Ni de derecha ni de izquierda. Reflexiones sobre el peronismo

Hace unos años atrás, un profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid dio una charla, para los afiliados a Izquierda Unida en San Fernando de Henares,  sobre política sudamericana. Comenzó afirmando que no se puede juzgar la política de los países sudamericanos con los conceptos europeos de derecha y de izquierda.

En 1945, tras haber participado en dos golpes de Estado militares, el fascista del General José Félix Uriburu en 1930 y el del grupo denominado GOU en 1943 el Coronel Juan Domingo Perón, afincado en el por él creado Ministerio de Trabajo, que era hasta entonces sólo una secretaría, tras haberse cargado al sindicalismo anarquista y comunista (maximalista, como le llamaban) para formar a su medida un sindicato único, accede a la presidencia de la república por el voto popular.

Hasta aquí parece todo muy claro. Un militar de corte fascista, fascinado con Benito Mussolini tras un viaje a Italia, partícipe, como ya he dicho, del primer golpe militar en el país dado por quien fuera el introductor de la doctrina fascista en Argentina, toma el poder de la Nación. ¿Habrá que esperar de él un nuevo Mussolini, un nuevo Hitler, un nuevo Franco?

Su gobierno se vestirá de la pompa fascista: culto a su persona: grandes carteles, gigantescas fotografías de él y de su esposa, Eva Duarte, organización de manifestaciones multitudinarias, elocuentes y pasionales discursos. ¿Habrán persecución permanente y masivos asesinatos de sus opositores? ¿Estarán todas las cárceles del país repletas de disidentes?

Ni más ni menos que cualquier gobierno democrático, y hasta menos que muchos. El ya General Perón se habrá de definir años después así: Soy un león herbívoro. Raro militar.

El General Perón tiene sobre sus hombros una cabeza que piensa. Raro militar. Es hábil, sagaz, seductor, de precisa oratoria, su rostro no trasunta prepotencia castrense sino envolvente simpatía. Será un gobernante socialista. En un país donde el obrero, el peón de campo, el inmigrante pobre, son ciudadanos de segunda, mal pagados y sin derechos (en el año 1920,en la Patagonia argentina, un grupo de obreros organiza un levantamiento para solicitar apenas unos mínimos derechos y es reprimido por el Teniente Benigno Varela tras varios cientos de muertos. ¿No recuerdan la película «La Patagonia rebelde»), él aumentará sus salarios, creará un estatuto del peón de campo, obra social gratuita, viviendas para los necesitados, etc.

Se podrá decir que todos los fascistas, dueños del poder absoluto de su país, han hecho obra social. ¿No lo hizo Hitler? ¿No salió Mussolini de las filas del socialismo italiano? Cierto. Pero Perón no concluyó en una guerra de conquistas, Perón no tuvo nunca el poder absoluto. A la oligarquía de entonces y a su amplio sector de militares no les gustaba que se le diera derechos a la «chusma», habituados desde siempre a una mano de obra barata, sumisa, obediente, que les permitía cultivar la tierra y criar ganado a muy bajo costo, para venderlos luego a Inglaterra y comprarles, a precios exorbitantes, productos industrializados. Estábamos en la llamada Argentina agrícola-ganadera, donde sobraba el dinero como para tomarse el trabajo de industrializar el país.

Será esta oligarquía y sus militares los que lo derrocarán en 1955. Ni vencedores ni vencidos, dirá el General Lonardi en su breve paso por la presidencia, breve hasta que propone elecciones presidenciales en las que no se prescriba al peronismo. Lo sucederá el General Aramburu, aquel que será años después juzgado y ejecutado por el grupo revolucionario Montoneros, quien llamará a unas elecciones hechas a la medida de los golpistas.

Pero el peronismo no fue sólo Perón. En el año 1944, cuando es Ministro de Trabajo y vicepresidente en el Gobierno del General Edelmiro Farrel, un terremoto en la ciudad de San Juan la deja casi por entero destruida. Se organiza una campaña de recolección de fondos para ayuda de los damnificados en la que participa, y en ella conoce a una actriz de radio, que ha hecho también unas breves apariciones en cine, Eva Duarte.

Si el General Perón es un militar pacífico, diplomático, ladino, «Evita» es una mujer de armas tomar. Y que además las tomó. Si en un momento no la detiene su marido, reparte armas entre el pueblo, que ha hecho traer adrede. Apasionada, resentida (es hija bastarda de Juan Duarte, un terrateniente que tiene dos familias, la oficial y otra paralela con su madre, Doña Juana Ibarguren)descarga su ira santa, y hasta justa, contra la oligarquía argentina, al punto de llevar a prisión a la honorabilísima señora directora de la Sociedad de Beneficencia, y al tiempo despliega una sincera e infinita misericordia con los «cabecitas negras», la gran clase oprimida del país.

Mente y pasión harán del peronismo un híbrido extraño. Si la campaña a la presidencia de Perón estará en gran parte financiada por la banca alemana, bajo la dirección de Ludwig Freude, si Perón refugiará en el país y les dará nueva identidad a jerarcas nazis salidos del Vaticano, en lo que se llamó «la fuga de las ratas», si tendrá una «entrañable» amistad con el General Francisco Franco, por otro lado lo llevará al fin a la perdición la ley de divorcio y su propuesta de separación de la Iglesia del Estado (Argentina sigue siendo un país confesional).

Evita se deslumbrará por el lujo en los primeros tiempos de la presidencia de su marido, para llegar al fin de sus días a una gris sobriedad. Morirá con revolucionaria humildad, exhortando hasta el último momento al pueblo argentino a seguir en lucha por los derechos que iban conquistando. Si tendrá en España, durante su viaje por Europa, arrumacos con el General Franco, se dará el gusto de hacerles desaires a él y a la «Collares».

Esta «extraña pareja» marcará la política de la Argentina hasta el presente. De sus particulares contradicciones surgirá un peronismo de extrema derecha, como el de la Alianza Restauradora Nacionalista de Guillermo Patricio Kelly, y de extrema izquierda, como el de John William Cook, que propondrá la revolución marxista de la mano de Fidel Castro.

A todo esto, el general Perón, con su hábil dialéctica, responderá sobre esta paradoja de su política:

-Tengo dos manos, la derecha y la izquierda, y las dos las necesito para trabajar.

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