refle22Ion Arretxe. LQSomos. Enero 2016

Los equívocos y los malentendidos son una fuente inagotable de humor, lo mismo cuando se dan en la vida ordinaria como cuando suceden en las comedias y los chistes.
Se producen principalmente cuando dos personas –o personajes si se trata de una ficción– se ponen a conversar, o a interactuar, y ocurre que una palabra, un gesto, una frase, una acción, un párrafo, o incluso la situación entera, se puede entender en dos sentidos distintos, y cada uno de los interlocutores la interpreta en uno de esos sentidos sin darse cuenta de que el otro la está interpretando en el sentido contrario, de manera que la situación va saltando alternativamente de una lógica a otra.
Para que se produzca el efecto cómico y en consecuencia salte la risa, es preciso que el espectador advierta con total claridad la convivencia de estas dos series, conozca las reglas del juego de cada una de ellas, y pueda percibir la situación en los dos marcos de referencia distintos; cosa que no les ocurre a los protagonistas de la historia, que por eso siguen enrocados, erre que erre, cada uno en su posición.
En este tipo de chistes, el espectador tiene más información que los personajes y por lo tanto está en una posición privilegiada con respecto a ellos.

-Mire, doctor: que como mi mujer es esméril y yo soy omnipotente, no podemos tener condescendencia.
-¿Ya han probado ustedes a hacer vida marítima?

Existen otras posibilidades en este juego de malentendidos: por ejemplo, cuando uno de los dos interlocutores del chiste tiene la misma información que el espectador. En este caso, el personaje A y el oyente disponen de una información que el otro interlocutor, B, desconoce por completo. Los personajes están claramente en una posición desigual.
Son las típicas situaciones de listo-tonto, clown-augusto, y también de las bromas, en las cuales tanto el gancho como el espectador conocen el montaje, pero el pardillo que va a caer en la trampa no.

-Dong… Dong…
-Manolo, ¿qué hora es?
-¡La una!
-¿Estás seguro?
-¿No voy a estar seguro si lo he escuchado dos veces?

Pero la variante de malentendidos que más me interesa, y que está relacionada con el título de este artículo, es aquella en la que el propio oyente se convierte en el tonto del chiste.
Y no me refiero únicamente a esas ocasiones tan típicas de las variedades y del circo en las que la vedette o el payaso sacan a la palestra al espectador de turno, voluntario o no, y lo convierten en el blanco de las risas de los demás espectadores. Me refiero más bien a un tipo de chiste en el que el narrador juega con la inocencia del oyente hasta reírse de él.

-¿Sabes el chiste del cerdo que estaba subido a un árbol?
-No.
-Pues bájate, que te lo cuento.

-¿En qué se diferencia un buzón de correos del culo de una vaca?
– (…)
-¡Cualquiera te encarga que eches una carta!

¿Nos hacen o no nos hacen gracia estos chistes que se ríen de nosotros mismos?
Para que nos podamos reír de algo o de alguien, es preciso que no tengamos demasiada vinculación emocional con el objeto de nuestra risa.
A nadie nos hace gracia que se rían de nuestros gustos, de nuestras creencias o del grupo al que pertenecemos. Nos horrorizamos, y no es para menos, cuando unos fanáticos musulmanes masacran a quienes han hecho un chiste sobre su profeta, pero nos enfadamos y nos ponemos hechos unos basiliscos si alguien ridiculiza a nuestro equipo de fútbol favorito.
Cada vez más, y así lo constatan las cartas al director en las revistas humorísticas, los límites del humor se van estableciendo mediante las denuncias de asociaciones que representan a colectivos desfavorecidos, cuando estos se sienten objeto de mofa por parte de las publicaciones satíricas.
“¿Si usted tuviera un hijo autista publicaría el chiste que ha publicado en su revista?” Es el extracto de una queja real recibida en un conocido semanario de humor.

Pero entonces, ¿cómo es posible que podamos reírnos de nosotros mismos?
Pues, porque en el fondo, no nos reímos de nosotros, sino de nuestra sombra.
Está claro que cuando nos cuentan este tipo de chistes, lo primero que hacemos es correr a contárselos a otros para dejar de ser los pardillos y recuperar cuanto antes nuestro amor propio y la condición de listos que nos había sido arrebatada.
Además, a nada que analicemos estos chistes, nos daremos cuenta, para alivio nuestro, de que no apuntan directamente a nuestro yo íntimo y personal, sino que están dirigidos al personaje que representamos en ese momento; es decir, a nuestra sombra.
Se ríen de nosotros porque nos cuentan el chiste a nosotros, pero no se ríen por una peculiaridad nuestra; se ríen de nosotros porque nos ha tocado ser en esa ocasión el pardillo necesario para que se produzca la gracia del chiste. Pero con ese mismo chiste, y por eso corremos a cerciorarnos de ello, nos podemos reír de cualquiera.

Reírse de uno mismo es una capacidad que poseen muy pocas personas: aquellas que saben tomar sobre sí mismas la distancia necesaria para verse como personajes ridículos e irrisorios en esta asombrosa tragicomedia que es la existencia humana.

Otras notas del autor

Nota de LQSomos:
Tercer artículo de la serie: ¿Malos tiempos para la gente, buenos para la comedia? Notas sobre el humor y las mentiras en torno a esta capacidad de la imaginación

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