Parte II: ¿A dónde se fue el arte? Reflexiones sobre la cultura del Siglo XXI

Por Gabriel Jiménez Emán. LQSomos.

El arte del siglo XX está casi cesante. Ha sufrido un colapso y se ha convertido en una imagen vacua, en un mensaje fallido, en un accesorio inútil, pues perdió su poder de conectar al ser humano con sus mitos y con su alegría

Primera parte: ¿A dónde se fue el arte? Reflexiones sobre la cultura del Siglo XXI

El consumo del arte, las respuestas del arte

Al acelerar el papel de la técnica en el logro del objeto cultural masificado de fácil aprehensión, los medios de masa van alienando la conciencia del consumidor hasta que logran convencerlo completamente de que su meta es puramente individual, que no tiene otra alternativa. Su felicidad, su armonía, su diálogo, se confunden con el placer mismo de poseer al objeto, cuando es precisamente el objeto, vacío de contenido, el que permite el aniquilamiento del individuo como ser, sin asideros sociales con su semejante, estableciendo con éste nexos puramente mercantiles, de compra, venta o canje, donde el conflicto esencial del ser humano se hace más profundo precisamente porque no posee interlocutores válidos en el proceso de su drama o su soledad esencial, la cual debe ser compartida so pena de convertirse en angustiosa.

Decíamos que en el transcurso de este siglo se operaron, en medio de la crisis civilizatoria de convivencia social de occidente, varias expresiones artísticas y culturales, las cuales reaccionaron buscando una respuesta a esa crisis, o antes, más que respuestas, presentando obras que reflejaran esa crisis, mientras la reflexión filosófica se empeñaba en solicitar respuestas para superarla mediante distintas teorías societarias, –marxistas o no– que pudieran brindar una respuesta a la propia convulsión humana gestada en el seno de las sociedades de occidente, mostrando sobre todo la desfiguración social propiciada por los modelos de dominación establecidos por el capitalismo de estado; por el otro, los modos de alienación del individuo frente a la maquinaria deformadora del estado, la crítica producida por el mismo arte de consumo que surgía del seno del consumo industrial, como las imágenes de la publicidad y el cine, la fotografía, los iconos promocionales de las marcas y el diseño industrial, las fábricas y las maquinas, como bien lo mostró el arte pop, especialmente Andy Warhol con las reproducciones gigantes y en colores contrastadas de los afiches promocionales de Elvis Presley y Marilyn Monroe; o las etiquetas de las sopas Campbell. Aquello constituyó, a la vez que una burla al arte, una recreación artística del arte industrial como emblema de la sociedad de consumo, de tal modo no se podía advertir bien si se trataba de una sátira o de un acomodo completo al arte del capitalismo. Warhol mismo comenzó a adoptar actitudes exhibicionistas y narcisistas exprofeso, a vestir de modo extravagante y a convivir por igual con personas en su taller y aquello constituyó de por si una nueva vanguardia, retando a los prejuicios racistas y a la hipocresía del capitalismo industrial. Los hábitos y modales de Warhol se hicieron públicos, sus frases y poses se convirtieron en tendencias, su manera de vivir fue copiada por numerosos artistas, mientras sus cuadros y fotografías eran solicitados en distintas galerías y museos del mundo.

Este nuevo tipo de “éxito” este enfrentamiento al arte convencional que no sólo se mostraba en los cuadros, sino que alcanzaba al propio artista (también ejemplificado a su modo por Pablo Picasso o Salvador Dalí décadas antes) se convirtió entonces en una moda. No era sólo una manera de vestir o de lucir, sino también un modo de hacer desplantes a la sociedad burguesa convencional, a la par de utilizar un lenguaje humano donde se fundía el arte con el artista y el hombre con su estilo de vivir. Este fenómeno dispararía a su vez los precios de las obras de Warhol. Tal estrategia del mercado del arte se posicionó entonces en la mayor parte de las grandes capitales y comenzaron a surgir artistas de este tipo, genios creados por las galerías de arte, algunos de ellos de calidad, pero regularmente eran artistas inflados por la publicidad. Surgió un fenómeno como el de Jean Michell Basquiat, artista neoyorquino con influjos de Picasso y de Warhol que también usó murales, posters, grafitis y lienzos donde enarbolaba su origen africano o latino –de padre jamaiquino y madre puertorriqueña– y transfirió sus valores estéticos a los valores sociales de su ancestralidad, logrando con ello una expresión extraordinaria, pero penetrada también de mucha angustia histórica, de desazón nihilista que funcionó como una patética lección para el arte moderno de mediados del siglo XX, pues el artista se lanzó al abismo de las drogas y falleció siendo aún muy joven.

A la par de la nueva figuración, como ya esbozamos, tuvo lugar el movimiento plástico del expresionismo abstracto, donde el pintor estadounidense Jackson Pollock fue uno de los más conocidos: usó manchas, gestos, trazos expresivos, brochazos nerviosos en grandes superficies, en lienzos donde hasta él mismo se volcaba corporalmente, Pollock protagonizó uno de los más dramáticos y genuinos capítulos de la historia del arte del siglo XX , donde puso de manifiesto la violencia y el desasosiego del ser, su angustia, el conflicto interno personal volcado en el arte como una terapia. Pollock terminó su vida en un trágico accidente automovilístico en estado de ebriedad, mientras sus cuadros se vendían por millones de dólares en galerías de todo el mundo.

Reverón y otros venezolanos

Armando Reverón: Figura bajo un uvero, 1920. Óleo sobre arpillera

Otro artista que asumió la pintura como un medio de catarsis y salvación de lo humano por el arte fue el venezolano Armando Reverón, quien ejecutaba una danza frente al lienzo antes de llevar a cabo el acto de pintar; también confeccionaba muñecas de tamaño natural, objetos domésticos puramente decorativos, disfraces, pajareras, mesas, sillas, hizo una capilla, construyó un castillete para vivir en patios con animales, perros, monos, gatos, pájaros, en una vida de hombre rudimentario o salvaje a conciencia, y pintó cuadros de un impresionismo tropical donde la luz cegadora del trópico se convirtió en una vía de conocimiento cósmico y humano. Reverón también fue visitado por los fantasmas de la locura y ha crecido en el tiempo como el pintor venezolano por antonomasia hasta mediados del siglo veinte, y supo hacer coincidir en él, además de su virtuosismo pictórico, la danza, el gesto, lo teatral, la arquitectura y el disfraz en una personalidad polifacética alejada en lo posible del mundo moderno, del cual descreía. Pasó una temporada en Europa aprendiendo técnicas de pintura, pero nunca quiso adaptarse a las maneras modernas.

Otros artistas que en Venezuela y otras partes del mundo expresaron vetas de espaldas a la modernidad han sido Emerio Darío Lunar y Macario Colombo, también de personalidades divididas, con un toque de conciencia delirante que les permitió aislarse del mundo práctico y obedecer sólo a sus llamados interiores. También tuve ocasión de conocer a numerosos artistas plásticos venezolanos atribulados por los fantasmas de la modernidad, que llegaron muchos de ellos a limites radicales de una experiencia interior, renunciando a premios y honores de las instituciones, en medio de riesgos permanentes en las ciudades de Mérida, San Felipe, Barquisimeto, Trujillo o Carora, matizando la experiencia plástica desde la perspectiva del riesgo existencial, como en los casos de Edgar Giménez Peraza, Vladimir Puche, Gerardo Escalona, Jorge Muhlemann, Ricardo Domínguez, Luis Noguera, Felipe Herrera. Tenemos a Jorge Muhlemann con su arte colorístico de figuras líricas y volúmenes aéreos. Giménez Peraza y Puche son grandes dibujantes que exploran la figura humana en sus mejores posibilidades de movimiento, en ludismos dancísticos de animales, personas, mujeres que pueden convertirse en presencias vegetales o animales, de gran ritmo cromático y virtuosismo gestual. Emiro Lobo y Jorge Pizzani también comparten esta mirada sobre la figura humana en gestación permanente en busca de otros espacios y movimientos, tras de los cuales se narran permanentes historias. Ennio Jiménez Emán trabaja en el camino de las grafías y el collage, y los mezcla a veces con los gestos del informalismo abstracto, pero da saltos eventuales hacia la parte escritural logrando efectos sorprendentes que oscilan entre la elementalidad de las formas hasta un barroquismo de yuxtaposiciones cubistas, ensamblajes donde da cabida a una reflexión sobre el hombre contemporáneo enfrentado a sus iconos, a sus arquetipos y obsesiones. Ricardo Domínguez con sus musas enigmáticas, sus mujeres adentrándose en espacios de meditación, con sus tocados orientales y rostros sombreados ubicadas en jardines y lontananzas idealizadas que invitan a una reflexión metafísica. O los personajes indígenas, piaches, diosas y jaguares de Hugo Álvarez; todos estos en la ciudad yaracuyana de San Felipe. En Valencia, las magníficas esculturas de Alexis Mujica, elaboradas en plástico, toman formas que combinan figuras y objetos metamorfoseados para ironizar los espacios de donde proceden o se configuran. Otros artistas de la ciudad de Valencia como Vladimir Zabaleta, Rafael Martínez, Luis Noguera, Michelle Bernard y Manuel Pérez señalaron momentos significativos del arte venezolano del siglo veinte, tanto en la parte figurativa como en la dimensión del arte geométrico, con influjos cinéticos. Felipe Herrera, pintor del estado Lara, somete al cuerpo humano a un desgarramiento simbólico de varias aristas, donde se perciben ecos del renacimiento, el barroco y el surrealismo al mismo tiempo, sin que sepamos cual es la ironía última de esta metáfora de la pintura sugestiva de Herrera con nexos evidentes con metafísicos como De Chirico. En estos artistas y en otros que he conocido a lo largo del país he captado la alta calidad de sus obras en los terrenos figurativos, gestuales o abstractos. También en el arte cinético han surgido los nombres mayores de Jesús Soto y Carlos Cruz Diez, quienes indagaron en las profundidades del campo visual mediante el cinetismo y el juego de la luz hasta lograr una investigación inédita en el campo visual de la retina, al fundar un espacio virtual inédito, donde las geometrías se intercambian por sí mismas con la intervención de la luz y el movimiento, y dan lugar a una de las investigaciones más importantes acerca de los fenómenos ópticos de que se tenga noticia. El cinetismo fue una de las últimas postvanguardias que produjeron más expectación en el arte del siglo XX, junto a otras propuestas como las de Vasarely, Julio Le Parc y Lucio Fontana, sin tener el cinetismo verdaderos seguidores en el siglo XXI justamente debido a los elementos negativos de la sociedad de consumo.

Juan Calzadilla: Orador con Pancarta. 1998. Tinta china y grafito 49,5 x 60cm. Museo de Arte Contemporáneo

Algunos de estos artistas plásticos fueron realmente cultivados en el arte de la música y otros han cultivado también la literatura como es el caso de Juan Calzadilla, quien además de fungir de crítico de arte es también un dibujante informalista de primera magnitud, donde acaecen los grafismos y las formas escriturales que de súbito toman formas corpóreas, integrándose a una poética muy personal. También habría que señalar a los maestros Manuel Quintana Castillo, quien además de ser uno de los grandes artistas cubistas de Venezuela fue un notable interprete del arte moderno, escritor e intelectual; asimismo Mateo Manaure en sus cuvisiones exploró los volúmenes y el cinetismo, antecedido por una serie de pinturas abstractas inspiradas en las texturas de su tierra natal. Todos estos artistas fueron contemporáneos de quien esto escribe; tuvimos ocasión de compartir experiencias y dialogar mucho durante los alocados días de la República del Este, un espacio de soñadores y utopistas que compartimos la bohemia en los bares del este de Caracas en los años setentas y ochentas del siglo en cuestión; a finales de éste les dio a los artistas hacer lo que dieron en llamar “instalaciones”, espacios donde se daban cita esculturas, videos, objetos domésticos, puestas en escena de materiales diversos, esculturas, troncos de madera, arena, objetos corrientes, televisores trasmitiendo videos, monitores; en éstos se prefiguraba ya el dialogo que las artes iban a tener con la tecnología. En efecto, tuvieron ese nexo contradictorio como el que se refleja en al arte proyectado desde el computador en un espacio inmaterial, donde se puede dibujar, colorear o diseñar, sin necesidad de acudir a los elementos físicos, aunque de veras no sé si eso se ha traducido en un efecto positivo para la salud de determinado arte, al que no hemos podido hasta ahora poner ningún nombre que lo identifique plenamente, entrampados como estamos en las llamadas “redes sociales”, desde donde intentamos contactarnos con nuestros semejantes debido al caos político y sanitario originado por un virus inoculado de pronto en el seno de las sociedades occidentales, en medio de una crisis de gobernanza como nunca antes se había observado.

Cultura venezolana rezagada

La cultura venezolana fue subestimada durante mucho tiempo; me atrevería a decir que desde el siglo diecinueve, las culturas mexicana, colombiana, argentina, chilena, uruguaya o brasileña tuvieron mayor difusión o influencia que la venezolana, en casi todos los órdenes. Tomemos solamente el caso de la literatura, representativo en esta ocasión. Ni siquiera figuras como Francisco de Miranda, Simón Bolívar, Andrés Bello, Rafael María Baralt o intelectuales posteriores como Fermín Toro, Amenodoro Urdaneta, Juan Vicente González o Cecilio Acosta tuvieron un reconocimiento continental suficiente, ni en Europa ni en Estados Unidos. La cultura venezolana siempre estuvo solapada y se le vio como algo menor. Y así pasó hasta el siglo XX. Nuestra cultura vino mostrando un extraño destino marginal, de segunda mano, siempre por debajo de los demás países. Y esto es algo muy extraño. No me atrevo a aventurar una única causa. No hablemos de Miranda o de Bolívar, cuyos ideales de unión americana fueron traicionados por propios y extraños. Andrés Bello hubo de marchar a Chile y fundar la Universidad en aquel país para poder ser reconocido. Fue uno de los grandes académicos y escritores de su siglo, seguido décadas después por Fermín Toro, nuestro primer novelista y cuentista en sentido cronológico; luego de él Cecilio Acosta, humanista de primer nivel al que casi nadie conoce en el resto de América, a quien José Martí vino a conocer personalmente a Venezuela y tuvo que salir de aquí intimidado por el general Antonio Guzmán Blanco, déspota ilustrado. Durante la guerra federal, panfletistas y periodistas como Antonio Leocadio Guzmán y Felipe Larrazábal eran de tan alta calidad literaria y política, que inspiraron a Ezequiel Zamora a librar sus batallas durante esa época, pero nadie los conoce aún ni los ha leído. Aquí hemos tenido grandes escritores románticos, simbolistas y herméticos como José Antonio Ramos Sucre y Elías David Curiel, a los escritores modernistas Pedro Emilio Coll, Manuel Díaz Rodríguez y Alfredo Arvelo Larriva; que no han tenido nunca relieve internacional ni difusión suficiente. Tenemos un vanguardista de la talla de Salustio González Rincones, a quien casi nadie conoce, ni siquiera los venezolanos. A nuestras grandes escritoras Teresa de la Parra, novelista y prosista insigne, ni Enriqueta Arvelo Larriva ni María Calcaño, tampoco han recibido un reconocimiento más allá de nuestras fronteras. Y así podríamos seguir enumerando casos en el cuento, la novela, el ensayo y el teatro, a José Rafael Pocaterra, a Francisco Pimentel, a Julio Garmendia, los grandes cuentistas y novelistas José Rafael Pocaterra y Guillermo Meneses deberían tener mayor resonancia mundial y no la tienen. Las mismas novelas de Rómulo Gallegos, con todo el prestigio continental que poseen, tampoco fueron tomadas en cuenta por la crítica de otros países como México, Colombia, Argentina. Mariano Picón Salas hubo de trasladarse a México para lograr el reconocimiento de su obra ensayística.

Luego, una generación de poetas como Vicente Gerbasi, Luis Fernando Álvarez, Ángel Miguel Queremel, Juan Beroes, Juan Sánchez Peláez, Elisio Jiménez Sierra, Ida Gramcko, Carlos Gottberg y la siguiente como la de Alfredo Silva Estrada, Francisco Pérez Perdomo, Guillermo Sucre, Arnaldo Acosta Bello, deberían tener alto relieve; así como los novelistas Salvador Garmendia, Adriano González León, José Balza, David Alizo, Carlos Noguera, Humberto Mata, Sael Ibáñez, Laura Antillano, Stefania Mosca, Ileana Gómez, merecen conocerse más allá de nuestras fronteras, pero eso no ocurrió. Ni siquiera los dos narradores más sobresalientes del siglo XX en Venezuela, periodistas y pensadores ambos, Arturo Uslar Pietri y Miguel Otero Silva lograron un reconocimiento como no fuera ocasionalmente político o periodístico, y a duras penas pudieron imponerse en algunos países.

Tampoco las generaciones de los años 70, 80 o 90, con obras significativas, logramos traspasar los lindes nacionales, sino apenas haciendo parte de algunas antologías o en ediciones aisladas o limitadas, reconocimientos parciales, pero nada más. Ninguno logró ubicarse en un plano de difusión, promoción y reconocimiento crítico de un Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, José Donoso, Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti. Ni siquiera narradores de la talla de Salvador Garmendia, Adriano González León, José Balza, o Britto García, lo lograron.

¿Por qué?

No voy a hacer ninguna explicación profusa. Las razones para mí son sencillas: la envidia y el petróleo. La envidia hacia Miranda, Bolívar y Zamora; hacia sus obras y actuaciones brillantes en el siglo diecinueve, determinaron un sino absurdo y adverso para nuestra cultura en el resto del siglo; luego en el siglo veinte, el petróleo destruyó la agricultura, el campo y el crecimiento racional del país en todos sus órdenes, destruyó la economía agraria y pesquera, y de paso tampoco permitió nuestro desarrollo tecnológico, sino sólo calcado como una caricatura del de Estados Unidos La industria automotriz extranjera arrasó con las posibilidades de vías náuticas y ferroviarias. Lo demás lo hizo la errónea praxis política y los pactos con los nuevos imperios foráneos. Y lo peor de todo: creo un tipo de individuo, el parásito feliz, como lo llamó Uslar Pietri, el ciudadano que no necesita trabajar porque lo merece todo, flotando como está sobre un subsuelo ahito de oro negro. Y aquí me detengo.

Lo premoderno

Pero el siglo XX no vivió sólo de modernidad. La cultura y el arte no se inspiraron y volaron sólo en las alas de lo moderno, sino que tuvo que apelar al legado premoderno para sobrevivir a la sociedad industrial avanzada, al capitalismo de estado y a los espejismos del progreso económico-material, y buscar refugio a veces en los mitos premodernos, en los arcanos de antiguas mitologías, en filosofías antiguas, en los mitos griegos y en viejas fábulas para para hallar caminos más espirituales. La filosofía moderna, especialmente, arribó a una especie de callejón sin salida y no hallaba por qué sendas conducir sus ideas. Frederick Nietzsche fue uno de los primeros en percatarse de la inmensa paradoja en que estaba sumida la filosofía moderna, y no se cansó de impugnarla haciendo una crítica a fondo de la historia, la religión y la academia, que lo condujeron a los mismos límites de la locura. Pero Nietzsche fue sólo la punta del iceberg, pues ya la modernidad venía incubando esa crisis desde los tiempos de Kierkegaard, Schopenhauer, Hegel y Goethe, alcanzando su crítica más severa en Marx, quien realizó la crítica a fondo de la economía política y puso en evidencia el perverso tramado del capitalismo en la sociedad, mientras avanzaba el siglo diecinueve, y esa economía del capital concentrado en manos privadas continuó expandiéndose en el siglo XX bajo las formas del capitalismo de estado y en el veintiuno alcanzó su máximo rango con el capitalismo global. En efecto, la modernidad del siglo XX presentó una de sus principales crisis a mediados del mismo reflejada en los existencialismos (Sartre, Camus, Beauvoir, Weil) y luego la antropología y el estructuralismo revelaron nuevos modos de abordar el mundo social, político y económico del siglo desde nuevas perspectivas, que recibieron el nombre de posmodernas, y contribuyeron a llevar a cabo enfoques novedosos de acercarse a la fragilidad conceptual de las ideologías y los modos fallidos de gobernanza, tanto en las sociedades capitalistas como en las llamadas socialistas y comunistas. Entonces vimos en las primeras décadas del siglo a la literatura del modernismo hispanoamericano, por ejemplo, inspirada en buena parte de los mitos clásicos y vimos también al neoclasicismo americano volviendo sobre los pasos del mundo griego o latino en las obras de nuestros primeros escritores como Andrés Bello, Rafael María Baralt, Bolívar o Miranda. Inclusive el primer romanticismo inglés se inspiró más en los mitos clásicos que casi ningún otro romanticismo europeo, con un profundo influjo en el siglo XX. Y hasta pudiera decirse que los nativismos y costumbrismos americanos surgieron en nuestros países como reacciones a los embates de la modernidad industrial. Al final, si lo miramos con la suficiente objetividad, casi toda la novela del siglo XX, desde El Ulises (Joyce) hasta Rayuela (Cortázar); desde Doña Bárbara (Gallegos) hasta Cien años de soledad (García Márquez); desde La montaña mágica (Mann) hasta El lobo estepario (Hesse) hacen en el fondo la crítica profunda del mito de la ciudad moderna o de lo cosmopolita; o bien se resuelve entre los extremos del tiempo fracturado en las obras de Franz Kafka, hasta las parodias filosóficas extremas que realiza Jorge Luis Borges en su obra de ficción.

El rock y su impacto

No sólo ocurrió con la pintura. También en la música, con el rock and roll y el pop, grupos como los Rolling Stones y Los Beatles se volvieron celebridades universales. De ser unos muchachos de un barrio portuario de Liverpool, Los Beatles se convirtieron durante los años sesentas en ídolos en pocos meses. Los medios de comunicación se volvieron sus principales aliados; el cine, la televisión y las revistas se poblaron de imágenes no sólo suyas, sino de otros músicos que los imitaban. Después se sumó el auge del rock en los Estados Unidos, donde realmente había nacido, y se organizaron conciertos, festivales masivos de innumerables músicos de Estados Unidos que se convirtieron en tendencias sobresalientes de la cultura de aquellos años, después del reinado del jazz desde los años 30 y 40, entre los que destacó el Festival de la isla de Wight y los festivales de Newport, Woodstock y Bangla Desh, donde el movimiento hippie tuvo una significación importante, por la crítica que hizo de la cultura burguesa y explotadora, enarbolando el amor y la paz. La cultura popular y musical de Estados Unidos e Inglaterra se popularizó de manera abrumadora, pues se trataba de una necesidad cultural, para drenar todas aquellas urgentes necesidades de cambio social que no podían producirse en el plazo inmediato, y se volcaron en la música y las artes. Los Beatles crearon una forma de promover sus canciones realizando filmes promocionales cortos que se trasmitían en televisión y llamaron video clips. Esta forma de promoción revolucionó literalmente la manera de abordar el hecho televisivo para ofertar un producto cultural, y también para apreciar o percibir el valor de una obra de índole popular, ahora con otras características, añadidas por los medios de masas. Los músicos de rock ya no eran sólo cantantes de moda celebrados por una cultura elitista y cerrada, sino artistas movidos por el entusiasmo, quienes se expresaban a nivel masivo, planetario. Comenzaron a surgir bandas de rock en todos los países del mundo y se produjeron las mezclas con otras expresiones en los cinco continentes. El arte popular se hizo irreverente y transgresor, pero al mismo tiempo fue progresivamente mercantilizado en extremo. También se modificó la manera de percibir la música y la poesía en diversos puntos del planeta, y cambiaron los modos de captar las distintas modalidades populares, el bolero, la samba, el tango, el soul, el jazz, el bossa nova, las baladas, la música folclórica de América Latina y un sinfín más de modalidades musicales mezcladas que se vendieron por millones, y dieron origen a infinidad de programas televisivos, disqueras, canales de televisión para poblar los espacios públicos y domésticos. Al mismo tiempo, las revistas de farándula, modas y frivolidades comenzaron a invadir el mercado: magazines musicales y dossiers con discos o libros semanales coleccionables comenzaron a circular con una profusión sorprendente; el mundo del comic, las historietas y dibujos animados coparon el espacio de los medios y ya nada volvió a ser como antes. Proliferaron los cantantes comerciales de baladas que alternaban con los buenos crooners (Sinatra, Martin, Charles, Bennet, Jones, Humperdinck etc.) descollaban de una inmensa gama de cantantes menores y comenzó el intercambio con América Latina, y los baladistas internacionales de los años sesentas y setentas se prolongaron por lo menos dos décadas más, a través de un marketing muy inteligente para posicionar cantantes y grupos de todo tipo; en este proceso algunos eran de gran calidad pero la mayoría obedecían ya a los gustos simplones y elementales de la cultura de masas, que ya habían entrado a dominar el escenario cultural de aquellos años. Se produjeron también los primeros debilitamientos en las expresiones populares, simplificadas por expresiones calculadas de laboratorios mediáticos, especialmente por baladas románticas cursis y o cantantes impuestos a través de aparatos promocionales y comerciales, que aparecían y desaparecerían con la misma prontitud.

Su majestad el cine

Otro tanto ocurrió con el cine. El invento de los hermanos Luis y Auguste Lumiére y de Georges Meliés efectuado en Francia en las primeras décadas del siglo veinte, se potenció muy pronto con los grandes maestros del cine como Sergei Eisenstein en Rusia y David Griffith en Estados Unidos, que adquirirían un nuevo impulso en el cine estadounidense, en Francia, Alemania e Inglaterra, tanto para realizar obras de carácter histórico como en el caso de Eisenstein (otro futurista amigo de Maiakovski y Boris Paternak) o expresionistas del horror fantástico, como el caso de Murnau y Fritz Lang; y de Charles Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd en la comedia, serían algunos de los maestros del cine mudo en varios géneros, inaugurando un nuevo arte en el siglo XX que tendría conspicuos representantes en décadas siguientes, como en los casos de John Ford, Akira Kurosawa, Nicholas Ray, Alfred Hitchcock, Otto Preminger, Elia Kazan y Orson Welles entre muchos otros. Entonces las grandes escuelas de cine abren sus puertas en convivencia con el teatro y ello trae consecuencias muy positivas para la cultura visual, musical y literaria, las cuales se nutren recíprocamente y crean un espectador exigente. Ello genera también una respuesta radical en el modo de mirar el arte y de reaccionar contra el pasado, tal como lo hizo el poeta ruso Vladimir Maiakovski, quien llevó hasta sus últimas consecuencias sus desplantes (arriesgando a conciencia su calidad literaria intrínseca) contra los simbolistas y la literatura rusa anterior, al lado de un grupo de cuestionadores futuristas –como el italiano Marinetti- en quienes debemos ver la integración del humor satírico del siglo veinte que reaccionaba contra decadentistas, simbolistas y parnasianos del siglo diecinueve.

Nace también la crítica cinematográfica y las enciclopedias del cine comienzan a ser editadas; se establece entonces con la crítica de cine una nueva corriente histórica en el arte de ese siglo, que tiene mucho que ver con la dirección de autores y la dirección musical, la producción, el reparto, las escuelas de actuación y la escritura de guiones, como la escuela de cine dirigida por Elia Kazan en Nueva York, el Actor`s Studio. Al nacer la industria cinematográfica, se diversifican las necesidades y se crean los estudios de grabación. Nace entonces la industria cultural más poderosa del siglo XX, en Hollywood. Asimismo, en Inglaterra, Francia e Italia nacen otros importantes estudios; por ejemplo, el de Cinecittá en Roma donde van a formarse algunos de los principales directores italianos, como Vittorio de Sica, y permitirían el desenvolvimiento de directores italianos tan importantes como Federico Fellini, Michelangelo Antonioni y Bernardo Bertolucci. Va surgiendo el llamado cine de autor, para el cual se requiere el concurso de fotógrafos, modistas, iluminadores, técnicos, escritores; se crean las academias de cine y los festivales donde se premia a las películas, actores y actrices, quienes van a convertirse en los nuevos ídolos del público; empieza a surgir así una nueva cultura: la cultura visual cinemática o cinematográfica, que se mueve a una velocidad pasmosa y mueve a su vez capitales gigantescos: nace el llamado arte de masas y el binomio cine-televisión, donde tienen cabida todas las tendencias de la ficción narrativa: el cine histórico, la comedia, el drama, la tragedia y los géneros nuevos llamados acción, terror, western, ciencia-ficción, musical, melodrama, los géneros híbridos y el documental.

Al principio, hubo en el cine un apego respetuoso a autores y géneros originales de la literatura; muchas historias se generaban a partir de obras literarias, novelas, cuentos, dramas, comedias o tragedias, pero después las tramas se independizaron y dieron lugar a nuevos géneros e historias originales, independientes. En las primeras décadas del siglo XX se mantuvo el apego a unos cánones exigentes para sus producciones, gestándose así varias generaciones de cineastas brillantes –fuesen estas apegadas a argumentos literarios o no– cada director impuso la marca de su estilo y se crearon muchos directores prestigiosos; de hecho, los cineastas crearon cada uno su lenguaje o su estilo, y ese lenguaje o estilo conformó el mundo de cada uno de ellos. Se hicieron artífices en sus géneros, como Fritz Lang en el expresionismo; el cine psicológico de Ingmar Bergman; Hitchcock en el suspenso; Delmer Davis y John Ford en el western; Billy Wilder en el musical o la comedia; el cine literario de John Huston y Orson Welles; Federico Fellini en el barroquismo erótico y a Luis Buñuel en el surrealismo y el absurdo; Antonioni dentro del cine existencialista y otros directores notables como Roman Polansky, Bernardo Bertolucci, Louis Malle, Alain Resnais, John Casavettes, Brian de Palma, Arthur Penn, Stanley Kubrick, Jean Luc Godard, Eric Romer y Antonio Saura, hasta arribar a las décadas de los años 70 con el cine de la violencia de Martin Scorsese, el cine paródico de Woody Allen y el erotismo neobarroco de Pedro Almodóvar; en fin, se trata de una rica gama de posibilidades cinematográficas que pudieron cumplir un admirable ciclo de este nuevo arte con la ayuda de escritores, artistas, músicos y diseñadores, logrando de hecho expresiones depuradas en cada uno de sus directores.

Ya entrados los años ochenta, la producción cinematográfica masiva comenzó a enfocarse en los géneros llamados espectaculares, los cuales incluyen lo épico, lo fantástico y la ciencia ficción; éstos produjeron varias obras interesantes como la de los cineastas George Lucas, Steven Spielberg, antecedidas de aquellas sagas de espionaje de James Bond, que se habían fraguado en los años sesentas dentro del género pop –donde la música y la estética cinematográfica del filme eran superiores al contenido del mismo—las cuales devinieron en nuevas versiones del género de la novela negra, esta vez con tramas superficiales y racistas, más enfocadas en la manera de narrar y de cumplirse en un cine hiper fantasioso, donde las tramas casi no importaban, sino el lenguaje visual utilizado; los recursos técnicos se impusieron en estas producciones como las del ya citado agente británico 007, personaje tomado de novelas comerciales del espía inglés y periodista Ian Fleming.

Lo cierto es que las películas masivas producidas por la tendencia truculenta de Hollywood comenzaron a hacer mucho daño al cine, despreciando a los cineastas serios. Las películas comerciales fueron invadiendo el espacio cultural a través de un conjunto de obras seriales marcadas por la ausencia de auténticos directores. En estos casos, los directores son contratados por la empresa (Hollywood) más como a un técnico especializado a quien se invita a coordinar una obra, sin imprimirle necesariamente su personalidad de autor, sino a realizar sólo una labor puntual, sumada al gran equipo ya planificado por los gerentes. Tal situación se advierte en las producciones fantásticas o de ciencia ficción, donde los expertos en computadoras asumen la responsabilidad de los efectos especiales, los cuales pasan entonces a ser en cierto modo protagonistas de la película, pues éstos constituyen el negocio, la atracción principal, cada nuevo efecto se convierte en el elemento central. De esta manera los trucajes pasan a sustituir, en segundo plano, la capacidad interpretativa de los actores. Se condiciona al espectador, entonces, a recibir un conjunto de efectos insólitos que van más allá de la verosimilitud. Al hacer esto, empobrecen al efecto fantástico propiamente dicho, tornándolo mecánico; es decir, el efecto sobrenatural no está montado sobre una estética narrativa ni sobre un lenguaje que pueda ser creíble, sino que se ofrece sobre un discurso previamente maquetado, inorgánico, vacío de argumentaciones ficcionales eficaces, con lo cual el hecho narrativo se debilita. Este debilitamiento de las tramas pasa a constituir el primer problema conceptual del cine posmoderno, aunado a la pobreza interpretativa de los actores; los argumentos y tramas también se banalizan o simplifican en extremo, dando como resultado un producto fallido, consolidado sólo por el monto en la taquilla, es decir por el “éxito” financiero, valiéndose a veces de los premios de la propia academia de Hollywood.

El llamado Star system se convierte así en una máquina de producciones en serie dirigidas sólo al entretenimiento acrítico, despojando al cine de sus aspectos artísticos, pero obteniendo ganancias como producto masivo, que es lo que importa en el fondo a la gran industria. Una vez más, la producción serial-industrial devora literalmente la capacidad creativa de los directores, actores y escritores, para suplantarlas por productos industriales seriados. Con ello se desnaturalizan, de paso, las historias, las cuales tienden a ser olvidadas rápidamente por la retentiva del espectador, quien pasa a aguardar un nuevo producto semejante para volverlo a consumir.

El cine desciende entonces, con la música, la literatura y las demás expresiones artísticas, a una suerte de depósito de recuerdos tecnológicos, y ello se prolonga en el siglo XXI con una carencia más pronunciada en su calidad artística. La imagen cinematográfica, fotográfica o televisiva reproducida en las redes de comunicación masiva poco a poco se va degradando en sus contenidos, hasta hacerlos casi desaparecer. Tal fenómeno se generaliza y se puede aplicar a las artes plásticas, el libro y el texto literario, los cuales se vuelven livianos, se trivializan o banalizan porque ya no sirven para cohesionar el pensamiento, sino para fragmentarlo o dividirlo, impidiéndole pensar en profundidad.

Mientras en los libros percibimos obras filosóficas, novelas, relatos, poemas o argumentaciones analíticas, la mente centra su atención en el texto y va extrayendo conclusiones parciales o finales de cuanto lee, mediante la complejidad orgánica del lenguaje escrito cifrado en signos, y simultáneamente descifrado mientras se lo lee. Pero si montamos este discurso superpuesto con imágenes, palabras y sonidos –sin otorgarle la cohesión que le imprime una buena película, por ejemplo— sino tratando de convencer al receptor de una sola vez mediante una argumentación básica que apela a imágenes y un lenguaje simple, entonces tenemos que la voluntad de interpretación se ve escamoteada y manipulada por el emisor, ya que este lo que ha hecho es superponer una imagen a un texto o a un sonido, con la única intención de convencerlo, sin más ni más, con un efecto. Por ello resultan tan débiles los procedimientos de las llamadas redes sociales, pues estos formatos recurren a este tipo de yuxtaposiciones truculentas, las cuales se sostienen solo por la fuerza del uso y la costumbre. No existe diálogo con un lector exigente, sino un discurso impuesto, que el lector debe aceptar previamente montado sobre una plataforma cibernética que permite un nuevo tipo de alienación, muy diferente al que ofrece el teatro, el libro, el museo o el concierto.

En el periódico, collage de noticias e informaciones más o menos clasificadas, el lector ojea y hojea, con suspicacia y de acuerdo a la fuente ideológica de donde provienen los mensajes, interpreta o analiza de acuerdo al medio, el canal, la empresa, la institución, agentes ideológicos, y saca su propia conclusión de acuerdo al conocimiento o información previa que tenga del asunto. La credibilidad de la noticia depende del agente emisor, nunca objetivo, sino predeterminado por el medio, pese a que el trabajo pueda estar firmado por un periodista o reportero, quien le imprimirá un carácter sesgado u objetivo. Así, cada lector se identifica ideológicamente con el medio de su preferencia y el material informativo se relativiza; es decir, la llamada objetividad no existe, al volverse relativa. En un caso extremo, tenemos a los llamados falsos positivos (fake news) noticias trucadas por medios electrónicos que se presentan como verdades de acuerdo a los intereses del medio emisor.

En muchos casos, vimos cómo la industria cinematográfica de Hollywood fue contratada por el gobierno norteamericano para producir películas ideológicas a fin de justificar injerencias militares, asunto este que constituye uno de los peores casos de poder ejercidos desde los medios. El cine ideológico se convierte así una de las formas más perversas de dominación, cuando antes significaba más bien un medio de denuncia, testimonio o protesta social.

Declive finisecular

Adicionalmente, las artes literarias, visuales y musicales han entrado también en un dramático declive. La música, una de las expresiones populares por antonomasia, ha devenido en un producto superficial despojado de intenciones artísticas y formas elevadas, para convertirse en un medio de promover música serial y vulgar, estimulando la chabacanería, la procacidad, el humor grueso, a través de sonidos producidos por medios electrónicos, samplers y computadoras programadas que imitan el sonido de los instrumentos y voces reales, manejados por sintetizadores de sonidos, mientras los cantantes se presentan bamboleándose en video clips al ritmo de esos sonidos, promoviendo un falso erotismo, un narcisismo vacuo, una sexualidad vulgar de gestos grotescos y sonidos chirriantes y atuendos infames. Todo ello se ha venido masificando a través de medios y redes telefónicas y telemáticas, mediante soportes electrónicos que funcionan a gran velocidad, y son aprovechados por los medios de masas para prestigiarse. Con la desaparición de las salas de cine y la posibilidad de ver los filmes sólo por televisión u ordenadores, la industria como tal ha reflejado otra crisis dentro del fenómeno de presenciarlos en una sala, y del importante rito social que esto comportaba. A primera vista, el asunto se simplifica para el espectador individual mirando la película desde el espacio doméstico, pero se le niega la posibilidad de socialización al cine, a su discusión fundamental más allá del divertimento o el pasatiempo, sino como una herramienta crítica; entonces se la banaliza al ubicarla también en las redes sociales, a la manera de un flash intermitente que aparece y desaparece en el gran océano de la información mediática.

Apunte final

Muchos de nosotros durante varias décadas del siglo XX y comenzando el XXI compartimos proyectos interdisciplinarios en galerías, bares, calles, casas, salas teatrales y cines, instituciones públicas y privadas, la mayoría de estos artistas fallecidos ya, dejando un vacío que ha sido imposible de suplantar debido en buena parte a la insensibilidad del tiempo presente, viviendo casi todos en la actualidad en un individualismo enfermizo, y en medio de una violencia y una agresividad abyectas. A veces las instituciones del estado creen tener el control o las orientaciones de la cultura, cuando son sólo medios vinculantes, puentes para apoyar a los artistas en sus proyectos; las instituciones culturales han degenerado en centros para celebrar efemérides o fechas patrias. La cultura no se traduce precisamente en eso; sino en libertad, creatividad, sueños, azar, asombro y perplejidad ante el mundo, que es lo que debe seguir siendo. Y el arte es su más prístina expresión, la permanente invención, el que otorga sentido a una cultura y a todas las culturas. El arte del siglo XX del que yo me siento deudor está casi cesante; ha llegado un momento en que ha sufrido un colapso, creo yo, y se ha convertido en una imagen vacua, en un mensaje fallido, en un accesorio inútil, pues perdió su poder de conectar al ser humano con sus mitos y con su alegría, con sus guerras imaginarias y filosóficas que son el grande espectáculo: la lucha del hombre por crear para existir ante la naturaleza, sufriendo a la vez una sed de belleza y saber ahora convertido en un concepto errático, sin norte ni sentido. Alguien tendrá que hacer algo; entre todos tendremos que hacer esfuerzos para sacarlo de ese estado de hibernación donde se encuentra, pues pareciera que en este momento el verdadero arte parece estar durmiendo un largo sueño y aguardando que unos cuantos espíritus lo despertemos, para retomar su recorrido por el espíritu humano, un espíritu habitado por madre natura, una madre que han querido asesinar por cualquier medio y nos está enviando señales de alarma para que despertemos con ella a un nuevo amanecer. Lo que ahora vemos ante nosotros no son amaneceres culturales o artísticos, sino penumbras agobiantes, terror y destrucción. Posiblemente estoy sonando demasiado patético o tremebundo, y lo admito; en el fondo quisiera estar equivocado y tener fe y despertarme en un mundo distinto, en un mundo donde todos participemos de un proyecto donde al arte tome parte de la existencia, para que la vida recobre su brillo y su humanidad creadora, que seguramente es necesaria para dotarla de sentidos, sin los cuales sólo estaríamos aquí para la mera sobrevivencia o, en el peor de los casos, para sobrevivir los unos a costa de los otros.

Primera parte: ¿A dónde se fue el arte? Reflexiones sobre la cultura del Siglo XXI

* Gabriel Jiménez Emán recibió en 2019 el Premio Nacional de Literatura de Venezuela, por el conjunto de su obra. América Latina en Movimiento

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