«Risafloja», Manuel Alexandre Abarca

Nace en Madrid 11 de noviembre de 1917. Hizo el bachillerato en el Instituto San Isidro y el primer curso de la carrera de Aparejador, que por conveniencia cambia a la de Derecho, donde acabando el primer curso, le sorprendió la Guerra Civil.

Fue fontanero ayudante de su padre, que desde muy corta edad lo llevaba al salón que había en la Puerta del Sol, donde en su primer piso se jugaba y se ejercía la prostitución. El primer cuento que escribió en el Café Gijón, y por el que le pagaron 100 pesetas, estaba dedicado a “La pantera”, conocida meretriz de aquel lugar, que a los diez años le daba besos y cigarrillos.

Por una coincidencia se cruza en su camino el teatro como cuenta Carlos Fernández-Cuenca (director/censor del que ya hemos hablado en este libro, que continuamente en su fichero biográfico en la revista Primer Plano hace alusión a la Guerra Civil como “Guerra de Liberación”): “Durante cerca de dos años se desenvolvió difícilmente en el áspero clima de la zona roja, y en 1938 se le abrió un insospechado horizonte. Cierto día acompañó a un amigo, que se sentía fuertemente seducido por la escena, al Teatro Español, adonde le habían llamado para someterle a una prueba de aptitud. Los directores del primer coliseo nacional, que a la sazón lo eran un apuntador y un traspunte, no solo aceptaron al candidato, sino que aconsejaron a su acompañante que se inscribiera en la Escuela de Arte Dramático, creada por la F.A.I.

Jamás había pensado Manuel en el teatro, que le gustaba como espectáculo y nada más, lo mismo que el cine, pensaba proseguir sus estudios de abogado cuando acabara la guerra y continuar sus aficiones literarias. Pero aquella inesperada coyuntura tenía, ante todo y sobre todo, la ventaja de que podía librarle del frente de batalla”.

Parece que lo del acceso fue real, él mismo lo confesó en su aparición en “Lo + plus” el 23 de junio del 2003, contando también que en su aprendizaje con Carmen Seco en el año 38 conoció a Fernando Fernán-Gómez, su gran amigo.

Hombre apasionado de las tertulias, a las que acudía al principio con María Luisa Ponte, su compañera sentimental, a la que violentaba mucho por la falta de naturalidad para reírse.

De su faceta de autor decir que publicó algunos cuentos y relatos cortos en la “Estafeta Literaria”.

Solo en los últimos tiempos se le ha visto con asiduidad por las televisiones. Sobre todo por su papel de Arsenio “El anticuario” de la serie “Los ladrones van a la oficina”.

Pero se inició en 1963 en el mismo espacio de “Gran Teatro” que lo hacía Tomás Blanco, con la obra “Don Juan Tenorio”. Años en que la necesidad que apretaba lo obligaba a hacer anuncios de radiadores junto a su amigo Fernando Fernán-Gómez. Pero su continuidad sería a partir de los últimos años de la década de los sesenta con muchos dramáticos y novelas. Medio que parece ha abandonado con la llegada del nuevo milenio, donde se le pueden contar apenas un par de apariciones en “Fumar perjudica seriamente la salud” u “Hospital Central”. Quizá por la acumulación de papeles cinematográficos principales en esta etapa final de su carrera.

Galardonado el 2 de febrero del 2003 con el premio Goya a toda su carrera, hizo un breve y emocionante discurso entre los aplausos de un público emocionado, en una gala sensibilizada contra la guerra de Irak.

En este año de 2006 cuando comparte decanato artístico con María Isbert, le llega el reconocimiento absoluto con papeles protagonistas y abundancia de trabajo. Dos películas en cartel: “Cabeza de perro” y “¿Tu quien eres?”, sobre tan preocupante enfermedad como el Alzheimer.

Hoy, día del Pilar del 2010, se hacen eco los noticiarios de su fallecimiento. Una vez más los tanatorios se llenan de cámaras y amigos para despedir a otro actor perpetuo, que no desaparecerá de la memoria aunque lo intente el tiempo inexorable, porque para evitarlo, aquí reflejamos parte de su obra.

En “Dos cuentos para dos” (Luis Lucia 1947) es fugazmente uno de los dos inspectores de policía que con excesiva amabilidad sacan de los calabozos de la comisaría a Jorge y Berta (Tony Leblanc y Carlotita Bilbao), ya que gracias a la pelea que han tenido en el baile, han logrado detener a uno de los más peligrosos criminales que andaban buscando.

“Bienvenido mister Marshall” (Luis García-Berlanga 1952) fue su segunda película, donde hace un pequeño papel de acompañante del “Delegado” (José Franco) que visita Villar del Río, para urgir a los paisanos en el engalanamiento del pueblo por la visita inminente de los americanos. Una sonrisa con bigote que sin pronunciar palabra asiste a la reunión con el alcalde (José Isbert).

En “Cómicos” (Juan Antonio Bardem 1953) es Manolo, el hombre para todo de la compañía de comedias Soler-Salas. El imprescindible y el que siempre carga con las culpas. Se ocupa del atrezzo, de dar la entrada a los actores, de repasar el escenario, poner la música y comprobar si encienden “las diablas”.

“Las diablas”; palabra evocadora para denominar esa batería de luces de colores que cuelga del “peine” entre bambalinas. Que qué es el “peine”. Pues ese espacio que queda entre el foso de la orquesta y el telón una vez que se baja.

En “Felices Pascuas” (Juan Antonio Bardem 1954) es el atontado soldado de infinito “tres cuartos” que imperiosamente tiene que “pasar lista”, y que por imposición paterna roba el cordero “Bolita” para darle solución culinaria. En el colmo de la ignorancia confunde a D. Juan Tenorio con el dueño de la imprenta.

El “tres cuartos” es la ridícula prenda especie de gabardina verde que los soldados de ésa y otras muchas épocas llevábamos en invierno sobre el uniforme, haciéndonos parecer una especie de “Mazinguer Z” cuando aun no estaba ni inventado.

En “Muerte de un ciclista” (Juan Antonio Bardem 1955) es el ciclista que en la oscura carretera de la huida de María José (Lucía Bosé), surge de la lluvia, y que por intentar esquivarlo se estrella saltando por el puente. Asustado por el accidente huye del lugar como antes lo habían hecho los amantes.

En “El malvado Carabel” (Fernando Fernán-Gómez 1955) es el Doctor Solá, el estomatólogo que atiende a Silvia (Mari Luz Galicia), que acompañada de su madre (Carmen Sánchez) acude a su consulta. Iniciando relaciones sentimentales con la hija con el beneplácito de la madre, ante la ineptitud demostrada por su anterior novio, Amaro Carabel (Fernando Fernán-Gómez), para prosperar en la vida.

En “Fulano y Mengano” (Joaquín Romero Marchant 1955) hace otra de sus breves apariciones, esta vez escondido tras un traje blanco de guardia del ayuntamiento, y bajo una gorra de plato de la que apenas asoma más que un bigotillo, reprende a Eudosio (José Isbert) porque en la puerta de una iglesia un señor malhumorado le ha dado un duro tras preguntarle si era pobre, por lo que el guardia lo trata como un mendigo. Quejándose también de que ha ganado un duro en un minuto, y llenando la frase de puntos suspensivos cuando tiene que delatar lo que ganaba un guardia al mes.

Quizá a la censura no le hubiera parecido oportuno pregonarlo, lo mismo que no le pareció al guardia aludir la “pasta” que “levantaban” en múltiples ocupaciones compartidas con la municipal.

En “Vivan de novios” (Luis García-Berlanga 1956) es Carlos, el hermano amnésico de Dolores (Laly Soldevila), que con un cartel colgado al cuello: “Soy amnésico, devuélvanme a Souvenirs Dolor´s”, enreda con la muerta que reposa en la bañera entre el hielo.

En “Viaje de novios” (León Klimosvky 1956) es Lorenzo Sallent “Loren”, pichoncito recién casado con Merche (Elvira Quintilla). Escritor botánico tan enamorado que rompe el pacto con los hombres para “chivarse” a su mujer de que las joyas robadas eran falsas.

Dice Paco Ignacio Taibó en su libro “Un cine para un Imperio”, que Franco, que era un hombre parco en exteriorizar sus emociones, con lo cual traía de culo a aquellos que intentaban halagar al dictador, un día, cuando le proyectaban en El Pardo “Viaje de novios” exclamó complacido: “Estas son las películas que han de hacerse en España”, por lo cual desde ese momento los pelotas del régimen se pusieron manos a la obra para intentar contentar a su excelencia y de paso beneficiarse de las clasificaciones.

Es el primer trabajo de José Luis Dibildos como productor, colaborando además en el guión escrito por Noel Clarasó. Uno de los más sonoros nombres de las televisivas noches de teatro de comedias. Licenciado en Derecho que había nacido nada menos que en la mítica Alejandría cuando su padre, el famoso escultor catalán Enric Clarasó, cumplía compromisos laborales allá por 1904.

La historia cuenta, como Juan, (Fernando Fernán-Gómez) que los últimos diez años ha vivido en África, se casa por poderes con Ana (Analía Gadé), repetitiva pareja cinematográfica de aquellos años a partir de este trabajo. La bella cordobesa de Argentina que llega a Madrid después de trabajar en el cine porteño como premio por ganar uno de los múltiples concursos de belleza en su país.

Federico (Rafael Alonso), servicial amigo les ha preparado la “luna de miel” en un discreto hotelito de la sierra de Madrid, pero mientras esperan en el aeropuerto de Barajas, que en el año 1956 más parece “Cuatro vientos”, Juan coge una cogorza que le hace irreconocible a los ojos de Ana. En el hotel coinciden con otras cuatro parejas de recién casados y con la actriz Yolanda Clavel (Aurora de Alba) para crear un poco de discordia.

Destacar el trabajo realizado por la pareja formada por Merche (Elvira Quintillá) y Loren (Manuel Alexandre), acaramelados de manos y ojos durante toda la película. Y las inocentes redondeces de las mujeres de aquellos tiempos que nos hacían parecer a los hombres todavía más tontos de lo que somos.

En “Calle Mayor” (Juan Antonio Bardem 1956) es Luciano, el más imbécil de los señoritos golfos de la pequeña ciudad castellana, que cada noche matan su tedio entre casas de putas y pesadas bromas a cualquier víctima fácil.

Pesado borracho de mal vino al que Federico (Ives Massard) tiene que abofetear indignado por la “broma” que han preparado para Isabel (Betsy Blair), la “solterona” de 35 años a la que ha enamorado otro de los estúpidos: Juan (José Suárez), que no encuentra la forma de echarse atrás en el atropello.

Dice la voz en off al principio de la película que tres cosas marcan la vida de la ciudad: “El tañer de las campanas, el paseo de los seminaristas de tres en tres al atardecer y los paseos por la Calle Mayor”. Demasiada tranquilidad para tan poco cerebro provinciano.

En “Calabuch” (Luis García-Berlanga 1956) es Vicente, el pintor que tranquiliza su creatividad artística rotulando las barcas de pesca para las parejas casaderas. Corresponsal local de prensa que a la postre, involuntariamente, descubre el paradero de Jorge (Edmund Gwenn), el científico clandestino que huyó de Estados Unidos tras inventar el cohete Marilyn, y que ahora pone sus conocimientos al servicio del pueblo de Calabuch para construir un cohete de artificio que pueda ganar en el concurso de fuegos a su vecino Guardamar. Siendo Vicente el encargado de rotular en su costado el nombre del pueblo, que quedará brillando en el cielo cuando el artefacto hace explosión.

Su voz fue doblada para este trabajo por Víctor Orallo, desfigurando completamente su personalidad.
La película fue rodada en Peñíscola cuando apenas era algo más que un bar y una playa.

En “Todos somos necesarios” (José Antonio Nieves Conde 1956) es Adolfo, el factor de la estación donde toman el tren los presos excarcelados del penal que se haya en sus proximidades.
Entran tres de ellos en noche de intensa nevada mientras juega a las cartas con su jefe (Manuel de Juan), teniendo que soportar sus impertinencias ante la huída de su superior y el retraso que trae el convoy.

En “El aprendiz de malo” (Pedro Lazaga 1957) es el acompañante bromista de D. Gregorio, al que usurpa la personalidad entre entupidas risas y bromas para burlarse de Casto García (José Luis Ozores), y ofrecerle un trabajo ficticio.

En “Los jueves milagro” (Luis García-Berlanga 1957) es Mauro, mendigo con el que experimentan el milagro de la aparición de San Dimas, cambiándole de lugar el vagón de tren donde duerme en la estación de trenes de Fontecilla.

Repitió siete veces la toma en la que el tren le pasa rozando por imperativo de Berlanga, hasta que en una de las tomas un pasamanos del vagón le arrancó la botella de la mano y se negó a seguir.
En otra de las escenas que salen fuegos artificiales del techo del vagón donde duerme la borrachera, Berlanga quería hacerla sin pruebas, a lo que él, remiso, le pidió que se pusiera él primero para ver la ubicación. Pero el amoscado Berlanga tampoco se puso y probaron en vacío. La primera chispa atravesó el colchón a la altura que debería estar la cabeza.

En “El hombre del paraguas blanco” (Joaquín Luis Romero Marchant 1957) es el poético intelectual de Torrebaja. Lo dice su aspecto y las palabras que emplea que no entiende ni Dios. Por ejemplo, denominar “aborígenes” a los vecinos del pueblo de al lado cuando mandan a Mauricio (Antonio Ozores) a espiar la preparación de los fuegos de artificio de las fiestas, y ante la tardanza dice eso: que lo han capturado los aborígenes.

En “La vida por delante” (Fernando Fernán-Gómez 1958) da vida a Manolo, amigo poeta de la vida estudiantil de Antonio (Fernando Fernán-Gómez), juerguista de la noche madrileña que se lamenta de su mala suerte desde su descapotable lleno de chicas guapas.

Aquellas chicas despampanantes que le acompañaban en el “Aiga” americano con sus abrigos de pieles y sus joyas, eran chicas de alterne del famoso “Riscal”, que gustosamente se ofrecieron a colaborar con su indumentaria de trabajo.

En “El inquilino” (José Antonio Nieves Conde 1958) es el limpiabotas torero que ilustra sus ilusiones taurinas con “naturales” que surgen del trapo impregnado de betún mientras el cliente espera con paciencia el trabajo a medias. Apoderado por el desalmado intermediario Fernando Sancho, para “derrochar su arte” por las duras plazas pueblerinas de garrota en mano.

En “Bombas para la paz” (Antonio Román 1958) es el novio besucón que entra acaramelado al despacho parroquial para fijar la fecha de la boda, justo cuando el cura está echando a la comitiva de la otra por broncas. Corriendo la suya la misma suerte ya que tras la manifestación de la novia de que se casará de negro como prometió a su madre, él testarudo dice que de blanco. Yéndose a “tomar por culo” el evento al tomar partido cada uno de los padres por su correspondiente retoño: Ángel Álvarez y Rafaela Aparicio respectivamente.

En “Solo para hombres” (Fernando Fernán-Gómez 1960) es Manolo Estévez, funcionario público que en las gélidas tardes de enero en compañía de su amigo Pablo (Fernando Fernán-Gómez) visitan a las chicas casaderas para atenuar el hambre que pasan, aunque el frío es imposible, dado que en las casas madrileñas la temperatura a veces es más baja que en la calle.

En “091, policía al habla” (José María Forqué 1960) es Luciano, un honrado padre de familia que pone a su mujer y a sus tres hijos en el coche de línea de Alicante, y se dispone a pasar la primera noche de crápula “Rodríguez” en compañía de sus amigos Julio (Julio Peña) y Manolo (Ángel de Andrés), por lo que los tres juntos, previas mentiras conyugales, se dirigen a una terraza de moda para ligarse a dos rubias que emborrachan, y que de vuelta a Madrid, estrellan en el “600” que viene haciendo “ochos” por la Castellana, contra una de las farolas de la puerta del Estadio Bernabeu. Él sólo terminará ensangrentado y con algún esparadrapo, pero su amigo Manolo quedará muerto junto a Charo con una botella en la mano.

En “Plácido” (Luis García-Berlanga 1961) es Julián, el cuñado cojo de Plácido (Casto Sendra “Cassen”), hermano de la deliciosa Emilia (Elvira Quintillá), que cuida unos W. C. de señoras donde prácticamente vive toda la familia. Trabajo que fue reconocido con el premio al “mejor actor secundario” por el Sindicato Nacional del Espectáculo, recibiendo el galardón de manos de la “sonrisa del régimen”: El ministro Solís.

En “Atraco a las tres” (José María Forqué 1962) es el Sr. Benítez, todo un personaje de la noche madrileña.
Entrampado juerguista que plancha los pantalones bajo el colchón y que pide un anticipo de 500 pesetas a cuenta del atraco. En el simulacro le toca ser el novio de Enriqueta (Gracita Morales), de la que recibe una “caricia” que le deja el ojo tras una cortina cual si fuera el Capitán Garfio.
El pasado año (2002) lo hemos visto representar esta obra en el Teatro del Centro Cultural de la Villa de Madrid. Esta vez por méritos propios y por edad, representaba al bondadoso director de la sucursal, al que van a jubilar “con 85 años”.

En “La becerrada” (José María Forqué 1962) es D. Poli, el empresario de variedades que anda como loco porque no se puede abrir la tapa del piano, y el pianista se niega a descerrajarlo mientras que el público se ensaña con un amariconado flamenco (Agustín González) que les recita “Con diez cañones por banda”. Oportuno momento en que aparecerán tres reverendas (Amparo Soler, Nuria Torray y María José Alfonso) que le quieren comprar un toro para una corrida benéfica, consintiendo en cedérselo a precio de costo cuando Sor Leocadia “milagrosamente”, abre la tapa del piano con la llave del botiquín.

En “La batalla del domingo” (Luis Marquina 1962) es uno de los gangster de la banda de “Risitas” (Ismael Merlo), que juega al mus en la casa de Julia (Mary Santpere) mientras custodian a Di Stéfano, y cuando ésta trata de liberarlo por una cuestión de celos con su jefe, se pegan un tiro mutuo que termina con la vida de ambos.

En “Chantaje a un torero” (Rafael Gil 1963) es “El tísico”, el preso que pone a Juan Medina (El cordobés) en antecedentes sobre la trampa que le han tendido sus amigos sobre el asesinato de la joven alemana en Marbella. Cuando van a buscarlo para que ayude a esclarecerlo, hace seis meses que había fallecido.

En “El juego de la verdad” (José María Forqué 1963) es Victoriano, un borracho pesado que en la “Venta de Carmona” pregunta por D. Emilio continuamente cuando llega la comitiva de señoritos crápulas de madrugada para continuar la juerga, y sin saber cómo se mete en el coche de Miguel (José Bódalo) y se queda dormido, despertando cuando camino de un tentadero, Vicky (Sandra Lebrocq), que le ha tocado a Miguel en el cambio de parejas, se le insinúa. Pegándole un susto de muerte cuando al despertar encuentra la mano de la rubia cerca y empieza a sobársela, dándose cuenta ésta que su acompañante lleva las dos sobre el volante. Cuando Miguel se baja para expulsarlo del coche, todavía se pone chulo y le pega dos patadas en la carrocería.

En “El Señor de La salle” (Luis César Amadori 1964) es el Abate Bricot, el maestro que ve amenazados sus privilegios cuando Juan Bautista de La Salle pone en marcha el nuevo sistema de escuelas para pobres donde ni se pega ni se cobra. Por lo que en primera instancia se queja al párroco de San Sulpicio para que reprenda al canónigo, y terminará secundando la cruzada de monsieur Rafrond que arrasa las escuelas y prende fuego a los libros.

En “Los palomos” (Fernando Fernán-Gómez 1964) es Eugenio Martínez, un “inspector de utilidades” que la noche de “Los Santos Inocentes” se queda bloqueado por la nieve en la urbanización Somosmontes, y tiene que buscar ayuda en un chalet para poder llamar a su mujer Antoñita y que le traiga las cadenas. Momento en el que se está cometiendo un asesinato que le provoca un gran desasosiego hasta que le explican que se trata del juego del “crimen perfecto”. Por eso media hora después, cuando vuelve con el mismo cometido, se toma a broma a la vieja que yace estrangulada en la mecedora (Julia Caba Alba), teniendo que darle una nueva explicación de que esta vez es verdad, por lo que llorando se queda con “Los Palomos” (José Luis López Vázquez y Gracita Morales) para intentar justificar una situación que cada vez se enreda más.
La llegada de la policía lo hará cómplice del asesinato y se acordará de su “Gordini” abandonado pensando que le van a caer seis años y un día.
Siento decirles que por más que me he esmerado no puedo decirles que es un “inspector de utilidades”, aunque barrunto que su cometido era el de llevar algún tipo de notificaciones a los domicilios.

En “Historias de la televisión” (José Luis Sáenz de Heredia 1965) es el antenista que junto a Rafael Hernández instalan una de aquellas primeras televisiones en la casa del capataz de la Casa de Fieras del Retiro, para que este vea como su hijo (Tony Leblanc) hace el ridículo en los concursos.
Una escena antológica es la que mantienen a caballo Felipe (Tony Leblanc) y el Sr. Rincón (José Luis Coll), disparándose nombres de hortalizas en un programa cultural de José Luis Uribarri. Para desesperación de Felipe gana Coll, que dice que la “Aleluya” es una hortaliza. Y es verdad.

En “Hoy como ayer” (Mariano Ozores 1965) es Hipólito, el farmacéutico que atiende a “Fortecha” (José Luis López Vázquez), el fontanero superpotentado que acude a por penicilina y a que le pongan una inyección, por lo que llama a su practicante García (Perla Cristal), que deja al fontanero de una pieza cuando ve que es una mujer, sobre todo cuando tiene que pincharle en el culo, por lo que tienen que recordarle cuando se marcha que se le ha olvidado ponerse los pantalones.

En “Fray Torero” (José Luis Sáenz de Heredia 1965) es otro de los tres “Intocables” que siembran el terror en el pueblo por orden de Bernardo Lanuza (Agustín González), para obligar a los frailes de “Los Gabrieles” a que cedan sus terrenos para la construcción de una gasolinera.
En este caso, como ya lo hiciera en la televisiva “Doce hombres sin piedad”, presta su “aspecto fiero y marginal” para asustar viejas y tumbar a patadas pellejos de vino, mientras sus compinches pelean a correazos contra “La Pascuala” (Carlota Bilbao), que los está poniendo finos con un garrote.

En “Operación Plus Ultra” (Pedro Lazaga 1966) es Pepe, el regidor de control de la Cadena SER, que ayuda a su amigo Juan Aguilera (Alberto Closas), locutor de la misma, a organizar la Operación Plus Ultra para 16 niños de reconocido valor o abnegación. Por lo que mostrando un atlético aspecto se embarca en el avión de Iberia entre ellos para recorrer España entera y que el Papa Pablo VI les de su bendición.
Curioso ver al Papa encaramado en la Silla Papal a hombros de ocho fornidos portadores vestidos de rojo demonio, que posiblemente paguen sus culpas de esta manera por malvados comportamientos.

En “Amor en el aire” (Luis César Amadori 1967) es el profesor Minguele, que explica a los alumnos de Ingeniería Naval la estructura de las “cuadernas”, prestando todos atención religiosa menos uno que canturrea mientras escribe, un tal Víctor Saldié (Palito Ortega), más interesado en la composición musical que en los estudios de ingeniería. Al que pide que la cante en público en el justo momento en que aparece el director, que se llevará al profesor al despacho para reprenderlo mientras Palito canta “Lección de amor” para el respetable.

En “La cólera del viento” (Mario Camus 1970), es Agustín, deforme mozo de estación. Andrajoso retrato de la miseria al que los señoritos pegan una paliza hasta conseguir que delate al maestro (Carlos Otero).

En “Pierna creciente, falda menguante” (Javier Aguirre 1970) es un fulano que marcha en el coche de Raúl Corbina (Manuel Gil), recriminando a su padre (Fernando Fernán-Gómez) con cara de asco por el corsé encontrado en el automóvil. Ligón profesional que toma al asalto los parques públicos donde las niñeras se dejan engatusar con una invitación al cinematógrafo. Donde un día ve al volante a una mujer bellísima que lo saca de sus casillas (Laura Valenzuela), a la que no puede acceder compitiendo con el poderío de las joyas que regalan duques y barones, y decide hacerlo por lo fino, regalándole unas medias de seda que el mismo quiere poner. Lo que le hace ganarse un raquetazo en la cabeza por grosero, que vengará justicieramente denunciando a la institutriz por conducir borracha ante la dueña de la casa.

En “Tamaño natural” (Luis García-Berlanga 1973) es Natalio, el portero servilista del dentista Michel (Michel Piccoli), al que arregla los grifos y cotillea la casa encontrado la muñeca de goma que bajo la cama guarda el inquilino. A la que acariciará primero para follársela en una segunda visita ante la cámara que Michel, desconfiado, ha dejado grabando. En esta película se suspendió por muchos años la amistad entre director y actor, que se negó a viajar una segunda vez a París para el doblaje por el miedo que tenía a volar. Parece que Berlanga subió demasiado el tono y se quebró una relación que no había estado exenta de broncas. Años después se restañaría con la trilogía de la “Escopeta Nacional”, donde la gente que los quería echó un cable para facilitar que fuera posible.

En “Señora doctor” (Mariano Ozores 1973), también en una breve aparición, es el dentista con el que se coloca como ayudante la doctora Elvira Ruiz (Lina Morgan), a la que da la oportunidad de estrenarse con un paciente que arranca no solo la muela sino también el peluquín, y para colmo se desmaya en cuanto ve la sangre.

En “Los nuevos españoles” (Roberto Bodegas 1974) es Sinesio el más pesimista empleado de la compañía de seguros “La confianza”, capaz de utilizar colirio para acabar con la tristeza de sus ojos y alzas para crecer porque lo manda Harry Flanagan “Harry el sucio”, (Willyan Laiton) el más despiadado domador de imágenes de la multinacional Broster & Broster, que convierte a los trabajadores absorbidos en peleles disfrazados de ejecutivos que tienen que esconder sus “vergüenzas” bajo peluquines y fajas para mostrar la imagen de jovialidad que el patrón persigue.
Es la primera víctima del nuevo orden empresarial. Su pobre corazón a ritmo español no asimila la presión foránea cuando aun no se había inventado la palabra “stress”.

En “Duerme, duerme mi amor” (Francisco Regueiro 1974) es Paco Hernández Gil, descerebrado solitario que ni en las “barras americanas” quieren servir, porque tiene la manía de matar “aunque con eso no hace daño a nadie”. Se hace amigo de Mario (José Luis López Vázquez) en un minuto y le brinda una extraordinaria idea para deshacerse del cuerpo de su mujer (María José Alfonso) cuando la asesine. La trituradora del camión de la basura.

En “El puente” (Juan Antonio Bardem 1976) es Rafael, el amigo manchego de Juan (Alfredo Landa), emigrante en Alemania que ha vuelto de vacaciones al pueblo en compañía de otros paisanos emigrantes y de su mujer, una alemana que solo sabe decir en castellanos “cabronazo” e “hijo puta”, poniéndolos la fortuna en el mismo restaurante de la gasolinera del pueblo donde Juan come un bocadillo camino de Torremolinos. Tras las risas, las fantasías y los extravagantes ropajes, se vislumbrará un poso de tristeza en los unos y en el otro, que ya ni se acuerda de los años que lleva sin acordarse de su madre desde que marchó a Madrid.

Tiempos de emigrantes a Bélgica, Suiza y Alemania, de los que Bardem quiere hacer un boceto acercándose nada más que en el aspecto, la realidad era mucho más cruda. Indocumentados que trabajaban en los peores tajos como obreros manuales y una vez al año vestían sus mejores galas y a bordo de un Ford Mustang, casi siempre de color rojo, se presentaban en barrios con calles sin asfaltar para deslumbrarnos a todos con sus triunfos y darnos una vuelta en el coche con las ventanillas bajadas por las calles polvorientas, desde donde saludábamos a orgullosos padres que no les quedaba más remedio que contar a los vecinos lo afortunados que eran sus hijos. De estas situaciones da sobrada cuenta el libro de Günter Wallraff “Cabeza de turco” y la extraordinaria película de Carlos Iglesias “Un franco 14 pesetas”, que curiosamente ha pasado casi desapercibida.

En “Los días del pasado” (Mario Camus 1977) es el inspector escolar que aprovechando la visita a Bárcena para comprar huevos y mantequilla, acude a la escuela a saludar a la nueva maestra (Pepa Flores) extrañado de que alguien tan joven venga desde Málaga a ocupar un puesto que lleva seis años vacantes.

Hombre sencillo y amable que le da las claves para cuando reciba la visita de la inspectora de Falange, mientras intenta encontrar su complicidad antifranquista temiendo crear en ella la desconfianza, por eso ciñéndose a su labor de inspección, prometerá material escolar a la maestra mientras con la gabardina arremangada desaparece por el camino empedrado sobre su bicicleta.

En “La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona” (Ramón Fernández 1978) es Vicente, honorable y anticuado tendero de Archidona que esconde bajo su máscara malhumorada la misma lascivia que mueve al resto de sus vecinos, cuando los visita anualmente la compañía de revistas de Emilio “El moro”. Estando presto a sacar las entradas para ver “carne”, cuando toda su familia sabe que las comprará aunque espere hasta el último momento para comunicárselo.

En “El caso Almería” (Pedro Costa Musté 1983) es Enrique, el amigo incondicional del abogado Mario Aguilar, (Agustín González) que en la soledad de Santa Fe Alhama toca el saxofón. Al que reconforta diciéndole que le echa “un par de cojones y un palito” y le ayuda en sus indagaciones.

En “El año de las luces” (Fernando Trueba 1986) es Emilio Zorzano, rojo redimido acogido como hombre para todo en el preventorio falangista en la Sierra de Gata por ser el marido de la cocinera (Rafaela Aparicio), la que ante sus bravatas machistas le grita que no ha sido capaz de hacerle un hijo, cuando trata de adoctrinar en el amor a Manolo Morales (Jorge Sanz), el adolescente llegado desde Madrid que ha puesto el orfanato patas arriba.
En el taller de carpintería, tras las puertas de una capillita de madera, guarda junto a la foto de su novia parisina el retrato de Durruti, al que llama San Buenventura cuando el joven le pregunta por su identidad.

En “El bosque animado” (José Luis Cuerda 1987) es Roque Freire, el “risa floja”, el primer cliente del bandido Fendetestas, que le entra su afamada risa cuando Malvís de Armental (Alfredo Landa) al grito de “me cago en Soria” (o algo similar) le apunta con la pistola para quitarle el dinero. De la risa pasa a crearle cargo de conciencia, terminando por regatear con el bandido que se conforma con veinte duros, e intenta sacarle un cigarrito.

Leyendo las memorias de Alfredo Landa me entero de que el “algo similar” era “me caso en Soria”. Mal grito para un atraco pero al menos así no se sentirían a disgusto los sorianos.

En “Amanece que no es poco” (José Luis Cuerda 1988) es Paquito, el irreverente padre del místico cura D. Andrés (Casto Sendra “Cassen”), que se caga en las monjitas por subir el precio del vino para consagrar y come fabadas en tiempo de ayuno. Ayudante en misa que recoge con las manos en alto las cerradas ovaciones que el público tributa a su hijo en el sacrosanto.

En “Sinatra” (Francesc Betriú 1988) es Manolo, el suplente nocturno de Antonio Castro “Sinatra” (Alfredo Landa) en la portería de la pensión donde vive alojado y solo, así mata los ratos haciendo castillos con las llaves de las habitaciones, mientras “Sinatra” busca por todos los tugurios de Barcelona a Natalia (Maribel Verdú), la joven “una miaja inocente” que dice que está loca por él y se mutila para demostrárselo.

En “La forja de un rebelde” (Mario Camus 1989) es D. Justo, el maestro de Méntrida que le hubiera gustado ser un gran profesor y que solo consiguió una plaza en tan mesetaria localidad donde nadie presta atención a los conocimientos que imparte, utilizándolo únicamente como veterinario por los grandes conocimientos que ha desarrollado de botánica y zoología, matando el tiempo libre por los campos y por los libros. Conocimientos que pone a disposición de la curiosidad de Arturito Barea (Jorge Juan García Contreras) cuando pasa la temporada de verano con su familia en el pueblo, quedándole al niño indeleble el recuerdo del mejor maestro de su vida.

En “El mar y el tiempo” (Fernando Fernán-Gómez 1989) es Paco, el camarero del restaurante Eusebio (Fernando Fernán-Gómez), un “chuleta” castizo que a término de las funciones laborales juega la partida de mus con ágil y simplificada conversación que reduce la muerte de Martin Luther King y la guerra del Vietnam a simples problemas de unos cuantos “chinos” y “negros”, y asombra a Jesús (José Soriano), el exiliado que vuelve tras 30 años en Argentina, y se emociona cuando le oye decir “Gilipollas” y “Tontoelculo”.

En “Tocando fondo” (José Luis Cuerda 1993) es Marcelino, el encargado del almacén de Andrés Ortiz (Antonio Resines), que en tiempos de crisis se quedan absolutamente con toda la mercancía que pueden sin pagar un duro por ella, todo lo más en el trueque largar algo que esté caducado. Por lo que no es de extrañar que con frecuencia lo visiten los matones amenazándolo con “recortadas” que no le infunden ningún respeto y que con tranquilidad y buenas palabras se quita de encima. Con el fin de la crisis optará por la jubilación para irse con la “parienta” a Alicante a tomar el sol, y para que no se vaya triste, D. Andrés le prepara el clima adecuado en su despacho para que cumpla su más histórico anhelo, el de darle un “empujón” a Margarita.

En “Todos a la cárcel” (Luis García-Berlanga 1993) es Modesto, el preso comunista que trata de “cepillarse” a las mulatas anticastristas que han ido a la fiesta. Muerto de hambre siempre, cambia una cucaracha por una gamba al preso franquista (Rafael Alonso).

En “Madregilda” (Francisco Regueiro 1993) es “cuatrojos”, el maquinista del tren desde donde se tiran los bultos del estraperlo antes de que llegue la policía, esperando a Manolito “el cagarrutero”, que tras colocar sus chorizos le urge a que arranque cuando entre la niebla se recortan los capotes de los guardias a caballo.

En “La Regenta” (Fernando Méndez-Leite 1995) es Santos Barinaga, el borracho desaliñado que a gritos por la plaza de Vetusta llama ladrones al “Magistral” (Carmelo Gómez) y a “su señora madre” (Amparo Rivelles), por haberlo arruinado y llevado a la apostasía a pesar de ser un buen católico. Injusta situación que sus amigos anticlericales tratan de paliar hablando con el Arcipreste (Luis Barbero), sin poder evitar que muera de hambre ante la desesperación de su hija y la impotencia de sus amigos que lo acompañan al cementerio en medio de una lluvia abundante, y los insistentes ladridos de un perro reflejo de su voz que no se acalla.

En “La vuelta de El Coyote” (Mario Camus 1998) es Julián, el criado viejo de D. César de Echagüe (José Coronado), que sabe que tras su pacífico aspecto de hacendado educado en el extranjero, se esconde el temido “Coyote” que ha regresado a California para evitar los atropellos que Montalbán (Simón Andreu), con la alianza de los norteamericanos, está cometiendo con su amigo Anselmo Salinas (Ramón Langa) y el resto de propietarios californianos.

En “París Tombuctú” (Luis García-Berlanga 1999) es Sento, el rotulista de Calabuch como lo fue 50 años antes para el mismo director. Ahora en vez de barcas rotula el taller de Boronat (Juan Diego) porque quieren convertirlo en “Casino Libertario”, aunque se le sigue atrancando la “S”, de la que habla lindezas por ser tan sinuosa.

En la entrega de la llave de la ciudad a Bahamontes (Luis Ciges), abroncará a su correligionario Boronat llamándole “lameculos” y “oficialista”, por prestarse a participar en el acto, volviéndose la bronca en aplausos de admiración cuando le pega con la llave en la cabeza. Cosas de anarquistas.

En “Elsa y Fred” (Marcos Carnevale 2005) es “Fred”, Alfredo, el jubilado de Telefónica de trayectoria impecable que ve como se desbarata su vida cuando su alocada vecina Elsa (China Zorrilla), de 82 años, irrumpe en ella como una locomotora juvenil y vitalista que lo llena de emociones desconocidas. Animándolo a tirar al retrete todos sus medicamentos y marchar con ella a Roma como los protagonistas de “La dolce vita” de Fellini, para bañarse en la Fontana de Trevi de madrugada.

Noventa años han tenido que pasar para que este veterano actor consiga su primer papel protagonista. Aunque en la película le quiten unos poquitos y lo dejen solo en 78.

Más artículos del autor

 

Deja un comentario