Ni olvido ni perdón

Nònimo Lustre*. LQS. Noviembre 2019

¿Es posible ser feliz en la cárcel? Es raro pero es posible. Si exceptuamos a los que aspiran al martirologio –esos que entienden el encierro como contribución personal a la Causa-, a los sadomasoquistas –o masoquistas solamente-, y también a los que no conocen otra vida que la carcelaria –los presos perpetuos, muchos de los cuales ya nacieron enjaulados-, esporádicamente es posible ser feliz entre rejas. Mejor dicho, existen días talegarios en los que la felicidad desborda la miseria, la tortura física, el desánimo, el aburrimiento y la humillación. Hoy celebramos uno de esos días porque hoy se cumple el 44º aniversario de la muerte de Franco.

Pese a estar en el talego, aquel 20 de noviembre de 1975 fue uno de los días más felices de mi vida. Servidor-de-dios-del-diablo-y-de-usté, todavía no tenía 30 años pero ya estaba cumpliendo la segunda condena que me había impuesto el TOP, el inicuo Tribunal de Orden Público –hoy, Audiencia Nacional. Por casualidad, esta vez había pasado por media docena de cárceles para, al final, recalar en Palencia, un penal decimonónico de piedra berroqueña y ladrillo que no tenía ni un cristal sano -detalle importante, en primer lugar porque aquellas cárceles no solían tener cristales y, en segundo lugar, porque eso significaba que el frío palentino de finales de noviembre se nos colaba hasta los huesos.

Pero, visto desde el júbilo, ese gélido ambiente del rastrillo para dentro, nos venía de perlas para mantener en perfecto estado de consumición las viandas perecederas –ay, el ubicuo langostino- que estábamos acumulando clandestinamente en vísperas del felicísimo óbito del mayor Genocida que haya conocido la Historia de España. Ni teníamos neveras ni las necesitábamos; en cuanto a los licores, por gracia del Cielo, su punto de congelación es insondable. Habrá quien se extrañe de la importancia que doy a la comida y a la bebida. A semejantes lerdos les preguntaría, como presos, ¿qué otras fuentes tenían nuestros sentidos más elementales salvo la satisfacción gastronómica? Quizá por ello, hoy me parece entre ridículo e insultante la constante emisión de espectáculos culinarios que aturde a este país de nuevos ricos-pobres. Dicen los más psicoanalíticos de sus programadores mediáticos que los espectadores se resarcen así de un pasado de mendrugos y tocinos pero, a mi humilde juicio, con tanta cocina que más bien parece quirófano, están criando no sibaritas sino glotones.

También habrá quien crea que esperábamos la muerte del Genocida porque de tan fausto tránsito se derivaría alguna clase de beneficio penitenciario en forma de relajación de las exacciones diarias que nos infligían los guardianes o, incluso, que llegaríamos al extremo de conocer algún indulto –la amnistía era impensable. Pues claro, quien no se ilusiona es porque no quiere, en la cárcel y en la calle –y los presos tienen la obligación de quererlo. Pero la esperanza de un indulto era una fantasía mientras que la agonía del Generalísimo cagando “heces en melena” era un deleite escatológico en el doble sentido de la palabra pero, sobre todo, era un goce palpable e inmediato.

Los franquistas nos odiaban y nosotros a ellos. En su caso no era solamente el miedo a que los presos políticos en libertad les quitáramos una ínfima parte de sus abusivos privilegios –que también- sino el horror ante la posibilidad de quedarse sin su cotidiano objeto de sadismo. Es lógico: llevaban toda la vida satisfaciendo en nuestras costillas su canallería congénita y ese ejercicio psicopático les había llevado a un estadio de puerilidad gracias al cual se consideraban personas ‘normales’ y hasta héroes justicieros. Además, creían en la bondad de sus instintos más crueles con la naturalidad con la que un niño rompe el juguete de otro niño.

El paso del tiempo nos demuestra que el amoral infantilismo de los franquistas era tan constitutivo y tan profundo que hasta lo han transmitido a sus herederos –cualquier investigación epigenética corroboraría este aserto. De ahí la repugnante asimetría que preside sus protestas. Se quejan por sentirse oprimidos cuando homenajean a la media docena de sus dudosos ‘mártires’ mientras se olvidan de los millones de españoles a los que asesinaron, física o socialmente hablando. Ellos, los impunes, presumen de cristianismo pero “ven la paja en el ojo ajeno y no ven la viga en el propio”. Por ende, si no perdono a sus abuelos, tampoco encuentro motivos para perdonar a sus nietos.

En cuanto a Franco, le odio por los siglos de los siglos. Con un odio superior al que señala ese vocablo; con un odio que necesitaría inventar otra palabra para designarlo; con un encono perpetuo e ilimitado que se extiende a su familia directa e indirecta –otra vez la epigenética. Cuando vivía el Genocida, servidor sostenía que el planeta era demasiado pequeño para él y para mí. Hoy digo lo mismo por la sencilla razón de que su cuerpo ponzoñoso estará comido por los gusanos –hay que tener mal gusto…- pero su vampirismo de verdugo con charreteras sigue vivo y en ejercicio. Con esta declaración espero que a nadie se le ocurra hablarme de reconciliación ni, menos aún, de perdón.

Cuando entro en modo naturalista, admito sin ambages que hay formas de vida que son desagradables –desde las cucarachas hasta las víboras o los mosquitos- pero que son partes necesarias para mantener el ecosistema global. Mi panteísmo se dirige a los seres vivos pero no llega hasta ciertas subpersonas que, por obrar en contra de la sociedad humana y, sobre todo, por predicar la muerte, no considero entes ‘desagradables pero ecosistémicos’ sino letalmente cancerosos. Por ello, me molesta que se chismorree sobre su mononucleosis, su voz aflautada o su pequeña estatura, características todas ellas humanas cuando Franco está por muy por debajo de todas ellas puesto que Franco no tiene genitales ni laringe porque no es humano sino un colosal carcinoma que, en lugar de extirparse sin contemplaciones, viaja en coche blindado –diría lo mismo si se hubiera llamado Francisca. Además, odiar a sus sicarios franquistas de ayer y a sus herederos neofranquistas de hoy no menoscaba un ápice sino al revés el odio contra su Padre Todopoderoso y Trasgo jupiterino.

Algunos bienpensantes aducirán que el odio suele ser irracional, que no es tácticamente fructífero, que sólo genera frustración y que distrae de las peleas cotidianas. A estos, ateos de boquilla pero judeo-cristianos de hecho, les respondería que tal es el caso de los pusilánimes que no quieren reconocer que ellos también albergan odios profundos. Y así mesmo estamos todos los seres vivos por necesidad de sobrevivencia –al pájaro le repugna la culebra y al Homo sapiens, los microbios-. Pero, en el caso de Franco, ese ’odio profundo’ no tiene sentido porque la francofobia no se enemista con ningún ser vivo, así sea microscópico, sino contra el Espíritu del Mal encarnado, quizá por azar, en guisa de militar español del siglo XX.

Pero es que, además de no ser un odio vulgar y corriente el odio al Generalísimo, todo depende del uso que se le dé. Franco odiaba a la Humanidad en general y a los republicanos españoles en particular y ejercitó su rencor en los paredones y en el latrocinio de sus propiedades, especialmente de las físicas pero no menos de las sociales. Por el contrario, para nosotros el odio francófobo es fuente de vida y de alegría, de sexo consentido y sin culpa, de resistencia política y de buenos sentimientos, de paz y de convivencia. En suma, una fiesta cantarina que manifestamos en zambras de ingenio y, si se tercia, en camas redondas. Velay el abismo que separa al odio franquista, asocial, asesino y estéril, de nuestro odio, racional, sano hasta lo natural, terapéutico y regenerador -y pecador si fuera posible.

Tras esta larga argumentación, ¿ahora se entiende mejor que disfrutáramos con la muerte de Franco y que, 44 años después, disfrutemos más aún?… Y la que te rondaré, morena.

– Ilustración de Acacio Puig
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Un comentario sobre “Ni olvido ni perdón

  • el 22 noviembre, 2019 a las 08:10
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    Maravilloso artículo. No le quitaría ni una coma. Me quito el sombrero.

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