Nuevos relatos de Daniel de Cullá

relato131Daniel de Cullá. LQSomos. Julio 2015

Sacrismoche

Mientras nuestros bandoleros y forrajeadores entrar entran y salen a saco, tengo presente al sacrismoche, saco de tonterías, de vulgaridades, amigo del chantre Aparicio de la Catedral vieja de Salamanca, caritativo y perseguidor, escoriado en su amor por la calentura en la punta de su capullo armado de todas armas, que la beata Concha entendía “amado de todas las almas”.
Cristiano honrado del culo, con lampacilla con una torcida para alumbrar el ano en la iglesia, su casa, con olor a crucifijo de madera que el obispo don Jerónimo regaló y clavó en las aristas del crucero sacro, la última de las vértebras de la espina dorsal, digno de nota exclamó:
-Antoñito, ven acá, hijo amado, que tengo que enseñarte un pajarito, mientras el padre está en misa en sacudidora mística para quitarse el polvo de una erección.
-Venid pajarillo, dijo el chaval, apodérate de Jerusalén y pon fin al reino cristiano
-¿Qué tal, Antoñito?, preguntó el sacrista, gozando el detalle del cuerpo inferior del patio del colegio del Arzobispo.
-Muy bien, sacrista, respondió el chaval, le he encerrado dentro de mi habitáculo. Y se tiró un pedito.
-Estupendo, chaval, exclamó. Tú que pitas, pitarás, ruante, que pareces el pavo representado en el escudo heráldico con la cola abierta.

La ladilla y la centolla

Danielón y Jesusón son dos amigos alternativos que alternan con frecuencia el bar musical “El Baúl de la Piquer”, y la cantina “El Patillas”, en Burgos; baretos situados entre Calle Trinas y Calle Calera. Frente a ellos se encuentra la residencia de estudiantas y colegio “Las Reparadoras”. Al lado derecho de “El Patillas” se encuentra la parte posterior del Museo de Burgos, lugar donde se pueden ver fósiles, materias orgánicas petrificadas por la acción del tiempo, y monedas antiguas falsas. Este Museo es indicativo del propio terreno burgalés, que no es más que un fósil francofascista. Al lado izquierdo de “El Baúl de la Piquer” hay un edificio con un piso fornicario.
Un “gran hombre”, llamado así porque es más ancho que largo, que corre delante y por dentro de los dos baretos, que ha establecido como escenario de su teatro de la vida, graciosillo él, les ha informado de que en la Avenida de los reyes Católicos hay un edificio con un piso donde se fornica con robustez, recio y trabado de miembros. Que las chicas son “fermoselles”, dignas del atalaje de una cabalgadura o bestia de tiro.
Ellos han ido como conjunto de correas de un soldado que va a veranear a Afganistán o Irak , no sin antes ponerse en contacto por móvil para conocer el lugar donde, una vez llegados, deberán volver a llamar desde su portal para que se les abra la puerta a medio par.
Una vez arriba, en su recibidor, como si fuera plaza donde se trata el negocio, les ha recibido una divinidad pública, oyéndoles y determinando el litigio del porqué han venido los dos, pues tienen que venir de uno en uno con el dinero por delante y elevada excitación. Hablando con la administradora del fornicio, opuesta a la joven que les ha abierto y más distante que ella, ha consentido pasaran a la alcoba, para llegar a un acuerdo a modo de arrendamiento enfitéutico muy usado en Galicia.
Al preguntar Jesusón, más fornicario él, el canon o pensión que se paga en virtud de la fornicación, ella le ha dicho que 30 Euros quince minutos, a lo que él ha respondido: “Yo no te doy más que un Euro”. Ella con una forqueta pequeña, horca de adorno de aventar la mies, casi le da en la calva, pero asintió, “ya que estáis aquí”, como dijo, pasarle la cosa por el forro foso de fornicación, bosque o selva enmarañada. Danielón se quedaría de miranda, de mirón, pues no llevaba un euro.
El roce de los dos despedía de sí luz semejante a la del fósforo en la semioscuridad. Al terminar la virtud cardinal del fornicio, entregado el óbolo, medida de medio escrúpulo, Jesusón le dijo que él se llevaba de ella una ladilla, cierto insecto parásito, a lo que ella le espetó, a la defensiva “que de estas mismas ladillas se llevaron reyes, príncipes y personajes”, y que qué esperaba de esta su divinidad gentílica que distribuye ciegamente el bien, pues no pensaría con razón y derecho que por un Euro se llevase de regalo una centolla.
Los dos salieron y bajaron en el ascensor. Jesusón, dentro del ascensor, se miró el miembro que le picaba para averiguar si era o no fosforescente.

Tocame los cojones, Romanones

Fingen este cuento:
Que en tiempo de Alvaro de Figueroa, conde de Romanones (Romanones es una villa en la provincia de Guadalajara), era costumbre arrojar a la cara esta expresión a los políticos que se las daban de mentirosos, apropiadores y encarecedores, pues el conde era muy dado a exclamar en los hemiciclos: “No me toques los cojones”, por lo que a esto le añadieron lo de Romanones. Curiosos muy guardados lo confirman.
Lo mismo pasaba con una marquesa, en Madrid, de Jerez de los Caballeros, a quien acompañaba siempre un clérigo confesor apellidado Porras, que decía con ambigüedad donde entraba: “Aquí vengo con Porras”, y la gente contestaba por lo vaginis (de vagina): “para tu culo”.
Cuentan que el reverendo, después de follarse un día un palomino en una posada, en Granada, visitada, también, por la secta clerical de Los Romanones, le preguntaron a qué le supo el palomino, y él contestó “ a niño de coro”, y que se tuvo por contento; diciendo, sin venir a cuento, “ y añadir por mi parte también debo lo que me decía la marquesa, cuando tan bien ha comido y me ha llevado a su siesta: “ay qué joder, decía la marquesa, teniendo en mi mano esta picha bien tiesa”.
En la Vida, hay sujetos y sujetas destinados a estos efectos, que bien pueden servir para la historia universal del entendimiento humano. Lo mismo que pasa con esos sujetos destinados a hacer política, que su Rebuznar es por uso, moda y sin maestros. En los congresos y en los templos de la Tele les vemos tan Rebuznantes ellos, que a sus gentes les agrada y les contestan a coro.
Lo mismo sucede en las fiestas patronales del Cura Asno, en las que, según los diarios y noticiarios, “sobre el culo de una gavilla de inocentes han metido el falo de su fe abriendo una larga procesión de abrazos, Rebuznando”. Que esto agrada al pueblo sacrosanto, pues si no, no quisieran tener estos curas al pedo Rebuznantes en los templos y, sin embargo, dicen para perdonarlos: “son humanos tales bellacos. Que Jesús amó más a Juan que al turbión de Pedro. Estos son hechos confirmados”.
“Que el Rebuzno del clerical Asno nos salva y nos bendice, aunque incrédulos e ilusos digan lo contrario y sólo vean los anales en la historia sagrada del tiempo”, exclama en misa mayor el morrudo misacantano, que no entiende la misa más que en su misal, mientras las beatas asisten a ella, contentas de oír su misa y alegres de cocer olla pensando en la noche de sus bodas, recordando lo que decía la marquesa que parece tomado de la gallina que cantó al gallo de Pedro.

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