Para esa tumba sin nombre

Ángel Escarpa Sanz*. LQS. Enero 2004

Cuando los cascos de los caballos de sus mercenarios pasen sobre los cadáveres de nuestros sueños…

Cuando los “buhoneros” de la palabra agoten sus estériles mercancías…

Cuando se sequen definitivamente los acuíferos de nuestra paciencia…

Cuando se vacíen los “templos” donde  ellos transforman el oro de nuestras ilusiones en abalorios de escaso valor…

Cuando el último soldado haya sido derrotado y se desprenda de su casco de acero, ante un paisaje de desoladora destrucción…

Cuando los nuevos bárbaros pronuncien sus esmeradas palabras, en el mismo escenario donde perdimos nuestra última batalla…

Cuando se apaguen los ecos de nuestra última canción, la última maldición…

Cuando callen las armas y el último combatiente leal haya sido reducido por la todopoderosa maquinaria bélica del capital…

Cuando, derrotados, ya no seamos más que una interminable columna condenada a vagar eternamente alrededor del Planeta…

Cuando se seque la última flor, el último fruto, la última raíz que se oculta bajo la tierra…

Cuando se sequen definitivamente los ríos, los océanos, los arroyos, los manantiales de lágrimas de las madres que perdieron a sus hijos…

Cuando la ortopedia reemplace a la justicia y a la ética…

Cuando el último pedazo de pan haya desaparecido entre los tristes harapos del último mendigo…

Cuando los huesos de los represaliados se constituyan en erizada formación sobre la superficie de la tierra entre gritos de… ¡Libertad y justicia social!…

Cuando esquilmen el último labrantío…

Cuando ya hayan arrasado con el último bosque…

Cuando sus ejércitos de tecnócratas, armados de modernos y poderosos ordenadores, invadan la última y remota aldea salvaje…

Cuando sus jueces exculpen a todos y cada uno de los generales que hicieron correr la sagrada sangre de los inocentes sobre los adoquines de las ciudades de Madrid, Badajoz, Málaga, Almería, Lérida, Bilbao; de Santiago, de Buenos Aires, de Chicago, Yakarta, Saigón, Hiroshima, Nagasaki; sobre el lodo de Bagdad, el polvo de Afganistán, las cumbres de Perú…

Cuando el plomo del olvido haya caído definitivamente y sin remedio sobre los campamentos de refugiados, saharauis y palestinos…

Cuando se desborden de indignación los ríos de tinta por la ejecución de los inocentes Sacco y Vanzetti, por el asesinato del Comandante Guevara, por el alevoso asesinato de Rachel Corrie…

Cuando el cielo se desplome sobre nosotros por la vergüenza de Abu Ghabri, Guantánamo, Bagram, por los vertidos de crudo, por los “paraísos fiscales”, por la corrupción de tantos de nuestros políticos, por el afán  de enriquecimiento, por el asesinato de esa mujer, ese sindicalista, por la sobreexplotación de los hombres y de los recursos del Planeta…  

…aún nos quedará la rabia como último reducto.                                                                                         

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