Ramones: demasiado fuertes para morir

Mientras Nixon caía, los jóvenes olvidaban Vietnam y Billy Joel reinaba en la radio en EE UU, los Ramones revolucionaron el rock con una guitarra de dos cuerdas. Se cumplen cuatro décadas del primer concierto de un grupo que nunca recogió sus frutos.

El primer conciertode los Ramones duró apenas 20 minutos, no terminaron ni una sola canción y sus colegas se mosquearon por lo mal que sonó. Nadie entre el público en Perfomance Studio –los locales de ensayo en Manhattan donde tuvo lugar–, pensó que esos melenudos delgaduchos tenían algo único entre manos. Quizás ellos sí: “Eran horribles al principio, pero desde un primer momento tocaron rápido y a mucho volumen”, cuenta a ROLLING STONE en exclusiva Monte A. Melnick (65 años, EE UU), testigo de aquel ruidoso debut y mánager de gira del grupo durante toda su carrera. Era el 30 de marzo de 1974 y durante los tres años siguientes estos neoyorquinos cambiaron la historia del rock sin tener un número uno ni ganar un duro, siempre con las chupas de cuero puestas.

Nueva York era una ciudad decadente cuatro décadas atrás. Durante los años 50 y 60 las clases medias habían emigrado, muchos edificios estaban abandonados y algunas calles era mejor ni pisarlas de noche. “Parecía que había sido bombardeada y era el paraíso: podías hacer lo que te daba la gana”, explica Legs McNeil (58, EE UU), coautor del fundamental libro Por favor mátame: Historia oral del punk. La Factoría de Warhol en el Soho neoyorquino atraía a artistas excéntricos pero otro cantar eran los barrios periféricos: una docena de paradas de metro al este, en Forest Hills, la vida era menos excitante. Este barrio judío de clase media en el distrito de Queens sólo destacaba por su torneo nacional de tenis y sus únicos héroes musicales eran Simon y Garfunkel.

Los chavales en Forest Hills High School pasaban los días jugando al béisbol, fumando porros y, los más raritos, soñando con tener un grupo. En este instituto rodeado de arboledas coincidieron los futuros Ramones. “Simplemente queremos hacer la música que echamos de menos en la radio”, dijeron en una de sus primeras entrevistas, para el desaparecido semanario Soho Weekly News. Fue el denominador común necesario para que cuajase este grupo con caracteres únicos, desequilibrados y contrapuestos.

Cada uno tenía lo suyo. John William Cummings lanzó piedras de adolescente contra los Beatles en un concierto y trucaba el ascensor de su bloque para dejar encerrados a sus vecinos. Jeffrey Ross Hyman solía vestirse con la ropa de su madre y flirtear con camioneros (y salir por patas si la cosa se ponía seria). Y Douglas Glenn Colvin a los 15 ya le daba al caballo y era chapero. Se rebautizaron  como Johnny, Joey y Dee Dee, para coger, respectivamente, la guitarra, el micrófono y el bajo. Todos habían estado en bandas antes y era una intentona más para dejar sus curros en la construcción y de mensajeros. Esta vez lo consiguieron.

El nombre del grupo fue un homenaje a Paul Ramone, alias de McCartney en sus primerísimos días, con los Silver Beetles. Para crear empaque, todos se lo pusieron también de apellido. A Thomas Erdelyi (1952, Budapest), amigo de las aulas, le tocó ser Tommy Ramone. Era batería, el cuerdo del grupo y su primer ideólogo: “Todo era destartalado pero en seguida supe cómo debíamos sonar”, recuerda el único miembro vivo de la formación clásica del grupo, en De gira con los Ramones, el indispensable y explícito diario de carretera de Monte A. Melnick. 1974 arrancaba y Nixon estaba en el punto de mira por el caso Watergate.

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“La radio era muy deprimente entonces: no paraban de sonar los Eagles y Billy Joel”, recuerda Legs McNeil, buen amigo del fallecido Joey. Los Ramones escuchaban rock and roll de los 50 y las bandas británicas que habían conquistado EE UU en los primeros 60. Al cruzar el río Hudson y llegar al sur de Manhattan se cruzaron con otros que también añoraban la música anterior a los hippies y la guerra de Vietnam, que al fin había quedado atrás. “Fuimos a Perfomance Studio y fue genial. Joey se caía todo el rato […] El resto del grupo lo recogía y seguían tocando”, cuenta Debbie Harry sobre su primera visión del grupo, poco antes de formar Blondie. Velvet Underground y New York Dolls, dos héroes locales que con los años adquirirían el estatus de clásicos, habían abierto el camino en la Gran Manzana a nuevos grupos de rock crudo y callejero: Television, Dictators, Patti Smith…  Sólo había un problema: no había garitos en los que tocar.

El menos esperado fue quien catalizó este movimiento. Hilly Kristal era un cuarentón curtido en los circuitos de jazz cuando abrió CBGB’s en el Lower East Side neoyorquino, con la intención de programar blues y country. Esta zona tenía entonces poco que ver con su actual aspecto cosmopolita: sus calles eran oscuras y tenía mala fama (“Hasta los vagabundos llevan navajas”, se decía). Quizás para atraer algo de clientela, Hilly comenzó a contratar grupos de rock locales. Sólo había una condición: no se podían hacer versiones. De esta manera no pagaba derechos de autor.

Monte A. Melnick echa la vista atrás: “Eso marcó la diferencia: en otros locales sólo se tocaban versiones de los éxitos del momento. Aquí los grupos podían crecer”. Y para ello el propio dueño (fallecido en 2007) tomó un papel activo: “Les digo si están chapuceando o si no progresan. No pueden tocar lo mismo una y otra vez”, explicó entonces en una entrevista para Newsday. Los Ramones debutaron en este antro con escenario minúsculo y lleno de ratas cinco meses después de su debut en vivo, en agosto de 1974. Fue el primer concierto de los 17 que dieron en CBGB’s en su primer año.

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“Al principio éramos cuatro monos entre el público”, recuerda Monte. Pero se corrió la voz: había que ver a esa banda que solapaba canciones de dos minutos, cuyos miembros se peleaban en plena actuación y que cantaban sobre golpear a niños con bates de béisbol. Era el minimalismo llevado al rock: no había punteos ni redobles, usaban los acordes del blues a mil por hora y las letras plasmaban sus deseos de la manera más primitiva. Muchos temas los compuso Dee Dee con una guitarra con dos cuerdas y eran simples hasta lo cómico: I don’t wanna walk around with you (No quiero salir a pasear contigo, en castellano), Now I wanna sniff some glue (Ahora quiero esnifar un poco de pegamento), I dont’ wanna go down to the basement (No quiero bajar al sótano)… Estos títulos aparentemente ingenuos, sin embargo, escondían historias de prostitución, nazis… Podían resultar graciosos pero no eran ninguna broma.

Para Legs fue revelador la primera vez que vio a los Ramones:“Parecían las SS. Definitivamente no eran hippies”, cuenta. Tenía 19 años y la misma noche decidió montar con dos colegas un fanzine, que llamaron Punk y en el que, además de grupos, salían películas de serie b, cómics… Los Ramones eran los favoritos de esta publicación de culto, que el mismísimo Andy Warhol alabó. “Esa época era un paraíso. Decíamos sí a todo: a emborracharse, a follar…. A pasarlo bien”, sintetiza McNeil. Este adolescente entonces no sabía que había puesto nombre al movimiento musical que no muchos años después cambiaría el devenir del rock.

El salto a los medios grandes llegó con un festival en CBGB, en julio de 1975. Durante tres noches, Ramones, Talking Heads o Blondie, entre otros, atrajeron a periodistas que hasta entonces no habían pisado este antro. ROLLING STONE dedicó una página al evento, de la que tres cuartas partes iban para la banda de Queens. Con el tiempo empezó a llegar gente guapa a este garito mal ventilado: Bianca Jagger, David Bowie…  En cuestión de meses, Joey, Johnny, Dee Dee y Tommy eran los nuevos héroes del underground. Pero se morían de hambre: “Íbamos a las fiestas de las discográficas para comer el catering”, recuerda McNeil. Finalmente, llegó el soñado contrato discográfico.

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Su primer álbum, Ramones, se grabó en una semana con un presupuesto de 6.400 dólares [unos 4.600 euros]. Aunque, como dijo Dee Dee, “se podría haber hecho en dos días”. Su producción también es minimalista. Para emular las primeras grabaciones de los Beatles, el bajo está en el canal izquierdo, la guitarra en el derecho, y la voz y la batería en medio (prueben a escucharlo con cascos). Es parco y extrañamente pegajoso. Para la portada, la discográfica, Sire, montó una costosa sesión de fotos, pero la banda prefirió una fotografía de sus colegas de Punk, tomada en un pequeño parque privado en el sur de Manhattan. La fotógrafa, Roberta Bayley,  cobró 125 dólares [unos 90 euros] por esta imagen icónica.

Ramones descolocó a los críticos. Mientras Rolling Stone lo describió “como el disco de rock más divertido jamás grabado”, el semanario británico NME publicó que era “una buena prueba de cómo grabar rock duro neandertal”. Más gráfico fue New York Rocker: “Es al rock and roll lo que un microondas a la cocina”. Quienes parecían tenerlo más claro eran los chavales al otro lado del charco: cuando la banda aterrizó en Londres, en julio de 1976, les esperaban como a estrellas del rock. Acostumbrados al centenar de público en CBGB’s, se quedaron pasmados con los 3.000 entusiastas en el Roundhouse londinense, donde Led Zeppelin, los Stones o los Doors tocaron en los 60.

“Me encantaría conocerlos. ¿Pero creéis que me pegarán?”. Las palabras de Johnny Rotten, de los Sex Pistols, a los acompañantes de los Ramones en su primer concierto en Londres son esclarecedoras: los chavales británicos tenían una visión idealizada del nihilismo del grupo neoyorquino. Eran macarras chungos y querían ser como ellos. Las cosas de no tener internet: apenas habían leído un par de artículos sobre el cuarteto y la mayoría sólo los había escuchado en la BBC. En los medios se hablaba más y más de punk rock para referirse a un nuevo rock ruidoso y veloz, y, aunque los Ramones apenas se identificaban con esta etiqueta, parecía que se iban a llevar el gato al agua: sólo ellos tenían entonces un sonido propio y un directo sólido en esta nueva ola de grupos con el hazlo tú mismo por bandera.

Pero no fue así. Todo cambió cuando los Sex Pistols llamaron “viejo verde capullo” al presentador Bill Grundy en directo, ante millones de telespectadores británicos. De la noche a la mañana, Johnny Rotten era una estrella y los periodistas iban detrás del próximo titular provocador. Lo que hubiera pasado en CBGB’s durante los dos años anteriores importaba más bien poco. Los adolescentes ingleses hicieron suyo el discurso de los Ramones, vistiéndolo con pelos de colores, imperdibles y anarquía. Y mientras su segundo disco, Leave home, aterrizó en enero de 1977 sin mucha pena ni gloria, los Clash firmaron ese mes su primer contrato, por 100.000 libras [unos 120.000 euros]. “Los europeos siempre han sentido fascinación por lo americano. Lo toman y luego lo saben vender”, reflexiona Legs McNeil.

El punk estalló y sus primeros instigadores se quedaron fuera. Fue devastador para los Ramones.

En su país lo cierto es que no fueron mejor las cosas. “Con los escándalos de los Pistols, las radios en EE UU no querían saber de nada que tuviera que ver con el punk. Y si no suenas en la radio, aquí no haces nada”, explica Monte A.Melnick.

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Este road mánager estuvo en los 2.263 conciertos que la banda dio en sus 22 años de carrera. Da una visión cruda desde dentro:“Fue muy duro para ellos ver cómo Blondie, B-52′s y otras bandas que les habían teloneado al principio llegaban a las listas de éxitos y ellos no. Cambiaban de productores y siempre pensaban que con el siguiente disco iban a triunfar. Pero nunca pasó. No pararon de hacer giras porque era su única manera de ganar dinero”.

Viajaron en furgoneta hasta el último rincón del mundo y hubo varios cambios de formación: sólo Joey y Johnny aguantaron el ritmo. Y Monte.

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En 2001, Joey Ramone falleció por un cáncer linfático, a los 49 años. Al año siguiente murió Dee Dee Ramone, por una sobredosis, con 50. Y en 2004, a los 55, se fue Johnny Ramone, por un cáncer de próstata. Para entonces, la banda había entrado en el Rock and Roll Fall of Fame (en 2002), era elogiada por U2, Metallica o Pearl Jam y su nombre salía en camisetas de H&M. Pero era tarde: el mundo tardó demasiado en descubrir que estos chicos de Forest Hills tenían algo único entre manos.

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RAMONES  (Documental) 

Publicado en http://rollingstone.es

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