Paella o nada

Algunas reflexiones en torno a “Podemos”.

Me presento. No aspiro a un puesto de responsabilidad pública, no soy tertuliano, ni un artista que lleva el compromiso social por bandera. Soy una de las muchas personas que en este país vive bajo el umbral de la pobreza, es decir, una de ésas a las que jamás recurriría un nuevo partido político para darse a conocer, alguien que no proporcionaría ningún lustre a su programa, que no provocaría un sinfín de adhesiones; pero también soy el destinatario último de su mensaje, su meta final: un hipotético voto. Y como tal siento la necesidad de reflexionar sobre la propuesta política que nos plantea “Podemos” y sobre las elecciones en general.

 Aclarar antes que nada que soy de izquierdas y que no creo que eso sea algo que me haya sido dado a elegir. Siempre he tenido conciencia de que mi clase era la obrera, siempre he visto con disgusto el mal reparto, siempre he soñado con un futuro en el que lo primero sean las personas, todas, y no el dinero que éstas sean capaces de acumular. Con el paso del tiempo, estas convicciones me han llevado a una posición política que –si hay que poner etiquetas- definiré como libertaria. Aun a riesgo de que suene trasnochado o despierte connotaciones violentas -allá cada un@-, soy anarquista, e insisto: no porque lo haya elegido, sino porque mis principios –eso que Krishnamurti llamaría condicionamiento- no me permiten ser otra cosa.

Hecho este preámbulo, necesario para situar en su justo contexto mi reflexión, paso a explicar por qué no puedo comulgar con la propuesta de “Podemos” y por qué considero que va en detrimento de los valores que supuestamente viene a defender.

Para empezar, pondré un símil gastronómico: a usted le pueden decir que haga una paella, pero si en lugar de arroz, carne de pollo y conejo, bachoqueta y garrafones, lo que le dan son fideos gordos y marisco, lo que usted hará, por mucha voluntad que le ponga, será inexorablemente una fideuà.

Traslademos esto a la res pública: la democracia parlamentaria que hoy tenemos por ideal de modelo político, con todos los derechos sociales que ha permitido alumbrar –sería de necios negar que es mucho peor una dictadura-, no deja de ser un instrumento de dominación social al servicio de una élite. Permite a la ciudadanía un cierto margen de intervención (decidir que siglas políticas gobiernan, el color de las banderas, cómo se componen los órganos de representación, etc), y le otorga algo tan valioso y liberador como el derecho al pataleo, pero esto es a condición de que no tengamos ni voz ni voto en lo relativo a las cuestiones económicas. El “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” de siempre, sólo que refinado por las modernas técnicas de comunicación de masas y las relaciones públicas.

Nuestro sistema actual, incluso siendo bastante mejor que los que padecimos en épocas pasadas –es de agradecer que se descubriera la superior eficacia de la propaganda sobre la cachiporra, qué duda cabe-, escenifica la misma lucha de clases: es el modelo que mejor sirve a los intereses de una minoría dominante. Seguimos viviendo en un mundo piramidal en el que unos pocos imponen a la mayoría un modo de organización social y una forma de manejar la economía que perjudica claramente a la mayor parte de la población y proporciona enormes beneficios a los pocos que caben en la cúspide.

Pueden estar de acuerdo o no con este planteamiento (la opinión es libre, faltaría menos), pero la realidad es la que es, los datos están ahí; si no me quieren creer a mí, háganle caso a ellos. Son tan conocidos que ni siquiera voy a entretenerme en comentar qué me parece que las 20 personas más ricas de España igualen en ingresos al 20% de la población más pobre, o que, a nivel mundial, 85 ricos sumen tanto dinero como 3.750 millones de pobres en el mundo.

Realmente, a este respecto da igual lo que usted y yo opinemos. Las cifras dicen lo que dicen.

Este escrito aspira a hacerle pensar, pero no necesariamente pensar mal. Lejos de mi intención dar a entender que esa minoría dominante lo hace mal adrede, con una pérfida intención, o por simple estupidez. Quiero suponer que les mueven el altruismo más sincero y un desmedido amor al prójimo; seguramente están convencidos al cien por cien de que éste es el sistema que mejor puede satisfacer las necesidades de tod@s. Ahora bien, en la realidad que nos rodea son escasas las pruebas que demuestran que el sistema es una herramienta útil para satisfacer las necesidades de tod@s, mientras que abundan las que corroboran que a la minoría dominante le va de maravilla. Tanto es así, que convencerse de las bondades del sistema, incluso de la vertiente zurda del sistema, requiere, cada día más, algo así como un acto de fe.

No me malentiendan, no digo que el sistema no sea exitoso. Lo es, y mucho, para esa minoría que encuentra en las crisis oportunidades para ganar aún más dinero que en tiempos de bonanza. Ese plus de enriquecimiento que obtienen en épocas de vacas flacas es la principal evidencia de que el sistema sirve para lo que sirve, y no para justo lo contrario.

Pero vayamos al meollo del asunto: evidentemente, de cara a unas elecciones, todos los partidos que concurran prometerán que van a trabajar sin descanso en pro del bien común, hasta que consigan satisfacer de la mejor manera posible las necesidades de tdo@s (de hecho, se supone que todo el chiringuito democrático está montando con ese fin. Nadie se imagina al candidato de un partido, ya sea de derechas o de izquierdas, diciendo en un mitin: “Si me votáis, no desfalleceré en mi empeño de llevármelo crudo”. Esas son cosas que un buen político sólo confiesa cuando las escuchas han sido realizadas sin permiso judicial). Los próximos comicios no van a ser diferentes. Todos los partidos políticos que se presenten ofrecerán paella de la buena, y la de “Podemos”, seguramente, será la que más apetecible nos parezca a la gente de izquierdas; pero no olviden que también habrá paellas de derechas, de centro, y puede que hasta de extremo centro… Todas ellas de fideos y hechas con caldo de marisco.

(Para los que consideren banal el símil entre paella y política, diré en mi descargo que dos similitudes muy notables las equiparan: por un lado, con la paella pasa como con las ideologías políticas, que tod@s nos creemos que nuestra receta es la buena, la auténtica; por otro lado, las paellas, como los programas políticos, rara vez están a la altura de las expectativas creadas por el cocinero)

Yo me comería muy gustoso la paella que cocinen Pablo Iglesias y JC Monedero; puede que hasta me relamiera si ganaran. Lo que no podría de ningún modo es negarle a mis ojos la presencia desafiante de esos fideos, de esas gambas, de esos mejillones y de esos trozos de sepia, signos todos ellos evidentísimos de que en realidad me han servido una fideuà, Vibrante y untuosa, sí, pero fideuà al fin y al cabo.

Por más que los partidos, sean del signo que sean, adornen su discurso en periodo electoral, la realidad es terca, y no suele tardar ni media legislatura en manifestarse. Tardo o temprano, el sistema revela su verdadera dimensión y nos dice sin pudor que es incapaz de cumplir con su tarea principal, la de resolver las necesidades de todos, y que por lo tanto tiene que concentrarse en cumplir su misión secundaria: ayudar a unos pocos a forrarse.

Ese suele ser el momento en el que la gente de izquierdas se da cuenta de que su voto no ha servido para gran cosa, porque para una persona de izquierdas votar es revolverse contra la incapacidad global del sistema para resolver esas necesidades comunes básicas. Y entonces nos entra la duda: ¿Realmente contribuye un@ a solucionar los problemas participando en la farsa? ¿O estamos contribuyendo a crearlos?

Eso es lo que viene después, pero ahora estamos en el antes.

Y en el antes ni siquiera digo que no quiero que ganen. Digo que “Podemos” no sería una victoria para la izquierda ni aun ganando, porque la izquierda institucional, la que cabe en los moldes de este sistema, ya no es izquierda, y por lo tanto no es nada.

Ganar es conseguir que nos dejen hacer la paella a nuestro gusto y con los ingredientes que de común acuerdo elijamos.

Cualquier otra cosa, si viene desde arriba y lleva fideos, es fideuà.

(Y que conste que, en términos literales, me encanta la fideuà)

* naclahuert78

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