¿Por qué la iglesia española es cómplice de los curas pederastas?

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

La respuesta más inmediata es también la más verdadera: porque puede. Porque tiene el Poder suficiente –léase, impune. Pero, en el caso de la pederastia clerical, la Iglesia se mueve por otra razón no tan evidente: porque, negándola, gracias a lo que Ella considera pecado venial y nunca delito, desvía la atención sobre un amplísimo prontuario de otros de sus más queridos delitos: los que van desde el genocidio y el asesinato hasta el latrocinio a gran escala.

He escrito ‘venial’ porque, para el Vaticano, violar a la infancia es un pecado de menor cuantía –no mortal. Hoy, atenderemos sólo a uno de sus delitos sexuales: la pederastia. Es decir, que nos vamos a olvidar del resto, salvo la siguiente breve alusión a un delito cuasi universal: el incesto.

Pecados mayores

Rodrigo Borgia, Papa Alejandro VI. Era bizco, de ahí su retrato de perfil

El incesto, independientemente del sistema de parentesco que predomine en cada pueblo, es un delito –pecado, dicen ellas-, al que han sido muy aficionadas las más altas magistraturas de la Iglesia. Es natural: dentro del Cristianismo, el Papado y la Gerontocracia romana son el mayor poder y como éste se desvanece si no se ejerce, los mandones dentro del establishment clerical tienen que transgredirlo en su más alto grado. Por ende, olvidaremos esos delitos o extravagancias que, a ojos pontificales, son pecados veniales –bestialismo, sodomía, simonía- y amancebamientos sacrílegos menos que veniales: “El antipapa Juan XXIII (Baldassare Cossa, 1370-1419) confesó los suyos ante el concilio de Constanza y en muchas otras ocasiones. Y el cardenal Richelieu [«No tengo más enemigos que los del Estado», fue su eslogan preferido], mantenía con su hija ilegítima, madame Rousse, esa forma de relaciones incestuosas que Sade describe como la cumbre de la voluptuosidad.” (K. Deschner)

Dentro de esa lóbrega zahúrda, los casos de incesto vaticano demostrados históricamente son incontables, pese a que Pío V, antiguo monje e inquisidor, ordenó castigarle con la pena de muerte. Menos severo, León III (795-816), ordenó a los obispos bávaros la prohibición del matrimonio hasta la séptima generación, aduciendo (¡) que el Señor había descansado el séptimo día de todos sus trabajos –en realidad, era una pérfida medida etnocida para romper las líneas de parentesco que todavía sustentaban a la cultura pagana. Otrosí, en la Edad Media, el número de laicos acusados de incesto fue inferior al de clérigos bajo esta acusación, aunque éstos fueron castigados con menos severidad. En los siglos XVI y XVII, en Francia el castigo para el incesto era la horca. Y, en Suecia, la pena de muerte se mantuvo hasta 1864. Por su parte, en Escocia, el incesto estuvo castigado con la decapitación —como atentado al orden religioso— hasta 1887 y con la cadena perpetua a partir de dicha fecha.

El vidrio molido, especialidad de la Casa Borgia

Por referirnos sólo a dos ejemplos perpetrados con tiara y báculo desde la Santa Sede: a) el Papa Juan XII era hijo ilegítimo de Alberico II y fue impuesto como Papa por su padre tras la muerte del anterior Sumo Pontífice cuando Juan tenía menos de 18 años, sin formación ni experiencia religiosa. Al final, tuvo que huir de Roma y fue depuesto de su cargo acusado de haber mantenido relaciones ignominiosas con su madre y con su hermana, amén de homicidios y sacrilegios sin cuento -se le conoció como el Papa fornicario. b) el gran Karlheinz Deschner resume un segundo caso asaz conocido: “El Papa Alejandro VI [Rodrigo Borgia, natural de Xátiva] mantuvo relaciones con su hija Lucrecia Borgia, que también se acostaba con su hermano y que, siendo todavía una adolescente, tuvo un niño que Alejandro, en una bula, hizo pasar por suyo, para atribuírselo después, en una segunda bula, a su hijo César Borgia. Asimismo, encargó una pintura de la Madre de Dios con el Papa a sus pies en la que aparece retratado junto a una de sus hetairas, la hermosa Julia Famese, denominada Esposa de Cristo.

Giulia Farnese, por Luca Longhi

Puesto que, justa o injustamente, los Borgia son etiquetados como envenenadores compulsivos y/o maestros en el uso del vidrio (pulverizado), un hipotético Manual de Primeros Auxilios para uso de la Curia Romana, quizá debiera incluir un capitulito sobre los primeros indicios provocados por ese tipo letal de tósigo. Tenemos una narrativa forense que nos puede ayudar en materia sintomatológica: en 1889, el Tribunal Supremo español declaró que el polvo de vidrio molido era considerado como veneno a los efectos legales. Al parecer, en Lucena del Cid (Castellón), la apacible señora Pelegrina envenenó a su marido con medio gramo de vidrio. Al enfermar éste, fue visitado por el médico de la villa quien le diagnosticó «fiebre reumática muscular» que atribuyó a un enfriamiento, acompañada de un ligero trastorno gástrico. Poco después, el enfermo pasó a “un estado nauseoso con tendencia al vómito”. A los cinco días de haber caído enfermo, el marido presentó «una ligera fluxión encefálica o cerebral». Avisado de nuevo el médico, lo encontró casi cadáver, con un violento dolor en la parte izquierda del epigastrio “a nivel del fondo del estómago», acompañado de repetidos síncopes, pulso filiforme, respiración profunda, anhelosa y frecuente, gran adinamia, alternando con una serie de contracciones musculares generalizadas que le obligaban a retorcerse «por un movimiento adelante y de uno a otro lado», estado patológico al que siguió la muerte” (sentencia de pena capital contra Pelegrina Montús o Montuis Saura por haber envenenado a su marido Manuel Porcar Palanqués)

La infancia

Para desviar la atención de tan tremebundo cúmulo de delitos, la Iglesia ha encontrado una solución: los niños/as. Son su presa preferida porque, en primer lugar, los niños son, por definición, los menos poderosos –no votan ni trabajan- y, en segundo lugar porque constituyen la grey que les sirven en bandeja las pías familias de sus feligreses.

Niño presto para ser canibalizado

Item más, si el Papado era multíparo convicto y confeso y engendraba criaturas a cascoporro que, a su vez, luego serían Papas, en endogamia sacrílega los obispos no se quedaban atrás: Enrique, obispo de Basilea, dejó a su muerte veinte vástagos y el obispo de Lüttiich llegó a sesenta y uno. A mi juicio, este dato es la excepción que confirma una odiosa regla: la infancia de antaño no estaba cuidada como la infancia de hogaño. Exceptuando a los niños nacidos en cuna pontifical u obispal, los niños eran los últimos de los últimos a la hora de sobrevivir; la paidofobia arrasaba. Ahora el niño es el “rey de la casa”, un tiranuelo consentido. Pero éste es un fenómeno reciente. Durante la mayor parte de su historia, en Occidente, la inocencia era el activo familiar más molesto. Pero me es difícil de cuantificar porque no conozco estadísticas fiables de infanticidios ni de maltratos ni de abandonos a lo Oliver Twist; ni, mucho menos, de abortos.

En semejante tesitura, sólo nos quedan las fuentes literarias. Y éstas son escalofriantes. Por ejemplo, el caso de la esposa infiel que cocina a su hijo narrado en el Romance de la infanticida, que musicó Joaquín Díaz en 1972:

Un episodio calcado del anterior romance: el niño que resucitó San Vicente Ferrer en Morella (Castellón) Año

“Un día estando jugando con los niños de la escuela,
ha ido a buscarle su madre, a peinar su cabellera.
Ha cuarteado su cuerpo, le ha tirado en una artesa,
y el peinado que le ha hecho, fue cortarle la cabeza.
La coloca entre dos platos y el alférez se la entrega:
– Señora, se les castiga, pero no de esa manera…

Su marido cornudo vuelve de su viaje y algo sospecha pues lo primero que pregunta es el paradero de su idolatrado vástago:

– Entra, maridito, entra, por tu hijo nada temas,
que le dí pan esta tarde y se fué pa ca su abuela;
como cosa de chiquillos, está jugando con ella.
Se pusieron a cenar, y oye una voz que le suena.
– Padre de mi corazón, no coma usted de esa cena,
que salió de sus entrañas y no es justo que a ellas vuelva.”

La ley de la cárcel

En el título de estas notas, hubiera preferido escribir ‘curas bujarrones’ pero opté por la denominación habitual de ‘curas pederastas’ porque temí que, siendo bujarrón un término de la jerga delincuencial, el hipotético lector quizá hubiera buscado qué significaba eso de bujarrón y habría encontrado que, según el DRAE, procede “del italiano buggerone, y este del lat. tardío bŭgerum”, que significa búlgaro, voz originada por la propaganda de Bizancio ya que, entre los siglos IX y XIII, hubo una gran persecución contra los herejes cátaros, maniqueos y albigenses por parte del Imperio Bizantino y gran parte de ellos huyeron a Bulgaria calumniados como sodomitas. Igualmente según el DRAE, en español de España, describe a “un varón que sodomiza a otro”. Por otra parte, Pancracio Celdrán afirma que procede del catalán bujarró (“quien hace a pelo y a pluma”) y que “es voz de uso extendido en la gaditana Jerez de la Frontera y su partido, y uso generalizado en España” añadiendo que “buharra, bujarra es voz referida a la ramera que se deja sodomizar”. Pues bien: etimologías aparte, en las cárceles españolas contemporáneas –que es donde tendrían que estar infinidad de clérigos-, bujarrón describe a quien sodomiza a los niños –vulgo pederasta, paidófilo, etc. Esta acepción es la que utilizo en este trabajito.

La ley de la cárcel no está escrita pero es popularmente sabido que allí los bujarrones están en perpetuo peligro de muerte porque ocupan el escalón más bajo, más aún que los violadores de adultas. Algunos titulares recientes:

Matan brutalmente a un pedófilo en la cárcel: le cortan el pene, se lo meten en la boca y le arrancan el corazón. El pedófilo estaba en la cárcel tras haber violado a su hijastra de 5 años. (24·08·21). A prisión un peligroso recluso que mató el martes de treinta puñaladas a otro interno en el patio del centro penitenciario de Brians. “Es un violador de niños, tranquilos que ya está muerto” (16-10-2020). Chivatos y agresores sexuales son los que peor lo tienen entre rejas. “Cada vez que entran violadores se les dan unas hostias». Esta frase la pronunció un preso juzgado hace unas semanas en Madrid por participar en la paliza que dejó en coma a otro en la cárcel de Aranjuez -murió poco después-“ (25-04-2016) Violadores, pederastas y asesinos de niños sufren la condena de la ‘ley de la cárcel’. En la ‘ley de la cárcel’ las mujeres son sagradas, el violador es considerado como el más despreciable de los seres. Los niños también son intocables incluso para las mujeres, que también juran venganza. El parricida de Moraña (Pontevedra) ha sido trasladado a León por su seguridad, ante las amenazas de los presos de A Lama (05-08-2015) El pederasta conocido como Nanisex’ (Álvaro I.G.) estuvo a punto de morir nada más ingresar en la cárcel de Alcalá Meco. Ya en el camino hasta el penal fue agredido en el furgón que le trasladaba, pero una vez dentro fue internado en el módulo más conflictivo y duro. Los reclusos rompieron la ventana de su celda desde el patio y metieron una toalla en llamas (misma fecha)

Eso por lo que respecta a los presos laicos. El panorama de los reclusos curas es similar en muchos aspectos pero no en todos pues, a fin de cuentas, son personajes despreciables… pero bien protegidos por poderes superiores. Asimismo, la situación en una España que sólo es laica sobre un papel escrito en letra gótica, es absolutamente distinta en ‘los países de nuestro entorno’. Por ejemplo, en Francia se ha demostrado que, en los últimos 70 años, han podido contabilizarse más de 3.000 curas pederastas que han causado 330.000 víctimas. Incluso se rumorea –no caerá esa breva- que la Iglesia francesa va a vender parte de sus activos para hacer frente a las indemnizaciones que debe arrostrar. Claro está que el paradigma de la pederastia eclesiástica sigue siendo el del mexicano Marcial Maciel Degollado, fundador de los Legionarios de Cristo y socio preferente de Juan Pablo II. En 2.008, cuando murió, se supo lo que ya era vox populi: que había tenido un harén de 600 u 800 esposas (Ben Laden, chúpate esa), que había tenido hijas e hijos con ellas, que violaba a sus propios seminaristas y que era consumidor desaforado de drogas duras –esto último no nos atañe, lo anterior, sí. Visto lo cual, no extraña a nadie que “John Connor, nuevo superior de los Legionarios de Cristo entre acusaciones de encubrir abusos sexuales” (07.02.2020)

Por fortuna manifiestamente inesperada, en España se ha dado un primer paso mediático para denunciar la pederastia en las parroquias y la complicidad de los cardenales y obispos: Todos los casos conocidos de pederastia en la Iglesia española han salido a la luz. 611 casos. 1.246 víctimas en España. La primera base de datos de referencia sobre los abusos en la Iglesia católica española, clasificada de forma exhaustiva por El País (El País, octubre 2021) Aunque incompleta, esta extremadamente meritoria base de datos señala como encubridores a cardenales, arzobispos, obispos y abades. Y adjunta un listado de noticias de los casos denunciados en los años 2016, 2017, 2021 y 2022.

Asimismo, varios medios e incluso agencias de noticias han osado enumerar multitud de sueltos genéricamente titulados Principales casos de sacerdotes españoles condenados por delitos sexuales (ver EFE, 20.II.2019) Sin embargo, es descorazonador que la mayoría de estos casos reconozcan que el delincuente tonsurado “no ingresó en prisión”. Obviamente porque los poderes fáctico-vaticanos lo impidieron.

En la cárcel todos los gatos son pardos y, en consecuencia, ese espejo de democracia auténtica que es la ley de la cárcel dictamina que los curas bujarras han de ser unos apestados –en efecto, lo son pese a que su pecunio (dinero taleguero) sea muy superior al del resto de los reclusos. Sin embargo, el brazo mediático de la Conferencia Episcopal es cuasi monopólico –posee grandes empresas de desinformación- y, demasiado a menudo, envía a las cárceles a periodistas de pacotilla para que laven la cara de los clérigos reclusos.

En ocasiones, lo poco aprovechable que comportan esas infectas manipulaciones es que nos ilustran sobre las tesis de las defensas. Por ejemplo, suelen alegar que el acusado “no presenta rasgos psicopatológicos característicos de un abusador y una personalidad que le impida controlar sus impulsos”. O bien aducen excusas aún más inauditas como la exigencia de “abrir la posibilidad de que los hechos pudiera haberlos cometido otra persona y que los menores se equivocasen en su identificación”. Sin comentario (ver Condenado a 32 años de cárcel un sacerdote salesiano [Segundo C.V.] por abusar de seis menores con tocamientos. El tribunal de la Audiencia de Pontevedra considera probados hasta siete delitos durante actividades extraescolares que organizó en 2019 el profesor de religión (26-octubre-2021)

Finalmente, un botón de muestra indecentemente meapilas: Tres curas en el infierno. Cuando el lunes el sacerdote José Domingo Rey entraba en prisión condenado por abusos, lo hacía con miedo a la ley de la cárcel. La que ve mal a los curas y peor a los pederastas. Luis José y Edelmiro llevan meses sabiéndolo (El Mundo; José Manuel Vidal, 27.VI.2004) Primera objeción: la ley de la cárcel no “ve mal a los curas”, ve peor que mal a los bujarrones, sean curas o electricistas. Y continúa bajo el epígrafe Sobón pero no abusador (¿cómo distingue Vidal entre sobar y violar?) donde se acumulan las insidias; para Vidal, el cura de marras es sólo sobón porque no penetraba a las niñas sino que sólo las manoseaba por encima de la ropa: “El que no haya consumado el acto puede terminar siendo su salvación en la cárcel. De esa angustia agarrada al estómago [¿se refiere a la angustia infantil?], de miradas torvas [¿ningún reo puede tener un mirada limpia?] y amenazas explícitas y susurradas saben ya mucho otros dos sacerdotes españoles que también cumplen condena por abusos sexuales. Uno, Luis José Beltrán Calvo, de la diócesis de Jaén, lleva tres meses. El otro, Edelmiro Rial, de la diócesis de Tui-Vigo, más de un año. Ambos condenados por abusos sexuales a monaguillos de sus respectivas parroquias. Ambos considerados «inocentes» por sus feligreses y culpables por los tribunales de Justicia… Porque el veredicto de la cárcel de A Lama sobre el cura de Baredo no coincide con el de la Justicia. Para los presos, “el cura fue un pardillo, que se dejó engañar por unos adolescentes resabiados y espabilados”. Eso salvó a Edelmiro de las represalias físicas. Viejas tesis, defendidas por varios obispos y hasta cardenales, de que los curas son ingenuos y los niños y adolescentes, perversos. Y, asimismo, que la Justicia no es imparcial con los sacerdotes –y, en efecto, no lo es puesto que actúa al revés de lo que propala esta gacetillero. Y, peor aún, que a los tonsurados violadores les defienden sus feligreses puesto que firman para promover su indulto y recaudan dinero para el bienestar del infame –algo hay de ello pero los casos de repudio son más numerosos que los casos de alienación religiosa.

Resumen apresurado: el Vaticano cree que la pederastia es un pecado venial del que se aprovecha para ocultar pecados mortales como el incesto. Menos mal que la ley de la cárcel es sabia, inmutable y justa. Mientras, la ley vaticana no existe porque es acomodaticia según sus intereses coyunturales. Pero, cuando aparece, es manifiestamente injusta, gremial y obscena en sumo grado.

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