros que la colonialidad, ni nada, puede detener o incluso limpiar para que la gente y el carro no le pasen por encima cuando entran a la casa; la mierda, a lo largo de la película, marca la diferencia, mediante una crítica católica —¡todos somos mierda!— a partir de la cual la película se abre a la lectura decolonial. Crítica de raza/etnia/clase que Cuarón le hace a su familia desde una afectividad recuperadora.

Entre el furor que causó La forma del agua (2017), película de Guillermo del Toro, y la turbulencia que ha causado la de Cuarón, Roma (2018), el cine mexicano actual plantea esta ecuación ecológica, demasiado humanista: la forma del agua es el amor.

IX Dos novelas

1) De los pocos libros que, además de Intelectuales y ensayo (2017), hicieron el viaje de Detroit a San Juan, está la noveleta de Edgardo Nieves-Mieles Los mejores placeres suelen ser verdes (2013), cuyo subtítulo reza: Texto para ser leído frente a una pieza de Egon Schiele):

“Yo no soy Dios. Lo sé. Pero la impunidad de mis crímenes me hace sentir como si lo fuera.”

Frente al Atlántico, desde el condominio Marbella-este, leo una segunda vez la noveleta de 198 fragmentos escritos en setenta y cinco páginas. ¿Peso liviano?

La primera lectura, al final del verano pasado (2018), desde el norte de Ohio, se dio en el contexto de un goce literario narcisista, demasiado narcisista, según el cual, a cada página que pasaba, me decía que me habría gustado escribir Los mejores placeres suelen ser verdes:

“Al entrar vio que en medio de la sala del apartamento había un piano negro de cola cubierto por un mantón de Manila. Un piano para un cuento de Felisberto Hernández.”

Noveleta; maquinita de narrar que llena de referencias textuales el minimalismo de una narración vidriada, fragmentada, que lo apuesta todo, sobre todo la identidad metonímica de las voces que arman el relato, a la lectura del lector que encuentre la unidad y pueda seguir sus vueltas, idas y venidas:

“Es como si ese personaje literario estuviera acostado cómodamente en la alfombra de una acogedora sala de espera, aguardando por él.”

Minimalismo metanovelístico:

“Acariciando el lomo y las tapas del libro, descartó un manojo de posibilidades.”

Esclarecedora como fue la segunda lectura —

“Allí, en la amplia sala de su apartamento, junto al piano negro, entre fotos en su mayoría de escritores, cuadros, plantas, ceniceros y cojines desperdigados por el sofá, lee el libro recién comprado”—

no fue suficiente para salir del embrujo polifónico de la primera lectura, persistente, demasiado persistente, en la que cada uno de los ciento noventa y ocho fragmentos —

“La temperatura es ideal para sembrar orquídeas. (Las orquídeas son mis flores favoritas)” —

reclamaba una voz fantasmática que poco a poco, ¡siempre con dudas!, el lector empieza a reconocer:

“Se sumerge en las cálidas aguas del relato sin siquiera sospechar de la despiadada casualidad que le acecha tras el muro de tinta y papel.”

Al final de la cuarta lectura, el autor de la noveleta envía un email; me entero de todo lo que no había podido descifrar en las cuatro primeras lecturas; eso que, en la contratapa, Wilfredo Mattos Cintrón llama “una audaz propuesta de la construcción de un relato,” me deja con la boca abierta:

“Un guante conserva la forma de la mano que estuvo en él.”

La quinta lectura, me digo, será la vencedora:

“Por último, recoge el libro con el trébol de hojas pares, acaricia las letras en relieve y lo guarda en su bolso:
–LOS MEJORES PLACERES SUELEN SER VERDES. Mmm, con tan sugestivo título (y mejor recuerdo) no podría ser otra cosa que un texto para ser leído frente a un cuadro erótico de Egon Schiele. El que preside mi altar personal.”

Antes de cerrar el libro, vuelvo a otra cita querida, demasiado querida, de la noveleta:

“Recordó que en su viaje anterior, junto a ella viajaba un hombrecito de humilde aspecto que en el regazo cargaba… su único equipaje: uno por el cual parecía asomar sus lustrosas hojas una pequeña mata de plátano.”

La poesía diaspórica de Victor Hernández Cruz —su tráfico de semillas de Puerto Rico a Nueva York— florece.

2) Entre el 22 y el 28 de diciembre, desde la Librería Mágica, la novela de Hiram Lozada Pérez, María Madiba (2014), se sale de los estantes, llamando la atención desde su mirada histórica.

Vuelta al siglo XIX puertorriqueño:

“Encadenado al palo de los castigos, el joven esclavo pensó en Martín Martirio y en sus enseñanzas mágicas. Fueron tantas. Martín era algo así como un brujero. Sabía de plantas, de dioses, de magia y, sobre todo, de cómo aguantar los castigos de don Ventura, el mayoral.”

Retorno al pasado para narrar una historia de amor en un molde caribeño: esclavo e hija del amo.

Mundo playero, demasiado playero, litoral norte; novela que transcurre entre el antiguo Cangrejos (hoy Santurce), no muy lejos del condominio Marbella de Isla Verde, y la isleta del Viejo San Juan, de cara al Atlántico:

“El lugar de la fiesta mensual era una playa abierta, llamada la Sardinera, al lado de la desembocadura del río, entre palmas y uveros, frente a un mar mestizo.”

¿Un mar mulato?
Novela que, a diferencia de Los mejores placeres suelen ser verdes, no problematiza su factura novelística, sino que la reivindica con fluidez y detallismo:

“La fiesta fue un acontecimiento apoteósico. Los invitados llegaron en calesas y victorias, o a lomo de alazanes de paso fino, enjaezados lujosamente y adornados con cintas, flores y colorines.”

Porque de lo que se trata en María Madiba es de volver a la historia para recontarla con deleite literario, canónicamente literario:

“Desde San Juan vino una orquesta de mulatos, a la cual se le exigió la ejecución de piezas de vals y contradanzas, del minué y el rigodón. Los esclavos usaron levita y guantes blancos para servir los quesos manchegos, las morcillas limpias del país, el vino, la sangría y la confitería. Asunción preparó el arroz con perico, majarete y horchata de almendra…”

Deleite crítico:

“La caza de esclavos fugitivos era una fiesta.”

Novela que vuelve al siglo XIX para recontar el drama de la colonialidad del poder:

“los riesgos de cazar esclavos desarmados eran mínimos. Generalmente los encontraban no muy lejos de la hacienda… escondidos entre los platanales o los cañaverales, exhaustos, hambrientos y aterrorizados por los perros.”

X Año nuevo

Ahora que, este 31 de diciembre (2018), termina el primer año posMaría, me asomo a la realidad de Isa Verde desde un piso 18.

Cuando empieza a ponerse oscura la noche, enfoco hacia el oeste, donde, más allá de la negrura, está el Viejo San Juan hacia la derecha.

Pasando el muro violeta, hacia arriba y hacia la izquierda, a lo lejos y más alto que las luces, el punto blanco que cuelga de la noche no es una estrella, sino un avión que se avecina al Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín de Isla Verde.

¿Suelen ser verdes los mejores placeres?

El tiempo que le tomará al avión para llegar al aeropuerto, que está cerca, muy cerca desde donde oteo, coincidirá con el fin del año 2018. Cuenta regresiva: 90, 89, 88…

En lo que llega el avión, imantado por las luces de la noche, me dejo seducir por la claridad que, desde la acera, ilumina la entrada del condominio de enfrente. Luz feroz; llamarada que rebota contra la acera como si fuera un sol callejero enfurecido por la punta del triángulo que forma el techito de entrada al condominio. Punta que marca la claridad de la acera como si fuera un reloj que da las tres.

Violencia de la luz que se quiere comer la noche. Esa oscuridad que, a mano derecha del condominio, protege la línea blanca que trazan los postes de la luz a lo largo de la Calle Tartak.

Últimos minutos del posmariano año 2018… 50, 49, 48… El punto blanco que cuelga de la noche se hace más grande… 42, 41, 40… ¿Aterrizará el avión en el primer minuto del año 2019?

Como un mensajero borracho, estallan los primeros fuegos artificiales de la noche vieja, seguidos de una lluvia de luces blancas y en colores que llenan la noche de una alegría desesperada. Celebración que no quiere terminar nunca.

Desde el Viejo San Juan hasta el Yunque, la noche se ha convertido en un carnaval de fuegos verdaderamente artificiales.

La luna se muere de vergüenza.

XI Carlos

11 de enero (2019). En la Placita Roosevelt se congregan, de 6:00 a 9:00 de la noche del viernes, familiares y amigos del fenecido independentista de la segunda mitad del siglo XX, Carlos Gallisá (1933-2018), para celebrar su vida al servicio de las causas justas en Puerto Rico.

¡Buena música!

Reciprocidad; toda la energía que ofreció, desde el programa de radio, FUEGO CRUZADO, desde sus libros y columnas periodística, desde su activismo ciudadano, desde su política activa…

¡Celebración!

Descolonizar la isla, hacerla independiente y liberarla —digo yo— del glifosato que la ha marcado desde 1493: el colonialismo que Carlos combatió, seguro como estuvo siempre de que el gran problema de la isla —¡su economía, por supuesto!—es sobre todo político.

Entre los amigos que fueron a celebrar la vida de Carlos, no podía faltar Néstor Duprey, compañero en el programa de radio FUEGO CRUZADO. ¿No fue Ignacio Rivera (tercer mosquetero del programa)?

XII Casa Dominicana

12 de enero (2019). Para conmemorar los 180 años del nacimiento del prócer puertorriqueño Eugenio María de Hostos (1839-1903), la Casa Dominicana de Santurce convoca a cuatro hostosianos, entre los que se encuentra su nieta, para que combatan el olvido fomentado por la colonia. Sobre todo en su dimensión neoliberal, siempre dispuesta (la colonia) a borrar de la memoria la historia del independentismo puertorriqueño del que Hostos fue una bisagra: primero contra el colonialismo español y después, de 1898 a 1903 (cuando muere), contra el usamericano.

Repetición y diferencia. Por un lado, en la Casa Dominicana reaparece la autora de Intelectuales y ensayo (2017), Carmen Centeno Añeses, con su propuesta, “Eugenio María de Hostos: ensayista sin diploma”:

“Su obra debe ser apreciada a la luz de las creencias de su época y de su inmensa e importante labor periodística con la que cimentó el género ensayístico en Latinoamérica.”

Por el otro, aparece entre el público alguien, el cantante Andy Montañez, que había estado ausente en la Librería Mágica el 28 de diciembre, día en que se presentó la novela que ficcionaliza su presencia en la historia de la salsa en Puerto Rico, Hojas blancas (2018):

“Yo vine a cantar [habla el personaje de Andy], a eso es que yo vine, desde que tengo uso de razón, eso es a lo único que me dedico, a cantar. Y así es que moriré, cantando.”

La charla de Félix Córdova Iturregui sobre el Hostos interesado en la dimensión artística de su escritura (¿Hostos poeta?), ilumina; ya que, como dice Ramón Antonio Guzmán en su defensa de tesis doctoral sobre la obra jurídica de Hostos, publicada en la Revista de Derecho Puertorriqueño, muchas veces Hostos “desorienta al lector”:

“[porque] niega ser algo que en realidad lo es, como fue su expresado desprecio por los literatos, cuando él escribió dos novelas, miles de ensayos y páginas importantísimas de crítica literaria” (2016).

Salgo de la Casa Dominicana con tres dimensiones hostosianas que vale la pena compartir. Primero, que Hostos, como subrayó Francisco Ramírez en su charla, pidió ser enterrado en Santo Domingo, donde vivió sus últimos años, hasta que Puerto Rico fuera libre.

Segundo que hay que leer su libro Mi viaje al sur (publicado en 1939), sobre su experiencia decimonónica en Cartagena de Indias, Panamá, Perú, el archipiélago chileno, la Patagonia, Argentina…

Tercero, que a pesar de sus arranques antiliterarios, sobre todo si iban dirigidos contra la poesía, Hostos, uno de los fundadores del ensayo latinoamericano, escribió, como subraya Córdova Iturregui, con conciencia artística.

Entre los hostosianos que fueron a disfrutar del homenaje, Marcos Reyes Dávila…

XIII El lector de la esquina

Vuelta a la playa de El Alambique. Esta vez para resumir en varios párrafos el correteo de quince días, yendo y viniendo de una punta de la playa a la otra, pensando siempre en el final del tramo de The Galaxy a La Playita, donde paraba para charlar bajo la sombra con “el lector de la esquina,” Iván Santiago Zayas: un personaje con mil historias.

Alguien que sin moverse de esa esquina donde se sienta a diario se conecta con el resto de Isla Verde, de Puerto Rico y del mundo.

Imantación a la intemperie. Iván lleva más de treinta años instalado es esa geografía, en su silla plegable, a veces bajo una sombrilla si llueve o si entra mucho sol, casi siempre con una chaqueta cortavientos puesta y otra colgada de la mochila con ruedas que siempre lo acompaña, sentado frente al muro del Condominio Playamar que hace esquina con la Calle Amapola.

Marca indeleble de la zona.

En estos momentos, una búsqueda en el mapa de Google lo capta, desde muy arriba, como un punto impreciso; un bulto, algo de tono rojizo ubicado donde Iván se planta. Sí, estoy convencido; eso que parece una masa amorfa desde lo alto es definitivamente él. ¿Quién más iba a ser/estar en esa esquina que él ha hecho suya?

Hay días en los que Iván se planta, siempre desde temprano en la mañana, con una montaña de tres libros y el periódico. ¿Qué libros lee?

Modus operandi. Iván se pasa el día leyendo y conversando con la gente que va y viene, a quienes conoce y trata con la fraternidad que produce el contacto diario.

En eso consiste su vida y su fuerza. Conoce a todo el mundo y todo el mundo lo conoce a él.

Territorialización. Presencia. Ángulo playero.

La esquina de Iván está a un lado del hotel, abandonado y grafiteado desde hace mucho —hoy, una carcasa— , cuya inauguración Rodríguez Juliá anunció en su crónica “Para llegar a Isla Verde” (1985).

Constancia; lector que se sienta a leer frente a la playa en un espacio público que con las décadas se hace parte de su identidad. Iván es esa esquina; esta no se vislumbra, durante sus “horas de oficina,” sin él.

Lector de mil historias. Hablador, demasiado hablador; cuentero. Iván me contó la mejor de todas las historias esquineras: cuando, desde su trono, le llamó la atención al grafitero del inmueble abandonado, la carcasa, a quien le reprochó no respetar la propiedad ajena y por eso ser un violador de la ley.

La contestación que recibió lo dejó con la boca abierta.

En ese caso, le dijo el grafitero, él también, Iván, estaría violando la ley, porque, plantado como ha estado durante décadas ante el muro del condominio Playamar, él también se ha convertido en un grafiti de la zona.

¡Brutal!

Después de declamar versos de Luis Llorens Torres y de Juan Antonio Corretjer, Iván habla sobre los libros que lee, a los que adviene en el circuito de lectores en el que está inscrito; una red que cubre las dos puntas de Isla Verde, de Punta El Medio a Punta Las Marías, y en la que circulan sobre todo novelas en inglés, thrillers como los de David Baldacci, entre otros.

Leer en español, me dijo Iván, requiere más recursos económicos.

En una semana, Iván se puede leer tres thrillers. Además, me dijo que de noche se encargaba, con un vinito, de los libros que requerían más atención y cuidado.

Por eso, le regalé el primer tomo (440 páginas) de la novela de Juan López Bauzá, Barataria (2012), la cual empezó a deleitar con calma por las noches, fascinado por las ocurrencias quijotescas de Chiquitín, personaje que, confesó Iván, por militarista y anexionista, se parecía a su papá (razón por la que Iván, de joven, se enlistó en la marina usamericana).

¡Tensión nacionalista!

Al otro día de recibir Barataria, Iván llega a su esquina con una poemario en la mano, Ciudadano del aire (2012), obra póstuma de José Luis Colón Santiago (1945-2001):

“Conocido como Wiso o Güiso, nace… en Cidra [Puerto Rico], de padres pentecostales. Vive la vida de las calles y las drogas durante su adolescencia tanto en la isla como en Nueva York, nunca termina un grado académico, y se gana la vida como quincallero en el sur del Bronx, falleciendo de una cirrosis…” (Alfredo Villanueva-Collado).

Contemporáneo de Miguel Piñero y Pedro Pietri, José Luis, a diferencia de los nuyoricans, fue de los poetas diaspóricos que escribieron en español:

“Esas olas que nunca terminan.”

Al abrir Ciudadano del aire,

“El mar me llena, nadando voy en sus pestañas,”

hay que destacar tres puntos.

Primero, que el libro tiene dos dedicatorias. La primera, que la hermana de José Luis, Juanita, le dedica a Iván:

“En nombre de mi hermano te dedico este libro con mucho cariño.”

Y la segunda, de Iván:

“Para el que lo lea; si no tiene la sensibilidad en el corazón de percibir la realidad del mensaje, mejor lo devuelva [el poemario]. El mensaje lo envía un pueblo que sufre de una terrible ignorancia. Te amo Puerto Rico para siempre.”

Segundo, que es un poemario avalado por el poeta y crítico literario, también diaspórico, Alfredo Villanueva-Collado, en cuyo prólogo, “José Luis Colon Santiago el ciudadano de la palabra,” cartografía la estética del poeta ciudadano:

“También incluye la poética de Wiso la noción del poeta ventrílocuo: una garganta que se presta a ser la voz de los que la tienen pero no la utilizan…”

Tercero, que a lo largo del poemario quedan los comentarios escritos por Iván, “el lector de la esquina” que leyó El ciudadano del aire.

Comentarios como estos:

“Yo sobrevivo en el susurro de mis olas de Isla Verde”; “Hemos empezado a pensar con el estómago”; “Una vida: que me acompañe la noche. A ver si llego…”; “Las que se casan con Dios porque no hay dios que se case con ellas.”

Pero hay más. Hacia el final del prólogo, esta explicación de Villanueva-Collado,

“La poética de José Luis incluye una praxis de grupo,”

termina en una referencia rizomática, demasiado rizomática, que hace saltar las casualidades:

“Como individuo, [José Luis] fue más que generoso con los poetas que lo rodeaban… Fue él quien envió las muestras de poesía y cuento [de sus amigos] a Marcos Reyes Dávila, director de la Revista Exégesis.”

¡Increíble! Acababa de conocer a Marcos Reyes Dávila en la Casa Dominicana…

Cuando nos despedimos, el lector de la esquina sacó su libreta de la mochila con ruedas, escribió en un papel blanco su número de teléfono, su email y quedamos en mantenernos en comunicación.

Me quedé con las ganas de regalarle algunos versos de José Luis a Iván, sobre todo los más playeros, pues el lector de la esquina es un ser-marino que necesita el mar para respirar, pero no lo hice. Versos como estos dos:

“Nacer de pronto en medio de las algas”

y sobre todo este,

“Son océanos que llegan, peces terrestres.”

Y ello porque el Ciudadano del aire, como Iván, es también un pez-terráqueo:

“El mar me llena, nadando voy en sus pestañas,
Me busca siempre para abrazarme de pulpos.
De cuencas su bolsa de moluscos;
pechos concurrentes en el olvido.
Chispas, corrientes han sido sus tendones.
Evaporaos ceros sus músculos de espumas.
El mar se expande en los cartílagos;
Susurra, le canta a sus hijuelos.
Les dice mitos, les cuenta sus extrañas;
les adorna el recuerdo de corales.”

XIV De San Juan a Detroit

15 de enero (2019). Fin de unas navidades literarias, demasiado literarias. Decía José Luis, el pez terrestre:

“Hoy me he alejado de los libros, de los papeles embarrados de poemas.”

¡Vértigo! Desde la novela, Los mejores placeres suelen ser verdes, la realidad y la literatura basculan:

“Le parecía terriblemente insólito descubrir, a medida que avanzaba a través del denso follaje de las palabras, cómo ese personaje literario iba adquiriendo carne propia hasta convertirlo a él en su simple espejo de tinta y papel.”

La poesía de José Luis,

“En un chin cabe todo el verde del mundo,”

se engancha con la clorofila de Los mejores placeres suelen ser verdes:

“Quise corregir mis pupilas, / pensé en el verde como un amigo.”

Alucinante. En el proceso, el enganche entre la novela y la poesía resalta la peculiaridad del joven esclavo en la novela del litoral nórdico de la isla de Puerto Rico, María Madiba:

“tenía ojos claros, que en los días de lluvia se tornaban verdes.”

Resonancias transatlánticas inesperadas: Federico García Lorca,

“verde que te quiero verde… las cosas le están mirando / y ella no puede mirarlas” (1924),

se retuerce en su tumba (donde quiera que está se encuentre).

Irónicamente, una novela sobre un salsero, Hojas blancas, traspone los colores. No el verde de la clorofila, sino el blanco de la edad convertida en canas:

“Están cayendo / Hojas blancas en mi cabellera.”

Novela en la que, desde el principio, la vida habla con la muerte:

“Te escucho todos los días [Ismael], a pesar de que llevas muchos años apagado [muerto]. Pero jamás he dejado de escucharte.”

El salsero vivo [Andy Monatañez] se comunica con su maestro muerto (Ismael Rivera]:

“Desde que te fuiste, aquel día, un 13 de mayo de 1987, seguí escuchándote todos los días. Todos los días me susurrabas a mi oído, y me dabas fuerza e inspiración para seguir cantando. Porque todos hemos sido, aquí en nuestra tierra, allá en la tierra de ellos, a partir de tu voz, de tu canto, de tu experiencia.”

15 de enero. Fin de unas vacaciones que no podían sino terminar, en el vuelo de San Juan a Ft. Lauderdale y de este a Detroit, con la lectura de una novela mítica:

“Yuké, la Tierra Blanca, proveía y a la vez exigía. La vida entera giraba en ciclos de luna” (2018).

Una lectura que, según me alejaba físicamente de la isla, me llevaba a las raíces de la identidad mítica:

“Camarón Negro permaneció en el estanque durante días. Por varios ciclos de luna, le había angustiado lo que podría ocurrirle a la humanidad, a Yuké, a los seres de la isla entera de Boriquén. Era la raíz de la vida y permanecía a la escucha” (2018).

Más artículos del autor
* Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua castellana, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995), Pedreira nunca hizo esto (2007), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014). Miembro de LoQueSomos

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