Paté de hiena

Nònimo Lustre*. LQS. Julio 2020

Generalmente se olvida que los ejércitos coloniales se aprovecharon de las hienas empleándolas como verdugos. Por ejemplo, los infames Voulet y Chanoine, tuvieron por costumbre colgar de los árboles a sus víctimas pero dejándoles a baja altura, para que las hienas pudieran alcanzarles

Este poste nace de un capricho iconológico que nos sedujo lo suficiente como para rendirle homenaje en un collage. Hoy, nos sirve de pretexto para aclarar algunos avatares del animalismo malentendido o, dicho al reverso, del antropocentrismo más insano, esa lacra que ve en los otros seres vivos, plantas y sobre todo animales, trasuntos de las miserias humanas cuando debería ser evidente que la Naturaleza tiene su propia lógica –a veces asequible, a veces imposible. A la postre, es ridículo definir a un gran árbol como ‘soberbio’ o a una hiena como ‘perversa’. En cuanto al título de este poste, no piensen que por paté entendemos el paté de foie de oca u otros animales. Como el que avisa no es traidor, hacemos saber que por paté entendemos aquí cualquier hazaña culinaria, haya sido lograda a través de hepatitis forzada, por un proceso de maceración o por cualquier otro método de los muchos que la Humanidad ha encontrado para perseverar en su omnivorismo. Pero vayamos a la hiena que campea en el título:

En los tiempos contemporáneos, la mala fama de la hiena como bicho inmundo, carroñero y aprovechategui, vigente desde tiempos remotos, comenzó sustentándose en una supuesta ‘evidencia científica’ que, pocos años después, se pudo demostrar que no era ni evidencia ni científica. El perpetrador fue el deán William Buckland, condecoradísimo clérigo y geólogo de Oxford quien descubrió en 1821 montañas de huesos en una cueva cercana a York y, ni corto ni perezoso, al año siguiente publicó su hallazgo en una de las revistas científicas más prestigiosas de la época, las Philosophical Transactions of the Royal Society. Parecía evidente que esos huesos habían sido acumulados por las hienas puesto que la Humanidad, recién expulsada del Edén, necesariamente tenía que ser frugívora -¡la manzana de Eva!- o, todo lo más, herbívora. Ensoberbecido por sus medallas y por el aplauso de la ‘comunidad científica’, Buckland aprovechó la ocasión para dejarse de bestias hediondas, disparar por elevación y demostrar -no menos científicamente- que la Creación y el Diluvio bíblico eran hechos comprobados. Y así lo explicó en su –in illo tempore- famosa tesis Reliquae diluvianae, or Observations on the organic remains contained in caves, Jissures, and diluviai gravel, and on other geological phenomena attesting the action of an universal deluge (1823) (ver Dart, R. A. (1956) “The Myth of the Bone-Accumulating Hyena”, en American Anthropologist, 58(1), 40–62. doi:10.1525/aa.1956.58.1.02a00040)

A partir de que una eminencia científica -y clerical- abriera las compuertas de la arbitrariedad, la ligereza empírica y la irresponsabilidad académica, la imbecilidad acumuló contra la hiena esos prejuicios que todos conocemos: desde que es carroñera –falso, la carroña no llega ni al 10% de su dieta-, hasta que mató y devoró a san Sebastián –falso porque Sansebas resucitó para morir asaetado en otro martirio. Más falsedades: su voz es “risa demoníaca” –no hemos escuchado al demonio-, es bestia nocturna –diurna según qué lugares-, cobarde -el león macho es arquetipo de valentía pero quienes se arriesgan son las leonas- y solitaria –el prejuicio más majadero de todos porque sólo un tipo de hienas lo es. Resumiendo: la hiena, escrita como HTt en el Egipto de los faraones, ya arrastraba mala catadura desde la Antigüedad y entró en la contemporaneidad con la misma pésima imagen pero esta vez justificada por la Ciencia. Y/o por la fuerza de las armas europeas…

Actualmente, las hienas son la principal atracción turística de Harar (Etiopía), ciudad antaño famosa porque Rimbaud vivió en ella y hoy buscada por las hienas que, a primera hora de la noche, comen en la mano de un indígena –y de algunos osados turistas…

Generalmente se olvida que los ejércitos coloniales se aprovecharon de las hienas empleándolas como verdugos. Por ejemplo, los infames Voulet y Chanoine, tuvieron por costumbre colgar de los árboles a sus víctimas pero dejándoles a baja altura, para que las hienas pudieran alcanzarles. Y eso no ocurrió en el Medioevo sino a finales del siglo XIX. Así contamos el contexto en otro post: “La oficialmente conocida como la mission Afrique Centrale-Tchad (1898-) comandada por el capitán Voulet (32 años) y el teniente Chanoine, partió de Senegal para conquistar el Chad. Aunque los genocidas V. y Ch. (asco da escribir sus apellidos) nunca llegaron a su destino, atravesaron el Sahel de Oeste a Este dejando una huella imborrable de exterminio, violaciones, incendios y torturas. Su crueldad fue tan manifiesta que los ecos del genocidio en curso llegaron a Europa por lo que París se vio obligado a enviar a Klobbe para detenerlos. Este teniente coronel, condecorado con la Legión de Honor, intentó detener a la enloquecida columna pero ésta seguía enfrascada en sus masacres. El 13 de julio perpetraron la última: 150 mujeres y niños fueron exterminados. Poco después, Klobbe se quiso entrevistar con los oficiales sublevados pero Voulet le mató y explicó a su tropa que Je ne suis plus français, je suis un chef noir. Avec vous, je vais fonder un empire. Pocos días después, V. y Ch. fueron fusilados y/o abatidos y/o asesinados por el ejército francés enviado para detenerlos. Resumen: los antecedentes del Kurz de Conrad y el de Apocalypse now. O, dicho en general, una de las escasas masacres padecidas por los sahelianos que, mal que bien, han sobrevivido a la censura patriótica europea” (ver post “¿Sabanización del Amazonas?”, 09 sept 2019)

Coaligadas las huestes científicas con las mesnadas militares, sólo faltaba que una autoridad literaria corroborara y popularizara -todavía más- los prejuicios contra la hiena. Y eso es exactamente lo que hizo un Nobel en tiempos cuasi actuales:

“Fisi, the hyena, hermaphroditic [propala el mito de la hembra con falo porque no quiere saber, no es comercial, que la hiena tiene un clitoris de 20 cms] self-eating devourer of the dead, trailer of calving cows, ham-stringer, potential biter-off of your face at night while you slept [en 2018, una hiena le comió la cara al pastor keniata Lonunuko, pero un famoso cirujano español se la recompuso], sad yowler, camp-follower, stinking, foul, with jaws that crack the bones the lion leaves, belly dragging, loping away on the brown plain” (Hemingway, Green Hills of Africa)

Frente a un escopetero de postín, de nada serviría objetar que San Macario, “infinitamente clemente, jamás negaba a nadie el socorro de los dones celestiales. Hasta hubo una hiena, vecina suya, que, teniendo un cachorrillo ciego, le dejó a la entrada de su cueva para que le sanase. Él, compadecido del animal, humedeció sus ojos con saliva, y así los abrió a la luz. Desde entonces ya no volvió a escupir. Para agradecérselo, la hiena le llevó unas pieles de ovejas que había comido días antes: Las animalias de fecho / reconoscen el bienfecho“.

Actualmente, las hienas son la principal atracción turística de Harar (Etiopía), ciudad antaño famosa porque Rimbaud vivió en ella y hoy buscada por las hienas que, a primera hora de la noche, comen en la mano de un indígena –y de algunos osados turistas. Para mayor encandilamiento del visitante dizque ‘ilustrado’, los hararianos deslizan que Rimbaud conoció esa ‘costumbre ancestral’ de alimentar a las hienas. Perdonémoslos porque viven de vender fantasías propias pero es más cierto que el genuino poeta gabacho estaba más ocupado con sus negocios –a cual más criminal- que en las costumbres citadinas de Harar –suponemos que, para cerrar tratos comerciales, masticaría khat, Catha edulis-. En cuanto a las hienas, escribió “Tu resteras hyène” y poco más. En realidad, es probable que la ‘costumbre ancestral’ date de la feroz sequía de los años 1950’s, cuando los hararianos comenzaron a alimentar a las hienas vecinas para que no atacaran a sus rebaños.

Las Hienine y las Proteline

Para conocer los rudimentos de la hiena, lo primero es subrayar con trazo gordo que hay varias especies y géneros de este pariente de los felinos que más parece pariente de los cánidos. Por ejemplo, se divide en las dos subfamilias que da nombre a este parágrafo. Incluso una de sus especies, la Crocuta crocuta o hiena moteada (spotted) también fue llamada Corocotta por los historiadores romanos. De ahí se ramifican unas cuantas anécdotas más o menos históricas o folklóricas entre las que, por la facilidad del corta-pega, escogemos la fábula del cerdito Corocota: “Por pura casualidad, resulta que el apellido del excelso gorrino Marco Corocotta coincide con el de un héroe de la resistencia cántabra a la invasión romana. Con ello, no insinuamos que fuera ‘un poco desaseado’ el susodicho guerrillero. Sólo sugerimos que, para completar los monumentos al no menos excelso Corocotta montañés, debería estar acompañado por un gorrino. ¿Cómo el perro de san roque que no tiene rabo? No. Como el buen animal que se postra a los pies del buen guerrero.” (ver post 18 enero 2020 Animales ab intestato)

Olvidándonos de las taxonomías en latín y de los cantares de ciegos, señalemos además que el hábitat y el comportamiento de las hienas que sobreviven en el Sinaí o en el Cuerno de África es muy distinto al medio y a la conducta de las que viven en las cinematográficas sabanas de Centroáfrica. Es fácil distinguirlas por su capa -moteada, manchada o rayada- o averiguar si es gregaria o solitaria e incluso por su voz –dicharachera la manchada, lacónica la rayada-. Y así sucesivamente. Pero hay un lugar común que intriga al vulgo mucho más que si, por ejemplo, según la especie el macho ayuda o se desentiende del cuidado de los cachorros. Como se trata de un tópico que ha estimulado infinidad de majaderías, lo despacharemos con el menor número de palabras: “El clítoris de la hiena mide entre 15 y 20 cms. y tiene aspecto de pene. Los labios de la vulva están soldados y rellenos de una sustancia grasa, dando el aspecto de una bolsa testicular. El clítoris tiene un conducto genitourinario completo, y por él copulan y paren las hienas -el 60% de las crías mueren asfixiadas durante los partos primerizos y la cópula es complicada. Además posee la capacidad de ponerse erecto durante muestras de dominación”

Después de argumentar que el consumo de carne es improductivo para los humanos, Legge concluye que, además, los antiguos egipcios no gustaban de la hiena porque sabían que podían contraer triquinosis…

Aclarados estos puntos básicos, pasamos a estudiar si es plausible suponer que, en el Antiguo Egipto que ilustra el collage inicial, se llegó a consumir paté de hiena. En el primer párrafo de este poste ya dijimos que por paté no necesaria ni exclusivamente entendíamos que fuera hepático. Ahora, después de haber ojeado unos cuantos manuales cibernéticos, añadimos que no hemos encontrado pruebas de que los faraones –o sus esclavos- llegaran a esa especialidad gastronómica pero es evidente que la hiena formaba parte importante de su dieta.

Sin embargo, un autor muy citado opina que, en efecto, la hiena está muy representada en aquel Egipto pero como ofrenda ritual o como actividad venatoria y no como carne para el mercado. Véase el resumen de su ensayo: “Tomb and temple scenes, mainly from the Old Kingdom, show hyaenas as ritual offerings or associated with hunting events, even under close husbandry, restraint and special feeding. The meaning of these scenes is considered in relation to the definite evidence for butchery and muscle stripping seen on these bones. Hyaena meat may well have posed a threat to the consumer as a probable carrier of trichinosis, a disease now known from mummified human tissues from ancient Egypt.” (ver Legge, A.J., (2011) “The Hyaena in Dynastic Egypt: Fancy Food or Fantasy Food?”, en International Journal of Osteoarchaeology, 21: 613–621; doi: 10.1002/oa.1168 )

Este mismo autor destaca que la hiena aparece frecuentemente en los restos arqueológicos. Ejemplo, en el arte del antiguo Egipto, Ikram ha catalogado 66 imágenes y escenas con hienas (cit en ibid, p. 615) pero, pese a las numerosas representaciones de hienas alimentadas a la fuerza, no cree que ello indique que se comiera su carne (¿) Es más, refiriéndose a la actualidad, “Kruuk has questioned the need for the force feeding of hyaenas of either species, even to gain animals of the maximum fatness as the nature of both species is to gorge whenever suitable food is presented” (ibid: 616) Es decir, que, habiendo constatado por muchas evidencias que, hoy, existe un mercado de carne de hiena, Kruuk cree que no es necesario engordarlas a la fuerza porque está en su ‘natural’ comer de todo y a toda hora. Dicho a nuestra manera: las hienas enjauladas no contraen anorexia.

Después de argumentar que el consumo de carne es improductivo para los humanos, Legge concluye que, además, los antiguos egipcios no gustaban de la hiena porque sabían que podían contraer triquinosis. Es la misma razón que se ha dado para explicar que el cerdo fue desterrado de las dietas judeo-árabes porque, criado en las primeras ciudades, comían ratas y de ahí la triquinosis. Pudo ser cierto en según y cómo pero es evidente que, antes y después de los mesías y de los profetas, la Humanidad ha incrementado sistémicamente el consumo de porcino.

Por otra parte, encontramos en tiempos cuasi actuales una referencia ‘hieno-hepática’: “Maxime Rodinson (1967, 104) reported that [en el Cuerno de África] syphilitics ate hyena liver as a cure, but with none of the use of hyena body parts in witchcraft that is known farther south in East Africa” (ver Gade, Daniel W. (2006) “Hyenas and Humans in the Horn of Africa”; en Geographical Review, 96: 4, pp. 609-632) Dicho en cristiano, que los sifilíticos se medican con hígado de hiena. A nuestro juicio, esto indica que, no sólo la hiena fue devorada desde antiguo, sino que se atribuyen virtudes medicinales a su hígado. ¿A atribuyen y, por ende, atribuyeron? Si hoy se las asignan hoy en territorios para-faraónicos, sería prejuicioso creer que es una costumbre moderna probablemente aborrecida en el Egipto dinástico. Los faraones tienen excelente buena prensa. Por ello, nos parece probable que ese prejuicio forme parte de la campaña popular para el blanqueamiento de aquel régimen despótico.

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