Arturo del Villar*. LQS. Mayo 2018

Por más tiempo que pase no podemos dejar de recordar que el lunes 26 de abril de 1937 la villa foral de Gernika fue arrasada por la aviación nazi, colaboradora muy eficaz de los militares monárquicos españoles sublevados contra la República. A las cuatro y media de la tarde un bombardero alemán nazi Heinkel apareció sobre la villa, y lanzó las primeras bombas de lo que se convertiría en un holocausto. Al carecer de valor estratégico Gernika estaba desprotegida, no tenía defensa antiaérea, porque su valor únicamente era y sigue siendo simbólico.
Inmediatamente cubrió el cielo una escuadrilla de aviones Junker 52, que continuaron el bombardeo. Las casas se derrumbaban entre llamas, y los gritos de sus habitantes quedaban acallados por el ruido de la destrucción. La población, desprevenida y despavorida, salió de las casas en llamas para buscar refugios seguros, sin encontrarlos, y caía muerta en las calles. Nuevas escuadrillas se incorporaban a la destrucción, tirando bombas incendiarias y explosivas. El humo y el polvo se elevaban hasta los cielos.
A las bombas siguieron las ametralladoras, para cazar a los ciudadanos que huían al monte. El Apocalipsis empezado se prolongó durante más de tres horas y media de horror, y la villa quedó convertida en una ruina humeante. Sin embargo, el árbol de Gernika, símbolo de las libertades vascas, seguía en pie, como una llamada a la esperanza. Esta criminal intervención de la aviación nazi fue un ensayo de lo que haría enseguida durante la guerra en Europa sobre otros lugares.

Advertencia para la rendición

La finalidad de todo ese horror era muy clara: amedrentar a los vascos, para incitarles a rendirse. Puesto que Gernika no era un objetivo militar, se la utilizó como aviso de lo que ocurriría en las demás localidades vascas, incluido Bilbo, el objetivo a tomar en esos días, si no aceptaban la rendición ante los rebeldes. El espíritu independiente característico del pueblo vasco no se arredró por ello. Esa misma noche el lehendakari Joseba Andoni Agirre habló por radio al mundo, para denunciar la barbarie cometida por los aviones nazis enviados a España por Hitler para ayudar a los militares monárquicos sublevados:

Ante Dios y ante la Historia que a todos nos ha de juzgar, afirmo que durante tres horas y media los aviones alemanes bombardearon con saña desconocida la población civil indefensa en la histórica villa de Gernika, reduciéndola a cenizas, persiguiendo con el fuego de ametralladoras a mujeres y niños que han perecido en gran número, huyendo los demás alocados por el terror. Pregunto al mundo civilizado si puede permitirse el exterminio de un pueblo que ha tenido siempre como ejecutoria más preciada la defensa de su libertad y de la secular democracia que Gernika, por su árbol milenario, ha simbolizado en los siglos.

El mundo que todavía conservaba algún sentimiento civilizado se horrorizó al ver las fotografías de la catástrofe. No obstante, el acuerdo de no intervenir en la guerra librada en España, para no indisponerse con las poderosas naciones nazifascistas de Alemania e Italia, colaboradoras de los militares rebeldes, impidió que los gobiernos tomasen ninguna decisión. El hecho de haber efectuado la destrucción aviadores alemanes demostraba que la guerra en España no era civil, sino internacional, como era sabido por todos, aunque todos fingieran ignorarlo.
La irritación escandalizada de las personas de bien, ya que no de sus gobiernos, demostró a los militares rebeldes que habían cometido un error al permitir a sus aliados nazis el bombardeo de Gernika. El llamado Cuartel General del Generalísimo en Salamanca dio orden de negar la intervención de aviones nazis, y achacar la destrucción de la villa a los republicanos. Resultaba absurdo por increíble, pero se utilizó como arma propagandística, admitida por los nazifascistas dispersos por el mundo, mientras las democracias se desentendían del asunto.

La desvergüenza del Abc

Le faltó el tiempo a la edición sevillana del diario archimonárquico y protofascista Abc para sumarse a la campaña. La edición madrileña se hallaba incautada desde el comienzo de la rebelión militar, para impedir que propalara falsas informaciones sobre las operaciones bélicas, e incluso consignas destinadas a los rebeldes. En Sevilla imponía el terror fascista el exgeneral Queipo de Llano, uno de los más criminales militares sublevados, con serlo todos. Se distinguió por llevar a cabo un genocidio de republicanos en los lugares conquistados.
Transmitía unas charlas nocturnas por radio, en las que unía mentiras y amenazas, que se publicaban al día siguiente en el Abc sevillano, convertido en portavoz de los rebeldes. El miércoles 28 de abril de 1937 reprodujo la charla de la noche anterior, en la página 12, y allí queda constancia del estilo característico del beodo exgeneral en sus alocuciones:

El canalla Aguirre ha dicho que nuestra Aviación ha bombardeado el santuario que veneran los vascos y el árbol de Guernica. Nada más lejos de la realidad, pues que por el chiribiri –viento característico de la región— la Aviación no pudo actuar. Una farsa de esa gentuza. Posiblemente es que ellos los habrán incendiado, como hicieron con Eibar, y ahora dicen que fuimos nosotros.

Al día siguiente, jueves, 29 de abril, en la página 8, se insertó una inmunda falsedad disfrazada de noticia con este título: “Guernica, destruida por el fuego de los rojos”, y este subtítulo del mismo jaez: “Las infames mentiras del criminal Aguirre”, en demostración del más abyecto modo de falsear la realidad como arma de guerra, con la añadidura de las descalificaciones insultantes para los adversarios. La mentira, fechada en Salamanca el 29 de abril a las dos de la madrugada, comienza así:

Queremos decirle al mundo, muy alto y muy claro, unas palabras sobre el incendio de Guernica. Guernica está destruida por el fuego y la gasolina. La han incendiado y la han convertido en ruinas las hordas rojas al servicio criminal de Aguirre, presidente de la República de Euskadi. El incendio se produjo ayer, y Aguirre ha lanzado la mentira infame, porque es un delincuente común, de atribuir a la noble y heroica Aviación de nuestro Ejército nacional ese crimen. […] Aguirre se ha sentido diabólico y ha preparado, en un alarde de histrionismo repugnante, la destrucción de Guernica, para endosárselo al adversario y buscar un movimiento de indignación en los vascos, que vencidos y desmoralizados no pueden ya reaccionar, en el caso de que puedan reaccionar todavía, sino merced a una gran convulsión de este género.

Es un ejemplo de la peor propaganda desinformativa de la realidad. Como complemento, en la pagina 9 se insertó un suelto titulado “Un comentario de la Prensa alemana sobre las falsas informaciones de los rojos”. Se reproduce un comentario del Berliner Tageblalt titulado “Propaganda contra Alemania para desviar la atención de las atrocidades rojas”, con los mismos argumentos, que repugna repetir. Y en las páginas 11 y 12 se reseñó la charla del exgeneral genocida Queipo de Llano, radiada la noche anterior, en la que volvió a negar la evidencia con nuevas tergiversaciones absurdas de la realidad:

Esta noticia se demuestra también, pues según los datos que poseemos el fuego ha sido prendido de abajo a arriba, y de dentro afuera, sin que se vean en las casas los agujeros característicos en los techos de las bombas de la Aviación. […]
Esta labor ha sido de los dinamiteros asturianos, que han empleado los marxistas, para después achacarnos tal crimen.

De modo que calificaba de crimen la destrucción de la villa foral, pero cometía la desvergüenza de achacársela a los mineros asturianos. Si no se tratase de un asunto tan criminal sería para reírse y no terminar.

El falso tertimonio de la Iglesia romana

Junto a los gobiernos nazifascistas de Alemania, Italia y Portugal, colaboró con los militares monárquicos sublevados la Iglesia catolicorromana, un presunto Estado de carácter totalitario. Tuvo como protagonista destacado al cardenal arzobispo de Toledo y primado de las Españas Isidro Gomá, más fascista que Mussolini. Está documentado que negoció con el exgeneral Mola la rendición de Bilbo, en donde contaba con fieles devotos de sus teorías. El militar rebelde murió en sospechoso accidente aéreo el 3 de junio de 1937, sin llegar a ver la conquista de Bilbo, realizada el día 19.
Este cardenal trabucaire redactó un dictamen para remitirlo al Vaticano, en el que cometió la felonía de afirmar que era falsa la información facilitada en los medios de comunicación europeos acerca de la destrucción de Gernika. Negó religiosamente que hubiera sido debida a un bombardeo de la Legión Cóndor alemana: “Los autores de la destrucción sistemática son los rojos, aleccionados por los rusos”, se atrevió a escribir en el comunicado, y aseguró que lo había comprobado él mismo. La Iglesia catolicorromana conspiró contra la República desde antes incluso de su proclamación.

Los testigos dan fe

La fe de que carecían los cómplices de los criminales la dieron, contra ellos, los testigos. El 4 de mayo habló por los micrófonos de Radio Bilbo el alcalde de Gernika, José de Labauria, en una conmovedora alocución, para condenar la destrucción de la villa foral y agradecer el apoyo facilitado a los supervivientes. Sus palabras, recogidas en los medios de comunicación vascos al día siguiente, contienen este juramento:

No y mil veces no. No fueron los gudaris quienes incendiaron Gernika, y si el juramento de un cristiano y de un alcalde vasco tiene algún valor, juramos ante Dios y ante la Historia que fueron los aparatos alemanes quienes inicua y sanguinariamente han bombardeado nuestra Gernika bien amada, hasta el punto de borrarla del mapa.

Aunque la jerarquía catolicorromana se alió con los militares monárquicos sublevados, como lo demuestra la vergonzosa Carta colectiva del Episcopado español firmada el inmediato 1 de julio, buena parte del clero vasco permaneció dentro de la más fiel ortodoxia evangélica, por lo que rechazó las falsedades difundidas por su jefe en España. Es sintomático que los rebeldes fusilaran a muchos curas vascos, acusados de ser independentistas, y no hayan sido considerados mártires de la fe por los sucesivos papas, incluido el actual Paco, que no cesa de hacer santos a los muertos por participar activamente en la sublevación. El 11 de mayo el vicario general de la diócesis de Bilbo, un canónigo y 19 curas, de ellos nueve testigos oculares del bombardeo, firmaron una carta colectiva dirigida al papa Pío XI, en la que afirmaban:

Que asimismo, el 26 de abril la aviación al servicio del general Franco, bombardeó y ametralló la venerada villa de Guernica, incendiando la iglesia de San Juan, dejando maltrecha la de Santa María, reduciendo a escombros casi todos los edificios de la villa, ametrallando sin compasión a sus habitantes cuando corrían despavoridos, huyendo de los derrumbamientos e incendios que les circundaban, y causando centenares de muertos.

No sirvió para nada la declaración de los testigos. La Iglesia catolicorromana deseaba el triunfo de los rebeldes, y los apoyó siempre, hasta celebrar unos grandiosos funerales a su jefe el dictadorísimo en 1975. El siniestro cardenal Pacelli, entonces secretario de Estado del ridículo Estado Vaticano, prefería aceptar que sus admirados aviadores de la Luftwaffe volaban por el cielo como unos pacíficos angelitos. Bien demostró su talante nazi durante la guerra mundial, cuando era conocido con el apodo de papa Pío XII.

Coacciones contra unas monjas

Un periodista vasco, Julián Zugazagoitia, que también ocupó cargos políticos, incluido el de ministro del Interior en un Gobierno leal, y siguió al minuto el desarrollo de la guerra, escribió un libro testimonial, Guerra y vicisitudes de los españoles, en el que se encuentra esta anotación histórica:

Después de esta destrucción salvaje [de Gernika], superior a lo que el lector imagine, los mismos aviadores alemanes bombardearon Durango. […] Una bomba destruyó una casa de religión femenina, matando a varias religiosas. Cuando la capital del Duranguesado fue de Franco, las religiosas supervivientes fueron coaccionadas para que testimoniasen que los bombardeos habían sido obra de los “rojos separatistas”. Resistieron las coacciones y se negaron a declarar otra cosa que la verdad. Esto les enajenó la simpatía de los vencedores, que llegaron a causarles molestias que no habían padecido con los defensores de la causa republicana.

Dado que ese libro, naturalmente, estuvo prohibido en la España nazionalcatólica, cito por la edición hecha en París en 1968 a cuenta de la Libre-ría Española, tomo primero, página 267. El testimonio confirma el cinismo de los rebeldes, que con el beneplácito de la jerarquía catolicorromana quisieron hacer creer al mundo que en España se libraba una guerra por causa de la religión. Ellos afirmaban ser los protectores de los religiosos y de sus templos, en tanto los republicanos se obstinaban en exterminarlos.
Pero la verdad histórica no puede ser falseada siempre. Y nuestra obligación es mantenerla avivada, para evitar que pudiera volver a tergiversarse.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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