Por la mera libertad

Contra cualquier forma de sometimiento, contra cualquier forma de mordaza, contra cualquier forma de impunidad u olvido, contra cualquier forma de esclavitud.

Escucho a una persona que, abonado a Intereconomía, justifica la rebelión militar de Franco y sus generales, así como la dura represión de los años que siguieron a aquella guerra, y una y otra vez le digo que eso es tanto como admitir que la figura del Jefe del Estado, las distintas cámaras, los jueces y el pueblo mismo, están supeditados a los designios, caprichos e intereses de las FF.AA.; con lo que estamos justificando las dictaduras del pasado, tanto aquí mismo como en Argentina, Chile, Grecia o Uruguay, así como todo el horror desatado por sus juntas militares.

Justificar esos actos en sí puede llevarnos también a limitar la libertad de expresión porque los intereses de determinadas corporaciones pueden resultar perjudicados (Internet). Y así mismo podríamos extendernos al campo de las energías, al mundo de los laboratorios farmacéuticos, al complejo mundo de la industria alimenticia y de la construcción; independientemente de los sagrados intereses de la ciudadanía.

Con estos señores resulta totalmente estéril cualquier forma de diálogo: “el Ejército está ahí para velar por la Patria –independientemente de que mañana a un teniente coronel cualquiera le de la ventolera y monte un pollo porque no ve con buenos ojos el proceso autonómico o porque un comando terrorista asesinó a un general del Estado Mayor-; el Rey es sagrado, la economía de mercado es sagrada, la libertad de los bancos y los mercados es sagrada; la Iglesia, los intereses de los “mass media”, los de Telefónica y Monsanto están por encima de los intereses generales de la Nación”. Y esto nos llevaría a justificar, desde Idi Amín Dadá hasta el déspota que invade las tierras del Sáhara o arroja al mar el cuerpo del estudiante que se opuso a tal o cual junta militar. Pero a ningún oficial del Ejército se le ocurre afirmar que el derecho de un hombre al trabajo, a una vivienda, a una vida digna, también son sagrados.

Lo peor de todo esto es que muchos de nosotros aún leemos, conservamos la memoria, de los días de las “cartillas de racionamiento”, conservamos la memoria de los días en que aquí y en otros lugares del planeta, se traficaba con la penicilina, con los alimentos, con la gasolina, con los pasaportes, en aquella no tan lejana España que se dio en llamar la España de las recomendaciones.

Sin ser éste ni mucho menos el país que soñábamos, muchos de los que ayer huíamos de los “grises” de los señores Martín Villa y Fraga, independientemente de los colores de la bandera que ondee en los edificios de Sol y de Cibeles, de lo que proclamen determinados medios que se aprovechan de los incautos que jamás leyeron -ni leerán- a Tuñón de Lara, a Gabriel Jackson, a Gerald Brenan ni a Haro Tecglen y a otros que no voy a citar aquí; varios millones de ciudadanos de este país vamos a seguir colaborando en sitios como éste y a seguir saliendo a la calle para defender la verdad. La verdad por sí misma. Como ayer contra los tecnócratas del Opus Dei y los tenebrosos funcionarios de la Brigada Político Social. Como ayer contra los de la “guerra sucia” contra ETA. Independientemente de nuestras simpatías hacia el juez Garzón, de que la COPE y los distintos medios de la extrema derecha se beneficien también de las campañas por la libertad de expresión, esos millones de ciudadanos libres vamos a ejercer con todas nuestras fuerzas para que éste no vuelva a ser jamás el país de la Inquisición, el del patíbulo en la Plaza Mayor de los pueblos y ciudades, el de los libros quemados, el de los hombres sin derecho al “habeas corpus”, el de los sindicatos obreros proscritos, el de la mujer con medias y velo en “misa”, el del himno patriótico y el brazo alzado ante la enseña nacional del colegio.

Muchos de los que hoy lean estas páginas aún harán memoria de días de manifestaciones prohibidas, de obreros vilmente asesinados en iglesias y descampados por defender sus derechos, por arrojar una octavilla en tal o cual zona industrial o barrio obrero; de las grandes concentraciones de apoyo al dictador en la Plaza de Oriente y las fiestas de San José Obrero en el Bernabeu, con millares y millares de “productores”, que se decía antes, allí concentrados, mientras en la calle, en la Glorieta de Atocha, se nos prohibía manifestarnos contra los periódicos del “régimen”, contra el “parte”, contra la carestía de la vida, contra las ejecuciones del general, contra sus prisiones, contra la suspensión de los catedráticos más incómodos, contra aquella bandera con la “gallina”, que no representaba otra cosa que la represión y la negación de los derechos más elementales.

Nos vamos a movilizar, nos estamos movilizando ya, para que ni tú ni tus hijos tengáis que viajar a Londres o a Perpiñán para comprar el libro de Ruedo Ibérico aquí prohibido; para ver cine, para que aborte la chica, para asistir al mitin de ese líder buscado por la Policía.  

Nos movilizamos por los Derechos Humanos, a favor de los pueblos que también lo hacen por su autodeterminación, porque no se cierre ninguna de las radios libres”, para que exista una prensa, una radio y una televisión alternativa a la de las grandes cadenas, para que no se amordace Internet, para que no muera dentro de nosotros aquel indomable periodista que en la película ¿Quién mató a Liberty Valance? es capaz de desafiar desde las páginas de su periódico a aquel trueno de látigo y pistola.

Los herederos de aquel Mundo Obrero cuyos vendedores caían en las calles bajo las balas de los de Falange; de Claridad, Castilla Libre, El heraldo, El Papus, Triunfo; de Hermano Lobo, de La Codorniz y de tantas y tantas publicaciones libertarias del pasado, tenemos un compromiso para con esos millones de sin voz a los que prestamos a diario la nuestra para que dejen de ser “invisibles”. Y tanto da si es un paisano que reclama los restos mortales de un pariente rematado en los tapiales de un cementerio, por defender la legalidad republicana, o si se trata del campesino que ve como tal o cual compañía de refrescos le roba el agua o le usurpa la tierra de pastos en la hermana América Latina.

Ahora no vale aquello de… por ése no es que me movería yo.

Independientemente del credo religioso y de la ideología que nos guíen a cada uno; por encima incluso del nivel económico, están esas pocas libertades que aquí se han conquistado.

Es más que evidente que el denominado “caso Garzón” está poniendo de relieve que aquello de las “dos Españas” de Machado no está tan liquidado como pretendieron aquellos que tomaron las riendas del poder en 1982 (supongo que consideraban normalizado el país por el simple hecho de que el dinero llegado de Alemania, más la inocencia del electorado, y una tradición de lucha de un partido que, desde luego, no era ya el PSOE que triunfaba en las elecciones, les permitía a los coleguitas de Felipe González sentarse en los cálidos sillones que en otra hora habían ocupado los de Falange y los del OPUS).

Es imposible, a poca sangre que te corra por las venas, no tomar partido en estas circunstancias.

Lo que en estos momentos está en juego no es si tales siglas van a gobernar el país o, si por el contrario, serán las ideológicamente opuestas. Lo que ahora está en juego es el poco o mucho prestigio que heredamos de aquellos que, hace setentaicinco años, se partían el alma en esos campos y ciudades por defender el modelo de democracia que el pueblo estaba exigiendo (modelo de democracia que determinadas democracias de la época no compartían, como se vio a no tardar).

Lo que quiero decir es que, en este momento, lo que está en juego es el prestigio de este país, si es que alguno le queda tras haber permitido que los máximos torturadores de ayer murieran en sus camas.     

En estos momentos, en esta encrucijada de pasiones, de un lado nos posicionamos, como los que lo esperaban todo de la Revolución Francesa (Goya y los afrancesados), los que hoy estamos del lado del Progreso, del lado de la Justicia, del lado de los más, de los más débiles, del lado de la Razón, por encima de cualquier valoración partidaria. Del otro lado están los inmovilistas, los que, entre Democracia y dictadura, eligen orden, que no siempre está asociado con la Legalidad, la Justicia la Fraternidad y la Libertad, así, con mayúsculas.

No cuesta mucho reconocer entre esas dos Españas a la que, en la España de Fernando VII, hizo popular el grito de …¡¡Vivan las cadenas!!, la misma que recibía con vítores y aplausos a los vencedores en las ciudades al final de aquella guerra de hace setenta y cinco años, la que, casi durante cuatro décadas, nos mostró el rostro más duro de la Patria, prohibió la libre sindicación de los trabajadores, asesinó, violó sistemáticamente todos y cada uno de los derechos humanos, humilló, condiciono la educación y el libre desarrollo de los individuos

Por mucho que se tiendan puentes de un lado y otro de esas dos orillas, la España del cristo a cuestas por las calles y con acompañamiento de los muchachos de La Legión se niega a desaparecer; es más, está más presente que nunca en la vida cotidiana, como se acaba de demostrar con la condena del juez citado.

Es más evidente que nunca que todo el trabajo hecho desde la muerte del dictador para acá ha sido totalmente estéril: ni aquella que ganó su guerra contra la República ha pedido perdón por los excesos del franquismo ni ésta de hoy está dispuesta a reconciliarse con la España perdedora de entonces.

La libertad religiosa de que goza la Iglesia actual solo ha servido para que obispos y militantes de esa organización nos recuerden constantemente que las espadas siguen en alto. Y así lo expresan con cada una de las visitas del Papa, que no dejan de ser un claro referéndum sobre el aborto, el divorcio, la educación de la ciudadanía y demás aspectos de la vida cotidiana donde la mano de la Iglesia de Roma puede abarcar, incluido el negocio de la enseñanza y otros que sería muy prolijo enumerar aquí. 

Es francamente desolador ver lo infructuoso de estos pasados treinta y siete últimos años.

Con la condena de este juez, con la actual crisis económica y la consiguiente pérdida de derechos para los trabajadores (de paso, un repaso), se ha evidenciado, por si alguna duda cabía, que ni la renuncia de una parte de la izquierda (los hijos y nietos de aquellos vencidos) a recuperar el régimen democrático de la II Republica ni el hecho de haber renunciado a cualquier tipo de revancha por los crímenes del franquismo, desde 1936 hasta ayer, han sido suficientes para satisfacer la voracidad de una derecha que, como en los días de Negrín y de Casado, (los días previos a la caída de Madrid), ante un enemigo derrotado, no admite condiciones para su total rendición: aquí lo que se pretende es que, una vez más, como entonces, entreguemos todo nuestro “armamento” todas nuestras “banderas reivindicativas”, todo el bagaje de memoria histórica que heredamos tras los años del fuego; toda nuestra “rica” experiencia en cárceles, en palizas, en fusilamientos masivos, en penales por doquier, en esclavitud sin cuento, en humillaciones, en rapadas al cero, en aceites de ricino, en la reconstrucción de la España que ellos mismos destruyeron. Nos quieren “en casa y con la pata quebrada”; “ya está bien de sindicatos comunistas que lo único que predican es la lucha de clases”, “ya está bien de partidos que lo único que promueven es la ruina de la Patria, el Comunismo, la destrucción de la familia, socavar los sagrados cimientos de la sociedad cristiana…” ¿Se acuerdan?

A la España del 18 de julio, la de “¡obispos rojos, al paredón!", la del 23-F, la de las grandes concentraciones en Colón, en Cuatro Vientos; la que hace cola en las puertas de Medinaceli en tanto los pobres se arraciman en las colas de Cáritas, los mendigos y la gente que busca su sustento diario en los cubos de basura crece en número; en tanto crece y crece también la cifra de parados en el país… a esa España no le basta con el regreso de “don Alfonso”, aunque sea en la persona de su nieto. No le basta con que lo más granado de la inteligencia de los años treinta (Max Aub, Miguel Hernández, Cernuda, León Felipe,  Pedro Garfias, Sender, Salinas, Altolaguirre, Azaña, Américo Castro, Corpus Barga, Machado, Emilio Prados, Buñuel,…) muriera de bala o en una celda, o exiliado en cualquier país que tuviera a bien acogerle una vez perdida aquella guerra, no fuera que a su regreso corriera la misma suerte que el poeta granadino. A esa España no le sació sus hambres de venganza una Constitución donde se sacraliza el “sagrado capitalismo”, la “sagrada” figura de la Corona de España, (cada vez más deteriorada); no satisfizo su apetito insaciable de venganza por lo de Paracuellos, la ejecución de Carrero Blanco y la del torturador Melitón Manzanas y cuatro falangistas y torturadores más; que en todos estos años no se le pidiera cuentas a ninguno de aquellos que participó con Franco en los Consejos de Ministros que firmaban las penas de muerte para Julián Grimau y para tantos y tantas; que los herederos de aquel, a la muerte de éste, siguieran disfrutando de los bienes adquiridos en una más que prolongada y cruel dictadura.

No, no les basta con vernos aplaudir como niños delante de sus alienantes productos culturales, ya sean estos televisivos o de cualquier tipo. No les basta con llevarnos de aquí para allá en guerras que ni nos van ni nos vienen. No les basta con embrutecer a nuestra juventud con discursos vacíos que nada tienen que ver con la realidad diaria.

Ayer nos querían a todos amarrados a un ordenador pero hoy les jode que nos bajemos películas, música,  programas; todo aquello con que hicimos multimillonarios a tantos de ellos.  

Querían Internet en cada hogar pero les jode cantidad que ahora, en lugar de comprar sus infames periódicos, seamos nosotros mismos los que los creemos y los que generemos nuestra propia información y que ésta hable de nosotros, de aquello que realmente nos interesa como clase social, como trabajadores, como creadores, como entes inteligentes que somos; que no memos a los que se les cae la baba con toda esa morralla que destila esta sociedad dividida entre depredadores y depredados.

Aquí quizás no tendremos unos coros de Nabuco que nos pongan de pie ante la tiranía, pero tenemos al poeta más luminoso, que supo hostigar al fascismo con sus más combativos versos…  

No soy de un pueblo de bueyes

que soy un pueblo que embargan

yacimientos de leones,

desfiladeros de garras

y cordilleras de toros

con el orgullo en el asta.

Nunca medraron los bueyes

en los Páramos de España”.

Miguel Hernández

Nos quieren vasallos de una Corona y de una estéril Constitución que ni ellos mismos respetan, pero poco ha de quedar de aquellos españoles de antaño si, entre todos, no ponemos a todos estos rufianes en su sitio.

Es más que evidente que lo que buscan no es sólo acabar con la memoria histórica de estos pueblos: detrás, solapadas, vienen las reformas laborales, los ajustes que están pidiendo a gritos los mercados hasta vernos vasallos, tristes esclavos de ese sistema depredador en el que ya convirtieron este planeta; embrutecidos zombis sin memoria, personajes arrancados de las novelas de Bradbury, Huxley y de Orwell.  

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