Otra ruta de la seda

Nònimo Lustre*. LQS. Junio 2021

La biopiratería o apropiación indebida de vegetales y animales es un delito que se ha practicado desde la domesticación de algunas especies hoy básicas para la reproducción del Homo sapiens -pongamos convencionalmente que hace 10.000 años. Básicamente, se biopiratea de dos maneras: 1) por deslocalización seguida o no por sustitución sibilina por especies próximas –robo y contrabando de capullos de seda y, en América, la suplantación que observaremos más adelante-, y 2) por el registro de patentes al que se suele unirse el uso torticero de la propiedad intelectual –desde la patata hasta la ayahuasca. Aunque en este momento no lo trataré, también podríamos entender que el exterminio de una especie es el ejemplo extremo de la biopiratería –en África, el ave dodo.

Desde el punto de vista estatal, la biopiratería engloba dos variedades a menudo separadas por una frontera porosa: la biopiratería efectuada por las instituciones estatales –el caucho amazónico- en cuyo caso deberíamos denominarla como biocorsaria –la seda americana que analizaremos en este ensayo- o biopiratería propiamente dicha cuando es perpetrada por agentes privados –la empresa Monsanto. Por supuesto, pese a que queda fuera de este ensayo, mencionaremos de pasada que también existe el caso contrario: la creación de dudosas nuevas formas de vida -resurrección por clonación de especies extintas en la Naturaleza, un fenómeno de moda que, a menudo, desbarra en la formación de quimeras imposibles como el soñado cruce del Homo con monos póngidos.

Porque fue evidente el papel del Estado –en este caso, el Imperio español-, en la aniquilación casi completa de la seda autóctona de las Américas, entendemos que es un caso biocorsario aplicado en la suplantación de las materias primas (gusano y morera) por otras especies relativamente próximas.

Dos casos famosos de biopiratería corsaria

Hasta el año 550, toda la seda tejida en Europa procedía de Asia. Pero por aquél entonces el pío emperador Justiniano –o su esposa, la igualmente pía Teodora-, envió a dos monjes de la Iglesia nestoriana [también llamada asiria; hasta Gengis Kan, había más cristianos al este de Damasco que en el oeste mediterráneo] a China donde robaron semillas de morera y huevos de gusano de seda, los ocultaron en sus bastones y los llevaron a Bizancio. La seda pirateada fue cultivada exitosamente en el huerto de un convento de los montes Athos. Los monopolios chino y persa llegaron a su fin. Con la expansión del Islam, el gusano de seda llegó a Sicilia, España… y luego a las Yndias.

Trece siglos después de aquel bizantinismo industrial, Europa volvió a las andadas criminales esta vez apuntando a la Hevea, madre del caucho. En 1879, el botánico amateur y aventurero profesional sir Henry A. Wickham, consiguió robar unas 70.000 semillas de Hevea que finalmente fueron aclimatadas en los ínclitos Kew Gardens donde germinaron 2.800. Desde allí, fueron enviadas a las posesiones británicas en Asia de manera que, en 1883, el caucho británico-asiático comenzó a competir ventajosamente con el caucho amazónico hasta que eventually consiguió eliminarlo del mercado. Aquella biopiratería fue corsaria de arriba abajo, desde la contratación oficial de Wickham hasta la intervención del cónsul inglés para esconder las plántulas en el barco SS Amazonas pasando por la prioridad absoluta del tren que las llevó desde Liverpool hasta Londres.

La materia prima

La mora o morera americana: es digno de subrayar que, antes de que la morera euroasiática fuera introducida por los Invasores, en las Américas existía una variedad autóctona de morácea: la Morus celtidifolia, de la familia Moraceae, un árbol que alcanza seis metros de altura. Es conocida vulgarmente como Texas mulberry, morera de tejas, moras de tejas, morera de hoja pequeña y morera de montaña. Original del Suroeste de América del Norte, se extendió hasta el norte de Argentina. Su fruto es comestible; en tiempos prehistóricos –o simplemente pre-Invasión-, los indígenas Havasupai la introdujeron y consumieron en el Grand Canyon.

El gusano o mariposa: el Bombyx mori es un lepidóptero que fue domesticado a partir de la polilla salvaje Bombyx mandarina, que se extiende desde el norte de la India hasta el norte de China, Corea, Japón y las regiones más orientales de Rusia. Aunque existen 500 variedades de otras especies seríferas, la B. mori es la más extendida, y la conocida habitualmente como gusano de seda.

Su influencia en la moda

Dícese que, hace 4 o 5.000 años fue domesticado en China. Al final de su metamorfosis, la mariposa doméstica no puede volar y ha perdido su capacidad para sobrevivir en condiciones ambientales extremas. A pesar de lo cual, sus nuevas características hacen que la seda tenga ventajas sobre otras fibras naturales, como el algodón, y algunas fibras sintéticas, como el kevlar 49, superándolas en fuerza tensil y elongación, además de ser menos densa. Como es el signo de este tiempo, se están experimentando alteraciones genéticas: “Actualmente, los laboratorios KB han modificado genéticamente gusanos de seda, incorporando proteínas de la seda de araña. Su objetivo es la producción masiva de seda de araña artificial, que podría ser utilizada para fabricar productos de gran resistencia y ligereza, como chalecos antibalas, materiales para vehículos y equipos deportivos, incluso nuevos materiales de construcción.” Datos complementarios: 500 metros de hebra pesan únicamente 130 miligramos. China produce 70% de la seda del mundo.

Biopiratería contra las Yndias mexicanas

Navegando por el extenso océano de la biopiratería por patentes, encontramos una curiosa relación de especies mexicanas pirateadas por algún Estado pero, sobre todo, por empresas privadas. Velay:

  • Pozol: La bebida ancestral consumida por los mayas, que está patentada por una empresa trasnacional holandesa y por una universidad estadounidense.
  • El caso del frijol “enola”, cuyo propietario lo compró en México en 1994 y dos años después presentó una solicitud de patente monopólica exclusiva en Estados Unidos.
  • El barbasco Discoria composita, planta trepadora originaria de Veracruz, Tabasco y Puebla, y de cuyo tallo se extraen las sapogeninas esteroidales para preparar las píldoras anticonceptivas, patentada por Marker.
  • La patente del procedimiento para aprovechar la corteza tostada del tepezcohuite de Chiapas (una planta utilizada originalmente por los mayas para tratar las quemaduras por sus propiedades antiinflamatorias, antibacterianas, anestésicas y regenerativas de la epidermis) fue obtenida por el doctor León Roque en 1989 y a partir de entonces los precios de la planta han aumentado y el recurso se ha agotado, lo que ha afectado a los campesinos indígenas.
  • La tradicional flor de nochebuena, originaria de Taxco, Guerrero, fue llevada a Estados Unidos, en donde fue mejorada genéticamente y patentada.
  • Una variedad del maíz mexicano patentado por Mosanto
  • El chicozapote, árbol de donde se obtiene el chicle, patentado por una empresa transnacional estadounidense.
  • El nopal: en 2012, dos centros científicos mexicanos revelaron que los nopales podrían ser patentados por los chinos. No existe un certificado de denominación de su origen.

Eché en falta que en este memorial de agravios no estuviera incluida la seda. De ahí que me interesara investigar si la seda aborigen mexicana fue también biopirateada desde antes de los atracos mediante patentes, modificaciones genéticas –y extinciones forestales. Y claro que lo fue, igual que lo fueron otros territorios de Yndias. Y, además, los piratas estaban dirigidos desde el Imperio –eran corsarios- puesto que el plan de la conquista bioimperialista estaba trazado desde que la Invasión fondeó en las islas del Caribe:

García Icazbalceta encuentra que desde 1503, diez años después de la primera noticia del descubrimiento de América, la Corona ya daba a Nicolás de Ovando la instrucción Lo que vos, Fray Nicolás de Ovando, Comendador de Lares de la Orden de Alcántara, aveys de hazer en las Yslas e Tierra Firme del Mar Océano, donde [vays] a ser nuestro gobernador. Un grueso expediente donde, entre otras muchas, le conminaba a que «introdujese la granjería de la seda en la Isla Española». En consecuencia, la flota de Ovando tenía que llevar a un artesano especializado. Tal honor le correspondió al toledano Francisco de Aranda, tejedor de seda. Quine se embarca en buenas condiciones laborales puesto que “Lleva un contrato para servir a Gonzalo de Ocampo, por tres años. A cambio, éste le ofrece 3.000 maravedís de salario anual y el 10% del oro que extrajese” (cf. Mira Caballos, Esteban. 2014. La gran armada colonizadora de Nicolás de Ovando, 1501-1502. ISBN: 978-9945-8914-8-5)

Riñas de campanarios

Antes de adentrarnos en el proceloso sumidero de los cronistas de Yndias, debemos recordar que los franciscanos y los dominicos mantenían una guerra abierta que se dilata hasta la actualidad, ahora lidiada en la campa del relato histórico. Si el autor buscado es de los primeros, su versión diferirá de la versión dominica. Lector, avisado estás.

Fray Juan de Zumárraga OFM (franciscano) está considerado como el introductor de la seda en México. Este renombrado obispo, puso sus ojos –quizá pezuñas-, en la Mixteca -como pocos años después haría Motolinía- invadida en 1.529. Y propuso que se trajeran moriscos para enseñar a los indios las técnicas sederas. El venerable Zumárraga es mentado porque, según Wade Davis, mediante auténticos autos de fe, fue el responsable de la quema de miles de códices aztecas referentes al uso ritual del peyote y otras plantas de uso sagrado y medicinal. Bueno, se envició quemando brujas en Euskadi así que, quemar libros no es tan grave [qué digo, los códices se quemaban junto con sus libreros] A cambio, encontró al indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin y, tras tan sagrada epifanía, levantó el mito de la Virgen guadalupana -ante cuya imagen han alucinado muchos más millones de peregrinos de los que, en cinco siglos, se han extasiado con el peyote.

Sin embargo, por su parte, los cronistas dominicos atribuyen la introducción de la seda a su orden, por medio de fray Domingo de Santa María y fray Francisco Marín.

Los cronistas de Yndias

La presencia de ciertos gusanos productores de seda, diferentes del chino-persa, siciliano, ibérico, castellano, etc., fue observada en México por los siguientes Cronistas:

El franciscano fray Toribio de Benavente o de Paredes, Motolinía, escribe en 1.536: «en esta tierra, antes que la simiente viniese de España, yo vi gusanos de seda naturales y su capullo, mas eran pequeños y ellos mismos se criaban por los árboles sin que nadie hiciese caso de ellos por no ser entre los indios conocida su virtud y propiedad» [algo conocerían puesto que los criaban; además, los morales son árboles que necesitan cuidados, si había muchos es señal de que la sericicultura indígena era una disciplina muy trabajada]

Como polo de desarrollo de la industria sedera, recomienda la Mixteca (Mixtecapan) porque: “es tierra muy doblada y rica, adonde hay minas de oro y plata, y muchos y muy buenos morales, por lo cual se comenzó a criar aquí primero la seda. Y aunque en esta Nueva España no ha mucho que esta granjería se comenzó, se dice que se cogerán en este año más de quince mil libras de seda, y sale tan buena, que dicen los maestros que la tratan que la tonozti es mejor que la joyante de granada, y la joyante de esta Nueva España es muy estremada de buena seda [por el contrario, la peor seda era el sirgo o seda de Castilla]

“Dicho tengo tres cosas de notar: la una, poderse avivar la semilla sin ponella en los pechos ni entre ropa, como se hace en España [las castellanas, incubadoras de gusanos]; la otra, que en ningún tiempo se mueren los gusanos, ni por frío ni por calor, y haber en los morales hoja verde todo el año, y esto es por la gran templanza de la tierra… se podrá criar seda en cantidad dos veces en el año y poca siempre todo el año”.

Motolinía –el pobrecito en náhuatl-, no deja de salpicar su Historia con acotaciones indigenistas: “Cuánto más obligados serán a estos pobres indios, que los deberían regalar como a gusanos de seda, pues de su sudor y trabajo se visten y enriquecen los que por ventura vienen sin capas de España.”

Continúo. Según Torquemada, Alonso de Ojeda vio en la casa donde fueron alojados los castellanos por orden de Moteculizoma «costalejos de gusanillos», palabra que se usaba para designar a los que producen la seda.

Francisco Hernández, el gran proto-médico de Felipe II, describe dos gusanos, ichcatzin y temictli. Del primero dice es un gusano a la manera de los de la seda.

Pupas comestibles del gusano de seda

Bernardino de Sahagún apunta una ¿confusión? con los verdaderos gusanos de seda: «A los brugos [Larva de un lepidóptero pequeño y nocturno, devorador de las hojas de las encinas y los robles. Larva de una especie de pulgón] que se crían en los cerezos o en otros árboles, llaman capolocuili; éstos hacen capullos en los árboles, comen toda la verdura y vuélvense mariposas; no se comen.» Digo confusión porque las pupas de la seda se comían, se comen y hasta se comercian por internet.

Alonso de Molina traduce la palabra seda ocuiliepatl, compuesta por las voces ocuilin, gusano e icpatetl hilo –i.e, hilo de gusano. El gusano de seda, según él mismo, era llamado tzauhquiocuilin, gusano hilador. El capullo de gusano de seda, cochipilotl o calocuilin, casa de gusano. Algunas de estas voces se formaron después de la introducción del gusano en la Nueva España; sin embargo fueron adaptadas a voces nahuas.

La sustitución de la Tradición –afortunadamente, incompleta

No cabe duda de que esta piratería corsaria fue planificada con dinero y esmero; y que fue exitosa –erradicar viejas moreras es fácil cuando tienes detrás a un arcabucero. Una vez asentada la constatación de que existió la seda autóctona, teniendo en cuenta el origen de los términos enumerados y, aún más en cuenta, la última frase del parágrafo anterior, tendremos que observar cuidadosamente si los términos indígenas para el proceso de la seda que observaremos a continuación son realmente autóctonos o bien son adaptaciones. El tema no es baladí porque puede indicarnos el grado de sustitución de la Morus celtidifolia así como de las variaciones en el Bombyx mori.

Primera demostración de que la Invasión fue un emprendimiento corsario pues fue planeada desde la metrópoli imperial: en las instrucciones de Ovando (ver supra) se lee claramente que los invasores tenían órdenes para introducir la seda, independientemente de que, con mejor o peor calidad, la encontraran entre los amerindios de la Tierra Firme.

¿Cuán mexicana es ésta seda mexicana?, ¿es castellano-oriental o indígena?

Tergiversación actual dirigida al vulgo mediante el bombardeo mediático-académico: se escribe en internet que “En Oaxaca se tienen registros de la existencia de moreras y de gusanos de seda desde antes de la Conquista, sin embargo, no se conocía la sericultura”. ¿Quién puede creer que los amerindios criaban esos gusanos pero sin saber para qué servían? Corolario específicamente destinado a edulcorar la Invasión: “Aunque se tiene registro del uso de seda silvestre desde la época prehispánica en esta zona de Oaxaca, esta tradición se consolidó durante la colonia”. Es decir, que los súbditos imperiales no destrozaron nada, sólo hicieron ‘adaptaciones’. Ahora bien, ¿cómo se consolidó? Aquí está el quid de la cuestión; es evidente que se consolidó aniquilando las viejas materias primas y sustituyéndolas por las importadas. De ahí que leamos apud Motolinía: “Ya desde la época colonial se permitió plantar 100 mil moreras en las zonas de Tepexi (en Puebla) y Oaxaca para ser utilizadas en dicha industria.” Es obvio que esos miles de moreras ocuparon el lugar de las moreras tradicionales. Más aún, ojo con la redacción porque no es que ‘se permitiera’. Es que los colonos estaban obligados a cumplir con la planificación que la metrópoli había ordenado desde décadas atrás, desde que las mesnadas castellanas todavía no habían salido de las islas caribeñas.

Así llegamos a la actualidad, cuando en México se logra cultivar la morera importada (Morus alba) y su fruto, la mora, se emplea en la producción de mermeladas. Lo cual nos lleva a una fase mixta de coexistencia asimétrica entre viejas y nuevas especies. Por ejemplo, en Coyoacán, Ciudad de México, se cultivan dos tipos de capullos: el criollo (cuyo nicho natural es la Sierra Norte), y el mejorado, fabricado por los gusanos alimentados con morera injertada.

La seda autóctona (salvaje), hoy

Códice de Texupan

En Zacapuaxtla se le llama cuauhtaseda a la seda silvestre y en Ñundaá o Texupan se le llamaba en español seda. La historiografía de Santiago Tejupan o Texupan, de acuerdo con las fuentes primarias, ha incluido a la comunidad como un lugar importante en la producción de grana cochinilla y seda, y como sede de uno de los cacicazgos indígenas más importantes de la época precortesiana, que cuenta con un códice y una relación geográfica de finales del siglo XVI. Pero, en el siglo XVII el descenso de mano de obra y el ingreso de seda oriental, entre otros factores, ocasionó que el desarrollo de la sericultura fuera decayendo. Por ello se tuvieron que buscar nuevas formas de sustento, como la cría del ganado menor.

En la actualidad, algunas comunidades indígenas de Oaxaca y Puebla producen un tipo de seda salvaje con la fibra obtenida de especies autóctonas (cf. Sayer, Chloé. 1988. Mexican Textile Techniques, Shire Ethnography, Aylesbury) Y según narra Woodrow Borah en su ensayo Silk Raising, la práctica indígena a pequeña escala no desapareció entre los indígenas que producían una seda descalificada comercialmente como ‘de baja calidad’ tildada por ello con el despreciativo término de “hiladillo”. La Invasión continúa en los supermercados.

Del hiladillo a la seda indígena

Y, para finalizar, una ráfaga sobre el Japón tradicional: el llamado gusano del roble (yama mayu) de Japón es el mejor productor de seda salvaje, tusor o tussah. Urde un magnífico capullo de color verde que cuando la conocieron los ingleses, hacia 1860, todavía su seda estaba reservada a la familia imperial.

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