Rancia ignorancia

Luis Suárez-Carreño*. LQS. Octubre 2020

Probablemente la izquierda parlamentaria que durante la Transición defendió entusiastamente los pactos de silencio no imaginó que uno de los efectos colaterales de estos iba a ser varias generaciones de españoles cuasi-insolventes en materia de historia y de Derechos Humanos…

La derecha de este país está en campaña en varios frentes: judicial, mediático, ante las instituciones europeas… todo vale con tal de minar al gobierno ‘progresista’. Pero, además, la guerra interna que se libra por el liderazgo entre PP y Vox – sin desdeñar la moción de censura al gobierno para escenificar sus peleas de gallitos – y entre aspirantes a caciques y caciquesas de cada uno de esos partidos, obliga a una teatralización extrema, histriónica, de su oposición, ya sea en defensa de la monarquía, en contra de cualquier medida sanitaria, o porque yo lo valgo.

Pero hay un frente donde la ofensiva tiene un origen y horizonte más lejanos: el cultural, y en particular el que llamaríamos de la memoria. Aquí no se trata de mera táctica cortoplacista electoral; la cultural es una guerra estratégica por la hegemonía ideológica, clave para la conquista o la preservación del poder que, al igual que la religión, aspira a transcender a la economía, los medios de comunicación o los tribunales: La dominación social y económica no está garantizada sin el control de las ideas, sobre las mentes y las almas… que se lo pregunten a la Iglesia.

Sí, eso del control de las mentes suena terrorífico, pero es tan primario como un instinto básico: en el caso de la derecha se basa en construir el relato histórico recurriendo a la adecuada combinación de superchería y mentira, recursos que en la derecha son abundantes. Y, sí, este teatro de confrontación tiene una perspectiva temporal mucho más amplia que otros: arranca de la interpretación de nuestra historia en el pasado siglo, al menos desde la IIª República, y aspira a definir nuestro futuro a largo plazo.

De nuevo, la clave que explica dónde nos encontramos hoy en esta materia hay que buscarla en la sacrosanta Transición. Esta, al igual que algunas enfermedades, ha dejado secuelas profundas y soterradas en nuestra sociedad que están aflorando ahora: filofranquismo institucional; impunidad e injusticia; negacionismo y revisionismo histórico; corrupción… son enfermedades de la democracia que, como tumores, hacen su labor corrosiva y callada.

Una secuela no tan reconocida y quizás la más fatal es la de la ignorancia. Los pactos transicionales de impunidad no se limitaron a amnistiar los crímenes franquistas: impusieron su ocultación. Se ha señalado muchas veces la paradoja de amnistiar crímenes no investigados ni juzgados; lo que se buscaba en realidad no era el perdón sino la negación para, entre otros fines, que los presuntos culpables siguieran detentando sus posiciones de poder – véanse al efecto casos paradigmáticos como el de Martín Villa.

El borrado del pasado que los pactos transicionales expandió como norma no escrita ha sido aplicado con perruna docilidad durante años en escuelas, medios de comunicación, incluso en el ámbito familiar … y ha conformado la conciencia – o inconsciencia – de generaciones de españoles y españolas cuyo desconocimiento facilita su manipulación ideológica.

Probablemente la izquierda parlamentaria que durante la Transición defendió entusiastamente los pactos de silencio no imaginó que uno de los efectos colaterales de estos iba a ser varias generaciones de españoles cuasi-insolventes en materia de historia y de Derechos Humanos, y una sociedad en general de paupérrima cultura democrática. ‘Memoricidio generacional’ lo ha denominado Laura L. Ruiz en su reciente artículo ‘El rincón al que nunca ha llegado la Memoria Histórica’ (publicado en El Salto).

Es por eso por lo que Casado puede reivindicar desde su tribuna parlamentaria, en supuesta defensa de la institución monárquica, 500 años de nefastos monarcas ibéricos, es decir, siglos de déspotas corruptos, venales, totalitarios, vendidos a potencias extranjeras, … que en la mayoría de los casos acabaron huyendo por pies a algún retiro cómodo (¿será genético?). O puede la inefable Díaz Ayuso acusar a la izquierda en la asamblea de Madrid de ser la culpable del desastre de Chernobyl y de arrastrar a Latinoamérica a terribles crisis. O la otra estrella neoliberal, Álvarez de Toledo, desempolvar las sentencias del fascista TOP para acusar a un luchador antifranquista de terrorista… También Abascal puede indirectamente – taimadamente – reivindicar el franquismo cuando acusa al actual gobierno de ser el peor en 80 años.

Hemos escuchado al compinche de este último, Ortega Smith (ese según el cual con Franco había elecciones democráticas, pero él las ganaba siempre), acusando a las 13 Rosas – jóvenes militantes socialistas asesinadas contra la tapia del cementerio del Este en la inmediata posguerra – de violadoras, al tiempo que Martínez Almeida destruía a mazazo limpio su memorial, una doble acción coordinada indocumentadamente ‘justificada’, al margen de cualquier pretensión de realidad o veracidad. Al igual que lo ha sido el ataque – también combinación de extrema derecha con derecha extrema – contra la memoria de Largo Caballero y Prieto, echando mano torticeramente de la Ley de Memoria Histórica de la que abominan.

El historiador Ángel Viñas, en una reciente entrevista precisamente en relación a esta última fechoría municipal ha hablado de estupidez, mala fe y desfachatez. Así es, la memoria rancia de la derecha es un cóctel de ignorancia y arrogancia, y carece al parecer de la mínima conciencia de su ranciedad: ahí está ese vídeo autoparódico de ‘Viva el Rey’ para demostrarlo…

Por otra parte, y ante la ausencia de políticas públicas de memoria democrática, las memorias históricas han brotado como hierba silvestre en los márgenes del páramo oficial: primero fue la creación (literatura, cine, teatro, cómic…), que nunca dejó de asomarse al abismo de la guerra, la posguerra y (menos) la dictadura; después los familiares de desaparecidos y asesinados, los torturados y torturadas…

La Transición ha resultado así, finalmente, una bomba ideológica de efecto retardado: la mierda bajo la alfombra se ha convertido en una peste tóxica. La lobotomía social que los talibanes del 78 pretenden ilusoriamente perpetuar ha terminado reventando por todas las costuras: por una parte, la derecha ha decidido rescatar el relato histórico franquista recriminalizando a la izquierda republicana, construyendo así su particular sucedáneo de memoria histórica (la mentira histórica); y por otra las víctimas y otras muchas personas demócratas exigimos de una vez por todas el acceso a la verdad, justicia y reparación.

El abordaje tardío de esta deuda política y moral de nuestro país, a través del Anteproyecto de Ley de Memoria Democrática recién aprobado por el gobierno, y de su – esperemos – mejora en el debate parlamentario, es una oportunidad límite para construir una cultura democrática en nuestro país, conociendo y asumiendo la ingente lección antifascista que nuestra historia nos ofrece.

* Represaliado político, activista memorialista, miembro de La Comuna Presxs del Franquismo

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