Piedra de locura, de Alejandra Pizarnik

Sobre la obra y su representación, de que va…

Vosotros que entráis en este universo habréis de abandonar los lugares comunes que acompañan el nombre de esta escritora. Son los mismos, por cierto, que lastran la recepción de otras escritoras: locura y suicidio. Graves son las consecuencias de la patología que consiste en “ligar” de esta manera vida y obra. La melancolía, la soledad y el aislamiento, cuando se ponen de manifiesto en la escritura de una mujer, son rasgos que admiten ser interpretados como prueba de un desequilibrio psíquico de tal naturaleza, que puede conducir a su autora al suicidio o a la locura. En cambio, si el escritor es varón, su obra y vida o ambas manifiestan parecida contextura, ésta suele recibirse como una confirmación del talante visionario de su hacedor. La muerte de Pizarnik, háyase suicidado o no, es tan relevante para la comprensión de su obra como el gas y el horno en un gélido apartamento londinense para la de Sylvia Plath.

Alejandra Pizarnikbuscaba, como ella misma confesaba, una “escritura densa y llena de peligros a causa de su diafanidad excesiva”. De que lo logró plenamente da fe su obra poética y prosística. Una obra que está recorrida por una exaltación que eleva las palabras y que hace que, al iniciar un texto, el plano en el que se sitúa la voz sea el mismo que por lo general alcanzan los grandes poetas cuando acaban los suyos. Un trabajo de escritura que busca exaltar los poderes del lenguaje. Éste es -y no la muerte o la locura o el suicidio- el gran motor de la obra de Pizarnik.

Como ella misma expresaba en una entrevista: “escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea. Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.”

Sobre Alejandra Pizarnik

Nacida en Buenos Aires (1936–1972), fue hija de un matrimonio de inmigrantes judíos de Europa del este. A los diecisiete años inició estudios de filosofía y periodismo; más tarde también se inscribió en la carrera de letras, que abandonó al poco. Asistió al taller de pintura de Juan Batlle Planas y a los diecinueve años publicó su primer libro, La tierra más ajena. A éste le siguieron La última inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958), Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches  (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971).

Entre 1960 y 1964 vivió en París, donde hizo amistad con Julio Cortázar, Octavio Paz, André Pieyre de Mandiargues y Rosa Chacel. Al regresar a Buenos Aires obtuvo el Premio Fondo Nacional de las Artes y la prestigiosa beca Guggenheim y rechazó la Beca Fulbright que se le ofreció más tarde.  

Alejandra Pizarnik murió a los treinta y seis años tras haber forjado una de las obras más profundas y perdurables del siglo XX.

Ficha técnica:

Intérprete: Eva Varela Lasheras.

Dirección: Rodolfo Cortizo

Escenografía y vestuario: Taller Las Manos.

Iluminación: La Puerta Estrecha

Diseño gráfico: José Gonçalo Pais.

Producción: Peldepa S.L.

 

¿Cómo y dónde?

Por “La Pajaritade Papel Compañía de Teatro

En el teatro de “La Puerta Estrecha”, Calle del Amparo 94, Madrid.

Hasta el 18 de diciembre de 2011. Martes y miércoles a las 20.30h. Sábados a las 23h.

Alejandra Pizarnik. La perfecta poetisa suicida

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